Crónicas del Desvelo – Blog de José Luis Colombini

Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Cuando el alma escribe, la paz es posible


Cuando el alma escribe, la paz es posible

 

Ayer me invitaron a hablar de la escritura y la paz.

El título del conversatorio era hermoso: “Cuando el alma escribe, la paz es posible”.

Y apenas lo leí pensé: no sé. No sé si escribir trae paz. De hecho, muchas veces sospecho exactamente lo contrario.

Uno no se sienta a escribir porque necesariamente esté en paz. A veces uno escribe porque algo adentro hace ruido. Porque hay una memoria que insiste, una ausencia que no termina de irse, una pregunta que vuelve, una bronca que no encuentra dónde ponerse, una tristeza que todavía no aprendió a llamarse tristeza.

Yo escribo, en buena medida, por eso. Porque hay cosas que no sé resolver de otra manera. Durante el conversatorio intenté explicar algo que todavía estoy tratando de entender: que la escritura no necesariamente elimina aquello que nos duele. A veces hace algo mucho más extraño. Le pone un nombre. Y cuando algo que durante mucho tiempo fue solamente una sensación consigue convertirse en palabras, cambia. No desaparece. Pero cambia. Tal vez ahí esté la relación entre escritura y paz que más me interesa. No una paz definitiva, solemne, de estampita religiosa. No esa felicidad de catálogo que últimamente parece venderse en todas partes. Hablo de un instante mucho más pequeño: ese momento en que algo que nos atormentaba finalmente encuentra una forma de decirse.Quizás la paz sea eso. O al menos una de sus formas posibles.

También hablamos de poesía. Y dije algo que cada vez creo con mayor convicción: “la poesía no necesariamente responde. Muchas veces consigue formular mejor la pregunta.”

Y en una época desesperada por tener respuestas inmediatas para absolutamente todo, detenerse a formular una buena pregunta ya es una forma de resistencia.

Vivimos rodeados de instrucciones. Cómo ser felices. Cómo superar una pérdida.

Cómo pensar positivamente. Cómo levantarnos después de una caída. Cómo mirar hacia adelante. Cómo dejar atrás el pasado. La literatura, en cambio, a veces nos dice otra cosa: Esperá. Quedate un momento ahí. Miralo otra vez. Recordá. Preguntate qué pasó. Preguntate quién eras. Preguntate quién sos ahora.  Quizás escribir sea también eso: darse permiso para detenerse.

Yo llevo muchos años viviendo entre libros, poemas, músicas, recuerdos y páginas escritas. Y con el tiempo descubrí que uno nunca escribe completamente solo.

Escribimos con todo lo que nos pasó. Con los libros que leímos. Con las canciones que nos acompañaron. Con las películas que vimos. Con las personas que amamos. Con las personas que perdimos. Con las conversaciones absurdas de una madrugada. Con las ciudades que dejamos. Con las calles que ya no existen. Con las heridas. Con las pequeñas alegrías. Con aquello que todavía no sabemos si fue una tragedia o simplemente una parte de la vida. Todo eso escribe con nosotros. Por eso tampoco creo demasiado en esa imagen romántica del escritor encerrado en una habitación, aislado del mundo, produciendo literatura como si las palabras nacieran exclusivamente de su cabeza. No. Uno escribe con la vida. Y también escribe con la memoria. Pero la memoria no es un museo. Es una criatura extraña. A veces inventa. A veces deforma. A veces borra. A veces devuelve algo que creíamos perdido para siempre.

Una persona que ya no está puede aparecer de pronto en una página.  Una calle de hace treinta años puede regresar en una frase. Una conversación olvidada puede convertirse en poema. Una canción puede abrir una puerta que creíamos clausurada. La escritura tiene ese extraño poder de convertir la ausencia en presencia. Y quizás por eso escribimos también para conversar con quienes ya no están, con quienes estuvieron poco tiempo, con quienes nos hicieron daño, con quienes amamos y hasta con aquellas versiones de nosotros mismos que ya no existen.

Después alguien preguntó qué significa eso de que “el alma escribe”. Y tuve que admitir que desconfío un poco de la palabra alma. Pero entiendo perfectamente lo que intenta decir. Hay una zona de nosotros que no habla con el lenguaje cotidiano. Durante el día hablamos para pedir cosas, responder mensajes, trabajar, discutir, comprar, vender, explicar. Pero hay cosas que no caben ahí. Y a veces aparece un poema. Una frase. Una página. Y de pronto aquello que estaba adentro, todavía sin nombre, encuentra una forma. No sé si eso es paz. Pero sí sé que hay un alivio enorme cuando algo que era solamente sensación consigue convertirse en palabras. Y entonces vuelvo al título del encuentro: Cuando el alma escribe, la paz es posible.

