Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

18 de mayo: entrar al museo como quien entra a una iglesia donde ya no cree

 

18 de mayo: entrar al museo como quien entra a una iglesia donde ya no cree

 

Hay algo sospechoso en los museos.

Uno entra creyendo que va a mirar cuadros y termina mirándose a sí mismo deteriorarse frente al tiempo.

Por eso cada 18 de mayo, cuando se celebra el Día Internacional de los Museos, pienso menos en el arte y más en la gente que camina en silencio por esos pasillos como si estuviera buscando una explicación estética para soportar la existencia.

Entré una vez al Museum of Modern Art —el famoso MoMA de Nueva York— con la misma sensación con la que se entra a ciertos bares después de una ruptura: sin saber bien si uno quiere salvarse o terminar de arruinarse. Lo hice del brazo de mi madre, que desde niño me llevaba a museos.

Afuera Manhattan rugía como una maquinaria financiera diseñada por sociópatas elegantes.

Adentro, en cambio, flotaba ese silencio acondicionado de museo importante: turistas hablando bajo, guardias cansados, estudiantes de arte fingiendo entender a Rothko, parejas sacándose fotos frente a cuadros que jamás volverían a recordar.

En 1990 el MoMA era una especie de catedral moderna del siglo XX. El museo atravesaba exposiciones decisivas como “High and Low: Modern Art and Popular Culture”, donde intentaba mezclar arte elevado con cultura popular, publicidad, cómics y consumo masivo.

Era lógico.

1990 fue un año raro. El mundo acababa de sobrevivir a los ochenta y todavía no sabía que los noventa iban a convertirse en una resaca neoliberal larguísima con MTV, Prozac y guerras televisadas.

Entonces el museo exhibía obras que parecían venir de distintos planetas emocionales.

Estaban las prostitutas angulares de Pablo Picasso en “Les Demoiselles d’Avignon” (Las señoritas de Aviñón).

La melancolía cósmica de Vincent van Gogh con “The Starry Night” (La noche estrellada).

Las superficies silenciosas de Mark Rothko.

Los urinarios filosóficos de Marcel Duchamp.

La repetición industrial y neurótica de Andy Warhol.

Y uno caminaba entre esas obras entendiendo algo terrible: el arte moderno no vino a embellecer el mundo. Vino a decirnos que el mundo ya estaba roto.

Recuerdo especialmente la sensación física que producían ciertas salas.

El MoMA de principios de los noventa todavía tenía algo intimidante, menos turístico, más intelectual, más frío. Como si el museo todavía creyera en aquella vieja idea europea de que el arte debía incomodar antes que entretener.

Había obras minimalistas que parecían una cargada conceptual.

Objetos industriales convertidos en escultura.

Videos experimentales que hacían que la mitad de los visitantes huyera después de treinta segundos.

Instalaciones que parecían construidas por alguien en medio de un brote existencial.

Y sin embargo funcionaba.

Porque el museo moderno siempre fue eso: un cementerio elegante de crisis humanas.

Uno mira a Jackson Pollock salpicar pintura y entiende el alcoholismo norteamericano mejor que leyendo un tratado de sociología.

Mira a Francis Bacon deformar cuerpos y comprende más sobre el miedo contemporáneo que viendo un noticiero.

Mira a Edward Hopper y descubre que la soledad urbana existía mucho antes de internet.

Los museos son máquinas de conservar angustias. Eso pensé mientras veía turistas comprando postales en la tienda del MoMA como quien compra pequeños fragmentos de prestigio cultural para decorar departamentos diminutos.

Porque también está eso: el capitalismo descubrió hace tiempo cómo vender rebeldía empaquetada.

Duchamp terminó estampado en tazas.

Warhol terminó siendo merchandising de sí mismo.

El arte pop acabó absorbido por el mismo sistema que intentaba ironizar.

Y aun así… aun así el arte sigue resistiendo algo.

Porque hay momentos en que un cuadro logra perforarte.

No por belleza.

No por técnica.

Sino porque te hace sentir acompañado en tu confusión.

Tal vez por eso sigo entrando a museos.

No para aprender historia del arte.

Ni para parecer culto.

Ni para sacar fotos estúpidas.

Entro porque todavía necesito comprobar que otros seres humanos también estuvieron desorientados antes que nosotros.

Y dejaron pruebas.

 

José Luis Colombini

Villa Dolores, Traslasierra

Mayo de 2026

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