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Santa Santuarium: Una autobiografía escrita con libros


 Santa Santuarium

Una autobiografía escrita con libros

 

Las casas terminan pareciéndose a quienes las habitan. No por los muebles ni por el color de las paredes. Se parecen porque, con los años, aprenden nuestras costumbres. Incorporan nuestros silencios, nuestras obsesiones, las cosas que decidimos conservar y aquellas que nunca supimos tirar.

La mía se llama “Santa Santuarium”.

El nombre nació casi como una broma privada, pero terminó convirtiéndose en una definición bastante exacta. No es un santuario porque sea un lugar sagrado en el sentido religioso. Lo es porque aquí se preserva aquello que el tiempo suele borrar: la memoria.

Hay quienes coleccionan antigüedades. Otros cuadros. Otros autos. Yo fui coleccionando conversaciones.

Cada libro es una conversación que todavía continúa. Cada disco guarda una época de mi vida. Cada fotografía rescata un instante que se negó a desaparecer. Cada objeto pequeño permanece donde está porque alguna vez significó algo y nunca dejó de hacerlo. Por eso, cuando alguien entra por primera vez, suele decir lo mismo:

—¡Cuántos libros!

Y yo siempre pienso que está mirando lo menos importante. Porque Santa Santuarium no está hecha de libros. Está hecha de las vidas que ocurrieron alrededor de ellos.

Durante años creí que estaba armando bibliotecas. Hoy entiendo que fui construyendo una casa alrededor de ellas.

Los estantes fueron creciendo igual que un árbol. Primero apareció uno. Después otro. Más tarde una biblioteca heredada, otra fabricada, una repisa improvisada sobre un equipo de música, un rincón para la poesía, otro para Borges, otro para Lovecraft, otro para los discos, otro para las revistas que nunca pude abandonar.

Ninguno fue pensado como decoración. Cada uno apareció porque los libros siempre llegaban antes que el espacio para guardarlos. Y así, casi sin advertirlo, la biblioteca dejó de ser un mueble. Se convirtió en el sistema circulatorio de la casa.

Algunos visitantes se sorprenden de ver a Borges compartiendo estante con Kuromi.

A Edgar Allan Poe junto a Hello Kitty. A Lovecraft vigilado por Jack Skellington.

A Marx descansando encima de un viejo equipo de música. Como si hubiera contradicciones. Yo nunca las vi. Jamás entendí esa frontera entre alta cultura y cultura popular. La misma persona que puede pasar una tarde leyendo a Simone de Beauvoir puede emocionarse viendo una película de Tim Burton.

El mismo lector que subraya a Pessoa puede escuchar a Megadeth.

El mismo que vuelve una y otra vez sobre Schopenhauer puede sonreír al encontrarse con un muñeco de Star Wars.

No son mundos distintos. Son habitaciones de la misma casa.

Muchos creen que las calaveras hablan de la muerte. Se equivocan. Hablan del tiempo.

La muerte siempre ocurre una sola vez. El tiempo ocurre todos los días.

¿Por qué me gustan tanto las calaveras?

Porque una calavera no tiene raza, género ni estrato social. Nos recuerda, con una honestidad brutal, que debajo de la piel todos somos iguales.

Porque nos obliga a ser humildes. Entre la vida y la muerte apenas hay unos centímetros, un instante, un último aliento. Vivimos como si el tiempo fuera infinito, pero la calavera nos recuerda que nunca lo fue.

Porque, lejos de representar la oscuridad, para mí simboliza el deseo de hacer el bien mientras todavía estamos aquí. No me invita a pensar en la muerte; me obliga a pensar en la vida.

Porque cuando desaparecen el rostro, la belleza, el maquillaje, los títulos, el dinero y las máscaras, sólo queda lo esencial. Todo lo demás es pasajero: la apariencia, el prestigio, las vanidades. La calavera desnuda aquello que realmente somos.

Porque también me enfrenta a mi propia sombra. Me recuerda que la oscuridad no está en ese hueso blanco que muchos temen, sino en aquello que somos capaces de hacer mientras seguimos vivos. Contemplar una calavera no me acerca a la muerte; me ayuda a alejarme de la oscuridad que, a veces, también habita en mi espíritu.

Y porque, paradójicamente, para mí una calavera nunca significó el final. Siempre significó transformación.

La certeza de que cada día es una oportunidad para cambiar, para ser mejor, para vivir con más conciencia, con más compasión y con más intensidad.

Por eso las colecciono. No porque me fascine la muerte. Sino porque me recuerdan, todos los días, que “la vida es demasiado breve para vivirla sin humildad, sin belleza y sin bondad”.

Por eso conviven con relojes de arena, con fotografías antiguas, con vinilos gastados y con libros de hace cincuenta años.