Ahora que pasó el conversatorio, creo que cambiaría apenas una palabra. No estoy seguro de que escribir nos lleve a la paz. Pero sí creo que escribir puede sacarnos de la soledad. Y quizás eso sea todavía más importante. Porque a veces la paz no consiste en que desaparezca el ruido. A veces consiste simplemente en descubrir que no somos los únicos escuchándolo. Ayer hablé de esto frente a otras personas. Hoy, mientras vuelvo sobre lo que dije, pienso que quizá la escritura no sea una manera de escapar del caos.

Quizás sea, simplemente, una manera de sentarnos frente a él. Mirarlo. Escucharlo. Y decir: “esto que me pasa tiene palabras.”

Y cuando finalmente las encontramos, aunque sea por un instante, el mundo parece hacer un poco menos de ruido.




 

Hablar de mí también es una forma de mirarme

Hablar de mí también es una forma de mirarme

 

Los que hablan de nosotros a nuestras espaldas: necesitan que no estemos presentes para construir una versión nuestra que puedan soportar. El rumor casi nunca habla del otro. Habla de quien lo cuenta.

A veces, cuando alguien intenta desacreditarte, no está señalando tus defectos sino tratando de disminuir aquello que percibe en vos y que, por alguna razón, le incomoda. Puede ser una idea, una forma de vivir, una trayectoria, una manera de escribir, de pensar o simplemente esa vieja y molesta costumbre de no pedir permiso para ser quien uno es.

Por eso no siempre hay que correr detrás de cada comentario. Hay batallas que se pierden precisamente cuando uno decide pelearlas. Que hablen.

El problema aparece cuando uno empieza a vivir pendiente de la mirada ajena, intentando corregir cada versión que los demás fabrican sobre nosotros. Es una tarea imposible. Siempre habrá alguien dispuesto a interpretar mal lo que hacemos, a exagerar nuestros errores o a inventarnos defectos para sentirse un poco mejor consigo mismo.

Y quizá haya una señal bastante sencilla para reconocerlo: cuando necesitan destruir tu imagen para sostener la propia, el problema probablemente no esté en tu imagen.

No significa que toda crítica sea envidia ni que cada persona que nos cuestiona esté amenazada por nosotros. A veces nos critican porque tienen razón. Y también hay que tener la honestidad de aceptar eso.

Pero hay una diferencia enorme entre una crítica y una campaña de desprestigio.

La crítica puede doler, pero deja algo para pensar. El rumor solamente intenta dejar una mancha. Así que, si alguna vez descubrís que están hablando de vos cuando no estás, quizá no tengas que desesperarte. Escuchá, si podés. Aprendé lo que haya para aprender. Y después seguí caminando.

Porque mientras algunos ocupan su tiempo hablando de tu vida, vos todavía tenés la posibilidad de ocuparte de vivirla. Y hay algo que los rumores nunca consiguen controlar del todo: lo que hacés cuando nadie está mirando.

 

El hombre araña que trepó desde mi infancia

El hombre araña que trepó desde mi infancia

Durante años tuve una imagen perdida en algún lugar de la memoria: una sala de cine, una pantalla enorme y un hombre vestido de rojo y azul trepando por las paredes de un edificio.

No recuerdo exactamente qué año era. 1978. Quizás 1979.

Yo era un niño y Spider-Man todavía no era el monstruo cultural en el que terminaría convirtiéndose. No existían Tobey Maguire, Andrew Garfield ni Tom Holland. No había multiversos, ni millones de dólares en efectos digitales, ni superhéroes que parecían capaces de destruir una ciudad entera en cinco minutos.

Había un hombre con un traje rojo y azul. Y trepaba edificios.

Durante mucho tiempo pensé que ese recuerdo podía ser una invención de la memoria. Una de esas imágenes que la infancia fabrica después de décadas de mezclar películas, revistas, historietas, televisión y conversaciones de adultos. Pero un día empecé a investigar. Y apareció Nicholas Hammond. El Spider-Man de los setenta.

En 1977 se estrenó en Estados Unidos “The Amazing Spider-Man”, una serie televisiva protagonizada por Nicholas Hammond como Peter Parker.

Hammond ya era conocido por haber interpretado a Friedrich von Trapp en La novicia rebelde. Pero ahora tenía que convertirse en algo completamente distinto: un fotógrafo bastante tímido que, después de ser mordido por una araña radiactiva, descubría que podía trepar paredes y convertirse en Spider-Man.

La serie tenía esa estética inconfundible de los setenta.

Los colores eran intensos. Los efectos especiales eran artesanales. Las telarañas parecían telarañas. Y para mostrar al Hombre Araña desplazándose por los edificios no existía la posibilidad de generar digitalmente un cuerpo suspendido entre rascacielos.

Había cables. Había trucos de cámara. Había especialistas. Había una época en la que el cine todavía tenía que engañar al espectador con recursos físicos. Y quizás por eso aquella imagen quedó. Un hombre rojo y azul pegado a una pared. Una figura imposible haciendo algo que, en la pantalla de un cine, durante unos segundos parecía perfectamente real.

