Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

La camiseta que cruzó una frontera

 

La camiseta que cruzó una frontera

 

Entre el polvo, el miedo y la incertidumbre, una camiseta azul y oro llamó la atención del mundo.

Las redes hicieron lo de siempre: convirtieron una tragedia en un meme. "Boca está en todos lados", escribieron miles. Y es cierto. Boca aparece en una favela de Río, en un barrio de Tokio, en una aldea africana, en una cárcel, en un puerto, en una tribuna o en una frontera.

Pero esta vez la camiseta contaba otra historia. No era un hincha yendo a la cancha. Era un joven dejando atrás su país. No corría hacia un estadio, sino hacia una oportunidad. No perseguía un gol, sino un futuro. Quizás eligió esa camiseta porque era la que tenía. Quizás porque realmente es de Boca. Tal vez alguien se la regaló. Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que el fútbol tiene esa extraña capacidad de sobrevivir a todo. A las guerras, a las crisis económicas, al exilio y a las fronteras. Una camiseta puede convertirse en un pedazo de identidad cuando todo lo demás quedó del otro lado del mar.

Detrás del escudo había una persona. Un nombre. Una familia. Una historia que probablemente nadie viralice. Porque las fronteras separan países, pero no los sueños. Y el fútbol, a veces, termina siendo el único idioma que ambos lados entienden.


Wilkes también tenía una biblioteca

 




 

 Wilkes también tenía una biblioteca

Soy un lector que cuando amo un libro compro varias ediciones. Por traducciones, presentación, formato. Es una especie de tok que tengo.

Están quienes subrayan los márgenes, doblan una esquina para recordar una frase o discuten durante años si la película estuvo a la altura de la novela. Están los que buscan primeras ediciones, los que coleccionan portadas distintas y los que no pueden resistirse a llevarse otro ejemplar aunque ya tengan dos iguales en la biblioteca.

Y después está Annie Wilkes, que decidió secuestrar al autor para corregirle el final.

Ahí reside el golpe de genialidad de “Misery”. Stephen King no escribió solamente una novela de terror. Escribió una novela sobre la posesión. Sobre esa extraña enfermedad contemporánea que lleva a algunas personas a creer que amar una obra les concede derechos sobre quien la creó.

Paul Sheldon, el escritor atrapado en una casa perdida entre la nieve, descubre demasiado tarde que el problema no es tener una admiradora. El problema es convertirse en propiedad de esa admiradora.

Porque Annie no odia a Paul. Todo lo contrario. Lo ama. Y a veces no hay nada más peligroso que un amor incapaz de aceptar que el otro existe fuera de nuestros deseos.

King entendió algo que hoy, casi cuarenta años después de la publicación de la novela, resulta todavía más evidente. Los monstruos ya no viven necesariamente en castillos góticos ni salen de cementerios malditos. A veces tienen una biblioteca prolija, preparan sopa caliente, sonríen con amabilidad y dicen ser tus mayores admiradores.

La verdadera cárcel de Paul no son las paredes de aquella habitación. Es la imagen que Annie construyó de él. Ella no secuestra a un hombre; secuestra la versión del escritor que necesita para que su mundo permanezca intacto.

Por eso Misery envejeció tan bien.

Cuando apareció en 1987 parecía una historia extrema sobre una fan obsesiva. Hoy parece un ensayo disfrazado de thriller. Basta mirar las redes sociales para encontrar miles de pequeñas Annie Wilkes exigiendo que un autor cambie el destino de un personaje, que una serie respete una teoría de los fanáticos o que una película no contradiga sus expectativas. La diferencia es que ya no necesitan una máquina de escribir ni una casa aislada en Colorado. Les alcanza un teclado y una conexión a internet.

Vivimos una época en la que muchos confunden consumir una obra con ser dueños de ella. Como si comprar un libro otorgara el derecho a reescribirlo. Como si seguir a un músico implicara decidir qué canciones debe grabar. Como si admirar a un escritor autorizara a decirle qué finales tiene permitido escribir.

Quizá Annie Wilkes fue la primera fan tóxica de la cultura pop mucho antes de que existiera esa expresión. Y, sin embargo, reducir Misery a esa lectura sería injusto.

También es una extraordinaria novela sobre el oficio de escribir. Sobre la soledad del escritor, sobre la disciplina, sobre la relación casi física con las palabras. Paul Sheldon sobrevive porque escribe. La escritura deja de ser una profesión para convertirse en un mecanismo de supervivencia. Cada página es una negociación con el miedo.

No es casual que King escribiera esta novela en uno de los momentos más complejos de su vida, cuando ya era un autor inmensamente famoso y comenzaba a sentir el peso de las expectativas del público. Annie también representa esa presión invisible que todo creador conoce: la voz que exige repetir la fórmula, no decepcionar, no cambiar demasiado.

En el fondo, Misery plantea una pregunta incómoda. ¿Cuánto de Annie habita en nosotros como lectores?

Todos hemos cerrado un libro indignados porque el autor mató al personaje que más queríamos. Todos hemos pensado alguna vez: “yo habría escrito otro final”. La diferencia está en entender que esa frustración forma parte del pacto de la literatura. Un libro deja de pertenecernos apenas cerramos la última página. Podemos discutirlo, amarlo o detestarlo, pero no apropiarnos de él.

Miro mi vieja edición de Plaza & Janés, con esa portada inquietante que ya acusa el paso del tiempo, y recuerdo por qué Misery sigue siendo una de las mejores novelas de Stephen King. No por los golpes, ni por la sangre, ni siquiera por las escenas que todavía hoy incomodan. Sino porque nos obliga a reconocer que el terror más profundo no nace de los fantasmas. Nace cuando el amor deja de ser admiración y se convierte en posesión. Y pocas novelas han contado con tanta lucidez el lado oscuro de ser fan.

 


Nuestros amantes: los escritores también inventan su propia vida

 

Nuestros amantes: los escritores también inventan su propia vida

 

Nuestros amantes (2016), de Miguel Ángel Lamata

Una mujer se sienta frente a un desconocido en la cafetería de una librería y le prohíbe hacer lo que todos hacemos cuando conocemos a alguien.

—No quiero saber cómo te llamas.

No porque el nombre no importe. Al contrario. Porque los nombres vienen cargados de pasado: padres, ex parejas, documentos, redes sociales, currículums sentimentales. Irene quiere conocer al hombre antes que a su biografía. Quiere inventarlo otra vez.

Y él acepta. Acepta jugar. No salir. No seducir. Jugar.

Como hacen los niños cuando llegan a un parque y simplemente preguntan:

—¿Jugamos?

En una época obsesionada con saberlo todo del otro antes del primer café, la propuesta resulta casi revolucionaria. No buscarse en Internet. No intercambiar teléfonos. No investigar. Descubrirse lentamente, dejando que las palabras construyan un territorio común.

Pero esa es apenas la superficie de la película.

Debajo de la comedia romántica se esconde otra historia, mucho más interesante: la de dos hombres que viven de las palabras y representan dos maneras opuestas de entender la literatura y la vida.