No son símbolos lúgubres. Son recordatorios. Nos recuerdan que todo lo que amamos existe porque es finito.

Hay un rincón que suele llamar la atención.

Una vela encendida frente a San Benito.

Al lado, una fotografía en blanco y negro donde aparezco con apenas cinco años.

Cerca de ellos, una escultura de madera de una mujer comechingona, premio recibido hace años. Durante mucho tiempo pensé que eran objetos distintos. Ahora entiendo que forman una misma frase. El niño. La protección. El reconocimiento.

Tres maneras diferentes de recordar quién fui, quién soy y quiénes caminaron conmigo.

Sobre otra pared cuelgan diplomas y reconocimientos.

Nunca los vi como trofeos. No prueban que haya escrito bien.

Prueban que alguna vez hubo personas que encontraron algo valioso en mis palabras.

Eso alcanza. Los premios no certifican la calidad de una obra. Certifican un encuentro.

Por eso están mezclados con fotografías familiares. Porque pertenecen a la misma historia.

Hay una fotografía sobre la chimenea que resume mejor que cualquier discurso lo que significa esta casa.

Aparecemos mis dos hijas, cuando todavía eran chicas, durante una maratón de lectura organizada junto a otros escritores y poetas.

No era una escena doméstica. Era una fiesta de los libros. Cada vez que la miro recuerdo algo que nunca necesité explicarles. No intenté convertirlas en lectoras.

Simplemente crecieron viendo que los libros eran parte de la vida cotidiana.

Había escritores entrando y saliendo de casa. Había lecturas. Había discusiones sobre poesía. Había música sonando mientras alguien hablaba de Borges o de Chomsky.

Había bibliotecas mucho antes de que ellas supieran leer. Los libros no fueron una obligación. Fueron el paisaje. Y eso cambia todo.

La chimenea ocupa el centro de la casa. Pero el fuego no está solamente abajo.

También arde arriba. Borges. John Lennon. Los afiches de encuentros literarios.

Las fotografías. Los recuerdos. No están allí para ser admirados. Están allí porque todavía converso con ellos.

Hay personas que hablan con los muertos. Yo hablo con los autores que me cambiaron la vida.

La música ocupa el mismo lugar que la literatura.

Los vinilos. Los cientos de CD. Los viejos cassettes. Los equipos de audio que me niego a reemplazar. Muchos preguntan por qué los conservo. Porque escuchar música también tiene memoria. No es igual poner un disco en una bandeja que apretar un botón en una aplicación.

Hay objetos que siguen enseñándonos paciencia.

A veces pienso que Santa Santuarium es menos una casa que una autobiografía tridimensional.

Las autobiografías tradicionales se escriben con palabras. Ésta está escrita con estantes. Cada biblioteca es un capítulo. Cada fotografía, un pie de página. Cada objeto pequeño funciona como una nota al margen.

La escultura comechingona. Los terrarios. Las plantas. Las calaveras. Los muñecos.

Las velas. Los discos. Las revistas. Los dibujos.

Todo participa de un mismo relato. Nada fue colocado para impresionar. Todo quedó porque alguna vez significó algo.

Con los años comprendí que la memoria no siempre se guarda en álbumes. A veces se guarda en la manera de ordenar una biblioteca. En un libro lleno de anotaciones. En un disco rayado que seguimos escuchando. En una fotografía que nunca cambiamos de lugar. En una taza. En una piedra. En un reloj de arena. En un pequeño muñeco comprado durante un viaje. Los objetos terminan escribiendo la historia que nosotros olvidamos.

Alguien podría pensar que esta casa habla de libros. No. Habla de persistencia.

Habla de haber pasado décadas leyendo mientras el mundo cambiaba de velocidad.

Habla de haber seguido comprando poesía cuando todos decían que ya nadie leía poesía.

Habla de haber conservado vinilos cuando parecía absurdo.

Habla de haber escrito sin esperar reconocimiento.

Habla de haber construido una vida donde la cultura nunca fue un adorno, sino una forma de respirar.

Quizá por eso Santa Santuarium nunca me pareció una casa. Es un mapa. Si mañana desapareciera y alguien recorriera sus habitaciones, probablemente podría reconstruir gran parte de mi vida sin leer una sola línea escrita por mí. Sabría qué autores me acompañaron. Qué música escuché. Qué símbolos me protegieron. Qué fotografías decidí conservar. Qué recuerdos permanecieron junto al fuego. Qué infancia sigo llevando conmigo. Y también entendería algo más importante. Que nunca quise separar la literatura de la vida. Porque los libros no sirven para escapar del mundo.

Sirven para habitarlo de otra manera. Por eso Santa Santuarium no es el lugar donde guardo mis cosas. Es el lugar donde siguen viviendo todas las personas que fui.

