Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.
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La ira es energía


 

La ira es energía

 

Era finales de febrero de 1987. Habíamos viajado con mi madre a Córdoba para comprar ropa y hacer esas cosas que en casa no existían. Pero aquellos viajes eran mucho más que compras. Eran una manera de oxigenar el espíritu. Íbamos al cine, a una obra de teatro, a una exposición de arte. Durante un par de días la ciudad parecía recordarnos que el mundo era bastante más grande que Traslasierra.

En una disquería perdida dentro de una galería sonaba un disco que me dejó clavado en el lugar.

Yo era un fanático de los Sex Pistols. Esperaba guitarras filosas, tres acordes y la furia del punk. Sin embargo aquello era otra cosa. Sonaba moderno, preciso, oscuro y elegante al mismo tiempo. No sabía cómo llamarlo. ¿Era post punk? ¿Era new wave? En realidad no importaba demasiado. Lo compré en cassette sin pensarlo.

Era “Álbum”, de Public Image Ltd.

En aquellos años el walkman era casi una extensión del cuerpo. El mío tenía una carcasa íntegramente de plástico azul y viajaba siempre dentro de una mochila de jean. Mientras el colectivo —“El Petizo”— comenzaba las casi seis horas de regreso por las Altas Cumbres, todavía con largos tramos de tierra, apreté “play”.

Escuché el cassette una vez. Después otra. Y otra. 

Aunque el disco había aparecido en Inglaterra un año antes, recién en 1987 llegó a las bateas argentinas editado por RCA/Ariola. Yo tuve la suerte de cruzarme con él apenas apareció. No sabía que estaba comprando uno de los grandes discos de los años ochenta. Sólo sabía que esa música era distinta a todo lo que había escuchado hasta entonces.

A veces uno recuerda un viaje por el paisaje. Yo recuerdo ese viaje por la banda sonora.

John Lydon ya no era Johnny Rotten. Seguía teniendo la misma rabia, pero ahora la utilizaba para construir otra cosa. En Los Ángeles había decidido dejar afuera a la banda habitual de PIL porque sentía que no soportaban la presión de grabar un disco importante. El productor Bill Laswell improvisó entonces un seleccionado improbable: Steve Vai en guitarra, Ginger Baker y Tony Williams en batería, Ryuichi Sakamoto en teclados, Bernie Worrell, Shankar... músicos que jamás hubieran imaginado compartir estudio con el antiguo cantante de los Pistols.

Y, sin embargo, funcionó.

Desde el primer golpe de ”F.F.F.” el disco deja claro que aquello no pretende repetir el punk de 1977. Hay rock, funk, música africana, electrónica y una producción sofisticada que todavía hoy suena contemporánea.

Pero la verdadera revelación llega con “Rise”, traducida aquí como “Levantamiento”.

Allí aparece una frase que me acompañaría durante décadas. La ira es energía.

No era solamente un verso. Era una manera de entender la juventud. La bronca no tenía por qué destruir. También podía empujar, crear, mover el mundo.

Todavía hoy, cuando las cosas se complican, esa frase vuelve sola.

Después llegan Fishing, sostenida por la guitarra monumental de Steve Vai; Round, más contenida; y un lado B que mantiene el nivel con Bags, Home y Ease, donde la presencia de Sakamoto y Vai construye un clima casi cinematográfico.

Lydon incluso llevó la idea conceptual hasta el final. Para evitar que el álbum fuera visto como un "disco lleno de estrellas invitadas", eliminó toda información de la portada y decidió llamarlo simplemente “Álbum”. Una marca blanca. Un producto genérico. Sin artificios. Como si dijera: no importa quién toca. Importa lo que suena.

El viaje terminó mucho antes que el cassette. Cuando llegamos a Traslasierra ya conocía cada canción de memoria. Afuera seguían los caminos de tierra, las montañas y el pueblo de siempre.

Pero algo había cambiado. Este disco quedo pegado para siempre al recuerdo de un viaje, de una persona o de una edad.

Para mí, “Álbum” nunca dejará de ser el sonido de aquel regreso con mi madre por las Altas Cumbres, mientras el viejo “Petizo” avanzaba lentamente entre las curvas y yo descubría que Johnny Rotten podía reinventarse sin perder un solo gramo de furia.

Porque, al fin y al cabo, tenía razón. “La ira es energía.”