Carlos es un guionista exitoso y, al mismo tiempo, un escritor fracasado.

No porque escriba mal.

Al contrario: escribe películas de animación muy exitosas, “Mema y Lerda”, que le permiten vivir cómodamente junto a su socio Cristóbal. Sin embargo, siente que desperdicia su talento. Lo que realmente quiere escribir es una obra de teatro titulada “Bukowski y Capote en el infierno”. Sólo el título ya revela sus aspiraciones: no quiere entretener; quiere dejar una huella. Aspira a la literatura con mayúsculas. Pero está bloqueado. Y el bloqueo creativo coincide exactamente con el derrumbe de su matrimonio.

Su esposa, María, le ha pedido una separación de dos meses. Poco después descubre que mantiene una relación con Jorge. Y Jorge no es un hombre cualquiera. Es poeta.

La trama construye un contraste muy inteligente. Carlos representa al escritor profesional, disciplinado, domesticado por el mercado editorial y audiovisual. Jorge encarna el viejo mito del poeta: brillante, bohemio, seductor, aparentemente libre. Es capaz de fascinar con sus palabras y de despertar en María una intensidad que Carlos cree haber perdido.

Curiosamente, ambos viven de escribir.

Uno fabrica historias para que millones de personas sonrían.

El otro fabrica versos para que unas pocas personas crean que son únicas.

Los dos inventan ficciones. Pero sólo uno termina creyéndose la suya. Porque Jorge no es un poeta maldito. Es un narcisista con talento para el lenguaje.

La película desmonta un estereotipo muy antiguo: el del artista cuya sensibilidad justificaría cualquier egoísmo. María cae seducida por esa imagen del poeta apasionado. Irene también había caído antes. Las dos aman menos al hombre que al personaje que él interpreta.

Y entonces la película formula una pregunta incómoda: ¿Nos enamoramos de las personas o del relato que construyen sobre sí mismas?

Los escritores conocemos bien ese peligro. No sólo escribimos historias. También escribimos personajes llamados "nosotros".

Seleccionamos qué mostrar, qué ocultar, qué exagerar. Construimos una identidad con citas, libros favoritos, discos, fotografías, silencios cuidadosamente elegidos. A veces terminamos habitando esa versión literaria de nosotros mismos.

Jorge vive dentro de ese personaje. Carlos, en cambio, vive atrapado en otro. El del escritor que siente vergüenza de aquello que escribe para ganarse la vida. Su tragedia no consiste únicamente en que María lo haya engañado. Consiste en creer que ha traicionado al escritor que soñó ser. Quizá por eso resulta tan significativo que la película no resuelva primero el conflicto amoroso, sino el creativo.

Cuando Carlos empieza a desprenderse de María, también recupera la escritura. Vuelve a trabajar en “Bukowski y Capote en el infierno”. No porque Irene aparezca como una musa inspiradora, sino porque deja de vivir una mentira.

La inspiración no regresa cuando encuentra un nuevo amor. Regresa cuando recupera la honestidad. En ese sentido, “Nuestros amantes” habla mucho menos del romance que de la autenticidad.

Incluso Irene, que podría haber sido la clásica “manic pixie dream girl” —esa mujer excéntrica creada por el cine para rescatar emocionalmente a un hombre gris— termina escapando del estereotipo. Ella también está rota. También idealizó a Jorge. También necesita dejar de enamorarse de una ficción.

Uno de los diálogos más duros resume toda la película.

 

—¿Por qué nos dejan?

—Porque creen que merecen algo mejor.

 

Es una frase incómoda porque desarma todas las explicaciones románticas. Preferimos pensar que las relaciones terminan porque el amor se acaba, porque las personas cambian o porque los caminos se separan. Carlos propone algo mucho más cruel: quien se va suele imaginar que existe una felicidad superior esperándolo en otra parte. Y las segundas oportunidades tampoco son necesariamente un triunfo del amor. A veces sólo significan que la aventura no salió como se esperaba. Que el supuesto milagro era un espejismo.

Sin embargo, la película no termina siendo pesimista. Todo lo contrario. Sugiere que el verdadero milagro no consiste en recuperar a quien se fue, sino en dejar de perseguir personajes imaginarios para empezar a querer personas reales.

La última escena vuelve a la cafetería donde comenzó el juego. Pero ya no son dos desconocidos intentando inventarse. Ahora son dos personas que han sobrevivido al derrumbe de sus propias ficciones. Carlos ya no necesita parecer un gran escritor. Irene ya no necesita enamorarse de un poeta. Y quizá esa sea la idea más hermosa de Nuestros amantes.

Que el amor empieza exactamente cuando dejamos de escribir novelas sobre el otro y aceptamos leer, por fin, a la persona que tenemos delante.


 




 

Dialogo textual del film:

Escena: Hombre sentado solo en una mesa dentro de una cafetería… se acerca una mujer y se sienta en su mesa inesperadamente…

Ella: Que tal.

El: Nos conocemos?

Ella: no, pero me gustaría, el nombre del chupito de brandy me ha parecido prometedor

El: vale.. vamos aksdg…

Ella: no no no no me digas, que no quiero saber como te llamas

El: y eso?

Ella: porque no quiero llamarte como te llaman los demás

El: porque?

Ella: porque te quiero poner un nombre que signifique algo para mi, uno que sólo conozca yo y que sólo use yo. Y tu harás lo mismo conmigo,

El: ¿Buscar tu nombre?

Ella: si, pero no ahora, cuando nos conozcamos mejor. jaja ¿crees que estoy loca?

El: ¿estas loca?

Ella: Quizás… jajaja Que mas da.

(apunto de levantarse de la mesa) El: Encantado de conocerte, te llames como te llames

Ella: no no, dos veces no.

El: Claro que no, como se me ocurre… (se vuelve a sentar)

Ella: Es que no me gusta besar por besar… ¿Alguna pregunta?

El: si, pero te van a decepcionar. Son poco tópicas

Ella: eso es halagador

El: hacer preguntas tópicas?

Ella: No… sino que acabemos de conocernos y te preocupes decepcionarme

El: La primera pregunta es tan obvia que… casi prefiero que te la hagas tu misma

Ella: ¿y si lo que me pregunto no es lo mismo que ibas a preguntarme tu?

El: Seguro que si ya veras

Ella: vale, pero la respondes tu

El: trato echo, pero ¿nos damos la mano?

Ella: si, porque significa algo… ¿hago esto a menudo?

El: A veces… cuando vez a alguien interesante

Ella: y tu… porque te he entrado a ti…

El: porque me consideras alguien interesante… no se porque razón.

Ella: ¿porque razón?

El: Eso contestalo tu

Ella: ¿te gustan los parques?

El: No voy mucho, pero si

Ella: me encanta ir a los parques y ver a los niños jugar y de pronto un niño se acerca a otro sin conocerse de nada y simplemente le dice… ¿jugamos? y se ponen a jugar… no se cuando te vi pensé que querrías jugar conmigo….. ¿jugamos?