 


La película que quizás vi.

 

Lo curioso es que Spider-Man no nació exactamente como una película. Fue concebida como el piloto de una serie de televisión. Pero posteriormente fue distribuida internacionalmente en formato cinematográfico. Y ahí aparece mi recuerdo. Porque yo no recuerdo haber visto aquella historia en televisión. Recuerdo un cine. Recuerdo la oscuridad de la sala. Recuerdo la pantalla. Recuerdo estábamos con mi primo Paul. Y recuerdo al Hombre Araña.

La película de 1977 fue estrenada internacionalmente como largometraje y posteriormente hubo otras películas montadas a partir de episodios de la serie, entre ellas “Spider-Man Strikes Back”, de 1978. Así que quizás mi memoria no estaba equivocada. Quizás solamente había olvidado el nombre. Eso también es algo que hace la infancia: conserva las imágenes y tira a la basura las etiquetas. No sabemos el título.

No sabemos quién actuaba. No sabemos exactamente cuándo ocurrió. Pero recordamos un color. Una música. Una cara. Una escena. Una puerta de cine.

Antes de Hollywood 

Lo más extraño es que, cuando uno reconstruye la historia de Spider-Man en el cine, descubre que aquel recuerdo forma parte de una historia mucho más rara de lo que imaginaba. Antes de Nicholas Hammond hubo incluso un Spider-Man cinematográfico clandestino.

En 1969, Donald F. Glut realizó un pequeño cortometraje de Spider-Man. Era una producción amateur, hecha por un fan.

Después llegó algo todavía más extraño. En 1973, Turquía produjo 3 Dev Adam, una película en la que aparecían el Capitán América, el Santo y Spider-Man.

Pero aquel Spider-Man no era Peter Parker. Era el villano. Un Spider-Man turco, criminal, brutal, completamente alejado del personaje de Marvel. Y en 1978 Japón hizo algo todavía más delirante. Creó su propio Spider-Man.

El protagonista era Takuya Yamashiro, un joven que obtenía sus poderes después de encontrarse con un extraterrestre. Y tenía un robot gigante. Leopardon.

El Hombre Araña japonés podía convertirse en una especie de piloto de mecha y enfrentarse a monstruos gigantes. Es decir: mientras yo, en algún cine de mi infancia, creo era el Gran ocean, veía a un muchacho rojo y azul trepar por un edificio, en otra parte del planeta Spider-Man estaba preparándose para combatir monstruos con un robot gigante. El personaje ya no pertenecía a una sola historia. Estaba empezando a multiplicarse.

 


Después vendría Hollywood.

 

Pasaron muchos años. Spider-Man volvió a intentar llegar al cine una y otra vez. Hubo productores. Estudios. Guiones. Proyectos abandonados. Películas que estuvieron a punto de hacerse. Cannon Films compró los derechos en los años ochenta y llegó a imaginar un Spider-Man bastante más extraño que el de los cómics.

Después apareció James Cameron. Sí. El mismo James Cameron de “Terminator”, “Aliens” y “Titanic”. Cameron escribió su propia versión de Spider-Man. Durante un tiempo, el proyecto parecía posible. Hasta se habló de Leonardo DiCaprio para interpretar a Peter Parker. Pero aquella película tampoco llegó a existir.

 

Spider-Man siguió esperando.

 

Hasta que en 2002 llegó Tobey Maguire. Entonces todo cambió. El personaje que yo había visto de chico trepando edificios con cables se convirtió en una superproducción de Hollywood.

Después llegaron Andrew Garfield. Tom Holland. Miles Morales.

 


El Spider-Verse.

 

Y finalmente ocurrió algo que parecía imposible: Tobey Maguire volvió a ponerse el traje. Andrew Garfield volvió a ponerse el traje. Tom Holland estaba allí. Los tres Spider-Man compartieron la misma película. Y entonces pensé en aquel cine de mi infancia. En aquella pantalla enorme. En Mi primo hermano Paul. En aquel traje rojo y azul. En aquel hombre que trepaba una pared mientras yo todavía no sabía que estaba viendo una de las primeras versiones cinematográficas de un personaje que, décadas después, iba a convertirse en uno de los mayores mitos populares del planeta.

 

La memoria también tiene telarañas

 

Quizás algún dato de mi recuerdo sea incorrecto. Quizás haya sido 1978. Quizás 1979. Quizás haya visto Spider-Man. Quizás Spider-Man Strikes Back. La memoria no trabaja como una filmoteca. No conserva fichas técnicas. No guarda fechas de estreno. Guarda fragmentos. Un rostro. Un color. Una música. El olor de una sala de cine. El sonido de una puerta cerrándose. La oscuridad antes de que empiece la película. Y una figura imposible apareciendo sobre la pantalla. Rojo. Azul. Suspendida contra un edificio. Spider-Man. Durante años pensé que lo que recordaba era simplemente una película.

