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La revolución de abrir un libro

 

La revolución de abrir un libro

 

Propongo algo que parece imposible en nuestro tiempo: agregar un octavo día a la semana.

No uno para trabajar más, producir más o correr más rápido. Un día para leer.

Vengo de una familia que me educó en la lectura, el pensamiento crítico y el valor de la curiosidad intelectual. Y cuando digo que me educó, no hablo solamente de la escuela ni de los libros que había en casa. Hablo de una costumbre sencilla que marcó mi infancia de una manera que recién hoy alcanzo a comprender.

Todos los días, sin excepción, había cuarenta y cinco minutos dedicados a la lectura. A veces era mi madre, a veces mi padre, otras veces mi tía. Leíamos en voz alta. Cada uno tomaba un fragmento y lo compartía con los demás. Había noches en las que la lectura terminaba convirtiéndose en una conversación que duraba más que el propio libro. Una palabra llevaba a una pregunta, una pregunta a una discusión y una discusión a una nueva búsqueda.

Recuerdo estanterías repletas de libros. Recuerdo enciclopedias gastadas por el uso. Recuerdo que cuando aparecía una duda, la respuesta no era inmediata. Había que buscarla. Había que abrir un libro, revisar una página, contrastar una idea con otra. Aprendí que no saber algo no era motivo de vergüenza; vergonzoso era perder la curiosidad.

También recuerdo algo que hoy parece cada vez más raro: los adultos que me rodeaban disfrutaban aprender. No fingían saberlo todo. Leían porque querían comprender mejor el mundo. Discutían ideas, autores, acontecimientos históricos. Me enseñaron que una conversación podía ser un ejercicio de descubrimiento y no una competencia para ver quién tenía razón.

Quizás por eso me preocupa algo que vengo observando desde hace algunos años. Pareciera que vivimos una época en la que el anti intelectualismo se ha convertido, para muchos, en una especie de virtud. Como si la ignorancia fuera una muestra de autenticidad. Como si el desinterés por la lectura, la ciencia, la historia o la filosofía fuese algo de lo que sentirse orgulloso.

No creo que sea un problema de inteligencia. Creo que es un problema cultural. Hemos empezado a confundir la velocidad con el conocimiento, la opinión con el pensamiento y la información con la comprensión.

Lo veo constantemente en una cultura que parece haber reemplazado el conocimiento por la opinión. Hoy cualquiera puede expresar una idea —y eso es maravilloso—, pero muchas veces hemos olvidado que opinar y comprender no son la misma cosa.

Nos acostumbramos a creer que unos pocos minutos de video, un hilo en redes sociales o una frase ingeniosa bastan para entender temas que durante siglos ocuparon a filósofos, científicos, historiadores y escritores. Vivimos en una época que nos acostumbra a consumir conclusiones sin recorrer el camino que conduce a ellas.

Y es allí donde aparece una de las enfermedades intelectuales de nuestro tiempo: hablar sin saber. Opinar a partir del recorte, del reel, del titular, del podcast escuchado a medias. Confundir familiaridad con conocimiento. Creer que por haber estado expuestos a una idea ya la comprendemos.

Cada vez resulta más frecuente encontrar debates construidos sobre fragmentos aislados, citas fuera de contexto o explicaciones reducidas a pocos segundos de atención. Hemos desarrollado una enorme capacidad para acceder a información y, al mismo tiempo, una creciente dificultad para profundizar en ella.

Sin lectura, sin estudio y sin tiempo para la reflexión, el conocimiento se vuelve superficial. Y cuando todo se vuelve superficial, dejamos de buscar la verdad para conformarnos con aquello que confirma lo que ya creemos.

Cada vez parece haber menos paciencia para la duda, para la investigación y para el estudio. Preferimos la certeza rápida a la comprensión profunda. Y así, cuestiones históricas, científicas, filosóficas o políticas terminan convertidas en consignas simplificadas que circulan de pantalla en pantalla sin que nadie se detenga a preguntarse de dónde vienen o qué tan ciertas son.

Cuando dejamos de leer en profundidad, dejamos también de ejercitar nuestra capacidad para distinguir entre una explicación rigurosa y una afirmación atractiva. Perdemos matices. Perdemos contexto. Perdemos pensamiento crítico.

Además, hay algo profundamente humano que estas simplificaciones suelen ignorar: nadie existe aislado. Somos hijos de una época, de una comunidad, de una cultura y de circunstancias que nos moldean. Vivimos en sociedad, dependemos unos de otros y comprendemos el mundo a través del conocimiento acumulado por quienes nos precedieron.

Quizás la solución no sea tan complicada.

Pasamos horas leyendo mensajes, titulares, publicaciones y notificaciones, pero cada vez encontramos menos tiempo para sentarnos con un libro. La lectura profunda exige algo que el mundo moderno parece empeñado en arrebatarnos: atención, silencio y paciencia.

Tal vez por eso sigo creyendo en los libros. Porque un libro nos obliga a desacelerar. Nos exige paciencia. Nos recuerda que comprender es un proceso y que el pensamiento crítico no nace de las certezas, sino de las preguntas.

Cuando miro hacia atrás y recuerdo aquellas noches de lectura compartida, entiendo que el mayor regalo que recibí no fueron los libros en sí mismos. Fue algo mucho más valioso: el hábito de la curiosidad. La idea de que el mundo es demasiado grande, demasiado complejo y demasiado fascinante como para conformarnos con explicaciones simples.

Tal vez el octavo día no sea un día real. Tal vez sea una decisión. Un territorio que decidimos defender del ruido. Una tarde sin apuros. Un sillón junto a una biblioteca. La voz de un autor que escribió hace cien o quinientos años y que, de algún modo, sigue hablándonos al oído.

Porque leer no es escapar de la realidad. Es regresar a ella mejor preparados. Con más preguntas que respuestas. Con más empatía que certezas. Con una mirada capaz de distinguir los matices allí donde otros solo ven consignas.

Quizás no necesitemos una semana más larga. Quizás necesitemos recuperar el tiempo que dejamos dispersarse entre distracciones fugaces y devolverlo a aquello que verdaderamente nos transforma.

Y entonces comprenderíamos algo simple y extraordinario: que cada hora dedicada a la lectura no nos aleja de la vida. Nos acerca a ella.

Porque leer no nos hace superiores. Nos hace más conscientes de todo lo que todavía ignoramos. Y en una época que parece celebrar la superficialidad, tal vez el acto más revolucionario sea abrir un libro y empezar a pensar.

“Seamos razonables. Añadamos un octavo día a la semana dedicado exclusivamente a leer.”

 

Jose Luis Colombini

Desde los arrabales del pensamiento critico


Borges y Estela Canto: una noche en la comisaría por un beso

Borges y Estela Canto: una noche en la comisaría por un beso

 

La historia parece salida de uno de esos relatos donde Jorge Luis Borges mezclaba lo absurdo con lo inevitable. Sin embargo ocurrió de verdad. No hubo laberintos, ni bibliotecas infinitas, ni cuchilleros del arrabal. Hubo algo mucho más sencillo: un beso.

