Una renuencia feroz ante lo excelso. 18 de mayo: Día Internacional de los Museos.

 

 

18 de mayo: Día Internacional de los Museos.

 

Voy a reflotar algo que escribí hace un tiempo. Primero, porque hoy se celebra el Día Internacional de los Museos. Y segundo, porque viendo Berlín y la dama de armiño volví a pensar en el síndrome de Stendhal: esa especie de colapso emocional ante la belleza extrema.

Hay una escena donde Berlín entra a la bóveda del conde y queda paralizado frente a una colección de cuadros robados. Y lo más inquietante es que varias de esas obras siguen desaparecidas en la vida real. Como si el arte también pudiera convertirse en fantasma.

Los cuadros que aparecen en la serie parecen el inventario de una novela noir sobre belleza perdida y obsesión humana. Cada obra robada tiene algo de crimen perfecto y de tragedia cultural.

 

La tormenta en el mar de Galilea, de Rembrandt, fue robada en 1990 del Isabella Stewart Gardner Museum junto a otras obras maestras. Dos hombres disfrazados de policías entraron al museo y se llevaron piezas valuadas en cientos de millones de dólares. Nunca aparecieron.

Y hay algo profundamente cinematográfico en todo esto: el museo decidió dejar los marcos vacíos colgados en la pared. Como heridas abiertas. 

Flores de amapola, de Vincent van Gogh, fue robada dos veces del Museo Mohammed Mahmoud Khalil, en Egipto: una vez en 1977 y otra en 2010. Esta última sigue sin resolverse. La obra está valuada en decenas de millones de dólares.

La historia de este cuadro parece escrita por Jorge Luis Borges o Roberto Bolaño: robado, recuperado y vuelto a robar. Como si la pintura se negara a permanecer quieta en el mundo.

 La mujer del abanico, de Amedeo Modigliani, fue robada en 2010 del Musée d'Art Moderne de Paris en uno de los golpes artísticos más espectaculares de Europa.

Modigliani ya pintaba rostros que parecían espectros elegantes. Que una de sus mujeres haya desaparecido en el mercado negro casi parece coherente con su universo.

 Natividad con San Francisco y San Lorenzo, de Caravaggio, entra directamente en territorio mítico.

Fue robada en Palermo en 1969 y desde entonces la mafia siciliana orbita todas las hipótesis. Las versiones son delirantes:

— que fue destruida,

— que terminó comida por ratas en un granero,

— que fue vendida en partes,

— o que todavía existe, escondida en alguna colección privada.

Y ahí aparece algo terrible: el arte robado deja de pertenecer al mundo. Se convierte en secreto.

Lo fascinante de estos casos es que contradicen la idea del museo como lugar seguro y eterno. Uno cree que las obras maestras son inmortales hasta que alguien las arranca de una pared y desaparecen.

Y entonces te das cuenta que la belleza también puede ser secuestrada.

Hay una frase muy mía para cerrar todo esto: “Algunas pinturas no fueron robadas por dinero. Fueron robadas porque alguien quiso poseer lo imposible.”

 Ahora mi refrito:

  

Una renuencia feroz ante lo excelso

 

Entré al Museo Superior de Bellas Artes Evita - Palacio Ferreyra como quien entra a una oficina pública a resolver un trámite absurdo que jamás pidió: con café en el cuerpo, una tristeza administrativa y esa desconfianza argentina que uno lleva encima incluso frente a la belleza. Afuera, Córdoba hervía lento. Adentro, el silencio tenía modales de aristocracia colonial. Un silencio que parecía decirte: acá no levantes la voz, pibe.

“Pibe”. La palabra me resonó con la voz de Ruleman, mi amigo de adolescencia, que todavía me llama así como si el tiempo no hubiera hecho estragos.

Entré como quien entra a un bar a las once de la mañana: sin hambre, sin fe y con una resaca existencial difícil de justificar en cualquier formulario médico. El empleado que cortaba las entradas me miró raro. Yo ya estaba transpirando. No era calor. Era otra cosa. Ese zumbido previo en el pecho, como si alguien hubiera dejado un transformador enchufado dentro mío.

El guardia de seguridad bostezaba —domingo a la mañana, claro— mientras yo empezaba a sentir esa electricidad berreta que nace en el estómago y sube despacio hasta la garganta. Como si la belleza hubiera sido conectada sin disyuntor.

No mires todo de golpe, me digo. Dosificá.

Pero el ojo es un animal sin bozal.

Ahí estaba el cuadro. No importa cuál. Nunca importa cuál. Lo que importa es el impacto: esa trompada suave, acolchonada, casi elegante. Me acerco demasiado. Siempre me acerco demasiado. El color empieza a latir. Juro que late. El rojo deja de ser rojo y se vuelve una herida con memoria. El dorado no brilla: respira. Y yo comienzo a perder estabilidad, apenas, como si el piso se inclinara lo justo para recordarme que el cuerpo también puede desconfiar de la belleza.

Camino rápido.

