Esta palabra me llamo la atención, me hubiese gustado la opinión
de mi madre, ya que este fenómeno le hubiese gustado analizar. Este vocablo o denominación
o rotulo parece haber sido inventado por alguien que se quedó sin plata para
pagar el alquiler. Hobosexualidad es lo que nos ocupa.
No figura en los manuales de psicología, no la vas a
encontrar explicada seriamente en una facultad de medicina y, hasta donde sé,
Freud jamás escribió una línea sobre el asunto. Pero apareció en algún momento
de este siglo, cuando conseguir una vivienda empezó a ser más difícil que
conseguir pareja.
La definición es bastante sencilla: una persona se
enamora, se muda y, de paso, resuelve el problema habitacional. El amor puede
ser verdadero. La necesidad también. Y ahí comienza el problema.
Durante siglos, la literatura nos contó historias de
hombres y mujeres que abandonaban sus casas por amor. Romeo y Julieta, por
ejemplo, tenían un problema familiar. Anna Karenina tenía un problema social.
Madame Bovary tenía un problema existencial.
Ninguno parecía estar pensando:
—¿Y el alquiler quién lo paga?
Nosotros hemos perfeccionado el romanticismo.
Ya no alcanza con que alguien nos mire como si fuéramos
la última persona sobre la Tierra. También conviene que tenga un departamento
de dos ambientes, expensas pagas y una heladera que no haga ruidos extraños
durante la noche.
El amor contemporáneo tiene amenities. Uno conoce a
alguien. Hay química. Hay mensajes hasta las tres de la mañana. Hay sexo. Hay
una conversación profunda sobre la infancia. Hay un desayuno juntos. Y,
aproximadamente en la tercera semana, como mucho, aparece una pregunta que
Shakespeare jamás imaginó:
—Che, ¿vos vivís solo?
La pregunta parece inocente. No lo es. Puede ser el
comienzo de una gran historia de amor. O de una mudanza. Porque la
hobosexualidad tiene algo profundamente contemporáneo: convierte la intimidad
en infraestructura.
El cuerpo del otro ya no es solamente refugio emocional. También
puede ser techo. La cama es cama, pero además es dormitorio. El abrazo es
abrazo, pero incluye calefacción. El beso es beso, pero viene acompañado de
agua corriente, wifi y una dirección postal.
Pero existe otra forma de hobosexualidad, quizá más
sofisticada y bastante menos romántica.
La de quien ya tiene casa.
Está casado. Tiene hijos, muebles, electrodomésticos, una
rutina, vecinos que lo conocen, un perro que duerme en el patio y hasta un
lugar asignado en la mesa.
Y tiene una amante. No deja a su pareja. No porque
necesariamente siga enamorado.
A veces simplemente porque no puede —o no quiere—
abandonar su zona de confort.
Y siempre están como prometiéndose nuevas oportunidades,
o mintiéndose un último encuentro diría Borges.
Separarse significa dividir bienes, pagar otra vivienda,
comprar muebles, empezar de nuevo, explicarles a los hijos, enfrentar a la
familia y, sobre todo, sostener económicamente una vida que hasta ese momento
estaba organizada entre dos.
Entonces aparece una solución bastante miserable, pero
eficiente: mantener la casa y conseguir el amor afuera. La amante se convierte
en una especie de departamento emocional. Un lugar al que se va algunas horas. Una
habitación sin escritura. Un refugio sin expensas. Un territorio donde nadie
pregunta por la cuota del colegio, el supermercado o la factura de la luz. Y
cuando llega la hora de volver, se vuelve.
Porque hay una casa. Hay una cama. Hay una familia. Hay
una comodidad construida durante años. Y quizá también haya miedo. Miedo a
perderlo todo. Miedo a empezar de cero.
Miedo a descubrir que, detrás de la supuesta estabilidad,
no queda demasiado.
Entonces aparece esa forma extraña de supervivencia
sentimental: conservar a la esposa, al marido, la casa y la amante. No
necesariamente por exceso de amor.
A veces por falta de dinero. A veces por comodidad. A
veces por cobardía. Y a veces por las tres cosas juntas. Casi nadie esta
dispuesto a quemar sus naves, dejar su zona de confort.
La palabra "hogar" empieza entonces a adquirir
un significado bastante oscuro.
Porque hogar ya no es solamente el lugar donde uno ama. También
puede ser aquello que uno no está dispuesto a perder. Incluso cuando ya no ama.