 

El derecho a no ser elegido


 

El derecho a no ser elegido

 

''He tratado de comprender y de aceptar que no todas las mujeres se van a enamorar de uno. En realidad, casi ninguna. Pero, ¿por qué digo esto? Porque es algo que los hombres suelen no aceptar con facilidad. Yo conozco muchas personas, incluso muchas personas inteligentes, que cuando reciben un rechazo amoroso o cuando ven que no se les da juego en algún foro se ponen odiosos, se ofenden y buscan vengarse de algún modo. Y eso está mal, es canallesco, uno no debe permitir que suceda''. Alejandro Dolina

 

Esto de Dolina me encontró una noche cualquiera. Afuera no pasaba nada extraordinario. El perro dormía, el mate ya estaba lavado y la biblioteca tenía esa penumbra que sólo conocen quienes leen hasta tarde. Entonces lo escuché decir:

"He tratado de comprender y de aceptar que no todas las mujeres se van a enamorar de uno. En realidad, casi ninguna."

Sonreí.

Pensé que venía uno de esos remates irónicos que Dolina maneja como pocos. Pero no. Lo que siguió era mucho más importante que un chiste. Era una lección de educación sentimental.

Con los años uno aprende muchas cosas. Aprende que el cuerpo envejece, que los amigos también desaparecen, que los padres empiezan a vivir más en la memoria que en la casa familiar. Pero hay una lección que parece escapársenos siempre: aceptar que el otro tiene derecho a no elegirnos. Suena obvio. No lo es.

Vivimos en una época que convirtió el deseo en una especie de ingeniería. Si mejorás tu autoestima, si aprendés determinadas técnicas, si construís una imagen atractiva, si respondés los mensajes en el momento justo, si decís las palabras correctas... tarde o temprano alguien va a enamorarse de vos.

Es la fantasía del algoritmo aplicada al corazón. Como si el amor fuera una cerradura y existiera una combinación secreta.

Pero el amor nunca fue una ciencia exacta. Se parece mucho más a esos accidentes felices que Borges llamaba destino.

Nadie sabe por qué una persona se queda y otra se va. Nadie.

Sin embargo, conozco hombres inteligentes —y seguramente vos también— que frente a un rechazo dejan de ser inteligentes. Se vuelven fiscales del deseo ajeno. Si una mujer no los elige, inmediatamente buscan una explicación que los deje a salvo: ella tiene miedo, no supo valorar, eligió mal, volverá arrepentida. Y si ninguna de esas historias funciona, aparece el resentimiento. La descalificación. La burla. La venganza en cuotas.
Y simplemente pasó que tal vez nuestra pareja, o la chica que nos gusta empezó a sentir pasión por otras personas, por otras actividades o por otros mundos y dejó de sentirla por nosotros. Es ahí donde aparece una tentación vieja como el amor: desacreditar aquello que nos reemplaza, matar simbólicamente al amante, burlarse de los nuevos intereses, despreciar lo que ahora ocupa el centro de la escena.

Pero quizás la vida no consista en destruir lo que despierta el deseo ajeno.

Quizás consista en algo mucho más difícil: seguir siendo una opción deseable en medio de un universo lleno de personas, proyectos, libros, viajes, conversaciones y tentaciones.

No se trata de eliminar la competencia. Se trata de merecer la elección y que entre tantas opciones nos elijan cada día.

Entonces recuerdo otra parte de lo que dice Dolina: "Eso está mal, es canallesco."

Me gusta esa palabra. Canalla.

Tiene el peso moral de las palabras antiguas. No habla de torpeza. No habla de inmadurez. Habla de una falta de carácter.

Porque una cosa es sufrir. Otra muy distinta es convertir el sufrimiento en castigo para quien simplemente ejerció su libertad.

Hay personas que no soportan escuchar un "no". Lo viven como una humillación. Confunden amor con reconocimiento. No lloran porque perdieron a alguien; lloran porque su orgullo recibió una herida. Y el orgullo herido suele ser mucho más violento que el corazón roto. Quizá por eso pienso que el verdadero examen de una persona no ocurre cuando es correspondida. Ahí cualquiera parece generoso. El examen empieza cuando descubre que no será elegida.

¿Qué hace entonces?

¿Se retira con tristeza pero con dignidad?

¿O empieza a destruir aquello que minutos antes decía amar?

En esos momentos se revela el carácter.

Con los años también descubrí otra cosa. Casi todas las historias importantes de mi vida comenzaron porque alguien dijo que sí. Pero antes hubo decenas de personas que dijeron que no. Y si hoy pudiera volver a verlas, no tendría nada que reclamarles.

Al contrario. Les agradecería la sinceridad. Porque los peores vínculos no nacen del rechazo; nacen de las falsas esperanzas, de las medias verdades, de los afectos administrados por culpa. El "no" puede doler. La mentira destruye.

