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Las beguinas caminan conmigo

 

Las beguinas caminan conmigo

 

Camino por la ciudad con auriculares rotos y una idea fija: no entrar a ningún lugar.

Eso ya es un gesto político.

La Alameda de Mendoza siempre termina devolviéndome a la adolescencia: los árboles enormes, las tardes de secundaria, algún amor desteñido que todavía se esconde entre los bancos. Es una avenida antigua, hecha de sombra, librerías, restaurantes y caminantes sin apuro. Pero hoy no vine a recordar. Vine a perderme.

La ciudad insiste en encerrarme: trabajo, consumo, identidad, horario.

Yo insisto en derivar.

En una esquina —pared descascarada, un grafiti feminista, una verdulería cerrada— las veo. No aparecen como fantasmas. Aparecen como mujeres que no necesitan explicación. No llevan hábito. No llevan pancarta. No llevan marido.

Las beguinas.

Caminan como si el siglo XIII hubiera sido archivado en la carpeta equivocada. Como si el error no fuera el pasado sino la historia oficial.

Entonces aparece Foucault. Siempre aparece cuando un cuerpo se niega a obedecer.

—No es la herejía lo que se castiga —dice mientras acomoda sus anteojos—. Es la autonomía. Y tiene razón.

Las beguinas no fueron herejes. Fueron ingobernables. No podían clasificarlas. No eran esposas. No eran monjas. No eran prostitutas. No eran santas útiles. No eran pobres obedientes. Eran un error en la planilla del poder.

Habían surgido entre los siglos XII y XIII, en Flandes, Francia y Alemania. Vivían en comunidades abiertas, los beguinatos, aunque podían marcharse cuando quisieran. Trabajaban, cuidaban enfermos, enseñaban, tejían. Se mantenían solas. Rezaban sin pedir permiso y escribían sobre Dios como quien habla de un amor sin intermediarios.

Ahí comenzó el problema. Porque el poder soporta la pobreza. Tolera incluso la santidad. Lo que nunca perdona es la autonomía.

Mientras camino entre puestos de libros usados siento que una de ellas me observa desde una edición gastada de poesía mística. Tiene la serenidad de quien sabe que el archivo siempre miente. Los archivos guardan lo que el poder considera digno de recordar. Las demás vidas sobreviven como rumor. Las beguinas fueron un rumor durante siglos.

Más adelante, en una plazoleta ocupada por skaters, madres agotadas y jubilados que parecen discutir el mismo partido desde hace treinta años, Judith Butler se sienta en un banco imaginario. Escribe unas líneas en un cuaderno invisible.

—La identidad se vuelve subversiva cuando deja de repetir el guion.

Las beguinas nunca interpretaron el papel que les habían escrito. No representaban a "la mujer medieval". Fallaban en representarla. Y ahí residía toda su potencia. No querían destruir la Iglesia. Peor todavía. Descubrieron que podían vivir sin necesitarla para cada decisión. Cruzo una avenida. Los autos esperan el semáforo con esa ansiedad de quien corre para llegar a un lugar donde tampoco quiere estar.

Entonces aparece Simone Weil. Nunca anuncia su llegada. Simplemente está.

Mira el tránsito durante unos segundos y murmura: —La atención es una forma de resistencia.

Las beguinas atendían. Al dolor. Al cuerpo. Al lenguaje. A los enfermos. A Dios.

No producían indicadores. No escalaban posiciones. No buscaban reconocimiento.

Vivían con intensidad. Y eso siempre resulta sospechoso para cualquier mercado.

Empiezo a entender por qué siguen caminando conmigo.

Las beguinas fueron las monjas que escaparon antes del encierro.

Las hippies antes de que el capitalismo aprendiera a vender rebeldía en cuotas.

Las okupas espirituales que habitaban un mundo sin títulos de propiedad.

Las feministas antes de que existiera la palabra feminismo. No eran una organización. Eran una constelación. Persistían.

Con mis ojos fotografío la ciudad.

Una pareja vende suculentas junto a un mate lavado.

Un empleado público camina con el sueldo ya gastado antes de cobrarlo.