Ahora creo que era algo más. Era una de esas primeras imágenes que se quedan para siempre. Una de esas escenas que uno no sabe por qué conserva. Quizás porque algunas películas no terminan cuando se encienden las luces. Algunas se quedan viviendo dentro de nosotros. Esperan cuarenta, cincuenta años. Y un día regresan.

Como una araña que baja lentamente desde el techo. Como una telaraña tendida entre dos edificios. Como un chico que vuelve a entrar, después de medio siglo, en aquella sala oscura y descubre que el Hombre Araña todavía está ahí. Trepando. Rojo y azul.

Esperándome.

 


Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. “Cinco años sin vos”


 

PIL, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS. LIBRAME DE TODO MAL

 

“Cinco años sin vos”

 

Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. Cinco años sin vos. Y todavía te extraño. Qué tristeza, la puta madre.

Una  muerte que pertenece a la historia de la música y que aunque haya ocurrido lejos de nosotros, en una ciudad que apenas conocemos y en una fecha que queda perdida en el calendario, nos arranca algo íntimo. Algo que no sabíamos que también podía morir.

La muerte de Pil Trafa, Enrique Héctor Chalar, el 13 de agosto de 2021, fue una de esas muertes. Porque Pil no era solamente el cantante de Los Violadores. No era solamente una voz, una campera, un escenario, una actitud, un tipo flaco parado frente a un micrófono diciendo lo que muchos no querían escuchar. Para algunos de nosotros fue otra cosa. Fue una especie de hermano mayor. Uno de esos hermanos mayores que nunca tuvimos, pero que aparecieron de alguna manera en los discos, en los cassettes, en las revistas, en las noches interminables de adolescencia.

Uno de esos tipos que nos enseñaron que también se podía cantar desde el borde.

Que se podía estar enojado. Que se podía desconfiar. Que se podía mirar alrededor y decir: “esto no está bien”.

Y hacerlo con guitarras, ruido, velocidad y una poesía que no necesitaba pedir permiso.

Los Violadores aparecieron en una Argentina que todavía tenía miedo. Pil entró en aquella historia en 1981 y convirtió junto a sus compañeros al punk en una forma de decir. Una forma de estar en el mundo.

Después vinieron los discos. Y nosotros. Porque los discos también tienen una biografía. Uno puede mirar ahora estas tapas gastadas, estos cassettes que sobrevivieron mudanzas, años, olvidos, reproductores que dejaron de funcionar, y entender que ahí adentro no solamente había canciones. Había una vida. Mi vida.

Nuestra vida. Está todo ahí. Los Violadores. Pilsen. Las tapas. Las letras. Las voces. Las noches. Las habitaciones de adolescentes. Los amigos. Los amores que no fueron. Las discusiones. Las primeras rebeldías. La sensación de que el mundo era demasiado grande, demasiado injusto y demasiado absurdo, y que por lo menos teníamos una canción para acompañar esa certeza.

Pil cantaba muchas de nuestras tristezas. Pintaba imágenes de nuestras pequeñas derrotas cotidianas. Ponía palabras donde nosotros apenas teníamos sensaciones.

Y eso hace la música cuando realmente importa: no nos salva, pero nos acompaña mientras nos estamos hundiendo. Por eso hoy miro esta colección de discos y cassettes y no veo solamente una colección. Veo pedazos de tiempo. Veo al pibe que fui. Veo al adolescente que escuchaba esas canciones intentando entender el mundo. Veo a ese muchacho que todavía no sabía todo lo que iba a perder. Y entre todas esas cosas aparece Pil. Como si todavía estuviera ahí. Como si pudiera poner un cassette. Como si todavía quedara una noche por delante. Como si todavía pudiéramos volver a escuchar juntos aquellas canciones y discutir sobre discos, bandas, letras, política, punk y todas esas cosas que alguna vez nos parecieron fundamentales. Quizás lo eran.

Porque uno envejece y descubre que algunas de aquellas canciones no eran solamente canciones.  Eran documentos. Testimonios. Fotografías sonoras de una época. Y también eran refugios. Pil fue uno de esos refugios. Cinco años después de su muerte, todavía cuesta aceptar que no está. La noticia sigue teniendo algo de mentira. Quizás porque los muertos de nuestra música nunca terminan de morirse. Siguen apareciendo cuando ponemos un disco. En una letra. En un riff. En una frase. En una vieja tapa de cassette. En una esquina de la memoria. Pero había algo más. Mucho más. Detrás de Pil había libros, películas, ideas. Y eso, para quienes éramos adolescentes y estábamos descubriendo el mundo, era una forma de educación. Ahí estaba La naranja mecánica.

