Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Ulises (o cómo sobreviví a mí mismo durante 40 años)


 

Ulises (o cómo sobreviví a mí mismo durante 40 años) 

 

1984 no era un año: era una resaca histórica con olor a libertad recién destapada. La democracia nos entraba por los pulmones como un aire raro, todavía sospechoso. El peso argentino circulaba como si creyera en sí mismo, ingenuo, antes de que vinieran esos nombres de ciencia ficción económica —Austral, Primavera— a explicarnos que el tiempo también puede devaluarse.

Yo estaba en Mendoza, exiliado de mí mismo por razones que ya ni recuerdo o no quiero recordar. Secundario a medias, cursando segundo año, sociabilidad en estado vegetativo. Ya entonces sospechaba que relacionarse con cualquiera era una práctica espiritualmente insalubre. Siempre fui un animal de borde: miro, registro, pero participo poco. Todavía hoy me pasa. No es timidez: es una forma elegante de desconfiar del mundo.

Caminaba las tardes como quien patrulla su propio vacío, con un Sony WM-F1 pegado a la cabeza. Ese artefacto milagroso traía radio incorporada, como si la realidad no alcanzara y hubiera que sumarle otra capa de ruido. Rock. Siempre rock. Guitarras serruchándome el cráneo, ordenando el caos interno a su manera brutal.

Pero mi verdadera adicción, mi auténtico analgésico, eran las librerías de usados.

Ilusiones. El Búho. Esos templos húmedos donde los libros no se venden: se rescatan. Yo pasaba horas hurgando entre estantes como un arqueólogo sin método. No buscaba títulos. Buscaba señales. Algo que me eligiera.

Un sábado entré a El Búho con el dinero de la semana y el bolsillo flaco, como siempre. Ese día algo me miró desde un estante.

“Los siete locos”, de Roberto Arlt. Edición del Círculo de Lectores de 1977. Tapa dura amarilla, con una sobrecubierta delirante: un torso con sobretodo y, en lugar de cabeza, dos manos sosteniendo una rosa. Parecía la ilustración de un sueño mal dormido. No era barato. Era, de hecho, irresponsable comprarlo.

Lo compré igual.

Soy un convencido que hay decisiones que uno no toma: las obedece. Y con las pocas monedas que me quedaban, casi como un reflejo, agarré un saldo. “Ulises”, de James Joyce.

Pero no completo. Solo el Tomo II. Un libro mutilado. Incompleto. Como yo.

Edición de Seix Barral, letras doradas en relieve, con esa solemnidad de objeto importante. Lo compré con una fe absurda: algún día iba a aparecer el Tomo I. Claro. Algún día también iba a entender la vida. Nunca apareció. Aún trato de entender la vida.

Pasaron años. Décadas. Mudanzas. Versiones distintas de mí mismo. Amores que entraron y salieron como trenes sin horario. Y ese Tomo II siguió ahí, orbitando mi biblioteca como un satélite inútil pero fiel. Hasta hace unos días.

Estoy en la casa donde fui niño, donde me soñé guerrero al lado de Sandokán, donde inventé mundos para soportar este. Ordeno cosas —ese gesto de adulto que intenta ponerle sentido al caos acumulado— y aparece él. El Tomo II. Intacto. Paciente. Esperándome. Lo miro y me pregunto qué hacemos ahora, viejo.

Entonces hago lo que hace cualquier secuaz contemporáneo: lo busco. Y ahí estaba.

En Mercado Libre. Como una venganza del tiempo. Lo compro. Sin épica. Sin música. Sin aplausos. Cuarenta años después, completo el libro. Mas de cuarenta años para cerrar una frase. Pero en el fondo nunca se trató de Joyce. Ni de “Ulises”. Ni siquiera de la literatura.

Los lectores compramos más libros de los que podemos leer porque intuimos algo que tardamos años en aceptar: no estamos acumulando páginas. Estamos acumulando futuros posibles. Versiones de nosotros mismos que quizá nunca lleguen, pero que igual merecen tener un lugar en la estantería.

Yo vivo con una teoría medio mística, medio tramposa: hay que vivir cada día como si fuera el primero, no el último. El último está sobrevalorado; siempre viene cargado de solemnidad y despedidas. El primero, en cambio, todavía huele a posibilidad. Hoy el “Ulises” está completo.

En realidad, los “Ulises”. Tres ediciones distintas descansan una al lado de la otra, como si esos cuarenta años hubieran terminado condensados en un mismo estante. Delante de ellos hacen guardia dos muñecos de “Five Nights at Freddy's”: Springtrap, roto, remendado, sobreviviente de sí mismo, y Funtime Foxy, con esa sonrisa incómoda que parece reírse de toda solemnidad.

A veces imagino la escena desde los ojos de un visitante. Espera encontrar una biblioteca seria y descubre a Joyce custodiado por dos monstruos de plástico. Dumas a un costado. Los viejos tomos amarillentos detrás. Literatura universal vigilada por personajes de un videojuego de terror. Y me parece perfecto.

Nunca entendí esa necesidad de separar la alta literatura de la cultura popular. Yo llegué a Joyce por el mismo impulso con el que escuché rock hasta gastarme los oídos, coleccioné casetes, leí historietas o compré muñecos que algunos consideran infantiles. Todo eso pertenece a la misma historia. Todo eso me hizo la persona que soy.

Quizá por eso Springtrap me cae simpático. Es un personaje roto que sigue caminando. Un superviviente de sí mismo. Algo de eso hay en cualquiera que llega a los cincuenta y tantos con la biblioteca creciendo más rápido que las certezas. Los libros nunca fueron solamente libros. Siempre fueron una manera de seguir siendo. Y mientras esos dos muñecos sigan custodiando a Joyce, recordaré que la imaginación nunca aceptó las jerarquías que el mundo quiso imponerle. Ni cuando tenía quince años buscando un tomo perdido en una librería de usados, ni ahora, más de cuarenta años después, cuando por fin descubrí que algunas historias no se terminan de leer: simplemente se viven.

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