Una mujer barre la vereda mientras escucha una radio vieja.

Un perro me acompaña dos cuadras y después decide que tiene asuntos más importantes.

Yo también me arrepiento de casi todo. Menos de caminar.

En la mochila llevo a Foucault fotocopiado, Butler llena de subrayados azules y a Simone Weil doblada entre dos libros como una culpa persistente. No pesan. Pero tiran.

En el kiosco de la esquina ocurre algo raro. El tiempo se pliega. No como en Netflix.

Peor. Mal doblado. Precario. Sudamericano.

Una mujer con ropa imposible compra una Manaos tibia. Paga con monedas que jamás vi. La kiosquera no se sorprende. Acá hemos visto cosas peores. Es una beguina. O quizás Margarita Porete.

Pienso en “El espejo de las almas simples”, ese libro que escribió a fines del siglo XIII y que terminó costándole la vida. La quemaron en París, en 1310. Su obra sobrevivió escondida, copiada en secreto, porque algunas ideas aprenden a vivir bajo tierra.

Se sienta en el cordón. Ceba un mate con absoluta naturalidad.

Miro la botella de Manaos y rezo para que no aparezca el Chaqueño Palavecino.

Judith Butler se sienta a su lado.

Discuten si el mate es una práctica performativa o una identidad en disputa.

—El problema —dice la beguina— no es quién soy. Hace una pausa.

—El problema es que no pueden fijarme.

—Exactamente —responde Butler.

—Lo inestable siempre incomoda más que lo rebelde.

Anoto la frase en la memoria.

El mate ya está frío. En este país el conocimiento suele llegar con demora.

Foucault cruza la calle esquivando un colectivo que no frena. Levanta apenas la voz.

—Donde hay cuerpos que no encajan, siempre aparece una tecnología para disciplinarlos.

Las beguinas no encajaban. Muchas mujeres tampoco. Ni en el mercado. Ni en la Iglesia. Ni en un Estado que suele llegar tarde y marcharse temprano. En la Edad Media las quemaban. Hoy las invitan a emprender. Les ofrecen contratos basura. Les pagan menos. Les explican que la precariedad también puede llamarse libertad. El castigo cambió de vocabulario. No de intención.

Simone Weil permanece sentada en una plaza seca.

Observa a una madre que intenta hablar con su hijo mientras el celular reclama atención.

—La atención es la forma más rara de la generosidad.

Pienso en las mujeres que sostienen comedores. En las que cuidan. En las que escuchan. En las que llegan antes que cualquier ministerio. No siempre marchan.

No escriben manifiestos. Sostienen. Y sostener también puede ser una forma de insurrección. En una pared alguien escribió: "No queremos ser incluidas. Queremos cambiarlo todo."

Las beguinas sonríen. Ellas ya sabían que muchas veces la inclusión no es más que una forma elegante de captura. Antes de desaparecer, una de ellas me mira. Dice apenas una frase. No hace falta levantar la voz.

—No nos mataron por creer en Dios.

Silencio.

—Nos mataron por no necesitar permiso.

Después se pierde entre la gente. Como siempre hicieron. El tiempo vuelve a su lugar.

El kiosco sigue abierto. La Manaos continúa tibia. El mate sigue lavado. La precariedad también. Anochece sobre la Alameda. Los árboles dejan caer una sombra azul sobre los libros usados.

Los vendedores empiezan a guardar sus puestos. Los colectivos pasan llenos de personas que regresan a casas donde mañana volverán a levantarse temprano.

Me acomodo los auriculares rotos. No suena nada.

Sin embargo, sigo escuchando. Porque las beguinas nunca desaparecieron.

Simplemente aprendieron a caminar donde el poder deja de mirar.

No fundaron una escuela. No escribieron un programa político. No esperaron autorización.

Dejaron algo mucho más difícil de domesticar: la sospecha de que otra forma de vivir siempre es posible.

Y mientras exista alguien dispuesto a desviarse del camino marcado, ellas seguirán caminando a su lado.

También por esta Alameda. También ahora.


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