18 de mayo: entrar al museo como quien entra a una iglesia donde ya no cree
18 de mayo: entrar al museo como quien entra a una
iglesia donde ya no cree
Hay algo sospechoso en los museos.
Uno entra creyendo que va a mirar cuadros y termina
mirándose a sí mismo deteriorarse frente al tiempo.
Por eso cada 18 de mayo, cuando se celebra el Día
Internacional de los Museos, pienso menos en el arte y más en la gente que
camina en silencio por esos pasillos como si estuviera buscando una explicación
estética para soportar la existencia.
Entré una vez al Museum of Modern Art —el famoso MoMA de
Nueva York— con la misma sensación con la que se entra a ciertos bares después
de una ruptura: sin saber bien si uno quiere salvarse o terminar de arruinarse.
Lo hice del brazo de mi madre, que desde niño me llevaba a museos.
Afuera Manhattan rugía como una maquinaria financiera
diseñada por sociópatas elegantes.
Adentro, en cambio, flotaba ese silencio acondicionado de
museo importante: turistas hablando bajo, guardias cansados, estudiantes de
arte fingiendo entender a Rothko, parejas sacándose fotos frente a cuadros que
jamás volverían a recordar.
En 1990 el MoMA era una especie de catedral moderna del
siglo XX. El museo atravesaba exposiciones decisivas como “High and Low: Modern
Art and Popular Culture”, donde intentaba mezclar arte elevado con cultura
popular, publicidad, cómics y consumo masivo.
Era lógico.
1990 fue un año raro. El mundo acababa de sobrevivir a
los ochenta y todavía no sabía que los noventa iban a convertirse en una resaca
neoliberal larguísima con MTV, Prozac y guerras televisadas.
Entonces el museo exhibía obras que parecían venir de
distintos planetas emocionales.
Estaban las prostitutas angulares de Pablo Picasso en
“Les Demoiselles d’Avignon” (Las señoritas de Aviñón).
La melancolía cósmica de Vincent van Gogh con “The Starry
Night” (La noche estrellada).
Las superficies silenciosas de Mark Rothko.
Los urinarios filosóficos de Marcel Duchamp.
La repetición industrial y neurótica de Andy Warhol.
Y uno caminaba entre esas obras entendiendo algo
terrible: el arte moderno no vino a embellecer el mundo. Vino a decirnos que el
mundo ya estaba roto.
Recuerdo especialmente la sensación física que producían
ciertas salas.
El MoMA de principios de los noventa todavía tenía algo
intimidante, menos turístico, más intelectual, más frío. Como si el museo
todavía creyera en aquella vieja idea europea de que el arte debía incomodar
antes que entretener.
Había obras minimalistas que parecían una cargada
conceptual.
Objetos industriales convertidos en escultura.
Videos experimentales que hacían que la mitad de los
visitantes huyera después de treinta segundos.
Instalaciones que parecían construidas por alguien en
medio de un brote existencial.
Y sin embargo funcionaba.
Porque el museo moderno siempre fue eso: un cementerio
elegante de crisis humanas.
Uno mira a Jackson Pollock salpicar pintura y entiende el
alcoholismo norteamericano mejor que leyendo un tratado de sociología.
Mira a Francis Bacon deformar cuerpos y comprende más
sobre el miedo contemporáneo que viendo un noticiero.
Mira a Edward Hopper y descubre que la soledad urbana
existía mucho antes de internet.
Los museos son máquinas de conservar angustias. Eso pensé
mientras veía turistas comprando postales en la tienda del MoMA como quien
compra pequeños fragmentos de prestigio cultural para decorar departamentos
diminutos.
Porque también está eso: el capitalismo descubrió hace
tiempo cómo vender rebeldía empaquetada.
Duchamp terminó estampado en tazas.
Warhol terminó siendo merchandising de sí mismo.
El arte pop acabó absorbido por el mismo sistema que
intentaba ironizar.
Y aun así… aun así el arte sigue resistiendo algo.
Porque hay momentos en que un cuadro logra perforarte.
No por belleza.
No por técnica.
Sino porque te hace sentir acompañado en tu confusión.
Tal vez por eso sigo entrando a museos.
No para aprender historia del arte.
Ni para parecer culto.
Ni para sacar fotos estúpidas.
Entro porque todavía necesito comprobar que otros seres
humanos también estuvieron desorientados antes que nosotros.
Y dejaron pruebas.

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