Schopenhauer escribió que la vida oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento. Borges desconfiaba de las pasiones demasiado ruidosas. Dolina, con esa mezcla de filosofía de barrio y literatura, agrega una enseñanza que parece sencilla pero cuesta una vida aprender: nadie nos debe su amor. Ni su deseo. Ni su tiempo.

El amor no es un premio a la buena conducta. No existe un tribunal que obligue a alguien a enamorarse porque fuimos atentos, inteligentes o leales. Si así fuera, el amor sería una transacción y no un milagro.

Tal vez por eso las historias verdaderas empiezan siempre igual. Dos personas que podrían haberse ignorado para siempre, un día, por razones que nadie alcanza a explicar, se eligen. Y eso ocurre tan pocas veces que debería alcanzarnos para vivir agradecidos. Lo demás pertenece al territorio de la libertad. Y amar a alguien implica aceptar, incluso antes del primer beso, que esa libertad incluye la posibilidad de perder.

No hay derrota en no ser elegido.

La derrota empieza cuando dejamos de respetar el derecho del otro a elegir.

 

 

 

El éxito es una excepción

 

El éxito es una excepción

 

Vivimos en una época que nos miente con una sonrisa.

Nos dice que cualquiera puede ser exitoso. Que basta con desearlo, levantarse a las cinco de la mañana, tomar agua con limón, escuchar un podcast motivacional y repetir frente al espejo que somos invencibles. Nos venden el éxito como si fuera una estación de tren donde todos tenemos reservado un asiento.

Pero las estadísticas, la historia y la vida cotidiana cuentan otra cosa.

Marcelo Bielsa lo resumió con una lucidez que incomoda: “el éxito es una excepción”.

La frase parece sencilla, pero dinamita uno de los grandes relatos del siglo XXI. Porque si el éxito es excepcional, entonces la vida de la mayoría de nosotros no puede medirse con esa vara.

La inmensa mayoría de los seres humanos no pasará a la historia. No levantará una Copa del Mundo, no ganará un Premio Nobel, no fundará una empresa multimillonaria ni será tendencia en las redes sociales. La mayoría simplemente trabajará, criará hijos, enterrará padres, pagará cuentas, tendrá derrotas silenciosas y, de vez en cuando, alguna alegría.

Y eso no tiene absolutamente nada de mediocre.

Nos educaron para admirar únicamente a quienes llegan a la cima. Nunca a quienes sostienen el mundo desde abajo.

Nadie entrevista al hombre que durante cuarenta años abrió una biblioteca a las siete de la mañana. Nadie convierte en documental a la enfermera que hizo miles de guardias sin esperar un aplauso. Nadie escribe biografías del empleado municipal que jamás aceptó una coima o del maestro rural que enseñó a leer a tres generaciones.

Sin embargo, allí está la verdadera arquitectura de una sociedad.

El capitalismo descubrió hace tiempo que la frustración también es un negocio. Si convencés a alguien de que debería ser extraordinario y no lo consigue, venderle cursos, libros, aplicaciones o promesas se vuelve mucho más fácil. La industria de la autoayuda necesita personas convencidas de que vivir una vida común es fracasar.

Pero quizá el fracaso sea otra cosa.

Tal vez fracasar no sea perder una final ni quedarse sin un ascenso. Quizá fracasar sea abandonar la propia dignidad para obtener un resultado. Mentir para ganar. Pisar cabezas para llegar antes. Convertirse en aquello que uno despreciaba.

Bielsa suele poner el foco donde casi nadie mira: en los medios, no solamente en los fines. En la nobleza del recorrido antes que en la fotografía del podio.

Porque el podio dura unos minutos. La vida, en cambio, ocurre durante el camino.

Conozco personas que nunca fueron exitosas según los parámetros del mercado y, sin embargo, poseen una riqueza que no cotiza en ninguna bolsa: pueden dormir tranquilas. Conservan amigos de hace treinta años. Nunca necesitaron disfrazarse para ser aceptadas. No hicieron fortuna, pero tampoco hipotecaron el alma.

Eso también es una forma de victoria. Quizá la más difícil.

La próxima vez que alguien les pregunte qué lograron en la vida, tal vez no haga falta enumerar títulos, premios o reconocimientos. Alcanza con responder que intentaron recorrer el camino sin dejar de ser quienes eran. Porque el éxito, como decía Bielsa, es una excepción.

La dignidad, en cambio, debería ser la regla.


La frase en una lápida


La frase en una lápida

 

Existen instantes que parecen triviales en el momento en que suceden. Años más tarde, nos damos cuenta de que en realidad fueron el inicio de casi todo. Para mí, uno de esos momentos ocurrió en 1985.