Corría 1944. La Argentina vivía bajo el clima áspero y vigilante que había dejado el golpe militar de 1943. Las calles estaban llenas de uniformes, de controles y de una moral pública que pretendía regular incluso los gestos más íntimos. En ese escenario caminaban juntos Jorge Luis Borges y Estela Canto.

Podría haber sido una tarde cualquiera de Buenos Aires. Tal vez una conversación sobre literatura, sobre algún libro recién descubierto o sobre esos temas que los unían y los separaban al mismo tiempo. Borges tenía cuarenta y cinco años. Ya era un escritor respetado, aunque todavía estaba lejos de convertirse en el mito universal que hoy conocemos. Estela tenía veintiocho. Era inteligente, independiente, moderna para su tiempo. Fumaba, discutía de política, frecuentaba círculos intelectuales y se movía por la vida con una libertad que descolocaba a muchos hombres de su generación.

La atracción entre ellos era intensa y contradictoria. Borges admiraba profundamente a Estela. Ella encontraba fascinante su inteligencia, aunque nunca terminó de corresponderle del modo en que él deseaba. Entre ambos se desarrolló una relación hecha de encuentros, desencuentros, cartas, ilusiones y frustraciones.

Aquella noche, o aquella tarde —según las distintas versiones que circularon después—, ocurrió algo tan simple que hoy parece imposible imaginar sus consecuencias. Se besaron en un espacio público.

Un policía observó la escena.

Lo que para cualquier pareja habría sido un gesto cotidiano fue interpretado como una falta contra la moral. El agente decidió intervenir. Borges y Estela fueron detenidos y trasladados a una comisaría.

La imagen tiene algo de irreal.

Cuesta imaginar a Borges, siempre correcto, siempre educado, sentado en una dependencia policial acusado de algo tan elemental como besar a una mujer. Resulta todavía más extraño pensar que el autor que exploraba los infinitos del tiempo y del universo estuviera obligado a dar explicaciones por un acto de afecto.

Estela contó años después la anécdota con una mezcla de ironía y asombro. Fueron retenidos durante algunas horas y luego liberados. No hubo mayores consecuencias. Sin embargo, el episodio quedó grabado como una pequeña muestra del clima represivo de la época.

También revela algo que suele perderse detrás del monumento literario.

Con frecuencia hablamos de Borges como si hubiera nacido convertido en estatua. Como si siempre hubiera sido el anciano sabio de bastón y voz pausada que aparece en los documentales. Pero antes de convertirse en leyenda fue un hombre lleno de inseguridades, de deseos y de temores. Un hombre que se enamoró.

Y pocas personas encarnan mejor ese amor imposible que Estela Canto.

Borges le propuso matrimonio varias veces. Ella nunca aceptó. Lo quería, lo admiraba, disfrutaba de su compañía, pero no estaba dispuesta a asumir el papel que él imaginaba para ella. La relación avanzó y retrocedió durante años, siempre marcada por una tensión que nunca terminó de resolverse.

Quizás por eso dejó una huella tan profunda.

Cuando Borges publicó “El Aleph” en 1949, dedicó el libro a Estela. No era un gesto menor. Muchos estudiosos consideran que detrás de algunas de las emociones más intensas de esa obra se encuentra la marca de aquella relación. De algún modo, Estela quedó incorporada para siempre al universo borgiano.

Visto desde el presente, el episodio de la detención adquiere una dimensión casi simbólica.

Dos personas caminando por Buenos Aires. Un beso. Un policía. Una comisaría.

Nada más.

Y allí aparece condensada una época entera: la vigilancia moral, la autoridad arbitraria, la dificultad de vivir libremente incluso los sentimientos más simples.

También surge otra cosa. El Borges de carne y hueso. No el escritor consagrado ni el intelectual reverenciado en universidades de todo el mundo. Sino el hombre que una vez desafió, aunque fuera por unos segundos, su propia timidez. El hombre que se inclinó para besar a la mujer que amaba. Y que terminó compartiendo una breve estadía en una celda no por una idea revolucionaria, ni por un manifiesto político, ni por alguno de sus libros, sino por algo mucho más humano.

Por un beso.

 

Supermercado y el héroe de las mil caras


 Supermercado y el héroe de las mil caras

 

Desde que mi madre murió entendí que algunas personas no desaparecen: cambian de lugar. Se vuelven voces que aparecen en momentos absurdos, frases suspendidas en el aire, gestos que regresan cuando uno menos lo espera. A veces me pasa entrando a un supermercado. Escucho el ruido de un changuito y automáticamente vuelvo a verla.

Los fines de semana ella tenía un ritual. No decía “vamos a hacer las compras”. Decía: “el sábado vamos al súper”. Así, con ese tono de ceremonia doméstica que transformaba algo ordinario en un acontecimiento. Y además imponía un tema. Siempre había un tema.

—Mañana hablamos de Borges.

—El sábado discutimos a Freud.

—En el súper vamos a hablar de la muerte.

—Esta vez toca Campbell.

Mi madre sostenía que los lugares comunes eran perfectos para pensar cosas profundas. Que la filosofía debía probarse en la vida real y no solamente en bibliotecas o universidades. Entonces hablábamos de mitología entre sachets de leche, de política frente a las góndolas de arroz y de literatura mientras esperábamos turno en la carnicería.

El supermercado como templo profano. Pasillo siete. Góndola de fideos. Mi vieja empujando el chango con la determinación de una heroína griega que ya atravesó esa misión demasiadas veces y conocía cada trampa del recorrido: ofertas falsas, productos vencidos, cajeras con cara de “no me hables”. Pero aquella tarde el tema central era “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell.

Yo caminaba al lado, medio distraído, pensando que El héroe de las mil caras debería venderse en edición bolsillo, justo al lado de los tomates.

El mundo desfilaba alrededor nuestro. Inflación escondida en tipografías diminutas. Música funcional. Carritos chocando entre sí como planetas cansados. Mi madre insistía en que Campbell tendría que estar al lado del azúcar porque —como escribió él mismo— “el mito es el sueño público y el sueño es el mito privado”. Y este sueño, en Argentina, olía a detergente barato y pan recién horneado.

Mi vieja había leído a Campbell. Lo admiraba, aunque seguramente también desconfiaba de él. Mientras empujaba el chango del súper del barrio —rueda torcida, plástico fatigado, memoria de guerras domésticas— traducía “El héroe de las mil caras” a idioma argentino: inflación interanual, salarios pulverizados y ofertas por tiempo limitado.

—Esto ya no alcanza —decía mirando el aceite Natura como si fuera una reliquia arqueológica—. Antes con uno tirabas todo el mes.

Ahí aparecía la ruptura del mundo ordinario. Campbell la llamaría “la llamada a la aventura”. El INDEC, “readecuación de precios”. El mito siempre entra por el bolsillo.

Mi madre no se detenía. Hablaba como quien improvisa una teoría del mundo mientras elige arroz. El supermercado dejaba de ser supermercado y se convertía en un dispositivo de verdad. Foucault habría tomado notas al lado de las conservas.

