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La esquina donde terminaba el mundo

La esquina donde terminaba el mundo

 

Hubo un tiempo en que Villa Dolores tenía un final. Era esta esquina. No había un cartel que lo anunciara. Tampoco un límite municipal. Simplemente, después del último farol empezaba el campo. O el monte. Según la estación, según la hora o según la imaginación de un chico.

Recuerdo esa oscuridad como se recuerdan los primeros libros: llena de criaturas que nunca existieron y de caminos que uno juraba recorrer algún día.

Los pueblos también tenían fronteras. Y las fronteras enseñaban una lección que hoy parece olvidada: no todo debía ser ocupado.

Después llegaron los loteos. Las mansiones. Los cercos electrificados. Las cámaras que vigilan incluso el silencio. El progreso, dicen. La moderna modernidad diría el Indio.

Ganamos metros construidos y perdimos horizonte. Donde antes comenzaba el misterio, ahora comienza un barrio privado. Quizás el problema no sea que el pueblo haya crecido. Los pueblos crecen. Las ciudades también. Lo que extraño es otra cosa.

Extraño la posibilidad de que existiera un lugar donde la civilización aceptara terminar y le cediera el paso a la noche. Porque, sin saberlo, aquella esquina no separaba el pueblo del campo. Separaba una época en la que todavía creíamos que el mundo era más grande que nosotros.

 

Mis amigos imaginarios


Mis amigos imaginarios

 

Cada 20 de julio sucede lo mismo. El teléfono vibra, llegan los mensajes, aparecen las fotos de abrazos, los brindis, las promesas de "tenemos que juntarnos". Entonces me acuerdo de otros amigos. Un poco más silenciosos. Bastante más viejos. Y, según algunos, completamente imaginarios.

La verdad es que llevo toda la vida rodeado de ellos.

Los conocí mucho antes que a la mayoría de las personas que hoy forman parte de mi historia. Llegaron sin pedir permiso, escondidos entre las páginas de un libro. Nunca golpearon la puerta de casa; bastaba abrir una novela para que entraran y se acomodaran en el sillón de al lado.

Con ellos crecí.

Recuerdo haber discutido con Don Quijote mucho antes de entender la palabra "idealismo". Caminé con Odiseo cuando todavía no sabía que todos los regresos son más difíciles que las partidas. Me perdí en los laberintos de Borges, sentí el frío cósmico de Lovecraft, soporté el mal humor de Schopenhauer y, de vez en cuando, todavía escucho a Nietzsche decirme que desconfíe de las verdades demasiado cómodas.

Jamás me decepcionaron.

Porque los personajes de ficción tienen una virtud extraordinaria: nunca fingen ser otra cosa. El villano es villano. El héroe duda. El cobarde tiene miedo. En cambio, los seres humanos solemos pasar demasiado tiempo interpretando papeles que ni nosotros mismos creemos.

Con los años descubrí que esos amigos imaginarios terminaron moldeando mi manera de mirar el mundo. Me enseñaron que una biblioteca también puede ser una familia. Que un libro abierto es una conversación esperando continuar. Que los muertos hablan. Y que los buenos escritores tienen la extraña costumbre de dejar amigos escondidos entre sus páginas para quien se anime a encontrarlos.

Algunos dicen que leer es escapar de la realidad. Siempre pensé exactamente lo contrario. Leemos para volver a ella un poco menos solos.

Por eso, cuando publiqué esa fotografía saludando a mis amigos imaginarios, más de uno creyó que era un chiste. Y sí, tenía algo de humor. Pero también era una confesión.

Porque durante muchos momentos de mi vida, cuando el ruido del mundo se volvía insoportable, fueron ellos quienes se sentaron conmigo. Nunca preguntaron demasiado. Nunca juzgaron mis silencios. Simplemente estuvieron.

Tal vez por eso sigo llamándolos colegas.

Compartimos noches de insomnio, cafés interminables, viajes que jamás hice y ciudades que sólo existen en la literatura. Ellos escribieron los libros. Yo escribí los márgenes. Entre ambos fuimos construyendo una amistad que ya lleva más de medio siglo.

