Las alas del deseo o la belleza de caer al mundo


 Las alas del deseo o la belleza de caer al mundo

 

A veces pienso que uno no recuerda las películas. Recuerda los cines.

Yo vi Las alas del deseo en el viejo Cine América, sobre calle Lavalle en Mendoza, cuando todavía existían esos lugares capaces de hacerte sentir que entrar a ver una película era abandonar el mundo durante un rato. El cine había sido inaugurado a fines de los años setenta y en Mendoza se hablaba de él como si fuera una pequeña nave futurista caída al pie de la cordillera. Tenía aire acondicionado —que en aquellas épocas era casi una experiencia metafísica— y unas famosas “butacas de avión” que para mi significaba lujo internacional, modernidad, una especie de promesa silenciosa de que el mundo era muchísimo más grande que las calles que caminábamos todos los días.

Entrar ahí era viajar sin moverse.

Y entonces apareció Wim Wenders. Años después entendí que Las alas del deseo no era simplemente una película sobre ángeles. Era una película sobre la tristeza de existir. Sobre la belleza insoportable de estar vivo aunque todo se derrumbe alrededor. Pero en aquel momento yo no tenía esas palabras. Solo sentía algo extraño mientras veía a Bruno Ganz caminar por Berlín escuchando pensamientos ajenos como si cargara encima toda la melancolía del siglo.

El blanco y negro en esa pantalla enorme tenía algo hipnótico. Berlín parecía un sueño húmedo de ruinas, bibliotecas y soledad. Y mientras los ángeles observaban silenciosamente a los humanos, yo estaba ahí, sentado en Mendoza, mirando una película alemana de 1987 como quien recibe un mensaje secreto destinado solamente a él.

Eso hacía el cine antes. Te conectaba con mundos imposibles sin necesidad de algoritmos ni pantallas individuales. Uno compartía el silencio con desconocidos. Escuchaba una tos en la fila de atrás. El ruido de los caramelos. El zumbido del proyector. Y por un par de horas desaparecía de la ciudad sin irte realmente de ella.

Todavía puedo recordar el frío artificial del aire acondicionado mezclándose con el calor de afuera. La sensación de salir nuevamente a calle Lavalle después de la función, medio aturdido, como si la ciudad hubiera quedado distinta. Como si Mendoza durante unos minutos hubiese sido también Berlín.

Y quizás eso era el cine: una máquina precaria para escapar de uno mismo. O para encontrarse.

Anoche la volvi a ver, pero ya no soy el mismo de 1987.  Es que Wings of Desire — o “Las alas del deseo” — (1987) es una de esas películas que no parecen hechas para ser vistas solamente: parecen hechas para ser habitadas. Wim Wenders filmó Berlín como si fuera un estado mental. Una ciudad partida, melancólica, llena de ruinas invisibles y personas que hablan solas por dentro.

La película sigue a Damiel, un ángel interpretado por Bruno Ganz, que observa silenciosamente a los humanos. Los ángeles escuchan pensamientos: miedo, cansancio, recuerdos, pequeñas miserias cotidianas. Y ahí está la genialidad de Wenders: entender que la verdadera épica humana no está en las guerras ni en los grandes discursos, sino en alguien que vuelve solo a casa, en un niño mirando el cielo, en un viejo recordando una ciudad que ya no existe.

El blanco y negro no es solamente una decisión estética. Es la mirada del ángel. Una existencia suspendida, eterna, sin dolor, pero también sin tacto, sin deseo, sin sangre. Cuando Damiel empieza a enamorarse de Marion —la trapecista interpretada por Solveig Dommartin— aparece la gran pregunta de la película.

¿Vale la pena abandonar la eternidad por la experiencia humana?

Y Wenders responde que sí. Que incluso el sufrimiento, el frío, el café tibio, el cigarrillo compartido o una herida tienen más sentido que una perfección sin contacto.

Hay escenas que parecen poesía filmada. Peter Falk (El actor que daba vida al detective Columbo en la serie de televisión del mismo nombre, recibió cuatro premios Emmy y un Globo de Oro por su actuación) haciendo de sí mismo como un ex ángel cansado de observar y feliz de poder tomar café. Los niños siendo los únicos capaces de percibir a los ángeles. La biblioteca como una especie de catedral del pensamiento humano. Berlín apareciendo como un cuerpo herido antes de la caída del muro.