—El poder produce realidad —decía ella.

Y esa realidad costaba cuarenta por ciento más que la semana anterior.

—Esto no es elección —agregaba frente a los fideos Lucchetti—. Es cálculo.

Bourdieu habría sonreído desde alguna tumba francesa. Habitus puro. Elegir nunca es completamente libre cuando el capital económico acomoda la mano antes de agarrar el producto.

A veces yo también quería participar del juego intelectual.

—Madre —le decía citando a Lévi-Strauss como un idiota que necesita demostrar que leyó—, la función primaria de la comunicación escrita es facilitar el sometimiento.

Ella me miraba de reojo. Esa mirada extraña que mezclaba paciencia materna, orgullo y la sospecha de haber criado a un boludo con lecturas raras.

Levantaba un paquete de arroz como si fuera un talismán.

—Este está más barato.

—Claro —respondía—. La llamada a la aventura. Campbell lo explica perfecto: algo te arranca de tu mundo ordinario. En este caso, el precio.

—¿Otra vez con el libro?

—No es “un libro”, Luisi. Es el viaje del héroe. Todos pasamos por lo mismo. Vos, yo, el pibe que repone góndolas, la señora que se pelea por la última yerba en oferta. Como diría Borges: “la historia universal es la historia de unas pocas metáforas”. Bueno, esta es una. Solo que viene con código de barras.

Avanzábamos hacia el pasillo de lácteos. Frío polar. La heladera como vientre de la ballena. Mi vieja agarraba un yogur griego y revisaba la fecha de vencimiento como si buscara señales del oráculo.

—Vence mañana —le decía.

—Exacto. Prueba suprema. O lo llevás y confiás en el destino o lo dejás y seguís el camino.

El changuito chirriaba como un narrador omnisciente agotado.

En la carnicería aparecía el dragón. El guardián del umbral con delantal blanco y cara de “mejor no preguntes cuánto está el kilo”.

—Antes pedías un kilo. Ahora pedís “lo que te alcance”.

Un tipo con jogging miraba el celular. Una señora con ruleros hacía cuentas en una calculadora diminuta. Todos esperando turno para el sacrificio.

Y mientras tanto mi madre seguía hablando. De Camus. De Benjamin. De política. De la vida cotidiana como escenario filosófico. El supermercado era apenas la excusa.

Hoy pienso mucho en eso.

Pienso que quizá ella ya sabía algo que yo tardé años en entender: que conversar también era una forma de amor. Que esos “sabadones” no trataban realmente sobre hacer compras ni sobre temas de mitología, de filosofía, de literatura, de cine o de opera. Trataban sobre compartir el mundo antes de que el mundo se terminara.

Ahora entro solo al supermercado y a veces me descubro pensando automáticamente cuál sería “el tema del día”. Veo una góndola vacía y escucho su voz. Paso por la carnicería y la imagino haciendo sociología del precio de la milanesa. Frente a los lácteos todavía espero, por un segundo absurdo, verla revisando fechas de vencimiento como si leyera señales místicas.

Mi vieja camina adelante en todos esos recuerdos, invencible. Yo atrás, tratando de alcanzarla.

Y entonces entiendo algo que Campbell olvidó escribir: que el verdadero héroe no es el que derrota monstruos ni conquista reinos. Es una madre que hace las compras un sábado a la tarde, administra la pérdida con dignidad y todavía encuentra tiempo para discutir filosofía con su hijo entre góndolas de supermercado.

Y eso, definitivamente,no entra en ningún esquema.

Jose Luis Colombini

Amor prohibido. Casamiento express para dos fugitivos del amor (Algunas canciones)


Amor prohibido. Casamiento express para dos fugitivos del amor

(Algunas canciones)

 

Dedicado al Maestro Heraldo Bosio

 

La noche tenía gusto a fernet mal servido y a decisiones que no se pueden sostener con dignidad a la mañana siguiente. Estábamos en la terminal, ese limbo donde nadie pertenece del todo, donde todos están yéndose o llegando tarde a algo que ya no importa.

Las luces de neón nos caían encima como una confesión obligatoria. Nosotros dos ahí, haciendo equilibrio entre el deseo y la culpa, entre las ganas de huir y el peso muerto de lo que vendría después. Porque siempre hay un después, aunque uno intente borrarlo a besos.

Éramos eso: amantes de turno reducido. Amor con fecha de vencimiento. Yo, un tipo que jugaba a ser seductor mientras miraba sus propios zapatos orinados como prueba material del fracaso. Vos, una mujer con la agenda cerrada: en una semana te casabas. Punto final. Acto sellado.

Y sin embargo ahí estábamos, como si la noche pudiera suspender la ley.

El bar respiraba esa mugre sagrada de madrugada: vasos pegajosos, música saliendo de un equipo viejo que parecía estar a punto de morir pero resistía, como nosotros. Sonaba Van der Graaf Generator y el contraste con la escena era casi obsceno. Demasiada épica para dos personas que estaban a punto de romperse.

Entonces entró él.

Una figura encorvada, gastada, con esa dignidad arruinada que sólo tienen los músicos de pueblo, los que hicieron bailar a generaciones enteras en fiestas patronales y ahora piden ginebra como si fuera un acto religioso. No lo aplaudieron. Nadie lo reconoció. Mejor así.

Era un sobreviviente.

Nos miramos, y en ese cruce de ojos ya estaba todo dicho: el final había empezado antes de que pudiéramos evitarlo. Yo te observaba como un chico al que le están quitando lo único que tiene. Vos sostenías esa tristeza elegante que tienen las despedidas inevitables.

El estómago se me subía a la garganta. Pensé —con una certeza ridícula— que nunca más iba a besar así. Que ese momento era una especie de última cena sin apóstoles.

Y ahí, en un acto completamente irracional —o perfectamente lógico, depende del ángulo— te agarré de la mano y te llevé hasta la barra.

El tipo estaba solo. Terminándose la ginebra. —Maestro —le dije. Me miró. Como si ya supiera. Le apreté la mano con una intensidad innecesaria. Sonreí como un loco.

—¡Cásenos!

Vos no te resististe. Sonreíste. Nos besamos. Como si el mundo estuviera de acuerdo.

El tipo pidió otra ginebra. Sabía cosas. Se le notaba en la cara: había perdido suficientes batallas como para no creer en finales felices.

—Usted tiene que casarnos —insistí, como un condenado. Me miró largo. Tomó un trago. Y en esa pausa había una sentencia: el amor de una mujer puede dejar a un hombre en ridículo sin esfuerzo. Después hizo algo que todavía no sé si fue un chiste o un acto sagrado. Levantó la mano, cortó el aire en forma de cruz y murmuró en latín:

“Est voluntatem Dei”. Y listo. Casados por decreto etílico en una terminal de ómnibus.