Así que hoy, además de abrazar a mis amigos de carne y hueso —esos imprescindibles que la vida tuvo la generosidad de regalarme—, quiero levantar un brindis por los otros.

Por Sherlock Holmes, que todavía resuelve mis dudas. Por Odiseo, que me recuerda que toda vida es un regreso. Por Borges, que sigue perdiéndose en bibliotecas infinitas. Por Lovecraft, que me enseñó que el miedo también puede escribirse. Por Schopenhauer, que convirtió el pesimismo en una forma de lucidez. Y por tantos otros cuyos nombres llenan mis estantes y mi memoria.

No sé si existen los amigos imaginarios. Lo que sí sé es que hay libros que nos acompañan toda una vida.

Y eso, para mí, siempre fue la forma más verdadera de la amistad. 

El éxito es una excepción

 

El éxito es una excepción

 

Vivimos en una época que nos miente con una sonrisa.

Nos dice que cualquiera puede ser exitoso. Que basta con desearlo, levantarse a las cinco de la mañana, tomar agua con limón, escuchar un podcast motivacional y repetir frente al espejo que somos invencibles. Nos venden el éxito como si fuera una estación de tren donde todos tenemos reservado un asiento.

Pero las estadísticas, la historia y la vida cotidiana cuentan otra cosa.

Marcelo Bielsa lo resumió con una lucidez que incomoda: “el éxito es una excepción”.

La frase parece sencilla, pero dinamita uno de los grandes relatos del siglo XXI. Porque si el éxito es excepcional, entonces la vida de la mayoría de nosotros no puede medirse con esa vara.

La inmensa mayoría de los seres humanos no pasará a la historia. No levantará una Copa del Mundo, no ganará un Premio Nobel, no fundará una empresa multimillonaria ni será tendencia en las redes sociales. La mayoría simplemente trabajará, criará hijos, enterrará padres, pagará cuentas, tendrá derrotas silenciosas y, de vez en cuando, alguna alegría.

Y eso no tiene absolutamente nada de mediocre.

Nos educaron para admirar únicamente a quienes llegan a la cima. Nunca a quienes sostienen el mundo desde abajo.

Nadie entrevista al hombre que durante cuarenta años abrió una biblioteca a las siete de la mañana. Nadie convierte en documental a la enfermera que hizo miles de guardias sin esperar un aplauso. Nadie escribe biografías del empleado municipal que jamás aceptó una coima o del maestro rural que enseñó a leer a tres generaciones.

Sin embargo, allí está la verdadera arquitectura de una sociedad.

El capitalismo descubrió hace tiempo que la frustración también es un negocio. Si convencés a alguien de que debería ser extraordinario y no lo consigue, venderle cursos, libros, aplicaciones o promesas se vuelve mucho más fácil. La industria de la autoayuda necesita personas convencidas de que vivir una vida común es fracasar.

Pero quizá el fracaso sea otra cosa.

Tal vez fracasar no sea perder una final ni quedarse sin un ascenso. Quizá fracasar sea abandonar la propia dignidad para obtener un resultado. Mentir para ganar. Pisar cabezas para llegar antes. Convertirse en aquello que uno despreciaba.

Bielsa suele poner el foco donde casi nadie mira: en los medios, no solamente en los fines. En la nobleza del recorrido antes que en la fotografía del podio.

Porque el podio dura unos minutos. La vida, en cambio, ocurre durante el camino.

Conozco personas que nunca fueron exitosas según los parámetros del mercado y, sin embargo, poseen una riqueza que no cotiza en ninguna bolsa: pueden dormir tranquilas. Conservan amigos de hace treinta años. Nunca necesitaron disfrazarse para ser aceptadas. No hicieron fortuna, pero tampoco hipotecaron el alma.

Eso también es una forma de victoria. Quizá la más difícil.

La próxima vez que alguien les pregunte qué lograron en la vida, tal vez no haga falta enumerar títulos, premios o reconocimientos. Alcanza con responder que intentaron recorrer el camino sin dejar de ser quienes eran. Porque el éxito, como decía Bielsa, es una excepción.

La dignidad, en cambio, debería ser la regla.