El: Vale…

Ella: genial

El: ¿a que jugamos?

Ella: eso es lo que nos diferencia de los niños… ellos siempre quieren saber a que están jugando. pero tu y yo vamos a descubrirlo mientras jugamos

El: ¿cuanto va a durar el juego?

Ella: Hasta que nos aburramos

El:. ¿hay reglas?

Ella: si, hay reglas. no quiero que averigües nada sobre mi. no quiero que sepas quien soy, así que nada de internet y nada de teléfonos.

El: pero… se supone que la idea es que… nos vamos a volver a ver

Ella: es la idea

El: Y entonces… ¿como quedaremos?

Ella: como venimos hablando!!! tal día, tal hora, tal sitio… es un método que lleva funcionando siglos, no tiene porque fallar ahora.

El: no, no tiene porque…. Algo mas?

Ella: si… te gusta ir poco a poco… a mi no… no quiero perder el tiempo, no quiero rodeos ni silencios incomodos… así que si te pregunto algo me respondes en el acto.

El: y…. si no me da la gana

Ella: mienteme… mentir es mucho mas creativo y mucho mas divertido que decir la verdad… yo confío mucho en la mentira… como dijo alguien… la mentira siempre dice la verdad.

El: ¿Quien dijo eso?

Ella: Yo… hace dos segundos

El: muy bien, te mentire… alguna norma mas?

Ella: si… la mas importante… pase lo que pase… no te enamores de mi

El: ¿es peligroso?

Ella: si, mucho

El: ¿para mi o para ti?

Ella: me tengo que ir… entonces, hoy es lunes, dentro de una semana nos vemos aquí… mas o menos a esta misma hora

El: perfecto

Ella: nos lo vamos a pasar bien tu y yo

 

 

 

Diálogo de la película Nuestros amantes

Nuestros amantes. (España 2016)

Dirección Miguel Ángel Lamata

Protagonistas    Michelle Jenner

Eduardo Noriega

Amaia Salamanca

Fele Martínez

Gabino Diego

 

 

No al proyecto oficialista que propone derogar la Ley 25.542, la norma que protege la actividad librera en Argentina.


 

El escritor más citado y menos leído. Bukowski para los que nunca leyeron a Bukowski

El escritor más citado y menos leído

Bukowski para los que nunca leyeron a Bukowski

 

En 1988, Fito Páez sacó su quinto disco: “Ey!”. El quinto tema, que cerraba el lado A de aquel vinilo de tapa doble, se llamaba "Polaroid de locura ordinaria".

En el sobre interno, junto a las letras, podía leerse: "Basado en el cuento La chica más guapa de la ciudad, de Charles Bukowski."

Y entonces surgía la pregunta: ¿quién era ese tal Bukowski?

Así muchos llegamos a él. No por un algoritmo, ni por una frase con letras blancas sobre un fondo negro. Llegamos por un disco, por la curiosidad y por esa hermosa costumbre de seguir el rastro de una referencia hasta encontrar un libro.

Compré “Factótum”. Después vino “Mujeres”, “Cartero”, “La senda del perdedor”, “Hollywood”, “Pulp”, los poemas... uno detrás de otro. Descubrí que Bukowski no era el personaje alcohólico que la gente imaginaba, sino un escritor inmenso que utilizaba el alcohol, el sexo, las carreras de caballos, los trabajos miserables y la derrota para hablar de algo mucho más profundo: la condición humana.

Murió en 1994. Y, paradójicamente, con la llegada de las redes sociales se convirtió en uno de los escritores menos leídos y más citados de internet.

Hay un extraño deporte contemporáneo: citar a Charles Bukowski sin haber leído jamás un libro suyo.

Comparten frases sobre whisky, mujeres, cigarrillos y soledad como si fueran estampitas religiosas. Le ponen una foto en blanco y negro, una tipografía elegante y listo: ya creen haber entendido a Bukowski.

El problema es que una enorme cantidad de esas frases jamás las escribió.

Internet convirtió a Bukowski en una fábrica de frases para consumo rápido. Pero el verdadero Bukowski era incómodo, contradictorio, brutal, muchas veces desagradable y, otras, profundamente tierno. No escribía para quedar bien ni para conseguir miles de "me gusta". Escribía sobre la humillación, la pobreza, el trabajo alienante, la vejez, el fracaso, el deseo de seguir escribiendo aunque nadie creyera en él.

Cuanto más se comparte su imagen, menos se lo lee. Y esa paradoja dice mucho de nuestra época.

Vivimos rodeados de personas que creen conocer a un autor porque compartieron diez frases atribuidas a él. La mayoría nunca abrió un libro suyo. Nunca acompañó a Henry Chinaski por las oficinas de correos, los hipódromos, las pensiones miserables o las habitaciones donde escribir era la única forma de no volverse completamente loco.

Esta es mi colección personal de Carlitos. Todos estos libros están leídos y releídos varias veces. Algunos todavía conservan anotaciones al margen, páginas dobladas y ese desgaste que solo tienen los libros que realmente acompañan una vida.

No los muestro para presumir una biblioteca. Los muestro porque detrás de cada ejemplar hay horas de lectura, de subrayados, de discusiones silenciosas con un autor que nunca intentó caerle bien a nadie.

Lean libros.

No se conformen con memes ni con frases sueltas, muchas veces falsas. Un escritor no cabe en una imagen que se comparte en cinco segundos. Se descubre página tras página, con sus contradicciones, sus excesos, sus miserias y también con su inmensa humanidad.

Porque un meme dura un instante. “Un libro puede acompañarte toda la vida.”

 

Los próceres también tenían cuentas que pagar


 Los próceres también tenían cuentas que pagar

 

La historia tiene una costumbre irritante: cuando uno empieza a leerla de verdad, deja de parecerse a los actos escolares.

Primero cae el caballo blanco. Después el bronce. Finalmente, el pedestal.

Hace unos días vi un meme. Un supuesto indígena, con gesto de decepción, señalaba una galería de próceres de la independencia. El texto decía algo así como: "Cuando descubres que los próceres de la independencia eran criollos, masones y acaudalados... ¿Qué clase de habitantes originarios oprimidos son éstos?"

Me reí. Los memes tienen esa virtud: en diez segundos condensan una provocación que a un ensayo le llevaría veinte páginas desarrollar.

El problema empieza cuando dejamos de reírnos demasiado pronto.

Durante décadas nos enseñaron una historia de manual. Había héroes impecables. Villanos perfectamente identificables. Patriotas de un lado. Españoles del otro. Como si el nacimiento de una nación hubiera sido una película de Disney.

Después llegó la reacción inversa. La moda consistió en destruir estatuas, no literalmente sino intelectualmente. Entonces nos explicaron que los próceres eran todos ricos, criollos privilegiados, comerciantes, terratenientes, masones o miembros de alguna logia conspirativa. Como si la independencia hubiera sido apenas una reunión de accionistas discutiendo quién administraba mejor el negocio.

