Camino de mi casa al trabajo,
33 minutos de ida y 33 minutos a la vuelta,
lo hago a diario.
Lo hago básicamente para oxigenar pensamientos,
para sentirme en forma
y como entrenamiento para cuando enfrento
y peleo con mis demonios y mis fantasmas.
En esas caminatas escucho música,
debato, intercambio ideas y discuto conmigo mismo.
Me dejo sorprender por la realidad que envuelve mi
mirada.
Me parece ver a William Faulkner comprando verduras.
Me parece ver a mis demonios y fantasmas caminando
conmigo.
Me parece ver a mi super yo perdiendo con mis demonios y
fantasmas.
Veo todo eso desde el reprimido fondo de mis arrebatos
y salvando todos los delirios inaccesibles
de muros polvorientos y resplandores desnudos
que obnubilan el letargo de los días.
Mis demonios y fantasmas me envían un beso oculto sin
suspiro.
Me envían un puñal turbado, anudador, gemidor,
una cuchillada exacta, compacta, y un poquito estremecida
para que desangre el resto de mis días.

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