Volver a conversar con Odiseo


Volver a conversar con Odiseo

 

Anoche fui al cine. No iba solamente a ver la nueva película de Christopher Nolan. Iba a reencontrarme con un viejo amigo que me acompaña desde hace casi cincuenta años.

Disfruté la película. Mucho.

Sí, Nolan se toma algunas licencias. Algunos personajes aparecen con otro peso, ciertos episodios cambian de lugar y algunos hechos responden más al lenguaje del cine que al poema de Homero. Pero sería un error pedirle una adaptación literal. “La Odisea” nunca fue un texto inmóvil. Antes de convertirse en libro fue un relato oral. Durante siglos los aedos recorrieron las ciudades griegas cantando las hazañas de Odiseo. Cada uno agregaba matices, modificaba detalles, hacía suya la historia. Nolan, en definitiva, no hace otra cosa que ocupar el lugar de uno de esos antiguos narradores.

Los clásicos sobreviven porque aceptan ser contados una y otra vez.

Mientras miraba la película regresé, inevitablemente, a mi infancia. Tenía diez años cuando leí por primera vez “La Ilíada” y “La Odisea”. No fueron ediciones académicas ni lujosas. Eran aquellos inolvidables libros de tapa dura de la colección Billiken, adaptados para chicos. En la misma biblioteca convivían “Don Quijote de la Mancha”, Julio Verne, Dickens y, entre todos ellos, Homero.

Sin saberlo, estaba entrando en una conversación que me acompañaría toda la vida.

Recuerdo una de mis primeras grandes desilusiones como lector. Yo me había fanatizado con Héctor. Veía en él al hombre que defendía su ciudad, a su esposa Andrómaca, a su pequeño hijo Astianacte y a un pueblo que ya sabía condenado. Cuando llegó el duelo final estaba convencido de que debía sobrevivir. Pero Homero decidió otra cosa. Aquiles lo mata.

Todavía puedo recordar mi enojo. Insultaba a Aquiles y a aquellos aqueos de hermosas grebas. Con la lógica apasionada de un chico me parecía injusto. Pensaba que Aquiles, protegido por los dioses y destinado a una gloria inmortal, tenía demasiadas ventajas frente a un hombre que sabía perfectamente que podía morir.

Hoy sé que Homero construía otra tragedia.

Aquiles representa el heroísmo de la fuerza, del coraje absoluto, de quien acepta una vida breve a cambio de una fama eterna.

Héctor representa algo diferente. Es el héroe que conoce el miedo y, aun así, sale a combatir. Quizá por eso, incluso siendo un niño, me sentí más cerca de él. Y con el paso de los años descubrí que también me sentía profundamente cerca de Odiseo.

Porque Odiseo inaugura otra forma de heroísmo.

No es el más fuerte. No es el más veloz. No es el guerrero invencible. Su verdadera arma es la inteligencia.

Donde Aquiles resuelve con la espada, Odiseo resuelve con el ingenio. Donde otros avanzan por la fuerza, él observa, espera, calcula. El caballo de Troya no nace del músculo, sino de la imaginación. En un mundo lleno de guerreros, Odiseo demuestra que pensar también puede ser un acto de valentía.

Tal vez por eso siempre preferí “La Odisea”. Porque, si “La Ilíada” habla de cómo ganar una guerra, “La Odisea” habla de algo mucho más difícil: cómo volver a vivir después de ella.

Christopher Nolan parece haber comprendido esa diferencia.

Los cíclopes, las sirenas, Circe, Calipso o Escila son inolvidables, pero nunca fueron el verdadero centro del poema.

Los monstruos están afuera. El viaje ocurre por dentro.

Y hay otra escena que siempre esperé ver en el cine.

La del descenso al Hades.

Allí Odiseo busca al viejo Tiresias para preguntarle cómo regresar a Ítaca. No consulta a un dios guerrero ni a un rey. Busca a un anciano ciego, porque en la tradición griega la verdadera visión muchas veces comienza cuando los ojos dejan de ver el mundo.

Tiresias siempre fue uno de mis personajes preferidos.

