Caminata
Camino de mi casa al trabajo como quien va al paredón, pero sin balas ni aplausos: ”33 minutos de ida y 33 de vuelta“, un número prolijo en un país que no lo es. 33 minutos un número suficientemente simétrico como para engañar al destino. Lo hago todos los días. No por salud —eso es propaganda del Estado— sino para “oxigenar pensamientos”, que es una manera elegante de decir que si no camino me quedo pensando en el precio del pan y me da un ACV conceptual. Si. Es una forma elegante de decir que si no camino me pudro por dentro. Camino para no matar a nadie. Camino para entrenar. Porque los demonios no aparecen de golpe: avisan.
Camino con mis pensamientos pasándolos por la licuadora
de la mente de una persona desbordada. Con el delirio lúcido y la andanza por
calles abarrotadas de sueños no cumplidos como campo de batalla mental: y esa
neurosis local que no necesita traducción.
Salgo con auriculares, que en este país trabajan como
“chaleco antibalas emocional”. Y funcionan como casco de guerra y confesionario
portátil. En esas caminatas discuto conmigo mismo como si fuera una mesa de
debate de cable a las siete de la mañana: todos hablan, nadie escucha, nadie
tiene razón. Me interrumpo. Me insulto. A veces gano, casi siempre pierdo. Me
prometo cambios estructurales que no voy a cumplir. “Cuando la cosa se pone
rara, los raros se vuelven profesionales“, decía “Hunter S. Thompson“, y acá ya
somos todos profesionales de la rareza.
La ciudad me rodea con su lógica absurda: semáforos que
no entienden nada, gente que camina como si supiera a dónde va, kioscos que
venden cigarrillos más caros que la dignidad.
La ciudad despierta mal. Los colectivos pasan cuando
quieren, si quieren. El Sarmiento no
frena, o viene lleno, el Sarmiento parece una leyenda urbana.
La inflación camina más rápido que yo. En una vidriera
veo el precio del café cambiar entre paso y paso. “Bukowski“ se me aparece en
forma de pensamiento sucio: “¿Qué importa ganar o perder si igual vas a volver
mañana? “No lo dijo así, pero podría haberlo dicho acá, esperando el bondi con
cara de resaca metafísica.
En la verdulería de la esquina veo alguien parecido a
“William Faulkner eligiendo tomates“. No me sorprende: Faulkner entendería este
país mejor que muchos ministros. “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es
pasado”, murmura, mientras el verdulero pesa la lechuga y te cobra como si
fuera importada. Nadie más lo nota. La realidad argentina funciona así: “el
delirio es privado, la precariedad es colectiva“.
Mis demonios caminan conmigo. No adelante ni atrás: “al
costado”, como buenos amigos de barrio que te acompañan “por las dudas”. No
hacen ruido. Saben esperar. Mis fantasmas son más charlatanes: me recuerdan
laburos mal pagos, amores que no prosperaron, decisiones tomadas “porque no
había otra”. Me miran con esa sonrisa que ya ganó la discusión antes de
empezar.
El superyó aparece tarde, cansado, con olor a café
barato, y pierde rápido. “El infierno son los otros”, decía “Sartre“, pero acá
el infierno también es “llegar a fin de mes”.
Paso por el kiosco. El kiosquero —filósofo sin cátedra—
me mira y sentencia sin levantar la vista del celular: “Está todo imposible,
pero hay que seguir.”
Eso es todo. No hace falta “Nietzsche“cuando tenés un
tipo que vende cigarrillos sueltos y sabe más de existencia que cualquier TED
Talk. “Uno debe imaginarse a Sísifo feliz“, decía “Camus”, pero Sísifo no tenía
que pagar el alquiler, ni cargar nafta, ni escuchar conversaciones superfluas
de gente que usa mal el vocabulario en la oficina.
Observo todo desde el fondo reprimido de mis arrebatos,
ese sótano mental donde guardo lo que no digo en el trabajo ni en los asados.
Las paredes están llenas de “muros polvorientos “, de proyectos postergados, de
resplandores desnudos que enceguecen el letargo de los días iguales. La rutina
acá no anestesia: “adormece con sobresaltos “.
Mis demonios no se van sin despedirse. Me mandan un beso
seco, sin ternura. Después viene el obsequio final: “un puñal exacto”,
compacto, apenas estremecido. No para matarme —eso sería caro— sino para que
“desangre lento“, lo justo, el resto de mis días laborales. “La herida es el
lugar por donde entra la luz”, decía “Rumi“, aunque sospecho que nunca caminó
33 minutos con inflación de dos dígitos.
Mañana vuelvo a salir. Auriculares puestos. Batería del celular cargada hasta donde se pueda. Spotify. Demonios prolijos. Fantasmas con mate en mano. Porque, como también sabía Thompson, “la única gente que me interesa es la que está loca“.
Y en este país, “eso no nos deja afuera a muchos“. Quizás solo quizás es lo suficiente como para seguir caminando mañana. Otros 33 minutos. Ida y vuelta. Como si nada. Como siempre.
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