Ambos relatos son cómodos. Y por eso mismo sospechosos.

Sí, muchos de los líderes independentistas pertenecían a las élites coloniales. San Martín provenía de una familia militar. Belgrano estudió en Europa. Moreno era abogado. Pueyrredón era un hombre de fortuna. La mayoría eran criollos ilustrados, hijos del mundo que estaban intentando cambiar.

Pero precisamente ahí reside la paradoja.

Las revoluciones casi nunca empiezan entre los más pobres. Empiezan cuando una parte de las élites deja de creer en el orden existente y encuentra aliados mucho más abajo. La Revolución Francesa no la inició un campesino. La independencia norteamericana tampoco nació en una asamblea de obreros. Las ideas suelen viajar primero en bibliotecas antes que en trincheras.

Después llegan las trincheras. Porque las guerras no las ganan solamente quienes las piensan. Las ganan fundamentalmente quienes las pelean.

Y ahí aparecen miles de nombres que casi nunca aprendemos. Gauchos. Pardos. Negros libertos. Mestizos. Indígenas. Campesinos. Mujeres que cosían uniformes, escondían armas, cruzaban mensajes o alimentaban ejércitos enteros sin figurar jamás en un cuadro al óleo.

La independencia fue una negociación permanente entre intereses distintos. Algunos querían libertad comercial. Otros soñaban con una república. Algunos defendían privilegios locales. Otros hablaban de igualdad. Incluso había quienes imaginaban una monarquía constitucional gobernada por un descendiente de los incas.

Nada fue tan simple. Quizás esa sea la enseñanza más incómoda.

Nos gusta imaginar que la historia avanza gracias a santos o a demonios. Nos tranquiliza repartir certificados de pureza o de corrupción. Pero los seres humanos somos bastante menos prolijos. Las grandes transformaciones suelen estar hechas de convicciones nobles, ambiciones personales, oportunismo, ideales, mezquindades y un poco de azar. Todo mezclado. Por eso me gustan estos memes. No porque tengan razón. Sino porque obligan a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.

Si un meme consigue que alguien cierre las redes sociales y abra un libro de historia, ya hizo más por el pensamiento crítico que muchas clases donde todavía desfilan próceres sin contradicciones o conspiraciones sin pruebas.

La historia nunca fue un altar. Tampoco un tribunal. Es, más bien, una conversación interminable entre el pasado y nuestras preguntas del presente. Y cada tanto, curiosamente, esa conversación empieza con una imagen absurda compartida en Facebook y termina obligándonos a revisar todo aquello que creíamos saber.

El club de la pelea y el negocio de la masculinidad. Cuando Tyler Durden se hizo influencer

El club de la lucha y el negocio de la masculinidad. Cuando Tyler Durden se hizo influencer

 

"Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos."

En la década de los 90, un amigo en Méjico me regaló un ejemplar de “El club de la lucha”, de Chuck Palahniuk. Prefiero el título de El club de la pelea como se lo llama en Latinoamérica. Desde entonces seguí leyendo todo lo que pude de ese autor. Aquel libro llegó en un momento preciso: vivía solo, trabajaba muchas horas, ganaba poco y todavía estaba tratando de entender qué significaba ser un hombre cuando ya no existían las grandes epopeyas que habían alimentado generaciones anteriores.

Muchos leen El club de la pelea como una crítica al capitalismo. No les falta razón. El catálogo de IKEA, las oficinas impersonales, la vida reducida a consumir objetos para construir una identidad son parte esencial de la novela. Pero siempre tuve la impresión de que el blanco de Palahniuk era más profundo. El capitalismo es apenas el escenario. La verdadera historia habla de la soledad masculina.

El Narrador no está enfermo porque compre muebles. Compra muebles porque está enfermo. Vive anestesiado, incapaz de construir vínculos, sin una comunidad, sin un propósito, sin un nombre propio. Tyler Durden aparece como la fantasía de todo aquello que él cree no ser: fuerte, carismático, libre, violento, seductor, dispuesto a destruir el mundo antes que aceptar una vida gris.

Nunca me sentí identificado con el Narrador, pero sí sentí que la novela funcionaba como una advertencia. Como un manual sobre los lugares donde un hombre puede perderse cuando deja de preguntarse quién es y empieza a definir su identidad por oposición a los demás. La frustración se convierte en resentimiento. La soledad en agresividad. La búsqueda de sentido termina reemplazada por una causa cualquiera.

Con el paso de los años comprendí que Palahniuk había visto algo que todavía no existía con claridad. Tyler Durden no era un revolucionario: era el prototipo del gurú masculino contemporáneo. Hoy ya no se llama Tyler. Puede llamarse Andrew Tate, El Temach o cualquier influencer que prometa devolverle a los hombres una masculinidad supuestamente perdida mediante consignas simples, enemigos claros y obediencia absoluta.

El Proyecto Caos era eso: hombres sin identidad buscando pertenecer a algo. Los "monos espaciales" renunciaban a su nombre para convertirse en una masa uniforme. Repetían consignas, obedecían órdenes y encontraban alivio en dejar de pensar. Resulta difícil no recordar aquella frase ritual: "Su nombre es Robert Paulson." Una identidad reemplazada por un eslogan.

Quizá por eso la novela sigue siendo inquietantemente actual. Muchos leen en ella una invitación a convertirse en Tyler Durden. Creo que Palahniuk escribió exactamente lo contrario. Tyler no es el héroe; es el síntoma. Es la enfermedad tomando la palabra cuando un hombre deja de reconocer sus propias fracturas.

Al final de la novela, después de que las sedes de las compañías de tarjetas de crédito vuelan por los aires, un empleado del hospital se inclina sobre Tyler y le susurra: "Todo sigue el plan, señor Durden. Estamos esperando su regreso."

Tal vez esa sea la frase más profética del libro. Tyler nunca desapareció. Cambió de rostro. Hoy habla por micrófonos, acumula millones de seguidores y promete respuestas sencillas para hombres que siguen buscando, como el Narrador, una razón para sentirse vistos en un mundo donde cada vez resulta más difícil construir una identidad sin convertirla en un espectáculo.

 

Diferencias entre película y libro

 

La película de David Fincher (1999) es una adaptación muy fiel al libro, pero introduce cambios importantes que modifican el sentido de la historia. Curiosamente, el propio Chuck Palahniuk ha dicho en varias entrevistas que considera que el final de la película es mejor que el de su novela.

 

Estas son las diferencias más importantes:

 

1. El final

Es la diferencia más conocida. En la novela:

El Narrador se dispara, pero sobrevive.

Despierta en un hospital psiquiátrico creyendo que está en el cielo.

Los empleados del hospital son miembros del Proyecto Caos y le susurran: "Todo sigue el plan, señor Durden. Estamos esperando su regreso."

 

Es un final ambiguo: Tyler nunca desaparece del todo.

 

En la película:

El Narrador se dispara atravesándose la mejilla y "mata" simbólicamente a Tyler.

Marla toma su mano.

