Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.
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Wilkes también tenía una biblioteca

 




 

 Wilkes también tenía una biblioteca

Soy un lector que cuando amo un libro compro varias ediciones. Por traducciones, presentación, formato. Es una especie de tok que tengo.

Están quienes subrayan los márgenes, doblan una esquina para recordar una frase o discuten durante años si la película estuvo a la altura de la novela. Están los que buscan primeras ediciones, los que coleccionan portadas distintas y los que no pueden resistirse a llevarse otro ejemplar aunque ya tengan dos iguales en la biblioteca.

Y después está Annie Wilkes, que decidió secuestrar al autor para corregirle el final.

Ahí reside el golpe de genialidad de “Misery”. Stephen King no escribió solamente una novela de terror. Escribió una novela sobre la posesión. Sobre esa extraña enfermedad contemporánea que lleva a algunas personas a creer que amar una obra les concede derechos sobre quien la creó.

Paul Sheldon, el escritor atrapado en una casa perdida entre la nieve, descubre demasiado tarde que el problema no es tener una admiradora. El problema es convertirse en propiedad de esa admiradora.

Porque Annie no odia a Paul. Todo lo contrario. Lo ama. Y a veces no hay nada más peligroso que un amor incapaz de aceptar que el otro existe fuera de nuestros deseos.

King entendió algo que hoy, casi cuarenta años después de la publicación de la novela, resulta todavía más evidente. Los monstruos ya no viven necesariamente en castillos góticos ni salen de cementerios malditos. A veces tienen una biblioteca prolija, preparan sopa caliente, sonríen con amabilidad y dicen ser tus mayores admiradores.

La verdadera cárcel de Paul no son las paredes de aquella habitación. Es la imagen que Annie construyó de él. Ella no secuestra a un hombre; secuestra la versión del escritor que necesita para que su mundo permanezca intacto.

Por eso Misery envejeció tan bien.

Cuando apareció en 1987 parecía una historia extrema sobre una fan obsesiva. Hoy parece un ensayo disfrazado de thriller. Basta mirar las redes sociales para encontrar miles de pequeñas Annie Wilkes exigiendo que un autor cambie el destino de un personaje, que una serie respete una teoría de los fanáticos o que una película no contradiga sus expectativas. La diferencia es que ya no necesitan una máquina de escribir ni una casa aislada en Colorado. Les alcanza un teclado y una conexión a internet.

Vivimos una época en la que muchos confunden consumir una obra con ser dueños de ella. Como si comprar un libro otorgara el derecho a reescribirlo. Como si seguir a un músico implicara decidir qué canciones debe grabar. Como si admirar a un escritor autorizara a decirle qué finales tiene permitido escribir.

Quizá Annie Wilkes fue la primera fan tóxica de la cultura pop mucho antes de que existiera esa expresión. Y, sin embargo, reducir Misery a esa lectura sería injusto.

También es una extraordinaria novela sobre el oficio de escribir. Sobre la soledad del escritor, sobre la disciplina, sobre la relación casi física con las palabras. Paul Sheldon sobrevive porque escribe. La escritura deja de ser una profesión para convertirse en un mecanismo de supervivencia. Cada página es una negociación con el miedo.

No es casual que King escribiera esta novela en uno de los momentos más complejos de su vida, cuando ya era un autor inmensamente famoso y comenzaba a sentir el peso de las expectativas del público. Annie también representa esa presión invisible que todo creador conoce: la voz que exige repetir la fórmula, no decepcionar, no cambiar demasiado.

En el fondo, Misery plantea una pregunta incómoda. ¿Cuánto de Annie habita en nosotros como lectores?

Todos hemos cerrado un libro indignados porque el autor mató al personaje que más queríamos. Todos hemos pensado alguna vez: “yo habría escrito otro final”. La diferencia está en entender que esa frustración forma parte del pacto de la literatura. Un libro deja de pertenecernos apenas cerramos la última página. Podemos discutirlo, amarlo o detestarlo, pero no apropiarnos de él.

Miro mi vieja edición de Plaza & Janés, con esa portada inquietante que ya acusa el paso del tiempo, y recuerdo por qué Misery sigue siendo una de las mejores novelas de Stephen King. No por los golpes, ni por la sangre, ni siquiera por las escenas que todavía hoy incomodan. Sino porque nos obliga a reconocer que el terror más profundo no nace de los fantasmas. Nace cuando el amor deja de ser admiración y se convierte en posesión. Y pocas novelas han contado con tanta lucidez el lado oscuro de ser fan.

 


Nuestros amantes: los escritores también inventan su propia vida

 

Nuestros amantes: los escritores también inventan su propia vida

 

Nuestros amantes (2016), de Miguel Ángel Lamata

Una mujer se sienta frente a un desconocido en la cafetería de una librería y le prohíbe hacer lo que todos hacemos cuando conocemos a alguien.

—No quiero saber cómo te llamas.

No porque el nombre no importe. Al contrario. Porque los nombres vienen cargados de pasado: padres, ex parejas, documentos, redes sociales, currículums sentimentales. Irene quiere conocer al hombre antes que a su biografía. Quiere inventarlo otra vez.

Y él acepta. Acepta jugar. No salir. No seducir. Jugar.

Como hacen los niños cuando llegan a un parque y simplemente preguntan:

—¿Jugamos?

En una época obsesionada con saberlo todo del otro antes del primer café, la propuesta resulta casi revolucionaria. No buscarse en Internet. No intercambiar teléfonos. No investigar. Descubrirse lentamente, dejando que las palabras construyan un territorio común.

Pero esa es apenas la superficie de la película.

Debajo de la comedia romántica se esconde otra historia, mucho más interesante: la de dos hombres que viven de las palabras y representan dos maneras opuestas de entender la literatura y la vida.

Carlos es un guionista exitoso y, al mismo tiempo, un escritor fracasado.

No porque escriba mal.

Al contrario: escribe películas de animación muy exitosas, “Mema y Lerda”, que le permiten vivir cómodamente junto a su socio Cristóbal. Sin embargo, siente que desperdicia su talento. Lo que realmente quiere escribir es una obra de teatro titulada “Bukowski y Capote en el infierno”. Sólo el título ya revela sus aspiraciones: no quiere entretener; quiere dejar una huella. Aspira a la literatura con mayúsculas. Pero está bloqueado. Y el bloqueo creativo coincide exactamente con el derrumbe de su matrimonio.

Su esposa, María, le ha pedido una separación de dos meses. Poco después descubre que mantiene una relación con Jorge. Y Jorge no es un hombre cualquiera. Es poeta.

