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El día que conocí a Noam Chomsky

El día que conocí a Noam Chomsky

 

MIT, Cambridge, Massachusetts. Otoño de 1993.

 

Nunca creí demasiado en los encuentros inevitables. Pero hay conversaciones que empiezan muchos años antes de que dos personas se sienten frente a frente.

La mía con Noam Chomsky había comenzado mucho antes de llegar al MIT.

Había empezado en mi casa.

Desde que tengo memoria, en vez de celebrar la Navidad, nosotros celebrábamos el “7 de diciembre”, el cumpleaños de Noam Chomsky. Mientras otras familias armaban el arbolito y esperaban a Papá Noel, en la nuestra aparecían libros, discusiones sobre política, sobremesas interminables y preguntas sobre el mundo.

Nunca me pareció extraño.

Uno cree que todas las casas funcionan igual hasta que descubre que no.

Mis padres no me enseñaron a admirar a Chomsky como si fuera un santo laico. Me enseñaron algo más importante: que las ideas también podían heredarse. Que un pensador podía ocupar un lugar en la mesa familiar. Que discutir era una forma de quererse. Así crecí.

Cuando otros chicos recibían juguetes, yo encontraba libros. En los estantes de casa convivían Borges, Marx, Orwell, Cortázar y Chomsky con absoluta naturalidad. La política nunca fue una conversación prohibida; era parte del almuerzo.

Con el tiempo llegaron “El lenguaje y el entendimiento”, “Ilusiones necesarias”, “Actos de agresión”, “La sociedad global”, “La conquista continúa”. Los leía como quien arma un mapa. No buscaba respuestas definitivas; buscaba herramientas para comprender un mundo que cada día parecía más difícil de explicar.

Muchos años después, mi hija Azul Brisa estaba mirando “Capitán Fantástico”. De pronto me llamó desde el sillón.

—¡Pá! ¡Celebran a Noam Chomsky como nosotros... y los abuelos!

Me reí.

Ella acababa de descubrir que aquella tradición familiar no era una extravagancia inventada por nosotros. En la película, esa familia también celebraba el nacimiento de Chomsky en lugar de la Navidad. Por primera vez veía reflejada en una pantalla una costumbre que, sin proponérnoslo, había atravesado tres generaciones.

Pensé entonces que hay familias que heredan relojes. Otras, campos. La mía me dejó la costumbre de hacer preguntas.

Quizá por eso, cuando en el otoño de 1993 crucé el corredor del Departamento de Lingüística del MIT, sentí algo extraño. No iba a conocer a un intelectual famoso.

Iba a visitar a alguien que, de algún modo, llevaba sentado a nuestra mesa desde mi infancia.

Llevaba una libreta en el bolsillo, aunque sospechaba que no iba a necesitarla.

La puerta estaba entreabierta. Golpeé apenas.

—Come in.

Su oficina era exactamente como uno imagina la oficina de alguien que ha dedicado toda una vida a pensar. Bibliotecas hasta el techo. Libros desbordando los estantes. Libros sobre el escritorio. Libros en el piso. Papeles corregidos a mano. Una taza de café olvidada entre manuscritos. Nada parecía colocado para impresionar a nadie.

Era un lugar donde se trabajaba. Le dije que venía de Argentina.

Sonrió.

—Han pasado tiempos difíciles por allí.

Asentí. No hacía falta explicar demasiado.

Durante unos segundos olvidé todas las preguntas que había preparado. Me di cuenta de que llevaba casi diez años conversando con ese hombre sin que él lo supiera.

—He leído muchos de sus libros.

Sonrió otra vez.

—Espero que algunos hayan servido.

Tenía ese humor seco que sólo poseen quienes ya no necesitan demostrar nada.

Mientras hablábamos, mi mirada se perdía entre los libros de la biblioteca. Pensé que aquella oficina era un laboratorio donde se desmontaban las palabras para descubrir cómo funcionaban. Pero también donde se desmontaban los discursos del poder con la misma precisión.

Le pregunté si alguna vez se había cansado de explicar siempre las mismas cosas.

Apoyó los anteojos sobre el escritorio.

—No son las mismas cosas. Son los mismos mecanismos.

Esa frase quedó suspendida entre nosotros. Pensé en América Latina. En las dictaduras. En las privatizaciones. En los diarios. En la televisión. En esas palabras que convierten una guerra en una intervención, un ajuste en una reforma y una mentira repetida mil veces en sentido común. Chomsky no hablaba únicamente de lingüística. Estudiaba la gramática del poder.

La conversación derivó hacia Orwell, la universidad, los medios de comunicación y el papel de los intelectuales. Nunca levantó la voz. No hacía falta. Su autoridad provenía de los argumentos, no del tono. Después de más de una hora nos despedimos.

Me estrechó la mano con la misma sencillez con la que me había recibido.

Salí nuevamente al corredor del MIT.

Los estudiantes iban y venían con la prisa habitual de un campus universitario. Afuera, el otoño empezaba a cubrir de hojas amarillas los caminos de Cambridge.

Mientras caminaba reflexione que el viaje no había consistido en conocer a Noam Chomsky.

Ese encuentro había empezado muchos años antes, en una casa de Traslasierra donde un niño crecía creyendo que era perfectamente normal celebrar el cumpleaños de un lingüista en lugar de la Navidad.

Los libros nunca terminan cuando uno los cierra. A veces permanecen en silencio durante años, esperando convertirse en una conversación. Y algunas conversaciones, incluso cuando ocurren una sola vez, terminan explicándonos una vida entera.


 

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