Con Walter Ochoa acabábamos de comprar “Live After Death”, el disco en vivo de Iron Maiden. En realidad, el cassette doble. Lo abríamos y cerrábamos una y otra vez, maravillados con la ilustración de Derek Riggs. Eddie emergía de su tumba entre rayos, cadenas y cementerios. Cada centímetro del dibujo escondía algo.

De pronto vimos una lápida. Estaba escrita en inglés.

Nos sentamos con una lupa y un diccionario. No existía Internet. Si querías saber algo había que perseguir las palabras una por una.

Después de un buen rato conseguimos traducir la inscripción.

 

“No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el paso de extraños eones, incluso la misma muerte puede morir.“

Abajo había una firma.

“H. P. Lovecraft.”

 

No sabía quién era. Pero esa frase quedó clavada en mi cabeza. Unos días después le pregunté a mi amigo Hipólito. En realidad se llamaba Jorge. Pero para todos era Hipólito. Era cuatro años mayor que yo y, a esa edad, cuatro años eran una eternidad. Él ya había leído autores de los que yo apenas había oído hablar. Escuchaba discos que todavía no llegaban a mis manos. Tenía esa mezcla de curiosidad y generosidad que poseen las personas incapaces de guardarse un libro que aman.

—¿Vos conocés a Lovecraft?

Me miró, sonrió y unos días más tarde apareció con un ejemplar de “Mitos y relatos de Cthulhu”.

—Llevátelo.

Nunca imaginó lo que acababa de hacer. Abrí ese libro y entré en un universo del que jamás salí.

Después llegaron “La llamada de Cthulhu”, “El color que cayó del cielo”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth” pero el primero siempre fue aquel libro prestado por Hipólito.

Con él también descubrí a Edgar Allan Poe. Un día me alcanzó “La narración de Arthur Gordon Pym”. Todavía recuerdo la sensación que me dejó ese final. No entendía cómo una novela podía terminar así. Era como si la historia continuara mucho después de cerrar el libro. Durante semanas no pude dejar de pensar en esas últimas páginas. Creo que fue la primera vez que comprendí que la literatura no siempre responde preguntas. A veces hace exactamente lo contrario.

Hipólito no solamente me prestaba libros. Leíamos poesía. Pasábamos tardes enteras hablando de versos, de música y de escritores.

Recuerdo especialmente un verano. Sus padres y sus hermanas se habían ido de vacaciones a Mar del Plata y él se había quedado solo en la casa.

Era enero. El calor era insoportable. Terminamos los dos metidos en una pelopincho a las dos de la madrugada, tomando vino mientras sonaba “Ummagumma”, de Pink Floyd en vinilo.

Éramos dos pibes convencidos de que la poesía podía cambiar el mundo.

Hoy me emociona recordar esa escena. No hablábamos de trabajo. No hablábamos de dinero. No hablábamos del futuro. Hablábamos de Rimbaud, de Poe, de Lovecraft, de Pink Floyd. Y nos alcanzaba.

Han pasado más de cuarenta años.

Todavía conservo aquel cassette de “Live After Death”. También la edición en CD y, hace poco, sumé el vinilo. Cada vez que miro la tapa vuelvo a buscar aquella lápida. Ya no necesito la lupa ni el diccionario. La frase vive en mi memoria desde hace décadas.

También sigo comprando a Lovecraft.

Tengo varias ediciones, distintas traducciones y colecciones completas. No porque crea que un libro vale más por repetido, sino porque cada traducción ilumina un rincón diferente del mismo universo.

Mi gato se llama Lovecraft. No fue una ocurrencia. Fue un homenaje.

Hipólito murió hace unos años. Y, sin embargo, sigue apareciendo cada vez que abro uno de esos libros.

A veces pienso que la verdadera herencia no son las cosas que nos dejan cuando alguien muere. Son las pasiones que sembraron mientras estaban vivos.

Hipólito no me dejó dinero. No me dejó propiedades. Me dejó algo infinitamente más valioso. Me enseñó que un libro puede cambiar una vida.

Que una frase encontrada en la tapa de un disco puede abrir la puerta de un universo entero.

Y que la amistad también consiste en eso: en reconocer una pasión en otro y decirle, simplemente:

—Llevátelo.

Tenés que leer esto.




 

La frase en una lápida

La frase en una lápida

 

Hay momentos que parecen insignificantes mientras ocurren. Décadas después descubrimos que en realidad fueron el principio de casi todo.

Para mí, uno de esos momentos ocurrió en 1985.