Mucho antes de leerlo en Homero, mi madre me había contado quién era aquel adivino que había perdido la vista al sorprender desnuda a Atenea mientras se bañaba. Los dioses no podían devolverle los ojos, pero le regalaron otro modo de mirar: el don de conocer aquello que los demás ignoraban.

Quizá por eso me gusta insistir en llamarlo Odiseo y no Ulises. No es una cuestión de pedantería. Ulises pertenece a la tradición latina. Odiseo pertenece al mundo de Homero, al de Tiresias, Atenea, Ítaca y los viejos aedos que iban de ciudad en ciudad cantando estas historias mucho antes de que existieran los libros.

Los nombres también conservan la memoria de las civilizaciones.

La gran pregunta de “La Odisea” no es cómo regresar a Ítaca. La verdadera pregunta es quién regresa. Porque nadie atraviesa veinte años de guerra, pérdidas, tentaciones y naufragios sin convertirse en otra persona.

Mientras salía del cine pensé que, en realidad, no acababa de ver una película.

Acababa de volver a conversar con un personaje que conocí siendo un chico de diez años gracias a aquellos viejos libros de Billiken. Comprendí, una vez más, que los clásicos nunca envejecen. Simplemente esperan.

Esperan que un lector vuelva a abrir sus páginas o que un director de cine decida contarlos otra vez. Y entonces Odiseo vuelve a zarpar. No desde las costas de Ítaca.

Sino desde ese lugar secreto donde viven las historias que ya forman parte de nuestra propia vida.

Y ya en casa reflexionando mientras tomaba un wiski recapacité que Nolan había filmado una gran aventura. Pero la verdadera aventura había comenzado mucho antes, cuando un chico de diez años abrió una edición de Billiken de La Ilíada y La Odisea, discutió con Homero por la muerte de Héctor y escuchó a su madre contarle quién era Tiresias. Desde entonces, cada vez que vuelvo a esos poemas, no siento que esté releyendo un clásico. Siento que estoy regresando a una conversación que nunca terminó. 


 

El viento frío de Kabul

El viento frío de Kabul

 

Los vientos a veces traen lluvia. A veces traen frío y a veces se llevan las nubes y el clima mejora.

El viento de Kabul trae historia. Trae pólvora. Trae nombres que Occidente recuerda apenas durante unas semanas y luego vuelve a olvidar.

Nunca estuve en Kabul. Sin embargo, hay ciudades que uno conoce por las cicatrices. Las he recorrido en libros, en documentales, en fotografías de agencias de noticias donde siempre parece faltar el sonido. Porque las guerras son así: vemos las explosiones, pero nunca escuchamos el silencio que queda después.

Kabul descansa a casi mil ochocientos metros de altura, entre las montañas del Hindu Kush. Durante siglos fue un lugar de paso. Por allí cruzaban comerciantes de la Ruta de la Seda, peregrinos, ejércitos y conquistadores. Alejandro Magno pasó cerca. Los mongoles dejaron su marca. Los británicos aprendieron, con sangre, que Afganistán no era un territorio fácil de dominar. Los soviéticos también lo aprendieron. Después los estadounidenses.

Hay una vieja frase, atribuida a distintos autores, que llama a Afganistán "el cementerio de los imperios". Quizá sea una exageración, pero contiene una verdad incómoda: casi todas las potencias que quisieron moldear ese país terminaron descubriendo que la geografía también tiene memoria y que las montañas pueden derrotar a los ejércitos.

En 1979 llegaron los tanques soviéticos. Diez años después se fueron dejando un país roto. La guerra civil terminó de pulverizar lo que quedaba y, en 1996, aparecieron los talibanes con la promesa de imponer orden. El precio fue la libertad. Las mujeres desaparecieron del espacio público, las escuelas cerraron para las niñas, la música fue condenada como si una canción pudiera poner en peligro un régimen.

Entonces llegó el 11 de septiembre de 2001. Las Torres Gemelas cayeron en Nueva York y las bombas comenzaron a caer sobre Kabul. Durante veinte años el mundo creyó estar escribiendo una nueva historia. Se construyeron escuelas, universidades, hospitales. Nació una generación que aprendió a usar internet antes que un fusil y que imaginó un país distinto. Pero las guerras nunca terminan cuando lo anuncian los presidentes.