La trama construye un contraste muy inteligente. Carlos representa al escritor profesional, disciplinado, domesticado por el mercado editorial y audiovisual. Jorge encarna el viejo mito del poeta: brillante, bohemio, seductor, aparentemente libre. Es capaz de fascinar con sus palabras y de despertar en María una intensidad que Carlos cree haber perdido.

Curiosamente, ambos viven de escribir.

Uno fabrica historias para que millones de personas sonrían.

El otro fabrica versos para que unas pocas personas crean que son únicas.

Los dos inventan ficciones. Pero sólo uno termina creyéndose la suya. Porque Jorge no es un poeta maldito. Es un narcisista con talento para el lenguaje.

La película desmonta un estereotipo muy antiguo: el del artista cuya sensibilidad justificaría cualquier egoísmo. María cae seducida por esa imagen del poeta apasionado. Irene también había caído antes. Las dos aman menos al hombre que al personaje que él interpreta.

Y entonces la película formula una pregunta incómoda: ¿Nos enamoramos de las personas o del relato que construyen sobre sí mismas?

Los escritores conocemos bien ese peligro. No sólo escribimos historias. También escribimos personajes llamados "nosotros".

Seleccionamos qué mostrar, qué ocultar, qué exagerar. Construimos una identidad con citas, libros favoritos, discos, fotografías, silencios cuidadosamente elegidos. A veces terminamos habitando esa versión literaria de nosotros mismos.

Jorge vive dentro de ese personaje. Carlos, en cambio, vive atrapado en otro. El del escritor que siente vergüenza de aquello que escribe para ganarse la vida. Su tragedia no consiste únicamente en que María lo haya engañado. Consiste en creer que ha traicionado al escritor que soñó ser. Quizá por eso resulta tan significativo que la película no resuelva primero el conflicto amoroso, sino el creativo.

Cuando Carlos empieza a desprenderse de María, también recupera la escritura. Vuelve a trabajar en “Bukowski y Capote en el infierno”. No porque Irene aparezca como una musa inspiradora, sino porque deja de vivir una mentira.

La inspiración no regresa cuando encuentra un nuevo amor. Regresa cuando recupera la honestidad. En ese sentido, “Nuestros amantes” habla mucho menos del romance que de la autenticidad.

Incluso Irene, que podría haber sido la clásica “manic pixie dream girl” —esa mujer excéntrica creada por el cine para rescatar emocionalmente a un hombre gris— termina escapando del estereotipo. Ella también está rota. También idealizó a Jorge. También necesita dejar de enamorarse de una ficción.

Uno de los diálogos más duros resume toda la película.

 

—¿Por qué nos dejan?

—Porque creen que merecen algo mejor.

 

Es una frase incómoda porque desarma todas las explicaciones románticas. Preferimos pensar que las relaciones terminan porque el amor se acaba, porque las personas cambian o porque los caminos se separan. Carlos propone algo mucho más cruel: quien se va suele imaginar que existe una felicidad superior esperándolo en otra parte. Y las segundas oportunidades tampoco son necesariamente un triunfo del amor. A veces sólo significan que la aventura no salió como se esperaba. Que el supuesto milagro era un espejismo.

Sin embargo, la película no termina siendo pesimista. Todo lo contrario. Sugiere que el verdadero milagro no consiste en recuperar a quien se fue, sino en dejar de perseguir personajes imaginarios para empezar a querer personas reales.

La última escena vuelve a la cafetería donde comenzó el juego. Pero ya no son dos desconocidos intentando inventarse. Ahora son dos personas que han sobrevivido al derrumbe de sus propias ficciones. Carlos ya no necesita parecer un gran escritor. Irene ya no necesita enamorarse de un poeta. Y quizá esa sea la idea más hermosa de Nuestros amantes.

Que el amor empieza exactamente cuando dejamos de escribir novelas sobre el otro y aceptamos leer, por fin, a la persona que tenemos delante.


 




 

Dialogo textual del film:

Escena: Hombre sentado solo en una mesa dentro de una cafetería… se acerca una mujer y se sienta en su mesa inesperadamente…

Ella: Que tal.

El: Nos conocemos?

Ella: no, pero me gustaría, el nombre del chupito de brandy me ha parecido prometedor

El: vale.. vamos aksdg…

Ella: no no no no me digas, que no quiero saber como te llamas

El: y eso?

Ella: porque no quiero llamarte como te llaman los demás

El: porque?

Ella: porque te quiero poner un nombre que signifique algo para mi, uno que sólo conozca yo y que sólo use yo. Y tu harás lo mismo conmigo,

El: ¿Buscar tu nombre?

Ella: si, pero no ahora, cuando nos conozcamos mejor. jaja ¿crees que estoy loca?

El: ¿estas loca?

Ella: Quizás… jajaja Que mas da.

(apunto de levantarse de la mesa) El: Encantado de conocerte, te llames como te llames

Ella: no no, dos veces no.

El: Claro que no, como se me ocurre… (se vuelve a sentar)

Ella: Es que no me gusta besar por besar… ¿Alguna pregunta?

El: si, pero te van a decepcionar. Son poco tópicas

Ella: eso es halagador

El: hacer preguntas tópicas?

Ella: No… sino que acabemos de conocernos y te preocupes decepcionarme

El: La primera pregunta es tan obvia que… casi prefiero que te la hagas tu misma

Ella: ¿y si lo que me pregunto no es lo mismo que ibas a preguntarme tu?

El: Seguro que si ya veras

Ella: vale, pero la respondes tu

El: trato echo, pero ¿nos damos la mano?

Ella: si, porque significa algo… ¿hago esto a menudo?

El: A veces… cuando vez a alguien interesante

Ella: y tu… porque te he entrado a ti…

El: porque me consideras alguien interesante… no se porque razón.

Ella: ¿porque razón?

El: Eso contestalo tu

Ella: ¿te gustan los parques?

El: No voy mucho, pero si

Ella: me encanta ir a los parques y ver a los niños jugar y de pronto un niño se acerca a otro sin conocerse de nada y simplemente le dice… ¿jugamos? y se ponen a jugar… no se cuando te vi pensé que querrías jugar conmigo….. ¿jugamos?

El: Vale…

Ella: genial

El: ¿a que jugamos?

Ella: eso es lo que nos diferencia de los niños… ellos siempre quieren saber a que están jugando. pero tu y yo vamos a descubrirlo mientras jugamos

El: ¿cuanto va a durar el juego?

Ella: Hasta que nos aburramos

El:. ¿hay reglas?

Ella: si, hay reglas. no quiero que averigües nada sobre mi. no quiero que sepas quien soy, así que nada de internet y nada de teléfonos.