La película también tiene algo profundamente borgeano. Esa sensación de infinitud triste. De seres que observan el tiempo sin poder intervenir. Como bibliotecarios del dolor humano. Y al mismo tiempo tiene algo existencialista: la idea de que vivir implica caer. Perder la pureza. Ensuciarse con el mundo.

No casualmente Mark Fisher decía que algunas obras logran registrar “la textura emocional” de una época. “Las alas del deseo” hace eso con la Europa de posguerra, pero también con la soledad contemporánea. Vista hoy, sigue siendo moderna porque habla de algo que todavía nos atraviesa: gente rodeada de voces incapaz de sentirse realmente acompañada.

Y hay algo hermoso en que una película tan filosófica jamás se vuelva fría. Porque en el fondo no habla sobre ángeles. Habla sobre nosotros. Sobre el deseo de sentir que nuestra vida, incluso pequeña y absurda, tiene peso real.

Es cine que no grita. Susurra. Y quizás por eso permanece.

 https://www.youtube.com/watch?v=UGAOstUIhpU

 La canción Stay (Faraway, So Close!) fue escrita para la película Faraway, So Close! de Wim Wenders, que es justamente la secuela de Wings of Desire (Las alas del deseo).

De hecho, “Faraway, So Close!” retoma a los mismos ángeles de la película original, especialmente al personaje de Cassiel interpretado por Otto Sander. Mientras Las alas del deseo era una Berlín melancólica todavía dividida por el muro, la secuela ya transcurre en la Alemania posterior a la caída del muro, en un mundo mucho más caótico, capitalista y desencantado.

Por eso el videoclip de “Stay (Faraway, So Close!)” tiene toda esa estética tan ligada al universo de Wenders:

- el blanco y negro mezclado con color,

- los ángeles observando humanos,

- la sensación de distancia emocional,

- Berlín como paisaje espiritual,

- y esa tristeza existencial típica de finales de los 80 y principios de los 90.

Además, el propio Wim Wenders dirigió el videoclip de U2. Y aparece Bruno Ganz, el ángel Damiel de -Las alas del deseo-. Eso convierte al video casi en una extensión poética del universo de las películas.

La letra también encaja perfectamente con esa temática. “Stay” habla de cercanía y distancia al mismo tiempo. De alguien que quiere conectar pero permanece emocionalmente lejos. Exactamente el conflicto de los ángeles de Wenders: seres que observan la vida humana desde afuera deseando participar de ella.

Y hay algo más interesante todavía: el disco Zooropa entero estaba obsesionado con la alienación moderna, los medios, la fragmentación de identidad, la televisión, el ruido mediático y la Europa posterior a la Guerra Fría. Muy en sintonía con el cine de Wenders de esa época.

Por eso “Stay (Faraway, So Close!)” no parece simplemente una canción usada en una película. Parece una continuación emocional de -Las alas del deseo-. Como si Bono hubiese entendido que los ángeles de Wenders en realidad hablaban de nosotros: gente rodeada de voces, pantallas y ciudades enormes, intentando desesperadamente sentir algo real.


José Luis Colombini

Villa Dolores, Traslasierra. 

Mientras la lluvia insistía sobre los techos.

Mayo de 2026


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Estas crónicas no intentan tranquilizar al lector ni ofrecer respuestas cómodas. Es un descenso íntimo por la memoria, el desgaste emocional, la soledad contemporánea y esas pequeñas ruinas afectivas que vamos acumulando mientras fingimos normalidad. Entre la crónica existencial, el ensayo confesional y la sensibilidad poética, José Luis Colombini construye un territorio donde el insomnio, la melancolía y la lucidez conviven como viejos compañeros de madrugada. Cada texto funciona como un fragmento de conciencia: escenas urbanas, recuerdos deformados por el tiempo, amores perdidos, conversaciones imaginarias, reflexiones sobre literatura, música, cine y el extraño cansancio de estar vivo en una época que convierte todo en ruido y velocidad. Hay ecos de Poetas, Filósofos, Artistas, Predigistadores de palabras , pero también bares vacíos, lluvias de Traslasierra, bibliotecas personales y derrotas mínimas narradas con una honestidad brutal. No busca explicar el mundo. Busca entender qué queda de nosotros después de atravesarlo. Helena Vesper