Y, mientras quede una luz encendida, una vela frente a San Benito, un disco esperando volver a sonar y un libro abierto sobre la mesa, seguirá siendo exactamente eso: “una casa que decidió convertirse en memoria.”


La película Franz, de Agnieszka Holland, tiene anunciado su estreno argentino para el 2 de julio


 

El día que conocí a Noam Chomsky

El día que conocí a Noam Chomsky

 

MIT, Cambridge, Massachusetts. Otoño de 1993.

 

Nunca creí demasiado en los encuentros inevitables. Pero hay conversaciones que empiezan muchos años antes de que dos personas se sienten frente a frente.

La mía con Noam Chomsky había comenzado mucho antes de llegar al MIT.

Había empezado en mi casa.

Desde que tengo memoria, en vez de celebrar la Navidad, nosotros celebrábamos el “7 de diciembre”, el cumpleaños de Noam Chomsky. Mientras otras familias armaban el arbolito y esperaban a Papá Noel, en la nuestra aparecían libros, discusiones sobre política, sobremesas interminables y preguntas sobre el mundo.

Nunca me pareció extraño.

Uno cree que todas las casas funcionan igual hasta que descubre que no.

Mis padres no me enseñaron a admirar a Chomsky como si fuera un santo laico. Me enseñaron algo más importante: que las ideas también podían heredarse. Que un pensador podía ocupar un lugar en la mesa familiar. Que discutir era una forma de quererse. Así crecí.

Cuando otros chicos recibían juguetes, yo encontraba libros. En los estantes de casa convivían Borges, Marx, Orwell, Cortázar y Chomsky con absoluta naturalidad. La política nunca fue una conversación prohibida; era parte del almuerzo.

Con el tiempo llegaron “El lenguaje y el entendimiento”, “Ilusiones necesarias”, “Actos de agresión”, “La sociedad global”, “La conquista continúa”. Los leía como quien arma un mapa. No buscaba respuestas definitivas; buscaba herramientas para comprender un mundo que cada día parecía más difícil de explicar.

Muchos años después, mi hija Azul Brisa estaba mirando “Capitán Fantástico”. De pronto me llamó desde el sillón.

—¡Pá! ¡Celebran a Noam Chomsky como nosotros... y los abuelos!

Me reí.

Ella acababa de descubrir que aquella tradición familiar no era una extravagancia inventada por nosotros. En la película, esa familia también celebraba el nacimiento de Chomsky en lugar de la Navidad. Por primera vez veía reflejada en una pantalla una costumbre que, sin proponérnoslo, había atravesado tres generaciones.

Pensé entonces que hay familias que heredan relojes. Otras, campos. La mía me dejó la costumbre de hacer preguntas.

Quizá por eso, cuando en el otoño de 1993 crucé el corredor del Departamento de Lingüística del MIT, sentí algo extraño. No iba a conocer a un intelectual famoso.

Iba a visitar a alguien que, de algún modo, llevaba sentado a nuestra mesa desde mi infancia.

Llevaba una libreta en el bolsillo, aunque sospechaba que no iba a necesitarla.

La puerta estaba entreabierta. Golpeé apenas.

—Come in.

Su oficina era exactamente como uno imagina la oficina de alguien que ha dedicado toda una vida a pensar. Bibliotecas hasta el techo. Libros desbordando los estantes. Libros sobre el escritorio. Libros en el piso. Papeles corregidos a mano. Una taza de café olvidada entre manuscritos. Nada parecía colocado para impresionar a nadie.

Era un lugar donde se trabajaba. Le dije que venía de Argentina.

Sonrió.

—Han pasado tiempos difíciles por allí.

Asentí. No hacía falta explicar demasiado.

Durante unos segundos olvidé todas las preguntas que había preparado. Me di cuenta de que llevaba casi diez años conversando con ese hombre sin que él lo supiera.

—He leído muchos de sus libros.

Sonrió otra vez.

—Espero que algunos hayan servido.

Tenía ese humor seco que sólo poseen quienes ya no necesitan demostrar nada.

Mientras hablábamos, mi mirada se perdía entre los libros de la biblioteca. Pensé que aquella oficina era un laboratorio donde se desmontaban las palabras para descubrir cómo funcionaban. Pero también donde se desmontaban los discursos del poder con la misma precisión.

Le pregunté si alguna vez se había cansado de explicar siempre las mismas cosas.

Apoyó los anteojos sobre el escritorio.

—No son las mismas cosas. Son los mismos mecanismos.

Esa frase quedó suspendida entre nosotros. Pensé en América Latina. En las dictaduras. En las privatizaciones. En los diarios. En la televisión. En esas palabras que convierten una guerra en una intervención, un ajuste en una reforma y una mentira repetida mil veces en sentido común. Chomsky no hablaba únicamente de lingüística. Estudiaba la gramática del poder.