El: pero… se supone que la idea es que… nos vamos a volver a ver

Ella: es la idea

El: Y entonces… ¿como quedaremos?

Ella: como venimos hablando!!! tal día, tal hora, tal sitio… es un método que lleva funcionando siglos, no tiene porque fallar ahora.

El: no, no tiene porque…. Algo mas?

Ella: si… te gusta ir poco a poco… a mi no… no quiero perder el tiempo, no quiero rodeos ni silencios incomodos… así que si te pregunto algo me respondes en el acto.

El: y…. si no me da la gana

Ella: mienteme… mentir es mucho mas creativo y mucho mas divertido que decir la verdad… yo confío mucho en la mentira… como dijo alguien… la mentira siempre dice la verdad.

El: ¿Quien dijo eso?

Ella: Yo… hace dos segundos

El: muy bien, te mentire… alguna norma mas?

Ella: si… la mas importante… pase lo que pase… no te enamores de mi

El: ¿es peligroso?

Ella: si, mucho

El: ¿para mi o para ti?

Ella: me tengo que ir… entonces, hoy es lunes, dentro de una semana nos vemos aquí… mas o menos a esta misma hora

El: perfecto

Ella: nos lo vamos a pasar bien tu y yo

 

 

 

Diálogo de la película Nuestros amantes

Nuestros amantes. (España 2016)

Dirección Miguel Ángel Lamata

Protagonistas    Michelle Jenner

Eduardo Noriega

Amaia Salamanca

Fele Martínez

Gabino Diego

 

 

El club de la pelea y el negocio de la masculinidad. Cuando Tyler Durden se hizo influencer

El club de la lucha y el negocio de la masculinidad. Cuando Tyler Durden se hizo influencer

 

"Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos."

En la década de los 90, un amigo en Méjico me regaló un ejemplar de “El club de la lucha”, de Chuck Palahniuk. Prefiero el título de El club de la pelea como se lo llama en Latinoamérica. Desde entonces seguí leyendo todo lo que pude de ese autor. Aquel libro llegó en un momento preciso: vivía solo, trabajaba muchas horas, ganaba poco y todavía estaba tratando de entender qué significaba ser un hombre cuando ya no existían las grandes epopeyas que habían alimentado generaciones anteriores.

Muchos leen El club de la pelea como una crítica al capitalismo. No les falta razón. El catálogo de IKEA, las oficinas impersonales, la vida reducida a consumir objetos para construir una identidad son parte esencial de la novela. Pero siempre tuve la impresión de que el blanco de Palahniuk era más profundo. El capitalismo es apenas el escenario. La verdadera historia habla de la soledad masculina.

El Narrador no está enfermo porque compre muebles. Compra muebles porque está enfermo. Vive anestesiado, incapaz de construir vínculos, sin una comunidad, sin un propósito, sin un nombre propio. Tyler Durden aparece como la fantasía de todo aquello que él cree no ser: fuerte, carismático, libre, violento, seductor, dispuesto a destruir el mundo antes que aceptar una vida gris.

Nunca me sentí identificado con el Narrador, pero sí sentí que la novela funcionaba como una advertencia. Como un manual sobre los lugares donde un hombre puede perderse cuando deja de preguntarse quién es y empieza a definir su identidad por oposición a los demás. La frustración se convierte en resentimiento. La soledad en agresividad. La búsqueda de sentido termina reemplazada por una causa cualquiera.

Con el paso de los años comprendí que Palahniuk había visto algo que todavía no existía con claridad. Tyler Durden no era un revolucionario: era el prototipo del gurú masculino contemporáneo. Hoy ya no se llama Tyler. Puede llamarse Andrew Tate, El Temach o cualquier influencer que prometa devolverle a los hombres una masculinidad supuestamente perdida mediante consignas simples, enemigos claros y obediencia absoluta.

El Proyecto Caos era eso: hombres sin identidad buscando pertenecer a algo. Los "monos espaciales" renunciaban a su nombre para convertirse en una masa uniforme. Repetían consignas, obedecían órdenes y encontraban alivio en dejar de pensar. Resulta difícil no recordar aquella frase ritual: "Su nombre es Robert Paulson." Una identidad reemplazada por un eslogan.

Quizá por eso la novela sigue siendo inquietantemente actual. Muchos leen en ella una invitación a convertirse en Tyler Durden. Creo que Palahniuk escribió exactamente lo contrario. Tyler no es el héroe; es el síntoma. Es la enfermedad tomando la palabra cuando un hombre deja de reconocer sus propias fracturas.

Al final de la novela, después de que las sedes de las compañías de tarjetas de crédito vuelan por los aires, un empleado del hospital se inclina sobre Tyler y le susurra: "Todo sigue el plan, señor Durden. Estamos esperando su regreso."

Tal vez esa sea la frase más profética del libro. Tyler nunca desapareció. Cambió de rostro. Hoy habla por micrófonos, acumula millones de seguidores y promete respuestas sencillas para hombres que siguen buscando, como el Narrador, una razón para sentirse vistos en un mundo donde cada vez resulta más difícil construir una identidad sin convertirla en un espectáculo.

 

Diferencias entre película y libro

 

La película de David Fincher (1999) es una adaptación muy fiel al libro, pero introduce cambios importantes que modifican el sentido de la historia. Curiosamente, el propio Chuck Palahniuk ha dicho en varias entrevistas que considera que el final de la película es mejor que el de su novela.

 

Estas son las diferencias más importantes:

 

1. El final

Es la diferencia más conocida. En la novela:

El Narrador se dispara, pero sobrevive.

Despierta en un hospital psiquiátrico creyendo que está en el cielo.

Los empleados del hospital son miembros del Proyecto Caos y le susurran: "Todo sigue el plan, señor Durden. Estamos esperando su regreso."

 

Es un final ambiguo: Tyler nunca desaparece del todo.

 

En la película:

El Narrador se dispara atravesándose la mejilla y "mata" simbólicamente a Tyler.

Marla toma su mano.

Ambos observan cómo explotan los edificios al ritmo de “Where Is My Mind?” de Pixies.

Es un final más romántico y cinematográfico, aunque también profundamente irónico.

 

2. Marla Singer

En el libro:

Marla es todavía más caótica, depresiva y autodestructiva. La relación con el Narrador es mucho más incómoda y menos sentimental.

 

En la película

Helena Bonham Carter la vuelve un personaje más entrañable. Existe una posibilidad de redención junto al Narrador.

 

3. Tyler Durden

Brad Pitt convirtió a Tyler en un ícono cultural.

En la novela Tyler es:

más desagradable,

más imprevisible,

más cercano a un terrorista nihilista que a un líder carismático.