En 1985 apareció “Uno, dos, ultraviolento” y de pronto el punk argentino se metía de lleno en el universo de Anthony Burgess y Stanley Kubrick. El Nadsat de la novela aparecía convertido en grito, en ritmo, en contraseña adolescente. Y Pil lo hacía carne.

La canción podía llevarte de Los Violadores a Burgess, de Burgess a Kubrick, de Kubrick a Beethoven y de Beethoven otra vez a una guitarra distorsionada. Era una locura hermosa.

Y después estaba “La era del corregidor”. Computadoras. Disquetes. Hombres de negro. Programación. Control. Un tipo al que le meten algo en el cráneo y una sociedad que pretende corregirlo, normalizarlo, convertirlo en otra cosa.

Pil la definió como una letra futurista: un mundo donde las computadoras y la programación apuntaban a que todos pensáramos igual. Y a mí, inevitablemente, me hacía pensar en Brazil, la película de Terry Gilliam. Ese universo kafkiano de oficinas, máquinas, formularios, vigilancia y seres humanos atrapados dentro de una maquinaria absurda.

No sé si Pil pensó exactamente en Brazil cuando escribió la canción. Lo que sé es que la canción habitaba ese mismo territorio imaginario: el futuro como pesadilla, la tecnología como instrumento de control y el individuo tratando desesperadamente de escapar de una sociedad que ya decidió cómo debe pensar. Eso era Pil. O mejor dicho: eso también era Pil. Porque mientras algunos escuchaban solamente punk, nosotros encontrábamos puertas. Una canción abría un libro. Un libro llevaba a una película. Una película llevaba a Beethoven. Y de pronto una banda de punk argentina podía convertirse en una pequeña biblioteca clandestina. Quizás por eso siento que perdí un hermano mayor. Porque los hermanos no solo llegan por la sangre, también llegan por los parlantes. Pil fue de estos últimos. Y esos, carajo, también duelen cuando se van.

Pil se fue en Lima, demasiado lejos para quienes lo habíamos sentido tan cerca. Tenía apenas 62 años y todavía tenía proyectos, canciones, libros, escenarios y futuro. Su muerte fue repentina, y dejó esa sensación insoportable de que alguien había cerrado una puerta cuando todavía quedaban muchas cosas por decir. Pero quizás haya otra manera de mirar la muerte. Quizás Pil no se fue del todo. Quizás quedó atrapado en los objetos. En estos discos. En estas tapas. En los cassettes. En quienes alguna vez cantamos sus canciones. En mi Primo hermano Paul, en Pingüino, en Hipólito con el vinilo del primer disco de Violadores. En la voz que todavía sale de los parlantes. En quienes seguimos encontrando en ellas algo de nosotros mismos. Porque una canción no muere cuando muere quien la escribió. A veces ocurre exactamente lo contrario. Se vuelve memoria. Y la memoria es una forma extraña de inmortalidad. Por eso hoy, cinco años después, puedo decir que con Pil se fue un pedazo de mi vida. Un pedazo de mi infancia. Un pedazo de mi adolescencia. Un pedazo de aquel muchacho que fui y que todavía, de vez en cuando, aparece cuando escucha una canción vieja. Siento que perdí un hermano mayor. Uno que nunca conocí personalmente, pero que estuvo ahí. A su manera. Con sus canciones. Con sus broncas. Con sus fantasmas. Con esa voz que parecía venir desde un lugar donde todos estábamos un poco rotos. Y quizás por eso duela tanto. Porque algunas personas no necesitan conocerte para acompañarte durante años. Pil fue uno de esos tipos.

Hasta siempre, camarada. Gracias por las canciones. Gracias por haber puesto palabras a tantas cosas que nosotros no sabíamos cómo decir. Gracias por haber estado ahí cuando éramos jóvenes y creíamos que el mundo podía cambiarse a los gritos. Gracias por habernos enseñado que el punk también podía ser memoria, poesía, rabia y dignidad. Hoy vuelvo a mirar tus discos. Y pienso que todavía nos queda algo. Nos queda la música. Nos quedan las palabras. Nos queda la memoria. Y nos queda aquella luna.

 

“La luna que vimos caer.

La luna que vimos partir.

La luna que se fue.”

 

Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. Cinco años sin vos. Y todavía te extraño.

 

Hasta siempre, camarada.

Se te extraña. Pero mientras haya un cassette, un vinilo, una voz, una guitarra y alguien dispuesto a escuchar, todavía vas a estar acá. Entre nosotros. En la memoria. En el ruido. En la noche. Y en esa luna que vimos caer. Porque nada ni nadie nos puede doblegar.