De fondo sonaba Led Zeppelin con “Since I’ve Been Loving You”, en un centro musical grundig que sintonizaba la FM triac. Como si alguien allá arriba estuviera musicalizando el desastre con ironía fina. Lloramos. Claro que lloramos. Una lágrima cayó y se rompió contra el suelo como todo lo demás. El tipo dijo algo. No lo escuché bien. Tal vez “suerte”. Tal vez “salgan de acá mientras puedan”. Salimos. Arranqué el auto como quien huye de la escena del crimen. Sin rumbo. Porque el rumbo ya estaba decidido por otros. En la Triac apareció Lou Reed con “Walk on the Wild Side”. Perfecto. Demasiado perfecto. Como si la noche se burlara de nosotros. Íbamos en silencio. Bajoneados. Derrotados antes de pelear. Pensé que esta ciudad está llena de heridas de amor, como cicatrices que nadie se anima a mostrar. Me vino a la cabeza Miguel Mateos, porque cuando uno está triste cualquier canción se vuelve una confesión.

Las calles estaban húmedas, vacías, como si alguien hubiera apagado el mundo. Y entonces apareció la risa. Phil Collins desde “Mama”, riéndose en la oscuridad. Esa risa que no acompaña, que te hunde un poco más. Porque no hay nada peor que alguien riéndose cuando vos estás triste. Y ahí entendí todo: La noche y la vida se habían puesto de acuerdo para cagarse de risa de nosotros.


Jose Luis Colombini

 

Inventario de una sospecha: el amor


Inventario de una sospecha: el amor

 

El amor, qué cosa es el amor. Qué patraña siniestra o qué milagro menor. Qué desazón o qué belleza. Porque hablar de amor es hablar de demasiadas cosas al mismo tiempo: de abrazos y olvidos, de traiciones y esperas, de celos, de obsesiones y de esa costumbre humana de creer que alguien puede salvarnos de nosotros mismos.

Los enamorados probablemente disentirán conmigo y tampoco tendría cómo discutirles. Ellos viven en ese estado de embobamiento existencial donde todo parece funcionar con leyes distintas. Los que hayan sufrido el amor, en cambio, quizás simpaticen conmigo y asientan la cabeza en silencio.

Hablaré de mí. Tipo diario íntimo. Como quien vacía bolsillos viejos o vomita algunos venenos que todavía siguen haciendo ruido por dentro.

Yo no creía en el amor y eso probablemente tenga que ver con mi historia personal. Mi Tía María Angustias —ya sé, el nombre parecía venir con una condena incorporada— desde chico me repetía:

—Al mundo se viene a sufrir; esto es un valle de lágrimas.

Y yo la escuchaba.

También cantaba algo así como: “el amor, el amor, el amor, cuántas mentiras se dicen por amor”, y mientras me cuidaba me explicaba que enamorarse era peligroso. Decía que el amor era un estado de la mente y que no me enamorara nunca porque lo único que conseguiría sería que me extirparan el corazón en una operación dolorosa, sin anestesia, y que esa herida después nunca dejaría de sangrar.

La Tía me mostraba ejemplos.

—Mirá a tu prima Analía.

Y ahí estaba ella: enamorada de uno, amante de otro, esperando llamados telefónicos como quien espera un milagro. Una tarde la escuché decir “Te amo”. Me quedó grabado. Sonó tan artificial como el aroma montaña de esos aerosoles para ambientes.

Fui creciendo y desconfiando cada vez más del amor. Me refugié en los autores que me gustaban. Enrique Symns escribió que el amor es una carta que las miradas jamás escriben. Pizarnik decía que las palabras no hacen el amor; hacen la ausencia. Y Dolina fue todavía más cruel: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.

Uno va encontrando frases ajenas para explicar sus propias ruinas.

Una novia adolescente, que tuvo la mala suerte de padecerme, una vez me gritó:

—Sos un desamorado.

Y curiosamente me gustó esa palabra.

Después otra persona, que muchas veces me entendió y me ayudó, terminó diciéndome que el amor en mis labios era apenas una palabra vulgar.

Quizás tenían razón.

Porque nunca pude definir el amor. Los sentimientos son demasiado abstractos para meterlos dentro de una etiqueta. Además fui hijo único. Nunca aprendí demasiado sobre la falta. Tal vez uno aprende ciertas cosas cuando entiende qué significa perderlas.

Roberto Bolaño escribió: “Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema, vaya ni siquiera con un movimiento literario.”

Y tiene razón.

Nuestra relación con las personas suele parecerse a una foto movida: uno cree que estaba enfocando algo y cuando revela la imagen descubre otra cosa.

También dicen que amar es más cuidar que amar. Yo nunca pude cuidarme demasiado a mí mismo; entonces amar me resultó una tarea complicada.

Porque ese es el error: querer poseer lo que amamos. Incluso la palabra conquistar tiene algo de invasión antigua, de adelantado clavando una bandera en una tierra que ya tenía habitantes.

En mi adolescencia ya había abandonado sueños de arqueólogo, Troya y otras expediciones imposibles. Solo sabía dos cosas: quería escribir y estaba enamorado de la literatura.

Eso sí fue un amor duradero.

Con mi Tía María Angustias hablábamos de libros y de la vida. Mucho después entendí que ella también hablaba desde sus heridas. Tres meses antes de casarse, el hombre que amaba le dijo algo parecido a: “necesito un tiempo”.

Las tragedias suelen venir envueltas en frases estúpidas y en mentiras d eno como crees, no me pasa nada y se van alejando.

Escribí poemas malos, poemas decentes y poemas que mis amigos fingían admirar. Crecí. Perdí personas. Perdí certezas.

Y hoy, que mi Tía ya no está, encuentro cierta calma robándole sueños a los enamorados y pensando que quizás el amor no sea más que esto: una palabra que dos labios destejen al mismo tiempo.

 

El amor

El amor es una palabra

que otro corazón escucha.

Donde el silencio se hace latido.

Donde la noche quiebra las voces.

Donde el tiempo agudiza los sentidos.

Donde el agua sacia la sed de los cuerpos.

Donde los ojos tragan miradas.

Donde la boca devora besos.

Donde la nariz aspira silencios.

Donde la piel deshace la noche.

El amor es una palabra

que dos labios destejen

al mismo tiempo. 

 


Jose Luis Colombini

 

 

 

 

 

 

 

 

Perdidos en Tokio: canciones para gente que mira por la ventana

 

 

Perdidos en Tokio: canciones para gente que mira por la ventana

 

Hay películas que uno mira y olvida. Y hay películas que quedan funcionando como una canción que escuchaste hace años y vuelve, de golpe, un martes cualquiera, mientras viajás mirando por la ventana de un colectivo.

“Lost in Translation” es una película sobre dos personas solas, sí. Pero eso es apenas la superficie. Debajo hay algo más triste: dos personas que llegaron a un punto de la vida donde ya no saben exactamente quiénes son. Uno parece haber llegado demasiado pronto al cansancio. La otra todavía no sabe hacia dónde está creciendo. Entre los dos aparece esa especie de amistad peligrosa: la que nace cuando alguien reconoce tu cansancio antes que tu nombre.

Tokio alrededor parece un planeta artificial. Neones, habitaciones de hotel, ascensores, bares vacíos a las dos de la mañana. Una ciudad enorme y brillante donde nadie se conoce realmente. O peor: donde todos parecen conocerse menos vos.