 

La película, sin querer, lo vuelve demasiado atractivo. Mucha gente terminó admirando a Tyler en lugar de verlo como una crítica.

 

4. El humor

Palahniuk escribe con un humor negro muy seco.

El libro está lleno de frases absurdas, listas, repeticiones y pequeños detalles grotescos que el cine no puede reproducir del mismo modo.

La novela tiene un ritmo casi hipnótico.

 

5. El Proyecto Caos

En el libro ocupa mucho más espacio.

Se explica con más detalle cómo funciona la organización:

las reglas,

la obediencia,

los trabajos clandestinos,

el lavado de cerebro,

la pérdida de identidad.

 

Por eso resulta más evidente que Tyler está creando una secta.

 

6. La crítica social

La película enfatiza más la crítica al consumismo.

El libro pone el foco en algo más amplio:

la alienación,

la masculinidad,

la identidad,

la búsqueda de sentido,

la fascinación por los líderes.

 

Es menos "anticapitalista" de lo que suele decirse y más existencial.

 

7. La violencia

El libro es bastante más perturbador.

Hay escenas más explícitas, más enfermizas y psicológicamente incómodas que Fincher suavizó para que la película pudiera estrenarse comercialmente.

 

8. La estructura

La novela está escrita desde una mente completamente rota.

Los pensamientos del Narrador aparecen fragmentados, repetitivos y obsesivos.

La película consigue transmitir parte de eso mediante el montaje, la narración en off y los fotogramas subliminales de Tyler, pero la experiencia de lectura sigue siendo mucho más inmersiva.

 

Una diferencia de interpretación 

Quizás la mayor diferencia no está en el argumento, sino en cómo fueron recibidas.

El libro de Palahniuk parece advertir sobre el peligro de convertir el dolor masculino en una religión de la violencia y la obediencia. Tyler Durden es el síntoma de una identidad fracturada.

La película, en cambio, convirtió a Tyler —gracias al magnetismo de Brad Pitt y a la estética de David Fincher— en un ícono pop. Durante años muchos espectadores lo tomaron como un modelo a seguir, exactamente lo contrario de lo que la novela parece sugerir.

Es una ironía notable: una obra que pretendía cuestionar el culto al líder terminó creando uno de los líderes ficticios más admirados de la cultura contemporánea.

 

 

Dato curioso

 

En China ocurrió algo muy llamativo. Cuando la película comenzó a difundirse por plataformas de streaming, una versión censurada modificó el final: en lugar de las explosiones, aparecía un texto explicando que la policía había descubierto el plan, arrestado a los responsables y evitado el atentado. La alteración generó tantas críticas internacionales que posteriormente se restauró una versión mucho más cercana al final original.

En definitiva, aunque El club de la pelea tuvo continuaciones en el cómic y hasta una adaptación operística, solo existe una adaptación cinematográfica oficial, y es la de David Fincher. Su influencia fue tan grande que, para millones de personas, la imagen de Tyler Durden quedó inseparablemente ligada al rostro de Brad Pitt, algo que incluso modificó la manera en que se interpreta la novela de Palahniuk.




 

Todos los caminos llevan a Ítaca (aunque algunos pasen por Rambo)

 

Todos los caminos llevan a Ítaca (aunque algunos pasen por Rambo)

 

La primera vez que vi ese meme me reí era 2017, no es que tenga tanto memoria es que la red social me lo trajo en su sección recuerdos.

Después de la risa empecé a sospechar que escondía algo más interesante. Y cuando lo pensé profundamente comprendí que, como ocurre con los buenos chistes, la gracia no estaba en el remate sino en la cantidad de cultura que había condensada en cuatro imágenes.

"Sabés que sos Odiseo cuando demorás una eternidad en volver a tu casa; todos tus amigos se mueren por pajeros; los ñeris de tu barrio te buitrean a tu mujer; los matás a todos."

Es una síntesis brutal de “La Odisea”. También podría ser el argumento de una película de acción de los años ochenta.

Y ahí aparece Rambo. No porque Sylvester Stallone haya adaptado a Homero, sino porque los grandes relatos sobreviven precisamente gracias a su capacidad para disfrazarse. Cambian las armaduras por ametralladoras, los trirremes por helicópteros, los cíclopes por dictadores tropicales, pero debajo del uniforme sigue latiendo el mismo mito. El héroe regresa. Siempre regresa.

Joseph Campbell llamó a esto "el viaje del héroe". Pero Julia Kristeva fue todavía más lejos. Para ella, ningún texto nace completamente nuevo. Todo texto es un diálogo con otros textos anteriores. Su célebre afirmación sigue siendo una de las ideas más revolucionarias de la teoría literaria: "Todo texto es un mosaico de citas."

No significa que todos los escritores copien. Significa que toda obra absorbe, transforma y resignifica otras obras.

Ese meme es un ejemplo perfecto de ello.

No cita un solo verso de Homero. Sin embargo, cualquiera que haya leído “La Odisea” entiende inmediatamente el chiste. Funciona porque la memoria cultural completa los espacios vacíos.

La literatura sigue hablando incluso cuando nadie la menciona.

La intertextualidad puede ser solemne, como en Dante, o irreverente, como en un meme de internet.

Dante conocía perfectamente a Homero, aunque probablemente no pudiera leerlo en griego. Lo conocía a través de la tradición latina. Por eso nunca habla de “Odiseo”, sino de “Ulises”, el nombre romano que heredó de Virgilio.

Y allí ocurre algo extraordinario. El Ulises homérico consigue volver a Ítaca. El Ulises de Dante no. Porque Dante decide escribir una continuación que Homero jamás imaginó.

Después de recuperar su reino, Ulises vuelve a embarcarse. Ya no busca a Penélope. Busca conocimiento. Quiere atravesar las Columnas de Hércules, el límite del mundo conocido. Convence a sus viejos compañeros con uno de los discursos más bellos de toda la literatura:

"No fuisteis hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento."

En Homero esa curiosidad es admirable. En Dante se convierte en pecado. Por eso lo arroja al octavo círculo del Infierno. No está copiando a Homero. Está discutiendo con Homero. Eso es intertextualidad.

El cine hizo exactamente lo mismo.

Rambo también vuelve de una guerra interminable. También ha perdido a sus compañeros. También encuentra un mundo que ya no reconoce. También termina resolviendo todo mediante una violencia desmesurada. No es Odiseo. Pero tampoco deja de serlo. Porque los héroes nunca desaparecen; simplemente aprenden otros idiomas. La literatura clásica se convierte en western. El western se convierte en cine bélico. El cine bélico se convierte en videojuego. El videojuego termina convertido en meme. Y el meme vuelve a recordarnos a Homero.