Ambos observan cómo explotan los edificios al ritmo de “Where Is My Mind?” de Pixies.

Es un final más romántico y cinematográfico, aunque también profundamente irónico.

 

2. Marla Singer

En el libro:

Marla es todavía más caótica, depresiva y autodestructiva. La relación con el Narrador es mucho más incómoda y menos sentimental.

 

En la película

Helena Bonham Carter la vuelve un personaje más entrañable. Existe una posibilidad de redención junto al Narrador.

 

3. Tyler Durden

Brad Pitt convirtió a Tyler en un ícono cultural.

En la novela Tyler es:

más desagradable,

más imprevisible,

más cercano a un terrorista nihilista que a un líder carismático.

 

La película, sin querer, lo vuelve demasiado atractivo. Mucha gente terminó admirando a Tyler en lugar de verlo como una crítica.

 

4. El humor

Palahniuk escribe con un humor negro muy seco.

El libro está lleno de frases absurdas, listas, repeticiones y pequeños detalles grotescos que el cine no puede reproducir del mismo modo.

La novela tiene un ritmo casi hipnótico.

 

5. El Proyecto Caos

En el libro ocupa mucho más espacio.

Se explica con más detalle cómo funciona la organización:

las reglas,

la obediencia,

los trabajos clandestinos,

el lavado de cerebro,

la pérdida de identidad.

 

Por eso resulta más evidente que Tyler está creando una secta.

 

6. La crítica social

La película enfatiza más la crítica al consumismo.

El libro pone el foco en algo más amplio:

la alienación,

la masculinidad,

la identidad,

la búsqueda de sentido,

la fascinación por los líderes.

 

Es menos "anticapitalista" de lo que suele decirse y más existencial.

 

7. La violencia

El libro es bastante más perturbador.

Hay escenas más explícitas, más enfermizas y psicológicamente incómodas que Fincher suavizó para que la película pudiera estrenarse comercialmente.

 

8. La estructura

La novela está escrita desde una mente completamente rota.

Los pensamientos del Narrador aparecen fragmentados, repetitivos y obsesivos.

La película consigue transmitir parte de eso mediante el montaje, la narración en off y los fotogramas subliminales de Tyler, pero la experiencia de lectura sigue siendo mucho más inmersiva.

 

Una diferencia de interpretación 

Quizás la mayor diferencia no está en el argumento, sino en cómo fueron recibidas.

El libro de Palahniuk parece advertir sobre el peligro de convertir el dolor masculino en una religión de la violencia y la obediencia. Tyler Durden es el síntoma de una identidad fracturada.

La película, en cambio, convirtió a Tyler —gracias al magnetismo de Brad Pitt y a la estética de David Fincher— en un ícono pop. Durante años muchos espectadores lo tomaron como un modelo a seguir, exactamente lo contrario de lo que la novela parece sugerir.

Es una ironía notable: una obra que pretendía cuestionar el culto al líder terminó creando uno de los líderes ficticios más admirados de la cultura contemporánea.

 

 

Dato curioso

 

En China ocurrió algo muy llamativo. Cuando la película comenzó a difundirse por plataformas de streaming, una versión censurada modificó el final: en lugar de las explosiones, aparecía un texto explicando que la policía había descubierto el plan, arrestado a los responsables y evitado el atentado. La alteración generó tantas críticas internacionales que posteriormente se restauró una versión mucho más cercana al final original.

En definitiva, aunque El club de la pelea tuvo continuaciones en el cómic y hasta una adaptación operística, solo existe una adaptación cinematográfica oficial, y es la de David Fincher. Su influencia fue tan grande que, para millones de personas, la imagen de Tyler Durden quedó inseparablemente ligada al rostro de Brad Pitt, algo que incluso modificó la manera en que se interpreta la novela de Palahniuk.




 

Aldous Huxley: mucho más que Un mundo feliz


Aldous Huxley: mucho más que Un mundo feliz

 

Cada tanto me gusta detenerme frente a mi biblioteca y mirar algunos estantes como quien revisa viejas conversaciones. No todos los libros que conservo tienen el mismo peso. Algunos están ahí porque fueron importantes en un momento determinado; otros porque vuelvo a ellos una y otra vez. Aldous Huxley pertenece a ese segundo grupo.

En mi biblioteca conviven “Contrapunto”, “Los demonios de Loudun”, “Las puertas de la percepción” y, por supuesto, “Un mundo feliz”. Cuatro libros que muestran apenas una parte de una obra inmensa, escrita por un autor que fue mucho más que el creador de una célebre distopía.

Nacido el 26 de julio de 1894 en Godalming, Inglaterra, Huxley pertenecía a una familia extraordinaria de científicos e intelectuales. Su abuelo, Thomas Henry Huxley, fue uno de los grandes defensores de la teoría de la evolución de Darwin; su hermano Julian sería un prestigioso biólogo. Tal vez por eso toda su obra parece escrita desde un punto de encuentro entre la ciencia, la filosofía y la literatura.

La mayoría lo conoce por “Un mundo feliz”, publicada en 1932. Allí imaginó una sociedad donde los seres humanos son gestados artificialmente, clasificados antes de nacer y condicionados mediante la hipnopedia —la enseñanza durante el sueño— para aceptar sin cuestionamientos el lugar que ocuparán durante toda su existencia. La felicidad ya no depende de la libertad, sino del consumo, el entretenimiento permanente y una droga llamada “soma”, capaz de eliminar cualquier malestar.

El título de la novela proviene de “La tempestad” de William Shakespeare. Es Miranda quien exclama, maravillada: "¡Oh, maravilloso mundo nuevo, que tiene tales criaturas!" Huxley tomó esa expresión cargada de esperanza para bautizar una de las críticas más demoledoras a la modernidad. Lo fascinante es que no escribió simplemente una novela de ciencia ficción. Escribió una advertencia.

Mientras George Orwell imaginaba un futuro donde el poder dominaría a través del miedo, la vigilancia y la violencia, Huxley sospechó que el verdadero peligro sería mucho más seductor: una sociedad que aceptara voluntariamente su propia servidumbre a cambio de comodidad, placer y entretenimiento.

Y, a veces, da la sensación de que estuvo más cerca de acertar. Sin embargo, quedarse únicamente con “Un mundo feliz” es perderse al verdadero Huxley.

“Contrapunto” es una extraordinaria novela coral donde las vidas de varios personajes se entrecruzan como si fueran las voces de una composición musical. “Los demonios de Loudun” reconstruye uno de los episodios más inquietantes de fanatismo religioso e histeria colectiva de la Francia del siglo XVII, mostrando cómo el miedo y el poder pueden fabricar enemigos imaginarios. Y en “Las puertas de la percepción” Huxley relata sus experiencias con la mezcalina para explorar los límites de la conciencia humana.

El título de ese ensayo proviene de una frase del poeta William Blake: "Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería al hombre tal como es: infinito."

Décadas después, Jim Morrison tomaría esa cita para bautizar a una de las bandas más importantes de la historia del rock: “The Doors”.