 

 

 

 

 

 

65.º ENCUENTRO INTERNACIONAL DE POETAS “OSCAR GUIÑAZÚ ÁLVAREZ”


 

 65.º ENCUENTRO INTERNACIONAL DE POETAS “OSCAR GUIÑAZÚ ÁLVAREZ”

 

Este sábado 15 de agosto, desde las 9:00 hs, el Auditorio Municipal Profesor Osmar Gil será escenario de una nueva jornada del tradicional Encuentro Internacional de Poetas “Oscar Guiñazú Álvarez”.

 

La jornada comenzará con la proyección de un video homenaje a Gloria E. Guiñazú y continuará con mesas de lectura y distintas propuestas artísticas.

 

Uno de los momentos centrales será el conversatorio:

 

“Cuando el alma escribe, la paz es posible”

 

La apertura estará a cargo del poeta y ensayista Rubén Balseiro y la mesa estará integrada por:

 

Frida Schneider

Mingo Castillo

José Luis Colombini

Gabriela Bayarri

 

Una oportunidad para compartir palabras, experiencias y reflexiones alrededor de la poesía, la escritura y aquello que ocurre cuando el alma encuentra en la palabra una forma de expresarse.

 

La jornada contará también con un número artístico a cargo de Bautista Tello.

 

📍 Auditorio Municipal Profesor Osmar Gil

🗓️ Sábado 15 de agosto

🕘 9:00 hs

 

Una mañana para encontrarnos alrededor de la poesía. Porque a veces escribir también es una manera de buscar la paz.

 

Los esperamos.

 

 

Los libros también se defienden

Los libros también se defienden

 

Una de las cosas que todavía me sigue sorprendiendo en estos tiempos: que haya quienes insistan en decirnos que luchar no sirve para nada.

Bueno. Hoy tenemos un pequeño ejemplo de que sí sirve.

El Gobierno decidió frenar el proyecto con el que pretendía avanzar sobre la legislación que protege la actividad librera y el fomento del libro. La iniciativa, impulsada desde el área de Federico Sturzenegger, había encendido todas las alarmas entre editoriales independientes, librerías, escritores, trabajadores de la cultura y lectores.

Y no era para menos.

Porque detrás de la palabra mágica —“desregulación”— muchas veces hay cosas bastante concretas: quién puede sobrevivir, quién puede competir y quién termina quedándose con todo.

La legislación vigente sobre el precio del libro no apareció de la nada. Tiene una razón: evitar que las grandes cadenas y plataformas puedan convertir los libros más vendidos en productos para vender con descuentos imposibles de sostener para una librería independiente. Porque cuando una librería pequeña desaparece, no desaparece solamente un comercio. Desaparece un lugar donde circulan ideas, autores, conversaciones, presentaciones, actividades culturales y lectores.

Y ahí está lo que me interesa.  Nos quieren convencer de que todo puede resolverse con la lógica del mercado. Que un libro es apenas otra mercancía. Que una librería es apenas otro negocio. Que la cultura puede arreglárselas sola.

Yo no lo creo.

Un libro es también una forma de memoria. Una librería es un refugio. Una biblioteca es una forma de resistencia. Y leer sigue siendo uno de los pocos actos verdaderamente subversivos que podemos hacer en silencio.

Durante estas semanas hubo editoriales, libreros, escritores y organizaciones culturales que salieron a hablar, a denunciar, a explicar lo que estaba en juego.

Y ahora el Gobierno retrocede.

¿Es una victoria definitiva? No lo sé.

¿Van a intentarlo nuevamente por otro lado? Es perfectamente posible.

Pero hay algo que sí sé: cuando miles de voces hacen ruido, el poder escucha.

Por eso hoy quiero decir algo bastante simple: “Luchar sirve.”

Sirve aunque no ganemos siempre.

Sirve aunque nos digan que somos ingenuos.

Sirve aunque nos quieran convencer de que nada puede cambiarse.

Porque algunas veces el poder retrocede. Y cuando retrocede, aunque sea un paso, conviene recordárselo. La Ley del Libro no se toca.

Porque un país sin libros es un país con menos memoria.

Y un país sin literatura, sin lectores y sin acceso a la cultura es, sencillamente, un país mucho más vacío.

Poe, cuatro copas y una muerte roja en Córdoba

Poe, cuatro copas y una muerte roja en Córdoba

 

A los catorce años yo ya sabía que algunas habitaciones era mejor no abrirlas. También sabía que había escritores que no venían a explicarte el mundo sino a empeorarlo un poco.

Poe era uno de ellos.

Por eso la noticia de que Edgar Allan Poe iba a instalarse durante una noche en Córdoba me produjo una sensación difícil de explicar. No exactamente entusiasmo. Tampoco curiosidad. Algo más parecido a la sospecha.

Porque uno conoce a Poe desde hace demasiado tiempo como para confiar tranquilamente en una invitación que dice: cuatro relatos, cuatro cócteles, noventa minutos y una experiencia inmersiva.

Noventa minutos.

Poe probablemente habría desconfiado de semejante optimismo.

