Dune en el cine de
barrio: miedo, asco y arena en la fila de la boletería
Fui al cine a ver “Dune” como quien va a votar: sin
esperanza, con culpa y con el presentimiento de que algo caro me iba a salir
mal. No era un IMAX futurista, era un cine de barrio reciclado, con alfombra
gastada y un cartel luminoso que todavía promete “estrenos” como si eso significara
algo en un país donde el futuro siempre llega con recargo.
En la fila para sacar la entrada había más tensión que en
Arrakis. Una señora preguntaba si había descuento para jubilados. Un pibe
comparaba precios como si estuviera eligiendo bonos soberanos. El pochoclo
costaba lo mismo que media hora de terapia. Pensé en Thompson y su ética del
exceso: “si vas a ser estafado por el sistema, al menos hacelo con estilo“.
Entré a la sala con la sensación de estar cometiendo un
pequeño acto de lujo obsceno. Ir al cine hoy es un gesto de clase, una
performance económica. Bukowski se habría reído: “pagás para sentarte en la
oscuridad y que te digan que el mundo es una mierda”. Tenía razón, pero igual
pagué.
“Dune” empezó lenta, solemne, con ese ritmo de película
que sabe que el tiempo es poder. Villeneuve filma como un emperador: no apura a
nadie, no pide disculpas. Afuera el país corre, adentro la película se toma
tres minutos para mostrar una nave aterrizando. Caparrós estaría pensando en
eso: ““la distancia entre la épica y la vida cotidiana”“, entre el mito y el
tipo que acomoda las butacas por dos mangos.
Paul Atreides aparece como el heredero melancólico del
imperio. Un chico con privilegios, destino y dudas. Lo miré con sospecha
argentina: acá desconfiamos de cualquiera que diga “no quiero el poder”
mientras lo hereda. Ya vimos esa película. Varias veces. Siempre termina mal.
La especia controla todo: economía, religión, política,
visión del futuro. No pude evitar hacer la traducción automática: soja, litio,
dólares, datos, lo que venga. Herbert entendía algo que acá sabemos de memoria:
““los recursos no se administran, se disputan”“, y siempre los paga otro.
Mientras la película avanzaba, el cine crujía.
Literalmente. Un parlante fallaba. Alguien tosía como si estuviera atravesando
el desierto sin agua. La épica galáctica luchaba contra la realidad material
del cine de barrio, y perdía por puntos. Thompson diría que ahí está la verdad:
en el choque entre el delirio y lo concreto.
Y sin embargo, funcionaba. “Dune” te absorbe incluso con
la pantalla un poco opaca y el sonido irregular. Tal vez porque la película
habla de imperios que se derrumban lentamente, y nosotros tenemos entrenamiento
en eso. Sabemos reconocer una decadencia cuando la vemos.
Cuando terminó, nadie aplaudió. Salimos en silencio, como
después de un velorio caro. Afuera, la calle seguía igual: kiosco, colectivo,
precios escritos con fibrón porque mañana cambian. Arrakis había quedado atrás,
pero no tanto.
Caminé pensando que “Dune” es peligrosa de una manera
sutil. No te vende felicidad, te vende sentido. Y en países donde el sentido
escasea más que el cambio chico, eso es una droga fuerte. La especia del cine.
Caparrós anotaría algo sobre la necesidad de creer en relatos grandes cuando los chicos ya no alcanzan. Bukowski se prendería un cigarrillo y diría que todo es una estafa igual. Thompson estaría buscando el ángulo exacto donde el delirio se vuelve verdad.
Yo solo fui al cine de barrio a ver “Dune”.
Salí pensando en imperios, inflación y destinos inevitables.
Eso, en la Argentina, cuenta como una experiencia
mística.
José Luis Colombini
Villa Dolores, Traslasierra
Mayo de 2026

Comentarios
Publicar un comentario