Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El veneno de pensar


 El veneno de pensar

 

En Mendoza descubrí algo más peligroso que la adolescencia: el pensamiento.

Mientras otros aprendían a encajar, yo escribía en secreto. Como si las palabras fueran contrabando. Como si pensar demasiado fuese una actividad clandestina. Tenía catorce años y ya sospechaba que el mundo estaba construido sobre una serie de ficciones cuidadosamente aceptadas gracias a mis tempranas lecturas.

Fue entonces cuando aparecieron ellos.

Arthur Schopenhauer me enseñó que vivir también podía ser una forma del dolor. Que detrás de la voluntad humana había una maquinaria ciega, insaciable, devorándolo todo. Su pesimismo no me deprimió: me dio lucidez. Me hizo desconfiar de la felicidad obligatoria y de esa gente que sonríe demasiado, como si la existencia fuera una publicidad de dentífrico.

Después llegó George Berkeley con su idea delirante y hermosa de que el mundo solo existe en la mente. Que las cosas son porque alguien las percibe. Y yo, que ya me sentía extranjero incluso dentro de mi propia vida, encontré ahí una grieta fascinante: tal vez la realidad no era tan sólida como nos habían dicho. Tal vez las calles, los cuerpos y los recuerdos existían apenas mientras una conciencia los sostuviera con la mirada.

Y finalmente apareció David Hume para terminar de incendiar cualquier certeza. Hume me liberó de la necesidad de creer. Destruyó la superstición del orden absoluto. Me enseñó que incluso la identidad personal podía ser una ilusión repetida por costumbre. Desde entonces, cada verdad comenzó a parecerme sospechosa.

Mientras Mendoza seguía girando entre trolebuses rusos, colectivos, veredas calientes y rutinas provincianas, yo atravesaba en silencio esas explosiones filosóficas. Era apenas un adolescente escribiendo cosas que nadie leía, escondiendo cuadernos como otros esconden drogas o cartas de amor.

Y quizás ahí empezó todo. No en una universidad. No en un premio. No en una biblioteca monumental. Sino en el cuarto de un internado donde un pibe de catorce años descubrió demasiado temprano que pensar también podía ser una forma de quedarse despierto para siempre.

   José Luis Colombini


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