Quizá eso sea lo más fascinante de la teoría de Julia Kristeva. La intertextualidad no pertenece únicamente a las bibliotecas ni a los congresos universitarios. Está viva en las redes sociales, en el cine, en los chistes que compartimos por WhatsApp y en las referencias que hacemos sin darnos cuenta.

Cada generación reescribe los mismos relatos porque las preguntas siguen siendo las mismas.

¿Cómo se vuelve a casa después de una guerra?

¿Qué queda de nosotros cuando todos los compañeros han muerto?

¿Qué hacemos cuando descubrimos que el mundo cambió durante nuestra ausencia?

Homero respondió esas preguntas hace casi tres mil años. Dante discutió sus respuestas dos mil años después. Stallone las resolvió con una ametralladora.

Y un meme las condensó en cuatro imágenes y un puñado de insultos barriales.

Kristeva probablemente sonreiría. Porque incluso ese meme confirma su intuición más profunda: “ningún texto está solo”. Todos conversan con otros. A veces mediante un verso inmortal. A veces mediante una película de acción. Y, de vez en cuando, mediante un chiste que parece una simple ocurrencia, pero que demuestra que los clásicos nunca mueren. Solo encuentran nuevas formas de volver a Ítaca.


El rebelde oculto


El rebelde oculto

 

Acabo de terminar de ver “El rebelde oculto”, la película sobre J. D. Salinger.

Mientras desfilaban los créditos pensé que, en realidad, la película no habla solamente de Salinger. Habla de todos los lectores que alguna vez encontramos un refugio en sus libros. Y durante casi dos horas no dejé de viajar a mediados de los años ochenta, cuando descubrir un autor era una aventura.

En esa época Rodrigo Fresán escribía en la revista “Pelo” una columna llamada “El cazador oculto”. Yo esperaba cada entrega con la ansiedad de mi adolescencia. Fresán escribía sobre el rock argentino y sus suburbios con una prosa que parecía caminar de madrugada por Buenos Aires.

Quería saber qué era ese Cazador oculto.

No existía internet. No había Google. Había que preguntar, recorrer librerías, confiar en la memoria de los amigos.

Mi primo Paul —el Polaco, al que llamábamos "el Hombre Santo" porque siempre estaba leyendo algo extraordinario; por entonces era “La conjura de los necios”— me dio la respuesta.

—Es un libro de un tal Salinger.

Cuando mi madre viajó a Rosario le encargué que me lo trajera.

Desde una librería me llamó por teléfono fijo. Me dijo que había conseguido “Nueve cuentos”, pero no “El cazador oculto”. Me enojé. Muchísimo.

No sabía que el libro que buscaba era el mismo que en otras ediciones se llamaba “El guardián entre el centeno”.

Además estaba la famosa leyenda negra. En la librería le habían hablado de Mark David Chapman, del atentado contra Reagan, de esa superstición absurda según la cual la novela podía volver peligrosos a sus lectores.

Mi madre dudó. Al final pudo más mi insistencia.

Leí la novela y algo cambió para siempre.

Durante mucho tiempo caminé sintiéndome Holden Caulfield. Nunca encontré otro libro que retratara la adolescencia con tanta verdad: el desconcierto, la rabia, la melancolía, la sensación de que el mundo adulto estaba construido por farsantes.

Después llegaron “Nueve cuentos”, “Franny y Zooey” y “Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción”. Descubrí que Salinger era mucho más que Holden. Era un escritor capaz de convertir una conversación, un silencio o una mirada en literatura.

Cuando murió, en 2010, escribí un texto lleno de tristeza. Todavía creía posible que algún día apareciera una continuación de Holden Caulfield. Hoy, dieciséis años después de aquella muerte, sé que esa espera también formaba parte de la experiencia de ser lector. Porque los grandes escritores nunca terminan de irse. Siguen apareciendo donde menos uno lo espera: en una película, en una vidriera, en una librería de viejo o cuando uno abre un ejemplar gastado y vuelve a escuchar esa primera frase inolvidable: "Si realmente quieres que te lo cuente..."

La película no es perfecta. Simplifica algunas zonas de la vida de Salinger y convierte ciertos conflictos en escenas demasiado convencionales. Pero tiene un mérito enorme: recuerda que detrás del mito había un hombre obsesionado con escribir una obra verdadera, aunque el precio fuera desaparecer del mundo.

Mientras veía “El rebelde oculto” entendí que el verdadero protagonista nunca fue Salinger. Éramos nosotros. Los adolescentes que alguna vez buscamos un libro sin saber exactamente qué íbamos a encontrar y terminamos encontrándonos a nosotros mismos.



 

Soledades en fuga

 

“Soledades en fuga” es un poema sobre el acto de escribir cuando las palabras parecen no querer salir. Habla de las excusas, del silencio, de la página en blanco y de esa soledad que, lejos de abandonarnos, termina convirtiéndose en una compañera de viaje.

En este video comparto una lectura del poema acompañada por una selección de fotografías que dialogan con su atmósfera. Espero que las imágenes y la voz encuentren en quien las escucha un lugar donde seguir resonando.

Gracias por acompañarme.

 

José Luis Colombini

 

 

Soledades en fuga

 

Siempre tengo una excusa para no escribir

me levanto con muchas ganas

y después me cuelgo

en cualquier cosa y no lo hago.

Me inventó mis propias excusas,

me miento a mi mismo,

que el tiempo, que el día, que los pensamientos.

Que el frio, que el calor, que la mañana, que la noche.

 

Soledades en fuga

escapando por la ventana de mis pensamientos.

Tristezas que arriban como los zorzales

que bajan de la sierra para buscar comida.

Cuando escribo lo hago porque me es más fácil que hablar,

no me gusta socializar, soy retraído, soy solitario,

y hay días que me quedo horas

mirando la página en blanco

mientras las personas por el idealismo

de su ingenuidad se aferran con todas sus fuerzas

a la inexplicable necesidad de contacto humano.

 

Soledades en fuga 

cercenando el papel donde intento escribir.

Desangrando la palidez de mi libreta de anotaciones.

Guillotinando mis ilusiones que tenía en la niñez.

 

Soledades en fuga

viajando conmigo mientras camino con ellas

bebiendo gotas de roció

soledades en fuga

sudando gotas de lluvia

y yo sangrando ausencias

que no puedo escribir.

 

Volver a conversar con Odiseo


Volver a conversar con Odiseo

 

Anoche fui al cine. No iba solamente a ver la nueva película de Christopher Nolan. Iba a reencontrarme con un viejo amigo que me acompaña desde hace casi cincuenta años.

