Kurt Vonnegut y la ternura lúcida de los que desconfían
del mundo
Vonnegut entendía algo incómodo: muchas veces la
civilización apenas es una capa fina de modales cubriendo el caos. Y aun así
escribía con humor. Ese era su truco. En novelas como Matadero cinco o Cuna de
gato podía hacerte reír con una frase absurda y, dos páginas después, dejarte
mirando el vacío de la guerra, la burocracia, la tecnología usada sin ética o
la facilidad con la que los seres humanos aprendemos a convivir con la
crueldad.
No era un optimista ingenuo. Tampoco un cínico
profesional de esos que confunden inteligencia con desprecio. Había en él algo
más raro: una tristeza lúcida. La sospecha permanente de que el mundo está
roto, pero que aun así vale la pena intentar ser decente con otros seres
humanos.
Tal vez por eso sigue siendo tan necesario.
Porque Vonnegut desconfiaba de los héroes, de las patrias
demasiado fervorosas, de las corporaciones que hablan como religiones y de los
intelectuales enamorados de sus propias teorías. Pero jamás perdió la ternura
por la gente común: los perdedores, los excéntricos, los tipos agotados que
siguen adelante, aunque no entiendan del todo qué hacen acá.
Hay una idea que atraviesa toda su obra —reformulada mil
veces— y que hoy suena más urgente que nunca: somos animales frágiles
intentando tratarnos bien en medio de un universo indiferente.
Y quizá eso sea todo.
No salvar al mundo. No convertirse en prócer moral de
nadie.
Solo intentar no destruir demasiado a los demás mientras
atravesamos este desastre.
“So it goes.”
Jose Luis Colombini
Narrador del insomnio en Traslasierra como quien fuma
bajo una lluvia que todavía no empezó.

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