Con Walter Ochoa acabábamos de comprar “Live After Death”, el disco en vivo de Iron Maiden. En realidad, el cassette doble. Lo abríamos y cerrábamos una y otra vez, maravillados con la ilustración de Derek Riggs. Eddie emergía de su tumba entre rayos, cadenas y cementerios. Cada centímetro del dibujo escondía algo.

De pronto vimos una lápida. Estaba escrita en inglés.

Nos sentamos con una lupa y un diccionario. No existía Internet. Si querías saber algo había que perseguir las palabras una por una.

Después de un buen rato conseguimos traducir la inscripción.

 

“No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el paso de extraños eones, incluso la misma muerte puede morir.“

Abajo había una firma.

“H. P. Lovecraft.”

 

No sabía quién era. Pero esa frase quedó clavada en mi cabeza. Unos días después le pregunté a mi amigo Hipólito. En realidad se llamaba Jorge. Pero para todos era Hipólito. Era cuatro años mayor que yo y, a esa edad, cuatro años eran una eternidad. Él ya había leído autores de los que yo apenas había oído hablar. Escuchaba discos que todavía no llegaban a mis manos. Tenía esa mezcla de curiosidad y generosidad que poseen las personas incapaces de guardarse un libro que aman.

—¿Vos conocés a Lovecraft?

Me miró, sonrió y unos días más tarde apareció con un ejemplar de “Mitos y relatos de Cthulhu”.

—Llevátelo.

Nunca imaginó lo que acababa de hacer. Abrí ese libro y entré en un universo del que jamás salí.

Después llegaron “La llamada de Cthulhu”, “El color que cayó del cielo”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth” pero el primero siempre fue aquel libro prestado por Hipólito.

Con él también descubrí a Edgar Allan Poe. Un día me alcanzó “La narración de Arthur Gordon Pym”. Todavía recuerdo la sensación que me dejó ese final. No entendía cómo una novela podía terminar así. Era como si la historia continuara mucho después de cerrar el libro. Durante semanas no pude dejar de pensar en esas últimas páginas. Creo que fue la primera vez que comprendí que la literatura no siempre responde preguntas. A veces hace exactamente lo contrario.

Hipólito no solamente me prestaba libros. Leíamos poesía. Pasábamos tardes enteras hablando de versos, de música y de escritores.

Recuerdo especialmente un verano. Sus padres y sus hermanas se habían ido de vacaciones a Mar del Plata y él se había quedado solo en la casa.

Era enero. El calor era insoportable. Terminamos los dos metidos en una pelopincho a las dos de la madrugada, tomando vino mientras sonaba “Ummagumma”, de Pink Floyd en vinilo.

Éramos dos pibes convencidos de que la poesía podía cambiar el mundo.

Hoy me emociona recordar esa escena. No hablábamos de trabajo. No hablábamos de dinero. No hablábamos del futuro. Hablábamos de Rimbaud, de Poe, de Lovecraft, de Pink Floyd. Y nos alcanzaba.

Han pasado más de cuarenta años.

Todavía conservo aquel cassette de “Live After Death”. También la edición en CD y, hace poco, sumé el vinilo. Cada vez que miro la tapa vuelvo a buscar aquella lápida. Ya no necesito la lupa ni el diccionario. La frase vive en mi memoria desde hace décadas.

También sigo comprando a Lovecraft.

Tengo varias ediciones, distintas traducciones y colecciones completas. No porque crea que un libro vale más por repetido, sino porque cada traducción ilumina un rincón diferente del mismo universo.

Mi gato se llama Lovecraft. No fue una ocurrencia. Fue un homenaje.

Hipólito murió hace unos años. Y, sin embargo, sigue apareciendo cada vez que abro uno de esos libros.

A veces pienso que la verdadera herencia no son las cosas que nos dejan cuando alguien muere. Son las pasiones que sembraron mientras estaban vivos.

Hipólito no me dejó dinero. No me dejó propiedades. Me dejó algo infinitamente más valioso. Me enseñó que un libro puede cambiar una vida.

Que una frase encontrada en la tapa de un disco puede abrir la puerta de un universo entero.

Y que la amistad también consiste en eso: en reconocer una pasión en otro y decirle, simplemente:

—Llevátelo.

Tenés que leer esto.

 

9 de julio: la independencia pendiente


 

9 de julio: la independencia pendiente

 

Cada 9 de julio volvemos a escuchar la misma palabra: independencia.

La pronuncian los políticos, los maestros, los locutores de televisión. Aparecen banderas en las plazas, escarapelas olvidadas en algún cajón y discursos que repiten una historia conocida de memoria. Tucumán. 1816. Los congresales. La Casa Histórica. La ruptura con la Corona española.