Pero también aquí suele aparecer una simplificación. Hoy es frecuente encontrar a Huxley convertido en una especie de gurú de frases sueltas que circulan por TikTok, Instagram o YouTube Shorts. Hay quienes lo reducen al escritor que experimentó con drogas psicodélicas, como si toda su obra pudiera resumirse en esa anécdota. Y entonces aparece el personaje inevitable de cualquier reunión.

—"Huxley era un genio porque tomaba mezcalina."

Fin del debate.

No importa hablar del condicionamiento social, de la manipulación cultural, de la pérdida de la individualidad, del Vedanta o de la Filosofía Perenne. Todo queda reducido a una etiqueta fácil. Ese es uno de los problemas de nuestra época: confundimos información con conocimiento.

Los algoritmos nos acostumbraron a creer que veinte o treinta segundos alcanzan para comprender una obra escrita durante décadas. Un reel parece suficiente para opinar sobre un filósofo; un recorte reemplaza a un libro entero; una frase aislada termina explicando un pensamiento complejo.

Después, en un asado o en una reunión de amigos, aparecen las opiniones categóricas.

Uno intenta explicar una idea y la respuesta suele ser siempre la misma:

—"A mí no me parece."

Y está bien que no le parezca. Los gustos son personales. Hay novelas extraordinarias que pueden aburrirnos y películas consideradas obras maestras que quizá no nos emocionen. El problema no es discrepar. El problema es opinar sin haber recorrido la obra, sin haber leído el contexto, sin haber intentado comprender aquello que se critica.

Para decir que un libro es malo, primero hay que leerlo.

Para afirmar que un autor está equivocado, primero hay que conocer qué escribió realmente.

En los últimos treinta años de su vida, Huxley modificó profundamente su pensamiento. Aquel intelectual escéptico de los años veinte comenzó a interesarse por el Vedanta, una de las grandes corrientes filosóficas del hinduismo, y por la llamada Filosofía Perenne, según la cual existe una verdad espiritual común presente en las grandes tradiciones religiosas de la humanidad.

No abandonó el pensamiento crítico. Simplemente amplió sus preguntas. Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que nos dejó. La inteligencia no consiste en aferrarse para siempre a las mismas ideas, sino en permitir que una vida de lecturas, experiencias y reflexión las transforme.

Huxley murió el 22 de noviembre de 1963, el mismo día en que fue asesinado John F. Kennedy. La magnitud de aquel acontecimiento hizo que su muerte pasara casi inadvertida para el mundo. Sin embargo, sus libros siguieron haciendo su trabajo.

Más de noventa años después de la publicación de “Un mundo feliz”, seguimos discutiendo la manipulación de la información, el poder de las grandes corporaciones tecnológicas, la pérdida de privacidad, la cultura del entretenimiento permanente y la sustitución del pensamiento crítico por el consumo incesante de imágenes.

Por eso vuelvo cada tanto a ese estante de mi biblioteca. No para buscar profecías, sino preguntas. Porque los grandes escritores no nos dicen cómo será el futuro. Nos enseñan a mirar el presente con otros ojos.

Y Huxley, quizá más que muchos de sus contemporáneos, sigue haciéndolo.

Todos los caminos llevan a Ítaca (aunque algunos pasen por Rambo)

 

Todos los caminos llevan a Ítaca (aunque algunos pasen por Rambo)

 

La primera vez que vi ese meme me reí era 2017, no es que tenga tanto memoria es que la red social me lo trajo en su sección recuerdos.

Después de la risa empecé a sospechar que escondía algo más interesante. Y cuando lo pensé profundamente comprendí que, como ocurre con los buenos chistes, la gracia no estaba en el remate sino en la cantidad de cultura que había condensada en cuatro imágenes.

"Sabés que sos Odiseo cuando demorás una eternidad en volver a tu casa; todos tus amigos se mueren por pajeros; los ñeris de tu barrio te buitrean a tu mujer; los matás a todos."

Es una síntesis brutal de “La Odisea”. También podría ser el argumento de una película de acción de los años ochenta.

Y ahí aparece Rambo. No porque Sylvester Stallone haya adaptado a Homero, sino porque los grandes relatos sobreviven precisamente gracias a su capacidad para disfrazarse. Cambian las armaduras por ametralladoras, los trirremes por helicópteros, los cíclopes por dictadores tropicales, pero debajo del uniforme sigue latiendo el mismo mito. El héroe regresa. Siempre regresa.

Joseph Campbell llamó a esto "el viaje del héroe". Pero Julia Kristeva fue todavía más lejos. Para ella, ningún texto nace completamente nuevo. Todo texto es un diálogo con otros textos anteriores. Su célebre afirmación sigue siendo una de las ideas más revolucionarias de la teoría literaria: "Todo texto es un mosaico de citas."

No significa que todos los escritores copien. Significa que toda obra absorbe, transforma y resignifica otras obras.

Ese meme es un ejemplo perfecto de ello.

No cita un solo verso de Homero. Sin embargo, cualquiera que haya leído “La Odisea” entiende inmediatamente el chiste. Funciona porque la memoria cultural completa los espacios vacíos.

La literatura sigue hablando incluso cuando nadie la menciona.

La intertextualidad puede ser solemne, como en Dante, o irreverente, como en un meme de internet.

Dante conocía perfectamente a Homero, aunque probablemente no pudiera leerlo en griego. Lo conocía a través de la tradición latina. Por eso nunca habla de “Odiseo”, sino de “Ulises”, el nombre romano que heredó de Virgilio.

Y allí ocurre algo extraordinario. El Ulises homérico consigue volver a Ítaca. El Ulises de Dante no. Porque Dante decide escribir una continuación que Homero jamás imaginó.

Después de recuperar su reino, Ulises vuelve a embarcarse. Ya no busca a Penélope. Busca conocimiento. Quiere atravesar las Columnas de Hércules, el límite del mundo conocido. Convence a sus viejos compañeros con uno de los discursos más bellos de toda la literatura:

"No fuisteis hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento."

En Homero esa curiosidad es admirable. En Dante se convierte en pecado. Por eso lo arroja al octavo círculo del Infierno. No está copiando a Homero. Está discutiendo con Homero. Eso es intertextualidad.

El cine hizo exactamente lo mismo.

Rambo también vuelve de una guerra interminable. También ha perdido a sus compañeros. También encuentra un mundo que ya no reconoce. También termina resolviendo todo mediante una violencia desmesurada. No es Odiseo. Pero tampoco deja de serlo. Porque los héroes nunca desaparecen; simplemente aprenden otros idiomas. La literatura clásica se convierte en western. El western se convierte en cine bélico. El cine bélico se convierte en videojuego. El videojuego termina convertido en meme. Y el meme vuelve a recordarnos a Homero.

Quizá eso sea lo más fascinante de la teoría de Julia Kristeva. La intertextualidad no pertenece únicamente a las bibliotecas ni a los congresos universitarios. Está viva en las redes sociales, en el cine, en los chistes que compartimos por WhatsApp y en las referencias que hacemos sin darnos cuenta.