Y acá la hobosexualidad deja de ser un chiste de redes sociales para
convertirse en una pequeña radiografía de nuestra época.
Porque detrás de todo esto hay algo mucho más grande que
la infidelidad. Está el precio de vivir. La dificultad de separarse. La
precariedad laboral. Los alquileres imposibles. La pérdida del poder
adquisitivo. La dependencia económica. Y esa sensación contemporánea de que
empezar una nueva vida puede ser un lujo reservado para quienes tienen
suficiente dinero para pagarla.
Por eso algunos se mudan con alguien que apenas conocen. Otros
permanecen en una casa donde ya no quieren estar. Y otros inventan una
geometría sentimental donde todos ocupan un lugar, siempre que nadie pregunte
demasiado. Uno pone la casa. Otro pone el deseo. Ambos ponen la mentira. Y
todos intentan no perder demasiado.
Quizá por eso la hobosexualidad sea una palabra tan
desagradable y, al mismo tiempo, tan reveladora. Porque no habla solamente de
sexo. Habla de techo. Habla de dinero.
Habla de miedo. Habla de comodidad. Y habla, sobre todo,
de una época en la que hasta para dejar de amar hay que hacer cuentas.
Romeo tenía Verona. Ulises tenía Ítaca. Borges tenía
Buenos Aires. Nosotros tenemos un alquiler que vence el cinco. Y una pregunta
que ya no parece tan romántica:
—¿Dónde vas a vivir si me voy?
A veces esa pregunta salva un matrimonio. A veces
destruye un amor. Y a veces explica por qué alguien sigue durmiendo en una casa
que hace años dejó de sentir como propia.
La persona que acepta ocupar el lugar de amante de un
casado, recibiendo apenas una parte de la relación, puede entrar perfectamente
en la idea de migajero/a. No porque necesariamente sea ingenua, sino porque
acepta una relación limitada: horarios prestados, mensajes clandestinos,
encuentros cuando el otro puede y promesas de un futuro que muchas veces nunca
llega.
El casado conserva la comodidad. La amante acepta las
migajas. Y ambos pueden estar atrapados en una relación sostenida por
necesidades diferentes.
Ella no tenía un amor. Tenía los ratos libres de un
hombre que volvía siempre a otra casa. El no tenía una pareja. Tenía los huecos
que dejaba la relación de otro. Para maquillarlo de manera poética o elegante: Él/ella
le daba migajas de amor porque no estaban dispuestos a compartir el pan.
Y no hay que reírse demasiado. Porque detrás del chiste
existe una tragedia bastante concreta: vivir se volvió caro.
El capitalismo inmobiliario consiguió algo
extraordinario: que una relación amorosa pueda funcionar como solución
habitacional.
Antes se decía: —Me voy a vivir con mi novio porque lo
amo.
Ahora podría decirse: —Lo amo, sí, pero además tiene
terraza.
No es poca cosa. La vivienda siempre estuvo relacionada
con el amor. La diferencia es que antes se construían casas para formar
familias. Ahora, en muchos casos, se forman relaciones porque conseguir una
casa parece imposible.
La palabra "hogar" también cambió. Hogar ya no
necesariamente es el lugar donde uno nació, ni la casa familiar, ni ese sitio
al que vuelve después de una larga ausencia.
A veces hogar es simplemente: donde no te cobran
alquiler.
Y quizá por eso la hobosexualidad sea una de esas
palabras ridículas que terminan diciendo algo bastante serio sobre nosotros
como sociedad.
Vivimos una época en la que hasta el romanticismo tiene
que hacer cuentas. Cuánto cuesta salir. Cuánto cuesta quedarse. Cuánto cuesta
separarse. Cuánto cuesta volver.
Cuánto cuesta dormir solo. Y cuánto cuesta tener una
llave.
Creo el verdadero signo de los tiempos no sea que alguien
se acueste con otro para conseguir una casa. Tal vez sea que hay gente que ya
no puede permitirse enamorarse sin pensar primero dónde va a vivir.
Después de todo, las grandes historias de amor siempre
necesitaron un lugar.
Por eso, antes de preguntar:
—¿Me querés?
Tal vez haya que preguntar algo mucho más urgente:
—¿Tenés lugar?
Y, si la respuesta es sí, habrá que tener cuidado. Podría
ser amor. Podría ser hobosexualidad. O, como suele ocurrir en esta época, las
dos cosas al mismo tiempo.
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