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Halls Negras en Barrio Parque


 

Halls Negras en Barrio Parque

 

Ya sé que tengo hábitos extraños. Pero también sé que la gente socialmente adaptable tiene costumbres que nadie cuestiona. Por ejemplo, pagar dinero para subirse a una máquina que los deja cabeza abajo durante dos minutos y luego bajarse sonriendo. O soplar una torta llena de fuego una vez al año mientras todos alrededor cantan la misma canción. O triturar granos tostados, echarles agua hirviendo encima y depender de eso para poder hablar con otros seres humanos. O ponerse un pedazo de tela anudado al cuello cuando quieren parecer más importantes. Y ni hablar de tomar una semilla encerrada en una cáscara durísima, golpearla con una herramienta diseñada para clavar clavos y comérsela después. A eso lo llaman algo completamente normal.

La gente normal es muy extraña cuando uno la mira de cerca. Estas situaciones parecen completamente corrientes. En cambio, caminar solo escuchando discos viejos y observando carteles absurdos convierte a cualquiera en un sospechoso.

La gente normal es muy hostil.

Salí a caminar por el barrio con “Random Access Memories” de Daft Punk sonando en los auriculares. Todavía me cuesta aceptar que se hayan separado. Quizás algún día los volvamos a ver, sin cascos, convertidos en simples mortales. El disco me lo hizo escuchar mi hija Azul Brisa allá por el año del señor de 2013, cuando todavía algunas cosas parecían destinadas a durar para siempre.

Caminar es una forma elegante de perder el tiempo. También es una manera de espiar la realidad.

A veces me siento como el oscuro pasajero de las novelas de Jeff Lindsay. Otras veces como Holden Caulfield observando el desfile interminable de farsantes. Y muchas veces uso la ironía porque las normas de convivencia me impiden otras alternativas más ruidosas.

Así que camino. Salgo a ver qué pasa en el barrio. Y en el corazón de Barrio Parque encontré esto.

Una puerta cualquiera. Un negocio cualquiera. Un mural improvisado de bicicleta pintado en blanco y negro. Y sobre esa escenografía doméstica, dos carteles escritos a mano que parecían redactados por un surrealista en crisis.

El primero ofrecía cepillos dentales descartables y enjuague bucal.

El segundo anunciaba, con la solemnidad de un decreto presidencial: "Tenemos Halls negras (para sexo oral)".

Nada más. Ninguna explicación. Ningún contexto. Ninguna vergüenza. Debajo, un precio.

La economía nacional resumida en una golosina mentolada y una promesa implícita.

Me quedé observando la escena mientras Daft Punk seguía sonando. Pensé que si un arqueólogo del futuro encontrara esa fotografía podría reconstruir gran parte de nuestra civilización. La obsesión por la higiene. El comercio de cercanía. El sexo convertido en estrategia de ventas. El humor involuntario. La crisis económica escrita con marcador negro sobre cartulina verde.

Todo estaba ahí. La historia de un país condensada en una puerta.

Mientras seguía caminando pensé que quizás el verdadero arte contemporáneo no está en los museos. Está en estos pequeños accidentes urbanos. En estos mensajes que nadie planificó para la posteridad y que terminan diciendo más sobre nosotros que cualquier discurso político o cualquier encuesta sociológica.

Seguí mi camino. Daft Punk cantaba sobre el contacto humano. Y detrás de mí quedaba aquel cartel fluorescente, brillando bajo el sol de Barrio Parque como una instalación artística financiada por el absurdo.


Jose Luis Colombini

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