La conversación derivó hacia Orwell, la universidad, los medios de comunicación y el papel de los intelectuales. Nunca levantó la voz. No hacía falta. Su autoridad provenía de los argumentos, no del tono. Después de más de una hora nos despedimos.

Me estrechó la mano con la misma sencillez con la que me había recibido.

Salí nuevamente al corredor del MIT.

Los estudiantes iban y venían con la prisa habitual de un campus universitario. Afuera, el otoño empezaba a cubrir de hojas amarillas los caminos de Cambridge.

Mientras caminaba reflexione que el viaje no había consistido en conocer a Noam Chomsky.

Ese encuentro había empezado muchos años antes, en una casa de Traslasierra donde un niño crecía creyendo que era perfectamente normal celebrar el cumpleaños de un lingüista en lugar de la Navidad.

Los libros nunca terminan cuando uno los cierra. A veces permanecen en silencio durante años, esperando convertirse en una conversación. Y algunas conversaciones, incluso cuando ocurren una sola vez, terminan explicándonos una vida entera.


 

El lugar donde el tiempo me reconoció. Crónica de una estatua, tres regresos y veintitrés años de memoria.


 

El lugar donde el tiempo me reconoció.

Crónica de una estatua, tres regresos y veintitrés años de memoria.

 

Hay algo profundamente extraño en la manera en que algunos lugares nos esperan.

En septiembre de 2003 caminaba por la calle Leopoldo Lugones, frente al Parque Sarmiento, en la ciudad de Córdoba. No buscaba nada en particular hasta que me encontré con esa estatua: un guerrero inmóvil, con casco puntiagudo, lanza y escudo, como si hubiera sido arrancado de otra época y depositado, sin explicación, entre locales comerciales y edificios modernos.

Me pareció una imagen casi bizarra. Saqué la cámara y le hice una fotografía. Después seguí mi camino. Pensé que ahí terminaba la historia. Pero las historias nunca terminan donde uno cree.

Ocho años más tarde volví a pasar por ese mismo lugar. No había ido a buscar la estatua. Ni siquiera recordaba que estuviera allí. Fue un encuentro completamente fortuito. La vi de nuevo y, durante un segundo, el tiempo se dobló sobre sí mismo. Recordé aquella fotografía de 2003, como si hubiera permanecido esperándome todos esos años. Sentí que no estaba simplemente frente a una escultura. Estaba frente a una versión anterior de mí mismo.

Las ciudades tienen esa capacidad. Mientras nosotros cambiamos, ellas conservan ciertos objetos como anclas de la memoria. Uno cree que vuelve a un sitio, pero en realidad vuelve a una persona que ya no existe. La estatua era la misma. El que había cambiado era yo.

Me di cuenta que, sin haberlo planeado, estaba cerrando un círculo. Como si la vida, silenciosamente, hubiera unido dos caminatas separadas por ocho años para recordarme que el tiempo no siempre avanza en línea recta. A veces espera pacientemente en una esquina cualquiera, disfrazado de monumento, hasta que uno regresa.

Desde entonces miro las ciudades de otra manera. Ya no son solamente calles y edificios. Son archivos de nuestra propia existencia. Hay lugares que, sin saberlo, conservan una parte de nosotros hasta que volvemos a encontrarlos.

En 2026 regresé a propósito. Esta vez no llevaba la cámara. Fui solamente a buscar aquella estatua de la calle Leopoldo Lugones, frente al Parque Sarmiento, con la incertidumbre de quien sabe que las ciudades cambian, que los edificios desaparecen y que los monumentos, a veces, son trasladados o terminan olvidados en algún depósito municipal. Pero seguía allí. La misma lanza apuntando al cielo. El mismo escudo. La misma quietud desafiando el paso de los años y el ruido de la ciudad. Veintitrés años después de aquella primera fotografía y quince después del encuentro fortuito, la estatua continuaba custodiando la vereda como si el tiempo hubiera decidido hacer una excepción.

No le tomé una fotografía. No hizo falta.

Había comprendido que ya no necesitaba una tercera imagen para cerrar la historia. La primera había capturado el asombro. La segunda, la casualidad. La tercera existía únicamente en mi memoria, porque hay momentos que dejan de pertenecer a la cámara para pertenecer definitivamente a quien los vivió.

Creo que algunos lugares no solo guardan nuestra memoria: también nos ofrecen la posibilidad de volver a ella. No regresé para fotografiar una estatua. Regresé para comprobar que ciertos recuerdos todavía tienen un lugar en el mundo.

Y mientras me alejaba, pensé que quizá nunca fue la estatua la que me había esperado durante todos esos años. Tal vez fui yo quien necesitó veintitrés años para volver a encontrarla.


"Los lectores de Crónicas"

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