Pero siempre me pregunto si la independencia terminó ese día o si apenas empezó.

Porque declarar la libertad es un acto político. Vivirla es otra cosa.

Camino por las calles de Villa Dolores mientras el frío de julio parece congelar también las conversaciones. Los comercios abren igual que cualquier jueves. Hay gente preocupada por llegar a fin de mes, jubilados contando monedas en la farmacia, jóvenes que sueñan con irse porque sienten que el futuro habla otro idioma. Entonces la palabra independencia adquiere un espesor distinto.

¿Qué significa ser independiente cuando el miedo organiza nuestras decisiones?

¿Cuando el mercado decide cuánto vale nuestro tiempo, las redes sociales moldean nuestros deseos y los algoritmos terminan conociéndonos mejor que nosotros mismos?

Los hombres de 1816 discutían sobre imperios. Nosotros discutimos con pantallas.

Ellos buscaban emanciparse de un rey lejano. Nosotros, muchas veces, ni siquiera advertimos las nuevas formas de dependencia. Dependemos de la aprobación ajena, del consumo permanente, de la velocidad, de la productividad obligatoria, de la necesidad de convertir cada instante en contenido.

Tal vez la colonia ya no tenga virreyes.

Tal vez ahora se parezca más a una notificación.

Pienso también en mis padres. En esa generación que creyó que la independencia era inseparable de la justicia social, de la igualdad y de la dignidad. Pienso en los que dieron la vida por un país mejor y en los que todavía siguen creyendo que una patria no puede medirse solamente por sus indicadores económicos.

La historia argentina está hecha de avances, retrocesos y heridas. Somos un pueblo acostumbrado a levantarse después de cada caída. Quizás por eso desconfiamos tanto de las promesas y, al mismo tiempo, seguimos apostando a ellas. Hay algo profundamente argentino en seguir imaginando un futuro incluso cuando la realidad parece empeñada en negarlo.

La independencia tampoco ocurre una sola vez.

Sucede cada vez que alguien decide pensar por sí mismo. Cuando un escritor publica un texto incómodo. Cuando un docente enseña a preguntar antes que a obedecer. Cuando un lector abre un libro que contradice todas sus certezas. Cuando un trabajador conserva su dignidad aunque el mundo le diga que es apenas un número.

Cuando un artista crea sin pedir permiso.

La verdadera emancipación empieza ahí: en la conciencia.

No hay patria libre si sus ciudadanos renuncian a pensar. No hay bandera capaz de cubrir una sociedad que acepta el conformismo como destino.

Quizás por eso Borges desconfiaba de los nacionalismos estridentes y prefería hablar de la tradición como una conversación infinita. Quizás por eso tantos escritores argentinos encontraron en la literatura una forma de independencia interior. Porque existen cadenas visibles y otras mucho más eficaces: las que terminamos aceptando sin discutir.

Este 9 de julio no siento la necesidad de repetir consignas. Prefiero hacerme preguntas.

¿Qué tan libre soy de verdad?

¿Cuántas decisiones son realmente mías?

¿Cuánto de lo que deseo fue elegido por mí y cuánto fue cuidadosamente sembrado por otros?

Tal vez la independencia no sea una fecha. Sea una práctica. Un ejercicio cotidiano de lucidez. Una obstinación por defender el pensamiento crítico en tiempos de simplificaciones, por sostener la sensibilidad en una época que premia el cinismo y por seguir creyendo que la cultura, la educación y la memoria siguen siendo formas silenciosas de soberanía.

Hace doscientos diez años un grupo de hombres firmó un acta.

Nosotros todavía estamos escribiendo la nuestra.

Y quizás esa sea la verdadera tarea de cada generación: conquistar una libertad que nunca termina de conquistarse.

Apuntes para no putearle al cielo


 

Apuntes para no putearle al cielo

 

 

Llueve. Llueve como si el cielo hubiera leído a Marco Aurelio y hubiera decidido ejercitar la indiferencia. “Da igual”, parece decir el agua al caer. Yo salgo lo mismo. No por valentía, sino por terquedad: vicio estoico mal entendido.

—No depende de vos que llueva —me digo, citándome mal—.

—Pero sí depende de vos mojarte —me contesto, empapándome con método.

Camino bajo la lluvia como quien atraviesa un argumento moral. Cada paso es una premisa resbalosa. Epicteto me acompaña desde algún rincón de la memoria: “No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede”. Mentira piadosa. Me afecta igual, pero ahora puedo nombrarlo con elegancia griega.