Cada generación reescribe los mismos relatos porque las preguntas siguen siendo las mismas.

¿Cómo se vuelve a casa después de una guerra?

¿Qué queda de nosotros cuando todos los compañeros han muerto?

¿Qué hacemos cuando descubrimos que el mundo cambió durante nuestra ausencia?

Homero respondió esas preguntas hace casi tres mil años. Dante discutió sus respuestas dos mil años después. Stallone las resolvió con una ametralladora.

Y un meme las condensó en cuatro imágenes y un puñado de insultos barriales.

Kristeva probablemente sonreiría. Porque incluso ese meme confirma su intuición más profunda: “ningún texto está solo”. Todos conversan con otros. A veces mediante un verso inmortal. A veces mediante una película de acción. Y, de vez en cuando, mediante un chiste que parece una simple ocurrencia, pero que demuestra que los clásicos nunca mueren. Solo encuentran nuevas formas de volver a Ítaca.


Evita: entre la historia y el mito


 

Evita: entre la historia y el mito

 

26 de julio.

 

Eva Perón murió a los 33 años, el 26 de julio de 1952, pero desde entonces dejó de ser únicamente una mujer para convertirse en una de las grandes construcciones simbólicas de la Argentina.

No importa desde qué lugar se la mire. Para unos fue la abanderada de los humildes; para otros, una figura polémica e inseparable de las tensiones del peronismo. Lo cierto es que pocas personas han despertado pasiones tan intensas, amores tan absolutos y rechazos tan persistentes. Tal vez porque Evita nunca fue solamente una dirigente política: fue una emoción colectiva.

Vuelvo hoy a dos libros de mi biblioteca. Dos maneras distintas de acercarse a una misma figura.

Felipe Pigna, en Evita. Jirones de su vida, intenta desmontar el mito para recuperar a la persona. Recorre su infancia en Los Toldos y Junín, su llegada a Buenos Aires, el encuentro con Juan Domingo Perón, la conquista del voto femenino, la Fundación Eva Perón y el vínculo, muchas veces visceral, que estableció con los trabajadores y los sectores más humildes.

Tomás Eloy Martínez, en cambio, hace el camino inverso. En Santa Evita parte de la historia para internarse en la literatura. Comprendió que, después de su muerte, Eva dejó de pertenecer solamente a los historiadores. El destino casi fantástico de su cuerpo embalsamado, ocultado durante años, trasladado clandestinamente y convertido en objeto de obsesión política parece una invención de un novelista. Sin embargo, ocurrió.

Y ahí reside una de las paradojas más fascinantes de nuestro país: la realidad argentina suele escribir argumentos que ningún editor aceptaría por considerarlos exagerados.

Los dos libros dialogan entre sí.

Pigna intenta responder quién fue Eva Duarte de Perón.

Tomás Eloy Martínez intenta comprender por qué Evita nunca dejó de existir.

Mientras uno reconstruye una vida, el otro explica el nacimiento de un mito.

Confieso que siempre me ha conmovido un aspecto de Evita por encima de cualquier discusión partidaria. Mi admiración por ella nace de una convicción profunda: la justicia social. Creo en una sociedad donde el trabajo dignifique, donde la educación y la salud sean derechos y no privilegios, donde el Estado no mire hacia otro lado cuando hay quienes quedan al margen. Esa idea de una comunidad más justa sigue teniendo vigencia y continúa interpelándonos.

Eso no significa convertir a los personajes históricos en santos. Ninguna figura pública está exenta de contradicciones. La historia exige matices, contexto y espíritu crítico. Pero también sería un error negar el impacto que Eva tuvo sobre millones de argentinos que, por primera vez, sintieron que alguien hablaba en su nombre y reconocía su dignidad.

Quizá por eso Evita sigue regresando. En los libros, en las películas, en las series, en los documentales, en las canciones, en los murales, en las discusiones familiares y en el debate político. Cada generación vuelve a preguntarse quién fue realmente, y cada época encuentra una respuesta distinta.

No todos los personajes históricos se convierten en mito. Y no todos los mitos sobreviven al paso del tiempo.

Eva Perón lo hizo.

Tal vez porque dejó de pertenecer únicamente a la biografía para ingresar en ese territorio donde habitan los grandes símbolos de una nación. Allí donde la historia aporta los hechos y la literatura intenta explicar aquello que los hechos, por sí solos, no alcanzan a decir.

Hoy, al mirar estos dos libros en mi biblioteca, no veo solamente una biografía y una novela. Veo dos formas de acercarse a una mujer que todavía nos obliga a pensar qué país queremos construir. Porque más allá de las diferencias políticas, una pregunta sigue vigente: ¿qué lugar ocupa la justicia social en la Argentina de hoy?

Y esa, quizá, sea la razón por la que Evita continúa viva en nuestra memoria colectiva.

El hombre que quiso saber demasiado


 

El hombre que quiso saber demasiado

 

En uno de los estantes de mi biblioteca, Homero descansa junto a Virgilio y Dante. Tres libros, tres épocas y una misma historia contada desde lugares distintos. A veces me detengo frente a esos lomos y pienso que, en realidad, no son vecinos casuales. Virgilio condujo a Dante por el Infierno; Homero creó a Odiseo; y Dante, siglos después, decidió condenarlo. La literatura tiene esas ironías: un poeta inventa un héroe y otro poeta lo envía al octavo círculo.

Hay una escena de “La Divina Comedia” que siempre me deja pensando. Dante baja al octavo círculo del Infierno y encuentra una llama de dos puntas. Allí arden juntos Ulises y Diomedes. No están entre los asesinos ni entre los traidores. Están entre los consejeros fraudulentos, los que utilizaron la inteligencia para engañar.

Un detalle no menor: Dante nunca lo llama Odiseo. Lo llama “Ulises”, porque escribe en la Italia medieval y hereda la tradición latina de Virgilio y Ovidio. Los romanos habían convertido al Odysseus griego en “Ulixes” o “Ulysses”, y ese es el nombre que llega hasta Dante. No es un error, es una declaración cultural. El héroe que Homero bautizó como Odiseo reaparece, siglos después, con el nombre que le dio Roma.

La primera vez que leí ese pasaje sentí una pequeña decepción. ¿Cómo podía condenar al héroe de mi infancia? Yo había conocido a Odiseo en aquellas viejas ediciones tapa dura de Billiken de “La Ilíada” y “La Odisea”, donde era el hombre ingenioso que sobrevivía a cíclopes, sirenas y tempestades gracias a la astucia. Dante, en cambio, veía otra cosa. No admiraba al aventurero; desconfiaba del hombre capaz de convencer a cualquiera de seguirlo. Y quizá ahí estaba el problema.

Los tiranos no siempre gritan. Los grandes manipuladores suelen hablar con elegancia. Los vendedores de humo jamás levantan la voz. Sonríen. Argumentan. Seducen. Ulises era el inventor del caballo de Troya, el estratega que entendía que una mentira bien construida podía derribar una ciudad más rápido que mil guerreros.

