Los libros también se defienden
Una
de las cosas que todavía me sigue sorprendiendo en estos
tiempos: que haya quienes insistan en decirnos que luchar no sirve para nada.
Bueno. Hoy tenemos un pequeño ejemplo de que sí sirve.
El Gobierno decidió frenar el proyecto con el que
pretendía avanzar sobre la legislación que protege la actividad librera y el
fomento del libro. La iniciativa, impulsada desde el área de Federico
Sturzenegger, había encendido todas las alarmas entre editoriales
independientes, librerías, escritores, trabajadores de la cultura y lectores.
Y no era para menos.
Porque detrás de la palabra mágica —“desregulación”—
muchas veces hay cosas bastante concretas: quién puede sobrevivir, quién puede
competir y quién termina quedándose con todo.
La legislación vigente sobre el precio del libro no
apareció de la nada. Tiene una razón: evitar que las grandes cadenas y
plataformas puedan convertir los libros más vendidos en productos para vender
con descuentos imposibles de sostener para una librería independiente. Porque
cuando una librería pequeña desaparece, no desaparece solamente un comercio.
Desaparece un lugar donde circulan ideas, autores, conversaciones,
presentaciones, actividades culturales y lectores.
Y ahí está lo que me interesa. Nos quieren convencer de que todo puede
resolverse con la lógica del mercado. Que un libro es apenas otra mercancía.
Que una librería es apenas otro negocio. Que la cultura puede arreglárselas
sola.
Yo no lo creo.
Un libro es también una forma de memoria. Una librería es
un refugio. Una biblioteca es una forma de resistencia. Y leer sigue siendo uno
de los pocos actos verdaderamente subversivos que podemos hacer en silencio.
Durante estas semanas hubo editoriales, libreros,
escritores y organizaciones culturales que salieron a hablar, a denunciar, a
explicar lo que estaba en juego.
Y ahora el Gobierno retrocede.
¿Es una victoria definitiva? No lo sé.
¿Van a intentarlo nuevamente por otro lado? Es
perfectamente posible.
Pero hay algo que sí sé: cuando miles de voces hacen
ruido, el poder escucha.
Por eso hoy quiero decir algo bastante simple: “Luchar
sirve.”
Sirve aunque no ganemos siempre.
Sirve aunque nos digan que somos ingenuos.
Sirve aunque nos quieran convencer de que nada puede
cambiarse.
Porque algunas veces el poder retrocede. Y cuando
retrocede, aunque sea un paso, conviene recordárselo. La Ley del Libro no se
toca.
Porque un país sin libros es un país con menos memoria.
Y un país sin literatura, sin lectores y sin acceso a la
cultura es, sencillamente, un país mucho más vacío.

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