Un charco enorme bloquea la vereda. No hay forma elegante de cruzarlo. Salto. Caigo mal. Me mojo. Perfecto. La realidad siempre cobra entrada.

Las zapatillas chupan agua como esponjas existenciales.

Me refugio bajo un alero. El vidrio del negocio cerrado refleja una versión mía ligeramente más patética: pelos húmedos, ojos cansados, cara de tipo que leyó demasiado y actuó poco. El reflejo me interpela como un mal profesor de filosofía:

—¿Todo este pensamiento sirve para algo?

—Sirve para no hacer —respondo—. Para justificar la quietud con palabras

largas.

La lluvia cae como un arcano. Siempre igual, siempre distinta. Mark Fisher tenía razón: el clima también está atrapado en el realismo capitalista. Llueve como si no hubiera alternativa. Como si el sol fuera una utopía pospuesta para otro sistema.

Sigo caminando. El paraguas es una derrota anticipada: se da vuelta con el viento y confirma mi teoría de que todo intento de protección es precario. Pienso en Nietzsche empapado, puteando a Wagner, resfriado, diciendo “amor fati” mientras estornuda. Nadie piensa mejor por estar cómodo.

La lluvia ya no molesta: disciplina. Me ordena. Me baja el volumen del mundo y me sube el del monólogo interno. Pienso mejor mojado, incómodo, levemente enojado. Como si el pensamiento necesitara fricción para arrancar.

Pienso que el cuerpo siempre desmiente a la filosofía. El estoicismo es hermoso en abstracto, pero probado en una vereda rota un miércoles lluvioso, pierde glamour.

—Aceptá lo que es —me ordeno.

—Acepto —respondo—, pero protestando en silencio.

La lluvia borra la ciudad. Todo se vuelve gris, homogéneo, casi romano. Me gusta esa austeridad forzada. Séneca aparece como una voz cansada pero firme: “Sufrimos más en la imaginación que en la realidad”. Miro mis medias mojadas. Objeción empírica: a veces la realidad hace bien su trabajo sin ayuda de la fantasía.

Me refugio bajo un árbol raquítico. Error conceptual. El árbol chorrea más que el cielo. La naturaleza nunca prometió cuidarnos. Marco Aurelio lo dijo sin anestesia: “La naturaleza no te debe nada; vos le debés todo”. Tomo nota mental mientras el agua me cae por el cuello.

—¿Para qué tanta lectura si igual terminás acá, mojado y solo? —me provoco.

—Para no desesperar —me respondo—. Para fracasar con argumentos.

Viento. El paraguas se da vuelta. Momento pedagógico. Epicteto sonríe desde la ruina: “Si querés progreso, aceptá parecer un tonto”. Camino con el paraguas roto, como un cínico moderno, ridículo pero coherente.

La lluvia ya no es enemiga: es ejercicio espiritual. Cada gota entrena la paciencia, cada charco refuerza la idea de límite. El estoicismo no te salva del mundo, apenas te enseña a no pedirle demasiado.

—No controlás el clima —me digo.

—Pero controlás la respuesta —me contesto, aunque sé que es una aspiración, no un logro.

Llego a casa empapado. Me saco la ropa como quien abandona una tesis fallida. Mate tibio. Cuaderno abierto. Afuera sigue lloviendo con obstinación cósmica. Adentro, escribo.

Séneca vuelve para cerrar el día: “Mientras posponemos, la vida pasa”. No resolví nada, no alcancé la ataraxia, no fui sabio. Pero caminé bajo la lluvia sin huir, pensé sin anestesia y escribí sin esperanza de utilidad.

Y eso, para un estoico de barrio y un gonzo cansado, ya es una pequeña victoria contra el caos.

El lujo es vulgaridad


 El lujo es vulgaridad

 

Hay frases que parecen venir de muy lejos. Frases que uno escucha en una canción de rock y cree que nacieron allí, entre guitarras, humo y noches interminables. Pero a veces esas palabras ya venían viajando desde hacía décadas, ocultas en un libro, en una conversación o en la cabeza de algún escritor que las había pensado antes.

"El lujo es vulgaridad".

Millones de argentinos escucharon esa sentencia en “Un poco de amor francés”, cantada por Indio Solari con esa mezcla de ironía, elegancia y desafío que caracteriza a los mejores versos ricoteros. La frase quedó grabada en el imaginario popular. Se convirtió en una especie de manifiesto involuntario contra la ostentación. Un rechazo instantáneo a la vanidad de los que necesitan mostrar lo que tienen.

Sin embargo, mucho antes de que el rock la transformara en consigna, la idea ya habitaba la obra de Jorge Luis Borges.

