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El veneno de pensar

 El veneno de pensar

 

En Mendoza descubrí algo más peligroso que la adolescencia: el pensamiento.

Mientras otros aprendían a encajar, yo escribía en secreto. Como si las palabras fueran contrabando. Como si pensar demasiado fuese una actividad clandestina. Tenía catorce años y ya sospechaba que el mundo estaba construido sobre una serie de ficciones cuidadosamente aceptadas gracias a mis tempranas lecturas.

Fue entonces cuando aparecieron ellos.

Arthur Schopenhauer me enseñó que vivir también podía ser una forma del dolor. Que detrás de la voluntad humana había una maquinaria ciega, insaciable, devorándolo todo. Su pesimismo no me deprimió: me dio lucidez. Me hizo desconfiar de la felicidad obligatoria y de esa gente que sonríe demasiado, como si la existencia fuera una publicidad de dentífrico.

Después llegó George Berkeley con su idea delirante y hermosa de que el mundo solo existe en la mente. Que las cosas son porque alguien las percibe. Y yo, que ya me sentía extranjero incluso dentro de mi propia vida, encontré ahí una grieta fascinante: tal vez la realidad no era tan sólida como nos habían dicho. Tal vez las calles, los cuerpos y los recuerdos existían apenas mientras una conciencia los sostuviera con la mirada.

Y finalmente apareció David Hume para terminar de incendiar cualquier certeza. Hume me liberó de la necesidad de creer. Destruyó la superstición del orden absoluto. Me enseñó que incluso la identidad personal podía ser una ilusión repetida por costumbre. Desde entonces, cada verdad comenzó a parecerme sospechosa.

Mientras Mendoza seguía girando entre trolebuses rusos, colectivos, veredas calientes y rutinas provincianas, yo atravesaba en silencio esas explosiones filosóficas. Era apenas un adolescente escribiendo cosas que nadie leía, escondiendo cuadernos como otros esconden drogas o cartas de amor.

Y quizás ahí empezó todo. No en una universidad. No en un premio. No en una biblioteca monumental. Sino en el cuarto de un internado donde un pibe de catorce años descubrió demasiado temprano que pensar también podía ser una forma de quedarse despierto para siempre.

   José Luis Colombini

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