Pero hay algo que la película entiende y que muchas otras olvidan: la tristeza tiene sonido.

Porque “Lost in Translation” no usa canciones para acompañar escenas; las usa como si fueran una respiración secreta. Como si la música dijera las cosas que Bob y Charlotte no saben decirse.

Cuando aparece "Sometimes" de My Bloody Valentine, no suena una canción: aparece una niebla. Guitarras que parecen venir desde otra habitación, voces perdidas detrás del ruido, una melodía que da la sensación de estar recordando algo que nunca pasó. La canción cae sobre la película como el cansancio de una madrugada larga. No empuja la escena: la abraza.

Y hay algo extraño ahí, algo que siempre me vuelve después. Porque mucho antes de ver la película, en 1991, yo usaba “My Bloody Valentine” como seudónimo para escribir. Años antes de Tokio, antes de Bob y Charlotte, antes de entender algunas cosas. Me gusta pensar que ciertos nombres, ciertas canciones y ciertas obsesiones aparecen mucho antes de que uno comprenda por qué llegaron. Como si algunas partes de nosotros caminaran adelantadas, esperando que el resto del cuerpo las alcance. Quizá por eso la canción nunca me sonó ajena. Quizá llevaba demasiado tiempo esperándome.

Y después está el karaoke.

Qué escena extraña esa. Porque la gente suele recordar el momento como algo divertido, pero hay algo profundamente triste ahí. Bob canta “More Than This” desafinando un poco, como cantan las personas cuando ya dejaron de intentar impresionar a alguien. Y de golpe entendés que no está cantando una canción: está diciendo algo que no puede explicar de otra manera.

Cuando llega ese “More than this, you know there's nothing” —“más allá de esto, sabés que no hay nada más”— la escena deja de parecer karaoke. Ya no es un hombre cantando en un bar perdido de Tokio: es alguien mirando los restos silenciosos de su propia vida y preguntándose si después de todo lo construido, de todo lo vivido, todavía queda algo más.

Las mejores películas saben algo: hay emociones demasiado grandes para una conversación.

Charlotte canta "Brass in Pocket" y por un momento parece feliz, pero esa felicidad tiene algo raro. Como la gente que sonríe en una foto mientras piensa en otra cosa.

Y después llega el final.

El abrazo. El susurro. Y "Just Like Honey" de The Jesus and Mary Chain entrando lentamente como una despedida que ya estaba esperando en la puerta desde hacía rato. Esa batería inicial parece caminar despacio, y la canción tiene algo hermoso y cruel: no intenta resolver nada. Sólo acompaña la pérdida.

Quizá por eso la película sigue quedándose con uno.

Porque todos tuvimos nuestro Tokio alguna vez. No necesariamente una ciudad. A veces Tokio es una etapa de la vida. Una habitación. Una madrugada. Una persona.

Y todos tuvimos también una canción que sonó exactamente en el momento equivocado y por eso terminó acompañándonos para siempre.

 

Jose Luis Colombini

El Día del Orgullo Friki: inventario personal de una rareza


 

El Día del Orgullo Friki: inventario personal de una rareza

 

Hoy es el Día del Orgullo Friki y durante años pensé que esa fecha hablaba de otra gente. Imaginaba capas, convenciones, colecciones gigantes, nombres de personajes que alguien recita de memoria. Nunca pensé demasiado en mí. Pero a veces uno tarda años en darse cuenta de que habitó un territorio antes de aprender cómo se llamaba.

En la escuela yo era el nerd. El raro. También tenía otro apodo: "el misterioso". Supongo que porque hablaba poco, porque pasaba demasiado tiempo leyendo o porque mientras otros parecían encontrar una manera natural de mezclarse entre grupos y conversaciones, yo funcionaba distinto. Me quedaba al margen. Observando. Como si hubiese llegado a un lugar donde todos habían recibido un manual de instrucciones y el mío se hubiese perdido en el camino.

Nunca fui bueno socializando. Tampoco ahora.

Y no es que prefiera la soledad como quien elige un paisaje. Hay algo más extraño: me gusta la vida real, incluso soy bastante anticuado para muchas cosas. Prefiero un libro de papel antes que una pantalla, una conversación verdadera antes que una cadena infinita de mensajes. Pero al mismo tiempo las personas me resultan difíciles. Me siento torpe con ellas. Vulnerable. Como si siempre estuviera llegando unos segundos tarde a una escena que los demás ya entendieron.

Nunca tuve ambiciones grandiosas ni sueños de conquistar nada. Mis deseos siempre fueron más modestos: libros, historias, palabras. Puede parecer poco. Para mí nunca lo fue. Siempre quise que mi vida estuviera hecha de aquello que amo.

Mis relaciones sociales son bastante limitadas y hay algo que nunca aprendí bien: demostrar interés por alguien. Me cuesta. A veces alguien me importa mucho y por fuera parezco distante, frío o ausente. Como si mi forma de querer estuviera escrita en un idioma extraño que los demás no alcanzan a leer. Eso me trajo conflictos, malos entendidos y personas que seguramente pensaron que no me importaban cuando ocurría exactamente lo contrario.

También tengo intereses extraños y repetitivos.

Leo los mismos libros. Veo las mismas películas. Escucho las mismas canciones.

Conocer los finales me tranquiliza. Saber qué viene después me hace sentir seguro. Tal vez porque el mundo ya tiene suficiente incertidumbre por sí solo.

Soy torpe con las manos. Con los movimientos. Mi cuerpo a veces parece responder unos segundos después que mi cabeza. Nunca fui demasiado coordinado. Pero lo compenso con otra cosa: tengo una memoria absurda para cosas que probablemente a nadie más le importan.

Puedo recordar diálogos completos de películas, formaciones de bandas de rock, escenas perdidas de libros, actores secundarios, nombres, fechas y datos inútiles que para mí tienen un peso enorme y para el resto parecen objetos olvidados en un cajón.

También mantengo rutinas pequeñas, casi invisibles.

Camino por las mismas veredas. Compro en los mismos negocios. En el supermercado paso por la misma caja. Y cuando algo cambia —aunque sea una mínima cosa— siento una especie de ruido interno difícil de explicar. Como si alguien hubiera movido los muebles de una casa que conozco de memoria.

Durante mucho tiempo pensé que había algo equivocado en mí.

Después entendí otra cosa.

Que quizás el Día del Orgullo Friki nunca tuvo que ver solamente con películas, personajes o colecciones. Tal vez sea una fecha para quienes crecieron sintiéndose fuera de frecuencia. Para los que pasaron años creyendo que estaban mal ensamblados porque su forma de habitar el mundo no coincidía con la de los demás.

Porque al final el orgullo nunca estuvo en ser diferente.

El orgullo estuvo en sobrevivir sin abandonar aquello que uno ama.

Y yo, entre libros gastados, canciones repetidas y mundos imaginarios, todavía sigo intentando hacer exactamente eso.