Pero Dante va todavía más lejos. Ni siquiera le alcanza con Homero. Le inventa un final.

En su poema, Ulises no muere regresando a Ítaca. Una vez en casa vuelve a sentir esa enfermedad incurable llamada curiosidad. Reúne a unos pocos compañeros y los convence de navegar más allá de las Columnas de Hércules, ese límite donde terminaba el mundo conocido. Les pronuncia uno de los discursos más hermosos de toda la literatura:  "No fuisteis hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento."

¿Cómo no seguir a un hombre que habla así? Yo también habría embarcado. Cualquiera habría embarcado. Y sin embargo, para Dante, esas palabras son precisamente el pecado. Porque no son un llamado al conocimiento compartido sino una seducción. Ulises arrastra a otros hacia un destino que solo alimenta su propia obsesión. La inteligencia deja de ser una herramienta para comprender el mundo y se convierte en un instrumento para dominar voluntades.

La nave avanza unos días. Los marineros creen estar descubriendo un continente invisible. Entonces aparece una montaña inmensa. Es el monte del Purgatorio. Antes de alcanzarlo, un torbellino enviado por Dios hunde el barco. Todos mueren.

Fin del viaje.

Siempre me intrigó esa condena. ¿De verdad Dante castigaba la curiosidad? Creo que no. Lo que condenaba era otra cosa: la soberbia de creer que todo límite existe para ser violado. Esa vieja ilusión de que la inteligencia, por sí sola, basta para justificar cualquier empresa.

Vivimos en una época que idolatra a los Ulises. Celebramos al que convence, al que vende, al que persuade, al que rompe reglas, al que promete llevarnos más lejos que nadie. Las redes sociales están llenas de capitanes improvisados invitándonos a cruzar nuestras propias Columnas de Hércules: el éxito garantizado, la felicidad instantánea, el liderazgo definitivo, el secreto que nadie conoce.

Todos tienen un discurso perfecto. Todos saben exactamente qué decir. Y detrás de cada promesa suele haber un barco lleno de pasajeros fascinados.

Quizá por eso el canto XXVI sigue siendo tan actual. Dante comprendió algo que todavía nos cuesta aceptar: la inteligencia nunca es inocente. Puede escribir poemas o fabricar propaganda. Puede liberar o manipular. Puede iluminar o construir el caballo de Troya.

La paradoja es maravillosa. Dante quiso condenar a Ulises y terminó regalándole uno de los monólogos más inolvidables de la literatura. Lo encerró en una llama eterna, pero esa misma llama sigue iluminando a quienes lo leen siete siglos después.

Tal vez porque todos llevamos un poco de Odiseo —o de Ulises, según la lengua en que se lo nombre— adentro. Y también un poco de Dante.

Uno quiere seguir navegando. El otro nos recuerda que no toda travesía merece ser emprendida.

"Los griegos lo llamaron Odiseo. Los romanos, Ulises. Dante lo condenó. Nosotros, setecientos años después, seguimos escuchando su voz y preguntándonos si habría que embarcar o quedarse en Ítaca."

Cierro el libro y vuelvo a mirar el estante. Ahí siguen, uno al lado del otro. Homero todavía llama Odiseo a su héroe. Virgilio lo conoce como Ulises. Dante lo juzga con ese mismo nombre latino. Tres autores separados por más de dos mil años siguen discutiendo sobre el mismo hombre. Tal vez esa sea la verdadera inmortalidad: que una vida imaginaria siga generando preguntas mucho después de que desaparecieron quienes la escribieron.

El rebelde oculto


El rebelde oculto

 

Acabo de terminar de ver “El rebelde oculto”, la película sobre J. D. Salinger.

Mientras desfilaban los créditos pensé que, en realidad, la película no habla solamente de Salinger. Habla de todos los lectores que alguna vez encontramos un refugio en sus libros. Y durante casi dos horas no dejé de viajar a mediados de los años ochenta, cuando descubrir un autor era una aventura.

En esa época Rodrigo Fresán escribía en la revista “Pelo” una columna llamada “El cazador oculto”. Yo esperaba cada entrega con la ansiedad de mi adolescencia. Fresán escribía sobre el rock argentino y sus suburbios con una prosa que parecía caminar de madrugada por Buenos Aires.

Quería saber qué era ese Cazador oculto.

No existía internet. No había Google. Había que preguntar, recorrer librerías, confiar en la memoria de los amigos.

Mi primo Paul —el Polaco, al que llamábamos "el Hombre Santo" porque siempre estaba leyendo algo extraordinario; por entonces era “La conjura de los necios”— me dio la respuesta.

—Es un libro de un tal Salinger.

Cuando mi madre viajó a Rosario le encargué que me lo trajera.

Desde una librería me llamó por teléfono fijo. Me dijo que había conseguido “Nueve cuentos”, pero no “El cazador oculto”. Me enojé. Muchísimo.

No sabía que el libro que buscaba era el mismo que en otras ediciones se llamaba “El guardián entre el centeno”.

Además estaba la famosa leyenda negra. En la librería le habían hablado de Mark David Chapman, del atentado contra Reagan, de esa superstición absurda según la cual la novela podía volver peligrosos a sus lectores.

Mi madre dudó. Al final pudo más mi insistencia.

Leí la novela y algo cambió para siempre.

Durante mucho tiempo caminé sintiéndome Holden Caulfield. Nunca encontré otro libro que retratara la adolescencia con tanta verdad: el desconcierto, la rabia, la melancolía, la sensación de que el mundo adulto estaba construido por farsantes.

Después llegaron “Nueve cuentos”, “Franny y Zooey” y “Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción”. Descubrí que Salinger era mucho más que Holden. Era un escritor capaz de convertir una conversación, un silencio o una mirada en literatura.

Cuando murió, en 2010, escribí un texto lleno de tristeza. Todavía creía posible que algún día apareciera una continuación de Holden Caulfield. Hoy, dieciséis años después de aquella muerte, sé que esa espera también formaba parte de la experiencia de ser lector. Porque los grandes escritores nunca terminan de irse. Siguen apareciendo donde menos uno lo espera: en una película, en una vidriera, en una librería de viejo o cuando uno abre un ejemplar gastado y vuelve a escuchar esa primera frase inolvidable: "Si realmente quieres que te lo cuente..."

La película no es perfecta. Simplifica algunas zonas de la vida de Salinger y convierte ciertos conflictos en escenas demasiado convencionales. Pero tiene un mérito enorme: recuerda que detrás del mito había un hombre obsesionado con escribir una obra verdadera, aunque el precio fuera desaparecer del mundo.

Mientras veía “El rebelde oculto” entendí que el verdadero protagonista nunca fue Salinger. Éramos nosotros. Los adolescentes que alguna vez buscamos un libro sin saber exactamente qué íbamos a encontrar y terminamos encontrándonos a nosotros mismos.



 


"Los lectores de Crónicas"

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