Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Cuando un triunfo también se convierte en un mensaje

 


Cuando un triunfo también se convierte en un mensaje

 

El fútbol suele venderse como un territorio neutral, una especie de refugio donde la política debería quedarse en la puerta del estadio. Sin embargo, la historia insiste en demostrar lo contrario. Desde el saludo del Poder Negro en los Juegos Olímpicos de México 1968 hasta los brazaletes, las pancartas y los gestos de solidaridad que atraviesan el deporte moderno, cada Mundial recuerda que los jugadores y los entrenadores siguen siendo personas antes que símbolos.

Esta vez ocurrió después de una victoria histórica. Egipto eliminó a Australia por penales y consiguió, por primera vez, clasificarse a los octavos de final de una Copa del Mundo. Mientras sus futbolistas celebraban el logro deportivo, el entrenador Hossam Hassan eligió otra imagen para inmortalizar la noche: ingresó al campo sosteniendo una bandera palestina.

Quienes seguimos la transmisión en vivo por televisión difícilmente olvidemos ese instante. No fue una celebración más. Ver al entrenador caminar por el césped con la bandera palestina extendida, en medio de la euforia por una clasificación histórica, tuvo una fuerza emocional imposible de ignorar. Más allá de las posiciones políticas de cada uno, la escena conmovió. Porque durante unos segundos el fútbol dejó de hablar únicamente de goles y penales para convertirse en un lenguaje de humanidad, memoria y solidaridad.

La escena recorrió el mundo en cuestión de minutos. Para algunos fue un gesto de solidaridad. Para otros, una expresión política que no debería tener lugar en una cancha de fútbol. Pero, más allá de las opiniones, la fotografía dejó de pertenecer al partido para convertirse en un documento de época.

Después del encuentro, Hassan fue todavía más explícito. Dedicó el triunfo "al pueblo egipcio y al pueblo palestino", vinculando una victoria deportiva con un mensaje que trasciende los noventa minutos y que inevitablemente remite al conflicto que desde hace meses ocupa el centro de la agenda internacional.

Las imágenes deportivas tienen esa capacidad. Un gol puede olvidarse al cabo de unos años; una fotografía, en cambio, permanece. Basta recordar a Pelé abrazado por Jairzinho, a Maradona levantando la Copa del Mundo o a Lionel Messi sentado junto al trofeo en la madrugada de Doha. Son postales que terminan contando algo más que un resultado.

La bandera palestina en manos del técnico egipcio ya forma parte de esa colección de imágenes destinadas a sobrevivir al marcador. No explica el partido. Explica el tiempo que vivimos.

Porque el fútbol podrá intentar ser únicamente un juego. Pero, cada tanto, la realidad entra a la cancha y reclama su lugar. Y quienes lo vimos en directo por televisión sentimos que estábamos presenciando algo que iba mucho más allá de un triunfo deportivo. Fue uno de esos momentos que emocionan porque recuerdan que, incluso en el escenario más competitivo del mundo, todavía hay gestos capaces de interpelar la conciencia y quedar grabados en la memoria colectiva.


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