Tal vez por eso mi casa terminó pareciéndose un poco a mi cabeza: libros acumulados, historias repetidas, personajes perdidos entre estantes, discos, películas y pequeños objetos que para casi nadie significan demasiado. Algunos lo llamarían desorden o rareza. Yo creo que simplemente es la forma que encontró mi mundo para volverse visible.



Jose Luis Colombini

Orillas


Orillas

 

A Euge

 

Tengo un bordo de palabras esquivas

a la orilla de mi libreta de anotaciones.

Tengo un cúmulo de errores corriendo

a la orilla de mis días.

Tengo un camino de pensamientos nómades

a la orilla de mis ojos.

Tengo un sinfín de reproches caducados

a la orilla de mi infancia.

Tengo noches de páginas abiertas

a la orilla del insomnio.

Tengo días empujando sombras

a la orilla del desgano.

Tengo palabras, errores, caminos,

reproches, insomnios, desganos, orillas

y los acordes de una guitarra

sonando en la radio

mientras me envuelvo

en las sábanas arrugadas

de mi cama,

pensándote.


Jose Luis Colombini

Hamnet: Agnes, Shakespeare y el dolor que cambia una historia

 

Hamnet: Agnes, Shakespeare y el dolor que cambia una historia

 

Leí “Hamnet” después de una muerte. No importa cuál. Importa que fue una de esas que no se narran fácil, de las que no entran en una anécdota ni en una frase de cierre. Lo leí en silencio, de noche, como se leen los libros que no piden opinión sino entrega. No sabía casi nada: que había una peste, un hijo muerto, una madre que sentía demasiado.

Años después vi “Hamnet” y entendí algo que me incomodó: la cultura sigue necesitando un genio masculino para justificar el dolor de una mujer.

Porque “Hamnet” no trata de Shakespeare. Eso es una coartada.

Trata de Agnes, una mujer analfabeta, y de lo que el mundo hace con las mujeres que sienten demasiado.

La novela es clara y brutal: el centro no es el hombre que escribe, sino la mujer que sabe. Agnes no razona el mundo: lo percibe. No sublima, no simboliza, no convierte el dolor en obra: lo encarna. Su saber no es académico ni prestigioso; es un saber del cuerpo y, por eso mismo, históricamente despreciado.

El marido —ese hombre que la historia recordará— necesita irse. Necesita distancia, lenguaje, escenario. Necesita transformar la muerte del hijo en otra cosa. Agnes no. Agnes se queda. Se queda en la casa, en el recuerdo, en el nombre pronunciado mal, en el silencio insoportable. La novela no romantiza eso: lo politiza. Muestra cómo el mundo legitima el duelo productivo masculino y sospecha del duelo improductivo femenino.

El libro y la película no discuten los hechos —un niño muere, una familia se rompe, una mujer queda viva—, pero disienten en el modo de habitar la pérdida.

En la novela, Agnes —nunca Anne Hathaway— es el centro absoluto. No como heroína, sino como sensibilidad radical. O’Farrell la escribe desde adentro: el pulso, la intuición, la respiración que se corta cuando la peste entra a la casa. Agnes sabe antes de saber. El duelo no es un evento: es un clima. El lenguaje se vuelve táctil, orgánico, casi febril. El dolor no avanza: se queda.

La película, en cambio, necesita distancia. La cámara observa. Agnes sigue siendo importante, pero el relato se abre: aparecen con más peso el marido, el afuera y los silencios compartidos. Donde el libro se hunde en la experiencia íntima del cuerpo femenino, el film estetiza el duelo. No lo banaliza —eso sería injusto—, pero lo vuelve contemplativo. La pena se mira; en la novela, la pena te mira a vos.

La película suaviza ese antagonismo. Humaniza al genio. Le da tiempo, le da plano, le da silencio. Agnes sigue siendo poderosa, pero el conflicto se equilibra. El cine, incluso el más sensible, todavía necesita repartir la razón.

Hay una diferencia clave: el libro piensa la maternidad como una forma de conocimiento. Agnes entiende el mundo a través de la pérdida.

La película piensa el duelo como un estado compartido, casi coral, donde el dolor se reparte para poder ser mostrado.

También cambia el tiempo. O’Farrell rompe la linealidad: va y viene, insiste, retrocede, como hace la memoria cuando algo duele de verdad. Zhao, en cambio, ordena. Necesita ritmo, respiración visual, continuidad. El cine no puede quedarse demasiado tiempo en el mismo espasmo sin volverse insoportable. La literatura sí.

Y después está la diferencia más política, aunque nadie la nombre: en el libro, la mujer no es traducida. Agnes no se explica, no se racionaliza, no se vuelve símbolo. En la película, aunque con cuidado y respeto, Agnes es legible. El espectador puede entenderla sin perderse. Eso es una concesión. Quizás inevitable.

Desde el psicoanálisis, la diferencia es obscena.

Agnes no sublima. No reemplaza al hijo por una obra, no transforma la pérdida en sentido. Ella habita el duelo en su forma más primitiva: repetición, fijación, cuerpo. Freud llamaría a eso melancolía; la novela lo llama supervivencia.

El marido, en cambio, hace lo que la cultura espera: sustituye. Donde hubo un niño, habrá una obra. Donde hubo un nombre propio, habrá un título. No porque sea cruel, sino porque es un hombre inserto en un orden simbólico que le ofrece una salida honorable al dolor: producir.

Agnes no tiene esa vía. Su duelo no deviene prestigio. Deviene sospecha. Exceso. Rareza. Locura potencial.

El libro no la corrige. La película, apenas, la contiene.

Yo leí “Hamnet” cuando el duelo todavía no había encontrado forma. Cuando todo intento de explicación me parecía una traición. Agnes me resultó insoportable y necesaria. No quería entenderla. Quería que alguien se quedara ahí, donde yo estaba: en el tiempo detenido, en la memoria que vuelve sin aviso, en la vida que sigue como una falta de respeto.

La película, en cambio, llegó cuando el dolor ya había aprendido a respirar. Me permitió mirar. Tomar distancia. Pensar. Eso no es menor, pero tampoco es lo mismo.

No todas las pérdidas quieren ser narradas, no todos los duelos quieren ser sublimes, no todas las mujeres quieren convertir su dolor en legado.

“Hamnet”, el libro, se niega a esa pedagogía.

“Hamnet”, la película, la suaviza.

Y no es un problema de fidelidad, sino de mundo.

Porque seguimos viviendo en una cultura que necesita que el dolor femenino sirva para algo, mientras tolera que el masculino se vuelva inmortal.

Agnes no escribió la obra. Pero quizás sin Agnes esa obra no habría sido la misma. No porque el sufrimiento produzca arte —esa también es una fantasía romántica— sino porque hay dolores que la historia convierte en firma y otros que apenas deja respirar.

Y esa es, quizás, la tragedia más profunda que “Hamnet” se atreve a decir.

Cuando cerré el libro, sentí que el duelo no termina nunca.

Cuando terminó la película, sentí que el dolor encontraba una forma.

No es traición. Es lenguaje.

La novela duele como una herida que no cicatriza.

La película duele como una cicatriz que todavía arde cuando cambia el clima.