Disfruté la película. Mucho.

Sí, Nolan se toma algunas licencias. Algunos personajes aparecen con otro peso, ciertos episodios cambian de lugar y algunos hechos responden más al lenguaje del cine que al poema de Homero. Pero sería un error pedirle una adaptación literal. “La Odisea” nunca fue un texto inmóvil. Antes de convertirse en libro fue un relato oral. Durante siglos los aedos recorrieron las ciudades griegas cantando las hazañas de Odiseo. Cada uno agregaba matices, modificaba detalles, hacía suya la historia. Nolan, en definitiva, no hace otra cosa que ocupar el lugar de uno de esos antiguos narradores.

Los clásicos sobreviven porque aceptan ser contados una y otra vez.

Mientras miraba la película regresé, inevitablemente, a mi infancia. Tenía diez años cuando leí por primera vez “La Ilíada” y “La Odisea”. No fueron ediciones académicas ni lujosas. Eran aquellos inolvidables libros de tapa dura de la colección Billiken, adaptados para chicos. En la misma biblioteca convivían “Don Quijote de la Mancha”, Julio Verne, Dickens y, entre todos ellos, Homero.

Sin saberlo, estaba entrando en una conversación que me acompañaría toda la vida.

Recuerdo una de mis primeras grandes desilusiones como lector. Yo me había fanatizado con Héctor. Veía en él al hombre que defendía su ciudad, a su esposa Andrómaca, a su pequeño hijo Astianacte y a un pueblo que ya sabía condenado. Cuando llegó el duelo final estaba convencido de que debía sobrevivir. Pero Homero decidió otra cosa. Aquiles lo mata.

Todavía puedo recordar mi enojo. Insultaba a Aquiles y a aquellos aqueos de hermosas grebas. Con la lógica apasionada de un chico me parecía injusto. Pensaba que Aquiles, protegido por los dioses y destinado a una gloria inmortal, tenía demasiadas ventajas frente a un hombre que sabía perfectamente que podía morir.

Hoy sé que Homero construía otra tragedia.

Aquiles representa el heroísmo de la fuerza, del coraje absoluto, de quien acepta una vida breve a cambio de una fama eterna.

Héctor representa algo diferente. Es el héroe que conoce el miedo y, aun así, sale a combatir. Quizá por eso, incluso siendo un niño, me sentí más cerca de él. Y con el paso de los años descubrí que también me sentía profundamente cerca de Odiseo.

Porque Odiseo inaugura otra forma de heroísmo.

No es el más fuerte. No es el más veloz. No es el guerrero invencible. Su verdadera arma es la inteligencia.

Donde Aquiles resuelve con la espada, Odiseo resuelve con el ingenio. Donde otros avanzan por la fuerza, él observa, espera, calcula. El caballo de Troya no nace del músculo, sino de la imaginación. En un mundo lleno de guerreros, Odiseo demuestra que pensar también puede ser un acto de valentía.

Tal vez por eso siempre preferí “La Odisea”. Porque, si “La Ilíada” habla de cómo ganar una guerra, “La Odisea” habla de algo mucho más difícil: cómo volver a vivir después de ella.

Christopher Nolan parece haber comprendido esa diferencia.

Los cíclopes, las sirenas, Circe, Calipso o Escila son inolvidables, pero nunca fueron el verdadero centro del poema.

Los monstruos están afuera. El viaje ocurre por dentro.

Y hay otra escena que siempre esperé ver en el cine.

La del descenso al Hades.

Allí Odiseo busca al viejo Tiresias para preguntarle cómo regresar a Ítaca. No consulta a un dios guerrero ni a un rey. Busca a un anciano ciego, porque en la tradición griega la verdadera visión muchas veces comienza cuando los ojos dejan de ver el mundo.

Tiresias siempre fue uno de mis personajes preferidos.

Mucho antes de leerlo en Homero, mi madre me había contado quién era aquel adivino que había perdido la vista al sorprender desnuda a Atenea mientras se bañaba. Los dioses no podían devolverle los ojos, pero le regalaron otro modo de mirar: el don de conocer aquello que los demás ignoraban.

Quizá por eso me gusta insistir en llamarlo Odiseo y no Ulises. No es una cuestión de pedantería. Ulises pertenece a la tradición latina. Odiseo pertenece al mundo de Homero, al de Tiresias, Atenea, Ítaca y los viejos aedos que iban de ciudad en ciudad cantando estas historias mucho antes de que existieran los libros.

Los nombres también conservan la memoria de las civilizaciones.

La gran pregunta de “La Odisea” no es cómo regresar a Ítaca. La verdadera pregunta es quién regresa. Porque nadie atraviesa veinte años de guerra, pérdidas, tentaciones y naufragios sin convertirse en otra persona.

Mientras salía del cine pensé que, en realidad, no acababa de ver una película.

Acababa de volver a conversar con un personaje que conocí siendo un chico de diez años gracias a aquellos viejos libros de Billiken. Comprendí, una vez más, que los clásicos nunca envejecen. Simplemente esperan.

Esperan que un lector vuelva a abrir sus páginas o que un director de cine decida contarlos otra vez. Y entonces Odiseo vuelve a zarpar. No desde las costas de Ítaca.

Sino desde ese lugar secreto donde viven las historias que ya forman parte de nuestra propia vida.

Y ya en casa reflexionando mientras tomaba un wiski recapacité que Nolan había filmado una gran aventura. Pero la verdadera aventura había comenzado mucho antes, cuando un chico de diez años abrió una edición de Billiken de La Ilíada y La Odisea, discutió con Homero por la muerte de Héctor y escuchó a su madre contarle quién era Tiresias. Desde entonces, cada vez que vuelvo a esos poemas, no siento que esté releyendo un clásico. Siento que estoy regresando a una conversación que nunca terminó. 


 

Días Extraños: la nostalgia como mercancía en el fin del mundo


 

 Días Extraños: la nostalgia como mercancía en el fin del mundo

 Estaba aburrido y decidí sacar una película de las que tengo. Me decidí por una que vi en los 90 en vhs. Me la había recomendado Pocho, un compañero de trabajo.

Si, soy repetitivo siempre vuelvo a los mismos lugares, los mismos libros, las mismas pelis. Conocer la trama, el final, me da seguridad, en especial cuando estoy tensionado.