La propuesta se llama “Edgar Allan Poe Speakeasy” y convierte el Hotel de la Cañada en una especie de santuario temporal dedicado al hombre que consiguió hacer de la culpa, la locura, los cadáveres y los gatos negros una de las formas más elegantes de la literatura. El sábado 24 de octubre de 2026 y el sábado 12 de diciembre de 2026.

La fórmula es bastante simple: cuatro cuentos. Cuatro tragos. Cuatro momentos de oscuridad.

“El corazón delator.”

“El gato negro.”

“El cuervo.”

“La máscara de la muerte roja.”

Y uno empieza a pensar que alguien, en algún momento, tuvo una reunión de marketing bastante extraña.

—¿Qué hacemos con Poe?

—Lo convertimos en una experiencia.

—¿Qué tipo de experiencia?

—Gótica.

—¿Y qué más?

—Le ponemos alcohol.

Silencio.

—Tenemos un negocio.

Y así, probablemente, nació el capitalismo literario.

Cuatro tragos para cuatro formas de morir. Porque acá Poe no solamente se escucha. También se bebe.

Son cuatro cócteles, uno por cada relato, pensados para acompañar la historia y convertirse casi en una extensión de la escenografía.


El primero es el “Pale Blue Eye”, inspirado en El corazón delator. Es un cóctel de vodka infusionado con arándanos, jugo de limón, almíbar de rosas y agua gasificada. Tiene ese tono azul pálido que justifica el nombre y lleva un arándano flotando en la superficie, como un pequeño ojo suspendido en la copa. Un ojo. Porque estamos hablando del ojo del viejo que obsesiona al narrador de “El corazón delator”. Poe nunca fue demasiado sutil con sus símbolos, pero tampoco necesitó serlo. Uno escucha hablar de un asesinato mientras alguien bebe tranquilamente. Una situación que, vista desde afuera, resulta bastante civilizada. Hay gente tomando cócteles mientras otro ser humano explica cómo mató a un viejo y escondió su cuerpo debajo del piso. La humanidad ha inventado cosas maravillosas.

 

El segundo es The Cat's Meow, el trago de “El gato negro”. La combinación se mueve hacia un territorio completamente distinto: bourbon, brandy, leche especiada con vainilla y canela, crema y maple. Es una especie de Brandy Milk Punch, denso, dulce y especiado. Poe probablemente hubiera apreciado la combinación. Un trago que parece más inocente de lo que debería. Como el gato. Como el cuento. Como ciertas personas.  

El gato negro es uno de esos cuentos que uno recuerda por razones equivocadas. Cree recordar al gato, la casa, el crimen. Pero en realidad lo que queda es la sensación de estar atrapado dentro de la cabeza de alguien que sabe que está destruyéndose y continúa haciéndolo. Poe conocía bien esa clase de personajes. Quizás porque conocía demasiado bien a los seres humanos. Quizás porque conocía demasiado bien a los escritores.

 

Después aparece Nevermore, el cóctel de “El cuervo”. Acá la estética cambia por completo. Vodka infusionado con durazno y flor de azahar, lima, almíbar y carbón activado. El resultado es oscuro, casi negro, y lleva una lima deshidratada como remate. Es probablemente el más teatral de los cuatro.

Uno imagina la escena: Poe hablando de la pérdida, un cuervo instalado en alguna parte, alguien pronunciando "Nevermore" y delante nuestro una copa negra.

Hay algo de ritual pagano en eso. Y ahí ya estamos perdidos. Porque no importa cuántas veces hayas leído el poema. Cuando alguien dice Nevermore, algo ocurre. No necesariamente algo sobrenatural. Algo peor. La memoria.

Ciertas palabras se convierten en habitaciones."Nevermore" es una de ellas.

Nunca más. Dos palabras. Una vida entera adentro. Y mientras alguien bebe un cóctel llamado Nevermore, uno puede tener la impresión de que Poe se está riendo desde algún lugar. No porque le parezca divertido. Porque finalmente consiguió lo que quería. Que doscientos años después todavía estemos hablando con sus muertos.

 

Y finalmente llega el Cocktail of the Red Death, inspirado en “La máscara de la muerte roja”. Vodka, cereza, Benedictine, lima, ananá y bitters. El color rojo hace prácticamente todo el trabajo antes de que empiece la historia.

Rojo. Sangre. Fiesta. Enfermedad. Muerte. Y ahí ya no hace falta explicar demasiado. Una fiesta. Una enfermedad afuera. Una aristocracia encerrada adentro. Música. Máscaras. Copas. Y la certeza de que la muerte siempre consigue entrar.

Es difícil encontrar una metáfora más apropiada para una época como la nuestra. Poe escribió el cuento en 1842. Nosotros seguimos organizando fiestas mientras afuera pasan cosas. Quizás por eso Poe nunca envejece. No porque sea antiguo. Porque nosotros seguimos siendo bastante parecidos.