Y tal vez ahí esté la diferencia más honesta entre ambas: una no quiere consolar.

La otra, apenas, intenta acompañar.

 

José Luis Colombini


Ontología para no sacrificarse un domingo. Pequeña teología negra


 Ontología para no sacrificarse un domingo. Pequeña teología negra

 

La tristeza de los domingos por la tarde empieza como empiezan los laberintos: sin que uno advierta dónde entró. Primero es una leve alteración de la luz. Después una sospecha. Luego una metafísica.

Álvaro de Campos, heterónimo de Fernando Pessoa, lo vio en Tabaquería cuando descubrió que una simple tabaquería podía abrir un agujero en la realidad.

Emil Cioran le puso veneno a esa revelación.

David Foster Wallace le dio forma neurológica.

Mark Fisher le dio atmósfera histórica.

Y faltaba uno.

Siempre Jorge Luis Borges, mi padre putativo.

Porque Borges entendió que la metafísica es, en el fondo, literatura fantástica escrita con tono serio. Y acaso también una forma sofisticada de ansiedad. En El Aleph está esa intuición insoportable: que todo puede estar contenido en un solo punto. Demasiado mundo en una sola mirada. Eso también es ataque de pánico. En La biblioteca de Babel vio otra cosa: que el universo puede ser una maquinaria infinita de sentido y ruido.

¿No es eso una mente obsesiva un domingo? Una biblioteca que no se apaga.

Por eso mis repeticiones —las mismas veredas, los mismos libros, las mismas películas, la misma caja del supermercado— empiezan a parecer menos manías que liturgias.

Rituales para atravesar el laberinto. Borges decía que acaso nuestra vida es una cita.

Yo sospecho que mis domingos son una glosa a Pessoa comentada por Cioran con música de Black Sabbath. Y entonces esa remera que dice “METAFÍSICA” como si fuera Metallica adquiere una gravedad absurda. No es un chiste: es una tesis.

Porque pensar también puede ser pesado.

El riff comienza con Parménides diciendo que el ser es.

La batería entra con Heráclito incendiando todo.

Sócrates improvisa solos a fuerza de preguntas.

Platón arma conceptos como quien levanta catedrales.

Y uno sale a la calle con eso en el pecho como quien lleva una secta portátil.

No dice “soy culto”. Dice algo mejor: podemos hablar de ontología después del pogo.

Ya no es humor. Es heráldica. Parménides en bajo. Heráclito incendiando la batería.

Sócrates en voz. Pessoa y Borges haciendo letras. Cioran gruñendo nihilismo. David Foster Wallace en solos interminables de conciencia. Mark Fisher mezclando ecos de futuros perdidos. Una banda imposible. Mi banda. Porque acaso todos ellos escribieron la misma canción: cómo vivir sabiendo demasiado.

Wallace lo intuía. El problema no es sufrir. Es ser consciente del sufrimiento mientras uno se observa sufrir. Eso es barroco. Eso es Foster Wallace. Eso es domingo.

Fisher añadió algo devastador: hay nostalgias de cosas que nunca existieron. Futuros perdidos.

Yo creo que la tristeza dominical a veces es eso: duelo por una vida no vivida. Una nostalgia extraña por futuros que nunca llegaron a existir.

Y Borges, desde alguna biblioteca imposible, deja caer otra sombra: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz." Qué línea brutal. Qué domingo cabe entero ahí. Pero todos ellos —Pessoa, Cioran, Wallace, Fisher, Borges— hicieron con el abismo lo único digno: lo volvieron forma. Lo volvieron estilo. Lo volvieron música. Como el metal. Como la metafísica. Como esa camiseta negra. Razono que lo que realmente lleva estampado no es METAFÍSICA. Dice otra cosa: He hecho de mis obsesiones una arquitectura para no caer. Y eso, si Borges tuviera sentido del humor —que lo tenía— probablemente llamaría una secta.

Yo la llamaría hogar.


José Luis Colombini

Actividades de domingo

Actividades de domingo

 

Los domingos tienen algo de cementerio elegante.

La ciudad baja la persiana moral, las persianas de los negocios tiemblan a medio cerrar y uno queda solo con aquello que durante la semana logra distraer. Por eso hay gente que sale a correr, otros van a misa, otros se intoxican de fútbol y asado. Cada cual inventa una anestesia para no escucharse demasiado.

Pero existen sujetos —raros, peligrosos, melancólicos— que usan el domingo para tareas menos saludables.

Por ejemplo: dejarse devorar por la nostalgia.

No hablo de recordar una canción vieja o mirar una foto. Hablo de entregarse por completo. De sentarse frente a una ventana como un veterano derrotado y empezar a invocar fantasmas. Viejos amores. Amigos que ya no llaman. Versiones nuestras que murieron hace años pero siguen caminando dentro de nosotros como perros abandonados.

La nostalgia es una droga elegante porque no hace escándalo. No rompe muebles ni grita en la calle. Simplemente te convence de que el pasado tenía una música que el presente jamás podrá igualar. Y entonces uno empieza a romantizar hasta las peores épocas. Las miserias se vuelven poesía. El dolor adquiere una iluminación cinematográfica. Como si la memoria tuviera un director de fotografía empeñado en volver bello incluso aquello que nos destruyó.

Ahí aparece la otra actividad dominical: defender aquello que te destruye.

Es una pulsión extraña del ser humano. Defender personas que nos rompieron el alma. Justificar vínculos que nos drenaron la vida. Sostener ideas que nos dejaron solos. Como si aceptar el daño fuese también aceptar que perdimos tiempo, fe y partes de nosotros mismos.

Entonces inventamos relatos.

“En el fondo no era mala persona.”

“Capaz yo exageré.”

“Había momentos lindos.”

“Tal vez nadie me va a entender así otra vez.”

Y uno termina convirtiéndose en abogado de su propia ruina.

Bukowski decía que el ser humano necesita aferrarse a algo, aunque eso lo esté matando. Y quizá tenía razón. Porque hay personas que prefieren una tristeza conocida antes que una libertad incierta. El dolor familiar resulta más cómodo que el vacío nuevo.

El domingo favorece todo eso. Tiene algo de tribunal íntimo. No hay ruido suficiente para escapar. Por eso algunos miran el celular esperando mensajes que no llegan. Otros vuelven a escuchar audios viejos. Algunos recorren perfiles ajenos como arqueólogos sentimentales buscando restos de una vida que ya terminó. Y sin embargo, en toda esa decadencia, existe cierta belleza. Porque dejarse devorar por la nostalgia también es prueba de que algo nos importó de verdad. Y defender aquello que nos destruyó revela, aunque sea trágicamente, una capacidad casi absurda de amar.

El problema aparece cuando hacemos de eso una religión. Porque recordar no debería ser vivir hacia atrás. Y amar tampoco debería significar inmolarse.

Pero los domingos, los domingos siempre empujan un poco hacia esas ceremonias oscuras.


José Luis Colombini

Escribe desde Traslasierra como quien arroja botellas al mar en mitad del insomnio.