Porque hay películas, libros, series, discos que no envejecen: mutan. Se quedan esperando agazapadas hasta que el mundo se parece lo suficiente a ellas. Y entonces vuelven como una profecía sucia. Así me pasó viendo Strange Days, aquella película de 1995 dirigida por Kathryn Bigelow y escrita junto a James Cameron. No sentí que estaba viendo ciencia ficción. Sentí que estaba viendo las noticias de mañana.

La pregunta aparece temprano y se queda vibrando como una resaca existencial:

—Si pudieras comprar un recuerdo o un momento, ¿cuál comprarías?

Y ahí empieza el problema.

Porque uno piensa rápido en un beso que nunca dio. En esa mujer que se fue antes de escuchar lo que tenía que escuchar. En el abrazo que no llegó. En el triunfo que nunca mereció, pero igual hubiese querido vivir. O peor: una vida ajena. Una completamente distinta. Una donde uno no terminó siendo esto. Una donde no terminó encerrado en una rutina de café frío, inflación, redes sociales y ansiedad apocalíptica mirando el techo a las tres de la mañana.

En la película, Lenny Nero —ese traficante decadente interpretado por Ralph Fiennes— vende recuerdos grabados ilegalmente con un dispositivo llamado SQUID. Experiencias humanas pirateadas. Vos no mirás el recuerdo: lo vivís. Sentís el miedo, el vértigo, el orgasmo, la adrenalina. Como si la memoria se hubiera convertido finalmente en mercancía.

Y pensé: ya estamos ahí. Solo que nuestro SQUID tiene forma de algoritmo.

Vivimos comprando recuerdos ajenos todo el tiempo. Scrolleamos vidas que no vivimos. Consumimos viajes, cuerpos, romances, cenas, paisajes y felicidades editadas por otros. Gente que filma un atardecer no para contemplarlo sino para demostrar que estuvo ahí. Personas que ya no viven el momento: lo almacenan como capital simbólico. Como prueba digital de existencia.

Y mientras tanto el mundo alrededor parece incendiarse lentamente.

La película transcurre en una Los Ángeles podrida, paranoica, violenta, al borde del colapso social. Policías corruptos. Racismo. Crímenes. Saqueos. Fin de siglo. Y sin embargo lo verdaderamente inquietante no era la violencia: era la sensación de agotamiento espiritual. Esa impresión de que todos los personajes estaban demasiado cansados para creer en algo.

Exactamente igual que ahora. Porque vivimos rodeados de discursos sobre el fin. Fin climático. Fin económico. Fin afectivo. Fin político. Fin cultural. Todo el tiempo alguien anuncia el apocalipsis desde algún podcast, canal de YouTube o cuenta de X mientras vende suplementos vitamínicos o cursos de productividad emocional.

Y entonces llega esa frase final de la película, dicha casi con resignación etílica, mientras explotan fuegos artificiales sobre un mundo roto: “Todos los años es igual. Nada cambia. Todo es una mierda, ¿no? Entonces… ¿qué carajos vamos a celebrar?”

Y sin embargo celebramos. Brindamos igual. Nos abrazamos en Año Nuevo aunque el alquiler nos asfixie. Aunque el país parezca una discusión eterna entre fantasmas ideológicos. Aunque el futuro se parezca cada vez más a una habitación mal iluminada de cyberpunk barato.

Quizás porque el ser humano tiene algo profundamente absurdo y hermoso: incluso al borde del derrumbe sigue buscando una canción, un beso, una conversación en la madrugada. Sigue intentando construir pequeños refugios contra el caos.

Tal vez por eso las películas de culto sobreviven. Porque no hablan del futuro: hablan de nosotros.

Y “Días Extraños” entendió algo antes que todos: que el verdadero negocio del futuro no iba a ser la tecnología.

Iban a ser la nostalgia, la experiencia y el deseo desesperado de sentir algo real en medio de tanta simulación. Por eso esta frase: “Los recuerdos están hechos para desvanecerse, Lenny. Están diseñados así por una razón”.

9 de julio: la independencia pendiente por Walter Ruleman Perez

 

9 de julio: la independencia pendiente por Walter Ruleman Perez

 

Cada 9 de julio volvemos a escuchar la misma palabra: independencia.

La pronuncian los políticos, los maestros, los locutores de televisión. Aparecen banderas en las plazas, escarapelas olvidadas en algún cajón y discursos que repiten una historia conocida de memoria. Tucumán. 1816. Los congresales. La Casa Histórica. La ruptura con la Corona española.

Pero siempre me pregunto si la independencia terminó ese día o si apenas empezó.

Porque declarar la libertad es un acto político. Vivirla es otra cosa.

Camino por las calles de Villa Dolores mientras el frío de julio parece congelar también las conversaciones. Los comercios abren igual que cualquier jueves Hay gente preocupada por llegar a fin de mes, jubilados contando monedas en la farmacia, jóvenes que sueñan con irse porque sienten que el futuro habla otro idioma. Entonces la palabra independencia adquiere un espesor distinto.

¿Qué significa ser independiente cuando el miedo organiza nuestras decisiones?

¿Cuando el mercado decide cuánto vale nuestro tiempo, las redes sociales moldean nuestros deseos y los algoritmos terminan conociéndonos mejor que nosotros mismos?

Los hombres de 1816 discutían sobre imperios. Nosotros discutimos con pantallas.

Ellos buscaban emanciparse de un rey lejano. Nosotros, muchas veces, ni siquiera advertimos las nuevas formas de dependencia. Dependemos de la aprobación ajena, del consumo permanente, de la velocidad, de la productividad obligatoria, de la necesidad de convertir cada instante en contenido.

Tal vez la colonia ya no tenga virreyes.

Tal vez ahora se parezca más a una notificación.

Pienso también en mis padres. En esa generación que creyó que la independencia era inseparable de la justicia social, de la igualdad y de la dignidad. Pienso en los que dieron la vida por un país mejor y en los que todavía siguen creyendo que una patria no puede medirse solamente por sus indicadores económicos.

La historia argentina está hecha de avances, retrocesos y heridas. Somos un pueblo acostumbrado a levantarse después de cada caída. Quizás por eso desconfiamos tanto de las promesas y, al mismo tiempo, seguimos apostando a ellas. Hay algo profundamente argentino en seguir imaginando un futuro incluso cuando la realidad parece empeñada en negarlo.

La independencia tampoco ocurre una sola vez.

Sucede cada vez que alguien decide pensar por sí mismo. Cuando un escritor publica un texto incómodo. Cuando un docente enseña a preguntar antes que a obedecer. Cuando un lector abre un libro que contradice todas sus certezas. Cuando un trabajador conserva su dignidad aunque el mundo le diga que es apenas un número.

Cuando un artista crea sin pedir permiso.

La verdadera emancipación empieza ahí: en la conciencia.