 


Poe habría aprobado la economía de recursos. Cuatro relatos. Cuatro colores. Cuatro maneras de entrar en su cabeza.

El azul pálido del ojo.

El blanco cremoso y especiado del gato.

El negro del cuervo.

El rojo de la muerte.

Y ahí uno entiende que la experiencia no consiste simplemente en poner cuatro tragos sobre una mesa. La idea es que cada copa funcione como una pequeña pieza de utilería. Primero te la tomás. Después entendés por qué te la dieron. Y mientras el alcohol empieza a hacer su propio trabajo, Poe hace el suyo.

Porque hay escritores que se leen con un café. Poe, evidentemente, prefería la oscuridad. Y cuatro cócteles. Pero hay que reconocer algo: la idea funciona. Poe siempre fue un escritor sensorial.

Sus cuentos no se limitan a contar acontecimientos. Te meten dentro de una habitación. Escuchás el corazón debajo del piso. Sentís el olor de una casa donde algo terrible acaba de ocurrir. Escuchás las alas de un cuervo. Ves avanzar la Muerte Roja detrás de una máscara. Poe no escribe para que uno permanezca cómodamente sentado leyendo. Escribe para que uno empiece a mirar hacia la puerta.

Por eso el teatro inmersivo parece casi una consecuencia natural de su literatura.

Hay algo profundamente contemporáneo en convertir a Poe en una experiencia de este tipo. Vivimos rodeados de pantallas. Leemos cada vez más rápido. Saltamos de una cosa a otra. Deslizamos el dedo. Miramos. Seguimos. La literatura, en cambio, exige detenerse.

El Speakeasy hace una operación curiosa: para volver a llamar nuestra atención sobre un escritor del siglo XIX, lo convierte en espectáculo.

Actores. Luces. Música. Cócteles. Oscuridad. Es casi una provocación. Pero también una pregunta: ¿qué tenemos que hacer para que alguien vuelva a escuchar una historia?

Tal vez sentarlo en una habitación oscura y darle una copa. No es una mala estrategia.

Y después está Córdoba. Porque hay algo deliciosamente absurdo en todo esto. Edgar Allan Poe murió en Baltimore. Su literatura nació entre periódicos, habitaciones oscuras, deudas, alcohol, enfermedades y fantasmas. Y ahora, tantos años después, aparece en Córdoba. No en Baltimore. No en Richmond. No en una vieja casa victoriana. En Córdoba. Entre edificios, autos, bares, motos, gente que llega tarde y alguien preguntando dónde queda exactamente el Hotel de la Cañada. Y quizás eso sea lo más Poe de todo. Que la muerte viaje. Que la literatura se mueva. Que los fantasmas cambien de domicilio. Que un escritor muerto hace más de un siglo pueda aparecer una noche cualquiera en una ciudad argentina y todavía conseguir que alguien diga:

—Che, ¿vamos a ver a Poe?

No sé qué pensaría Edgar Allan Poe de todo esto. Quizás detestaría los cócteles. Quizás bebería los cuatro. Quizás pediría el quinto. Quizás se sentaría en un rincón y observaría a todos con esa mirada de hombre que sabe que las personas somos criaturas bastante ridículas cuando creemos estar a salvo.

Pero sospecho que habría una cosa que sí entendería. La oscuridad. Porque la oscuridad no pertenece a ninguna época. Ni a Baltimore. Ni a Córdoba. Ni al siglo XIX.

La llevamos puesta. Algunos la esconden mejor. Otros escriben sobre ella. Y algunos, como Poe, consiguen convertirla en literatura. Por eso quizá no sea tan extraño sentarse una noche en Córdoba, escuchar El corazón delator, mirar un vaso iluminado, escuchar un actor decir Nevermore y pensar en todas las cosas que alguna vez creímos que habían desaparecido para siempre.

Porque finalmente eso es Poe. Una conversación con aquello que ya no está. Una forma elegante de hablar con los muertos. Y si además sirven cuatro cócteles, bueno: que alguien cierre la puerta.

Y si alguien sale de una noche de Poe Speakeasy con ganas de volver a leer El corazón delator, buscar El gato negro, enfrentarse nuevamente con El cuervo o descubrir qué demonios era aquella máscara de la muerte roja, entonces la operación habrá conseguido algo que no es menor. Habrá conseguido que un muerto de Baltimore vuelva a inquietar a alguien. Y eso, tratándose de Edgar Allan Poe, quizá sea la mejor forma posible de homenaje. Después de todo, Poe nunca pidió que lo leyéramos a plena luz del día. Poe necesita una puerta cerrándose lentamente. Una copa. Cuatro historias. Y alguien, del otro lado de la habitación, diciendo: Nevermore.

 

 

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"Los lectores de Crónicas"

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