Entre la crónica gonzo, la memoria y el ensayo íntimo, sus textos atraviesan la cultura argentina, el cine, la filosofía, la poesía y las ruinas emocionales del presente.

Este no es un sitio pensado para consumir contenido rápido.

Es un archivo personal escrito contra el olvido.

Un territorio de noches largas, bibliotecas desordenadas, canciones escuchadas demasiado tarde y recuerdos que todavía siguen respirando.

 “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”

Acá conviven la nostalgia de provincia, los fantasmas de la cultura pop, las discusiones políticas, las películas de madrugada, la literatura, las obsesiones filosóficas y cierta forma de mirar el mundo desde los márgenes.

Porque escribir —a veces— no es explicar nada.

Es intentar entender qué queda de nosotros cuando el tiempo pasa, cuando las historias se deforman y la memoria insiste.

 

Canciones alegres


 

Canciones alegres

 

En los años ochenta yo tocaba el bajo. O al menos eso decía. En realidad, como casi todos los adolescentes de pueblo que soñábamos con el rock, lo que hacíamos era intentar sobrevivir a la realidad enchufándonos a un amplificador barato y creyendo que la distorsión podía salvarnos de algo.

Toqué en algunas bandas de garage tratando de rockear la adolescencia que me envolvía como una campera húmeda. Tenía cierto renombre en Villa Dolores, no porque fuera un gran bajista, sino porque era de los pocos tipos que poseían bajo y amplificador. En los pueblos chicos el prestigio muchas veces depende más del equipamiento que del talento. Una Fender te convertía automáticamente en una especie de semidiós proletario. Y yo tenía un bajo que intentaba emular a los Fender. Era un Fernandes Revival Black con pickguard negro, mango de maple claro y herrajes cromados made in Japan del año 1981.

Una mañana de sábado apareció el Negro en casa.

El Negro tocaba el bajo en una banda de cuarteto y era una celebridad local. Dueño de un Fender verdadero —eso importaba muchísimo entonces— caminaba con el aura de quien ya había atravesado el escenario y había vuelto ileso.

—Che José Luis… están los chicos Orly en la ciudad. Esta noche tocan en San José. Se enfermó el bajista. ¿No podés reemplazarlo?

Lo dijo como quien pide un favor mínimo. Pero para mí era como si Keith Richards me hubiera invitado a tocar en el Madison Square Garden.

Dudé apenas unos segundos. Lo suficiente para simular profesionalismo. Después apareció algo peor: el orgullo. Acepté.

Fuimos hasta el hotel donde estaban hospedados. Dante y Orlando me recibieron con una simpatía inesperada. Yo esperaba estrellas inaccesibles y encontré tipos divertidos, cansados y prácticos.

—Roberto el bajista tiene paperas —me dijeron—. Necesitamos alguien sí o sí.

Entonces me dieron un cassette TDK grabado con los temas. Un cassette. Así se estudiaba música antes: rebobinando con birome.

Volví a casa y pasé toda la tarde sacando temas de oído mientras imaginaba un futuro absurdo donde yo terminaba convertido en una mezcla de Sting, John Paul Jones y algún músico decadente de los bares de Mendoza.

A las ocho nos juntamos para ensayar.

Me tiraron algunos yeites, un par de cortes, entradas simples, y listo.

Después partimos rumbo a San José en un colectivo que llevaba escrito ORLY en letras enormes, como si fuera una gira internacional y no un baile de cuarteto atravesando caminos vecinales fríos de Traslasierra.

Ahí empezó el verdadero delirio. Me dieron la ropa del show. Camisa amarilla de raso. Saco rojo ladrillo. Pantalón blanco. Y el Fender Jazz Bass que usaba Roberto Moyano.

Los demás iban vestidos con tonos magenta, azul eléctrico, fucsia, bordó. Parecíamos una banda de mafiosos tropicales o una versión cordobesa y proletaria de los Rolling Stones de “Dirty Work”, que acababa de salir.

Cuando subimos al escenario y vi el conjunto completo sentí una felicidad ridícula.

Pensé: Ahora sí. Llegó mi momento de estrella de rock.

Terminó la primera selección.

—Salió bien, salió bien pibazo —me dijeron.

Mientras tomábamos una cerveza en el descanso les comenté:

—Parecemos los Stones.

Y el locutor, sin dudar un segundo, respondió:

—Somos los ORLY Stones.

Todavía hoy me río de eso.

En la segunda tanda ya me había relajado tanto que hasta hice coros en ”La gran caravana”, un éxito enorme de esos años.

Desde arriba del escenario, entendí algo. El cuarteto era otro universo. No había pogo.

No había slam. No había tipos subiéndose a hombros. Ni banderas. Ni mística autodestructiva. Ni alcohol derramándose como en las películas de rock que yo idolatraba.

Había otra cosa.

Un gigantesco círculo humano moviéndose con una coreografía ancestral y popular. Personas tomadas de la mano girando como si el baile fuera una ceremonia colectiva. Parejas abrazadas. Tipos conversando mientras seguían el ritmo apenas con los hombros. Familias enteras sentadas al fondo.

Desde el escenario veía las mesas llenas de botellas de vino Toro, Pritty limón y porrones de Córdoba Dorada, Bieckert y Río Segundo.

Y veía también algo profundamente argentino.

Las chicas con polleras mínimas enfrentando el frío con una valentía estética imposible de explicar. Los pibes flacos con jeans nevados y camisas leñadoras resistiendo la helada como si fueran extras de una película obrera de los ochenta. Algunos vestidos para seducir. Otros vestidos para casarse. Otros simplemente vestidos con lo único que tenían. Todo eso mientras yo hacía octavaciones automáticas intentando parecer un músico serio.

Ahí me di cuenta de algo que me llevó años admitir. El rock nos había enseñado a mirar el escenario. El cuarteto nos obligaba a mirar a la gente. Porque el verdadero espectáculo estaba abajo. En esos cuerpos cansados bailando igual. En esa alegría humilde. En esas parejas girando aunque el país ya empezara a desarmarse económicamente. En esa necesidad profundamente humana de olvidarse unas horas de todo.

El baile terminó de madrugada. Me pagaron. Y sentí una felicidad brutal. Había ganado dinero tocando música.

No hubo groupies.

No hubo drogas.

No hubo hoteles destruidos.

No hubo excesos míticos.

Solo un colectivo volviendo por un camino de tierra en medio de la oscuridad del interior Córdobes.

Ellos regresaron a su hotel.

Yo volví a mi casa.

Y así fue como, durante una sola noche perdida de los años ochenta, fui músico profesional.



José Luis Colombini 

Escribe desde Traslasierra como quien arroja botellas al mar en mitad del insomnio.

Entre la crónica gonzo, la memoria y el ensayo íntimo, sus textos atraviesan la cultura argentina, el cine, la filosofía, la poesía y las ruinas emocionales del presente.

Este no es un sitio pensado para consumir contenido rápido.

Es un archivo personal escrito contra el olvido.

Un territorio de noches largas, bibliotecas desordenadas, canciones escuchadas demasiado tarde y recuerdos que todavía siguen respirando.

 “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”



"Los lectores de Crónicas"

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