Ulises (o cómo sobreviví a mí mismo durante 40 años)
1984 no era un año: era una resaca histórica con olor a
libertad recién destapada. La democracia nos entraba por los pulmones como un
aire raro, todavía sospechoso. El peso argentino circulaba como si creyera en
sí mismo, ingenuo, antes de que vinieran esos nombres de ciencia ficción
económica —Austral, Primavera— a explicarnos que el tiempo también puede
devaluarse.
Yo estaba en Mendoza, exiliado de mí mismo por razones
que ya ni recuerdo o no quiero recordar. Secundario a medias, cursando segundo
año, sociabilidad en estado vegetativo. Ya entonces sospechaba que relacionarse
con cualquiera era una práctica espiritualmente insalubre. Siempre fui un
animal de borde: miro, registro, pero participo poco. Todavía hoy me pasa. No
es timidez: es una forma elegante de desconfiar del mundo.
Caminaba las tardes como quien patrulla su propio vacío,
con un Sony WM-F1 pegado a la cabeza. Ese artefacto milagroso traía radio
incorporada, como si la realidad no alcanzara y hubiera que sumarle otra capa
de ruido. Rock. Siempre rock. Guitarras serruchándome el cráneo, ordenando el
caos interno a su manera brutal.
Pero mi verdadera adicción, mi auténtico analgésico, eran
las librerías de usados.
Ilusiones. El Búho. Esos templos húmedos donde los libros
no se venden: se rescatan. Yo pasaba horas hurgando entre estantes como un
arqueólogo sin método. No buscaba títulos. Buscaba señales. Algo que me
eligiera.
Un sábado entré a El Búho con el dinero de la semana y el
bolsillo flaco, como siempre. Ese día algo me miró desde un estante.
“Los siete locos”, de Roberto Arlt. Edición del Círculo
de Lectores de 1977. Tapa dura amarilla, con una sobrecubierta delirante: un
torso con sobretodo y, en lugar de cabeza, dos manos sosteniendo una rosa.
Parecía la ilustración de un sueño mal dormido. No era barato. Era, de hecho,
irresponsable comprarlo.
Lo compré igual.
Soy un convencido que hay decisiones que uno no toma: las
obedece. Y con las pocas monedas que me quedaban, casi como un reflejo, agarré
un saldo. “Ulises”, de James Joyce.
Pero no completo. Solo el Tomo II. Un libro mutilado.
Incompleto. Como yo.
Edición de Seix Barral, letras doradas en relieve, con
esa solemnidad de objeto importante. Lo compré con una fe absurda: algún día
iba a aparecer el Tomo I. Claro. Algún día también iba a entender la vida.
Nunca apareció. Aún trato de entender la vida.
Pasaron años. Décadas. Mudanzas. Versiones distintas de
mí mismo. Amores que entraron y salieron como trenes sin horario. Y ese Tomo II
siguió ahí, orbitando mi biblioteca como un satélite inútil pero fiel. Hasta
hace unos días.
Estoy en la casa donde fui niño, donde me soñé guerrero
al lado de Sandokán, donde inventé mundos para soportar este. Ordeno cosas —ese
gesto de adulto que intenta ponerle sentido al caos acumulado— y aparece él. El
Tomo II. Intacto. Paciente. Esperándome. Lo miro y me pregunto qué hacemos
ahora, viejo.
Entonces hago lo que hace cualquier secuaz contemporáneo:
lo busco. Y ahí estaba.
En Mercado Libre. Como una venganza del tiempo. Lo
compro. Sin épica. Sin música. Sin aplausos. Cuarenta años después, completo el
libro. Mas de cuarenta años para cerrar una frase. Pero en el fondo nunca se
trató de Joyce. Ni de “Ulises”. Ni siquiera de la literatura.
Los lectores compramos más libros de los que podemos leer
porque intuimos algo que tardamos años en aceptar: no estamos acumulando
páginas. Estamos acumulando futuros posibles. Versiones de nosotros mismos que
quizá nunca lleguen, pero que igual merecen tener un lugar en la estantería.
Yo vivo con una teoría medio mística, medio tramposa: hay
que vivir cada día como si fuera el primero, no el último. El último está
sobrevalorado; siempre viene cargado de solemnidad y despedidas. El primero, en
cambio, todavía huele a posibilidad. Hoy el “Ulises” está completo.
En realidad, los “Ulises”. Tres ediciones distintas
descansan una al lado de la otra, como si esos cuarenta años hubieran terminado
condensados en un mismo estante. Delante de ellos hacen guardia dos muñecos de
“Five Nights at Freddy's”: Springtrap, roto, remendado, sobreviviente de sí
mismo, y Funtime Foxy, con esa sonrisa incómoda que parece reírse de toda
solemnidad.
A veces imagino la escena desde los ojos de un visitante.
Espera encontrar una biblioteca seria y descubre a Joyce custodiado por dos
monstruos de plástico. Dumas a un costado. Los viejos tomos amarillentos
detrás. Literatura universal vigilada por personajes de un videojuego de
terror. Y me parece perfecto.
Nunca entendí esa necesidad de separar la alta literatura
de la cultura popular. Yo llegué a Joyce por el mismo impulso con el que
escuché rock hasta gastarme los oídos, coleccioné casetes, leí historietas o
compré muñecos que algunos consideran infantiles. Todo eso pertenece a la misma
historia. Todo eso me hizo la persona que soy.
Quizá por eso Springtrap me cae simpático. Es un
personaje roto que sigue caminando. Un superviviente de sí mismo. Algo de eso
hay en cualquiera que llega a los cincuenta y tantos con la biblioteca
creciendo más rápido que las certezas. Los libros nunca fueron solamente
libros. Siempre fueron una manera de seguir siendo. Y mientras esos dos muñecos
sigan custodiando a Joyce, recordaré que la imaginación nunca aceptó las
jerarquías que el mundo quiso imponerle. Ni cuando tenía quince años buscando
un tomo perdido en una librería de usados, ni ahora, más de cuarenta años
después, cuando por fin descubrí que algunas historias no se terminan de leer:
simplemente se viven.

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