No hay patria libre si sus ciudadanos renuncian a pensar. No hay bandera capaz de cubrir una sociedad que acepta el conformismo como destino.

Quizás por eso Borges desconfiaba de los nacionalismos estridentes y prefería hablar de la tradición como una conversación infinita. Quizás por eso tantos escritores argentinos encontraron en la literatura una forma de independencia interior. Porque existen cadenas visibles y otras mucho más eficaces: las que terminamos aceptando sin discutir.

Este 9 de julio no siento la necesidad de repetir consignas. Prefiero hacerme preguntas.

¿Qué tan libre soy de verdad?

¿Cuántas decisiones son realmente mías?

¿Cuánto de lo que deseo fue elegido por mí y cuánto fue cuidadosamente sembrado por otros?

Tal vez la independencia no sea una fecha. Sea una práctica. Un ejercicio cotidiano de lucidez. Una obstinación por defender el pensamiento crítico en tiempos de simplificaciones, por sostener la sensibilidad en una época que premia el cinismo y por seguir creyendo que la cultura, la educación y la memoria siguen siendo formas silenciosas de soberanía.

Hace doscientos diez años un grupo de hombres firmó un acta.

Nosotros todavía estamos escribiendo la nuestra.

Y quizás esa sea la verdadera tarea de cada generación: conquistar una libertad que nunca termina de conquistarse.


Después de ver Un poeta: crónica de la intemperie en Traslasierra

 

Después de ver Un poeta: crónica de la intemperie en Traslasierra

 

 

Salí de mi casa con la sensación de que me habían escupido en la cara una verdad que yo ya conocía, pero que me negaba a nombrar. Había visto en HBO Max “Un poeta”, de Simón Mesa Soto, y en la pantalla no estaba solamente ese Medellín gris, ese poeta fracasado, esa obstinación casi patética por escribir versos que nadie lee. En la pantalla estaban Villa Dolores, Traslasierra y, sobre todo, estaba yo.

Hubiese preferido salir de un cine. Pero una película como esta no sería rentable; dirían que tiene demasiados diálogos y muy poca acción.

El poeta de la película —ese hombre que insiste en leerse en bares vacíos, que corrige adjetivos como si estuviera desactivando una bomba, que confunde vocación con condena— podría estar ahora mismo sentado en la plaza Mitre o en la Sarmiento, con un vino barato en la mochila, esperando que alguien le pregunte qué escribe.

Nadie le va a preguntar.

En Villa Dolores también hay poetas. Hay profesores suplentes que hablan de Rimbaud en aulas con ventiladores rotos. Hay escritores que publican en editoriales autogestionadas, imprimen cincuenta ejemplares y terminan vendiéndolos entre amigos. Hay chicas que escriben en Instagram como si cada historia fuera una declaración de guerra contra el aburrimiento serrano. Hay poetas que mueren olvidados en antologías. Pero la realidad siempre resulta más feroz que cualquier metáfora.

La película no romantiza el fracaso: lo desnuda. Su protagonista no es un héroe maldito; es un hombre que envejece sin prestigio, que arrastra una autoestima herida y necesita convencerse de que su marginalidad fue una elección, y no una expulsión.

Ahí, en ese gesto torpe de autojustificación, reconocí algo demasiado cercano.

En Traslasierra la palabra "artista" todavía despierta sospechas. Acá se valora al que trabaja, al que tiene un negocio, al que construye cabañas para el turismo de verano. El que escribe es, en el mejor de los casos, un excéntrico. En el peor, un vago ilustrado.

Mientras veía la película pensé en las lecturas de la Sala de Arte Municipal o de la Biblioteca Sarmiento: quince personas, diez que ya se conocen, tres familiares que fueron por compromiso y dos curiosos que entraron porque empezó a llover. Algunos más atentos al celular que al viejo ritual de la palabra.

Pensé también en esa necesidad absurda —y hermosa— de leer en voz alta, como si la poesía todavía pudiera alterar algo más que el algoritmo.

El poeta colombiano fracasa con una dignidad bastante dudosa. Se aferra a una joven promesa literaria como si pudiera redimirse a través de ella. Hay algo incómodo en esa relación: el deseo de trascender mediante el talento ajeno.

Esa incomodidad también existe acá.

En cada taller donde un coordinador proyecta sus propias frustraciones sobre los alumnos. En cada escritor adulto que necesita que alguien más confirme que la literatura todavía importa.

Y lo cierto es que en Villa Dolores importa poco. A pesar de haber sido alguna vez la "Capital de la Poesía" —cuando todavía los carteles en los ingresos a la ciudad lo recordaban—, hoy importan otras cosas.

Importa el dólar. El precio de la bolsa de papa. El turismo. La lluvia. Si el río viene crecido. Si el dique está lleno. Si la temporada será buena. Si hubo mucha cosecha de algarrobo, porque eso significa que llovió poco.

Un poema no cambia nada de eso.

Y, sin embargo. Hay algo profundamente subversivo en insistir.

Escribir aunque nadie pague. Publicar aunque nadie compre. Leer aunque nadie escuche.

El poeta de “Un poeta” no es un mártir. Es un síntoma. Un hombre incapaz de aceptar que el mundo no necesita su voz.

Después de la película caminé por la costanera del río Los Sauces, que cada verano se parece un poco menos a un río y un poco más a una acequia caudalosa. Mientras avanzaba pensé que quizá la pregunta nunca fue si el mundo necesita poetas.

La verdadera pregunta es por qué algunos no podemos dejar de intentar serlo.

En Medellín o en Villa Dolores el problema no es la falta de talento.

Es la intemperie. Es escribir sin red. Es saber que la cultura sigue siendo un lujo periférico en territorios donde lo urgente siempre termina imponiéndose.

La película me dejó una resaca amarga: la intuición de que la poesía no salva a nadie, pero tampoco deja morir del todo. Es una enfermedad crónica. Un tic nervioso del alma.

Y en este rincón de Córdoba, donde el atardecer tiñe las sierras de un naranja perfecto que ningún verso conseguirá mejorar, uno termina entendiendo la ironía.

La realidad ya es demasiado estética.

Lo difícil no es describirla. Lo difícil es justificar por qué seguimos haciéndolo.

Quizá el verdadero gesto gonzo no consista en exagerar la experiencia, sino en admitirla sin maquillaje: escribir desde la derrota, sabiendo que nadie está esperando el texto. Como el poeta de la película. Como tantos de acá. Como yo, ahora mismo, terminando esta crónica mientras en la calle pasa una moto y alguien grita que mañana vuelve a subir la carne.

 


"Los lectores de Crónicas"

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