En agosto de 2021 el mundo volvió a mirar Kabul durante apenas unos días. Bastaron unas imágenes para resumir veinte años de ocupación: personas colgadas de un avión que intentaba despegar, madres levantando a sus hijos por encima de los alambrados del aeropuerto, hombres corriendo detrás de una promesa de escape. Después las cámaras se fueron. Como siempre.

Pienso en eso desde este rincón de Traslasierra, donde el viento también baja frío de las sierras en invierno. La distancia entre Villa Dolores y Kabul parece infinita, pero no lo es tanto. Hay un hilo invisible que une todas las ciudades donde la gente intenta simplemente vivir mientras la Historia —con mayúsculas— insiste en pasarles por encima.

Tal vez por eso me cuesta hablar de Kabul como si fuera solo un conflicto internacional. Detrás de cada titular hay alguien que prepara té, alguien que acomoda libros en una biblioteca medio vacía, alguien que se enamora, alguien que entierra a un hermano. La geopolítica suele olvidar que las estadísticas tienen rostro.

El viento frío de Kabul no llega hasta nosotros cargando nieve. Llega cargando preguntas. ¿Cuánto dura la compasión del mundo? ¿Cuánto tarda una tragedia en convertirse en una noticia vieja? ¿En qué momento dejamos de mirar porque otra guerra, otro escándalo o un algoritmo decidió cambiar de tema?

Quizá el verdadero frío no esté en Kabul. Quizá esté en nosotros, en esta facilidad con la que aprendimos a convivir con el dolor ajeno. Mientras tanto, allá, entre las montañas del Hindu Kush, el viento sigue soplando. Y alguien, como hace mil años, vuelve a cerrar la puerta de su casa esperando que esta noche tampoco llegue la guerra.


 

La frase en una lápida


La frase en una lápida

 

Existen instantes que parecen triviales en el momento en que suceden. Años más tarde, nos damos cuenta de que en realidad fueron el inicio de casi todo. Para mí, uno de esos momentos ocurrió en 1985.

Con Walter Ochoa acabábamos de comprar “Live After Death”, el disco en vivo de Iron Maiden. En realidad, el cassette doble. Lo abríamos y cerrábamos una y otra vez, maravillados con la ilustración de Derek Riggs. Eddie emergía de su tumba entre rayos, cadenas y cementerios. Cada centímetro del dibujo escondía algo.

De pronto vimos una lápida. Estaba escrita en inglés.

Nos sentamos con una lupa y un diccionario. No existía Internet. Si querías saber algo había que perseguir las palabras una por una.

Después de un buen rato conseguimos traducir la inscripción.

 

“No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el paso de extraños eones, incluso la misma muerte puede morir.“

Abajo había una firma.

“H. P. Lovecraft.”

 

No sabía quién era. Pero esa frase quedó clavada en mi cabeza. Unos días después le pregunté a mi amigo Hipólito. En realidad se llamaba Jorge. Pero para todos era Hipólito. Era cuatro años mayor que yo y, a esa edad, cuatro años eran una eternidad. Él ya había leído autores de los que yo apenas había oído hablar. Escuchaba discos que todavía no llegaban a mis manos. Tenía esa mezcla de curiosidad y generosidad que poseen las personas incapaces de guardarse un libro que aman.

—¿Vos conocés a Lovecraft?

Me miró, sonrió y unos días más tarde apareció con un ejemplar de “Mitos y relatos de Cthulhu”.

—Llevátelo.

Nunca imaginó lo que acababa de hacer. Abrí ese libro y entré en un universo del que jamás salí.

Después llegaron “La llamada de Cthulhu”, “El color que cayó del cielo”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth” pero el primero siempre fue aquel libro prestado por Hipólito.

Con él también descubrí a Edgar Allan Poe. Un día me alcanzó “La narración de Arthur Gordon Pym”. Todavía recuerdo la sensación que me dejó ese final. No entendía cómo una novela podía terminar así. Era como si la historia continuara mucho después de cerrar el libro. Durante semanas no pude dejar de pensar en esas últimas páginas. Creo que fue la primera vez que comprendí que la literatura no siempre responde preguntas. A veces hace exactamente lo contrario.