Gonzo, me digo. Gonzo en todos los sentidos posibles de la palabra: exceso, rareza, nervio, desborde. Camino como si estuviera huyendo de mí mismo. Como si las salas del museo fueran un laberinto armado para obligarme a mirar aquello que llevo años evitando.

Esto es ridículo, me digo. Sos un adulto. Pagaste una entrada. Calmáte.

Pero el corazón se acelera igual. Igual que cuando uno ve a un amor imposible doblando una esquina improbable de Villa Dolores. La misma taquicardia. La misma certeza de “acá no entro entero”.

Tranquilo, me digo. Es apenas un museo provincial, no el Louvre.

Mentira piadosa. El ojo no entiende de presupuestos.

Las salas se suceden unas a otras como capítulos de una religión secreta. Ángeles. Madres. Muertos ilustres. Retratos pintados con una precisión ofensiva. Cuerpos inmóviles cargados de siglos.

Y entonces vuelve a pasar.

Otro cuadro cualquiera. Uno aparentemente inocente hasta que te acercás demasiado. El santo ya no mira al cielo: me mira a mí. La pintura deja de representar y empieza a acusar. El plateado no refleja luz: transpira historia.

No seas exagerado, me reto. Sos grande. Sos un tipo criado entre libros usados, colectivos largos y tormentas transerranas. No dramatices. Pero el pecho no obedece.

Las piernas se aflojan apenas. Un mareo elegante —casi aristocrático— me atraviesa el cuerpo. Y ahí entiendo a Stendhal. Esto no es tristeza. Tampoco alegría. Es otra cosa: una sobrecarga sensorial. Como intentar hacer pasar 220 voltios por un cuerpo diseñado apenas para sobrevivir a 110.

Me siento en un banco frío. Necesito frío. Las manos me tiemblan.

Pienso en mi madre llevándome de chico a museos. Pienso en libros subrayados. En amores mal hablados. En todo lo que no fui capaz de mirar con esta intensidad sin pedir disculpas después. El arte como cachetazo. El arte como espejo sin misericordia.

Respiro. Inhalo óleo imaginario. Exhalo vergüenza contemporánea.

Un grupo de turistas saca fotos con el celular. Pantallas delante de cuadros. Nadie mira realmente, pienso con una soberbia instantánea e injusta. Y enseguida me detesto por pensarlo. Porque nadie entiende nada. Ese es justamente el punto. Esto no es comprensión. Es colapso.

Me levanto otra vez. Sigo caminando. Otro cuadro termina de desarmarme. Palpitaciones. Un segundo de pánico auténtico: me voy a descomponer acá, en Córdoba, rodeado de mármol, próceres y santos provinciales. Qué papelón solemne.

Me río solo. El guardia me mira. Yo le sonrío como quien pide disculpas por sentir demasiado.

Finalmente salgo a la calle. El ruido me salva.

Colectivos. Motos. Un vendedor ambulante gritando algo incomprensible. El sol cayendo pesado sobre la ciudad. Una señora paseando un caniche neurótico. Córdoba recupera su volumen habitual.

Pero yo no.

Quedo desplazado. Levemente corrido del eje, como después de una gran discusión o de un amor que te modifica la arquitectura interna para siempre.

Y mientras cruzo la plaza entiendo algo íntimo y un poco vergonzoso: sobreviví a un exceso de belleza.

Pienso entonces que en Córdoba también podés enfermarte de arte. No aparece en las guías turísticas.

Pero pasa.

 

 

 

El llamado síndrome de Stendhal toma su nombre de Stendhal, el autor de Rojo y negro, quien en 1817 describió en Florencia una experiencia física de desborde frente a las obras de arte de la Basílica de Santa Croce: palpitaciones, mareo, sensación de desmayo y una conmoción emocional extrema producida por la belleza. Sin saberlo, había dejado registrado uno de los síntomas más extraños y humanos del arte: la posibilidad de que algo bello nos exceda por completo.

José Luis Colombini

Villa Dolores, Traslasierra

Mayo de 2026

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Estas crónicas no intentan tranquilizar al lector ni ofrecer respuestas cómodas. Es un descenso íntimo por la memoria, el desgaste emocional, la soledad contemporánea y esas pequeñas ruinas afectivas que vamos acumulando mientras fingimos normalidad. Entre la crónica existencial, el ensayo confesional y la sensibilidad poética, José Luis Colombini construye un territorio donde el insomnio, la melancolía y la lucidez conviven como viejos compañeros de madrugada. Cada texto funciona como un fragmento de conciencia: escenas urbanas, recuerdos deformados por el tiempo, amores perdidos, conversaciones imaginarias, reflexiones sobre literatura, música, cine y el extraño cansancio de estar vivo en una época que convierte todo en ruido y velocidad. Hay ecos de Poetas, Filósofos, Artistas, Predigistadores de palabras , pero también bares vacíos, lluvias de Traslasierra, bibliotecas personales y derrotas mínimas narradas con una honestidad brutal. No busca explicar el mundo. Busca entender qué queda de nosotros después de atravesarlo. Helena Vesper