Hipólito no solamente me prestaba libros. Leíamos poesía. Pasábamos tardes enteras hablando de versos, de música y de escritores.

Recuerdo especialmente un verano. Sus padres y sus hermanas se habían ido de vacaciones a Mar del Plata y él se había quedado solo en la casa.

Era enero. El calor era insoportable. Terminamos los dos metidos en una pelopincho a las dos de la madrugada, tomando vino mientras sonaba “Ummagumma”, de Pink Floyd en vinilo.

Éramos dos pibes convencidos de que la poesía podía cambiar el mundo.

Hoy me emociona recordar esa escena. No hablábamos de trabajo. No hablábamos de dinero. No hablábamos del futuro. Hablábamos de Rimbaud, de Poe, de Lovecraft, de Pink Floyd. Y nos alcanzaba.

Han pasado más de cuarenta años.

Todavía conservo aquel cassette de “Live After Death”. También la edición en CD y, hace poco, sumé el vinilo. Cada vez que miro la tapa vuelvo a buscar aquella lápida. Ya no necesito la lupa ni el diccionario. La frase vive en mi memoria desde hace décadas.

También sigo comprando a Lovecraft.

Tengo varias ediciones, distintas traducciones y colecciones completas. No porque crea que un libro vale más por repetido, sino porque cada traducción ilumina un rincón diferente del mismo universo.

Mi gato se llama Lovecraft. No fue una ocurrencia. Fue un homenaje.

Hipólito murió hace unos años. Y, sin embargo, sigue apareciendo cada vez que abro uno de esos libros.

A veces pienso que la verdadera herencia no son las cosas que nos dejan cuando alguien muere. Son las pasiones que sembraron mientras estaban vivos.

Hipólito no me dejó dinero. No me dejó propiedades. Me dejó algo infinitamente más valioso. Me enseñó que un libro puede cambiar una vida.

Que una frase encontrada en la tapa de un disco puede abrir la puerta de un universo entero.

Y que la amistad también consiste en eso: en reconocer una pasión en otro y decirle, simplemente:

—Llevátelo.

Tenés que leer esto.




 

Esto no es contenido. Es insomnio grabado.


 

¿Todavía duerme ocho horas?

¿Se pasa dos horas mirando videos de gente que opina sobre videos de otra gente?

¿Discute en redes con personas cuyo mayor logro intelectual fue comentar una receta de milanesas?

¿Compra libros para decorar la biblioteca?

¿Hace años que no subraya una página?

¿Cree que pensar demasiado hace mal?

¿Le da alergia la filosofía?

¿Confunde un influencer con un escritor?

¿Sospecha que Borges era un barrio?

¿Le dijeron alguna vez: "No te hagás tantas preguntas"?

¿Se despierta a las tres de la mañana sin saber por qué?

Entonces es posible que todavía tenga arreglo.

Entre a “Crónicas del Desvelo”.

No prometemos volverlo más feliz.

No prometemos hacerlo rico.

No prometemos salvar su matrimonio, mejorar su autoestima ni curarle la calvicie.

Pero quizá consiga algo mucho más raro.

Volver a pensar.

Encontrará crónicas, literatura, cine, filosofía, poesía, rock, memoria, fotografías y esas pequeñas ruinas cotidianas que casi nadie mira porque todos andan demasiado ocupados fingiendo que entienden el mundo.

No encontrará gurúes.

Ni frases motivacionales.

Ni diez secretos para alcanzar el éxito antes del desayuno.

Solo palabras.

De esas que todavía dejan insomnio.

 

CRÓNICAS DEL DESVELO

Esto no es contenido. Es insomnio grabado.

Entre bajo su propia responsabilidad.

Los efectos secundarios pueden incluir: pensamiento crítico, nostalgia, ganas de leer, necesidad de escuchar discos completos, visitas inesperadas a librerías de viejo y una preocupante disminución de la tolerancia hacia la estupidez.

“Nueva fórmula.”

“No aprobada por algoritmos.”

“Milagro literario de venta libre.”

 

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"Los lectores de Crónicas"

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