En su cuento Utopía de un hombre que está cansado, Borges imagina una humanidad futura que ha dejado atrás muchas de las obsesiones contemporáneas. Allí no existen ni ricos ni pobres. Cuando el narrador pregunta por el dinero, recibe una respuesta que parece escrita para atravesar el tiempo: "¿Dinero? —repitió—. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio."

La riqueza como vulgaridad. No como pecado. No como injusticia. No como problema económico. Como vulgaridad.

La precisión de Borges resulta admirable. No condena la riqueza desde la moral ni desde la política. La observa desde la cultura. Desde la estética. Desde esa mirada que sospecha de todo aquello que necesita exhibirse para justificar su valor.

Décadas más tarde, el Indio condensaría la misma intuición en apenas cuatro palabras.

El lujo es vulgaridad.

Tal vez la frase haya llegado a él directamente desde Borges. Tal vez no. Lo cierto es que ambos parecían desconfiar de la misma enfermedad: la necesidad de impresionar.

Existe además una anécdota que ayuda a iluminar este parentesco invisible.

Durante una entrevista realizada por Mario Vargas Llosa, el escritor peruano comentó la austeridad casi monástica del departamento de Borges. No había allí nada que recordara al estereotipo del intelectual famoso. Nada de opulencia. Nada de exhibición. Vargas Llosa señaló esa sencillez, y Borges respondió con una frase que parecía extraída de uno de sus cuentos:

—El lujo me parece una vulgaridad.

No era una ocurrencia. Era una filosofía. Una forma de estar en el mundo. Mientras buena parte de la sociedad mide el éxito por la cantidad de cosas acumuladas, Borges imaginaba una civilización futura donde nadie necesitara distinguirse mediante las posesiones. Mientras tanto, el Indio escribía canciones para una Argentina que todavía rendía culto al brillo, al prestigio y a las apariencias.

Uno hablaba desde la literatura universal. El otro desde el rock. Pero ambos llegaron a una conclusión semejante. La verdadera elegancia no necesita demostrarse.

Quizás por eso la frase sigue viva. Porque no habla solamente de dinero. Habla de una actitud. Habla de esa extraña libertad que aparece cuando dejamos de necesitar la aprobación ajena. Habla de la serenidad de quien ya no tiene nada que probar.

Borges la imaginó en el futuro. El Indio la cantó en el presente.

Y nosotros, todavía atrapados entre vitrinas, pantallas y escaparates, seguimos intentando entenderla. Porque tal vez la forma más refinada del lujo consista, precisamente, en poder prescindir de él.



Jose Luis Colombini

Crónicas de una pasión: José Luis Colombini y la filosofía detrás del Indio Solari.

Crónicas de una pasión: José Luis Colombini y la filosofía detrás del Indio Solari.

La vida hecha poesía y filosofía. Reportaje para Multimedio Comenchingones hablando del Indio Solari con Rubén Pachi Mattos y Jorge Hugo  Pájaro Galaburri



Martinis y Tafirolesb (Audio)


 

Martinis y Tafiroles

 

Hay fotografías que son autorretratos aunque no aparezca nadie.

En esta hay una botella de Martini Rosso, dos planchas de Tafirol y una mesa cualquiera. Nada que merezca una exposición de arte. Nada que un algoritmo elegiría para representar la felicidad.

Pienso en esa canción del Indio cuando canta que los martinis y los tafiroles ayudan a olvidar. No porque el olvido funcione, sino porque a veces uno insiste igual. Como quien intenta apagar un incendio con un vaso de agua.

La vida adulta suele parecerse más a esta imagen que a cualquier publicidad de cerveza. Un dolor de cabeza que no termina de irse. Un insomnio que se instala como un inquilino viejo. Una botella abierta desde hace semanas. La televisión diciendo estupideces. El mundo girando demasiado rápido para nuestras piernas.

"Necesito dormir mucho y bien", canta Solari.

Y uno entiende.

Porque llega una edad en que las grandes tragedias dejan de impresionarnos tanto como una mala noche de sueño. Los corazones rotos se curan. Las derrotas deportivas se olvidan. Pero hay madrugadas que se quedan viviendo adentro de uno durante años.

Miro la botella. Miro los remedios. No parecen enemigos. Parecen socios.

Uno promete entusiasmo. El otro promete alivio. Los dos mienten un poco. Los dos cumplen un poco.

Entonces vuelve a sonar el Indio: "A veces exagero mi humor, los martinis y los tafiroles..." Y qué confesión más perfecta. Porque no habla solamente de vermut ni de analgésicos. Habla de esos pequeños pactos que hacemos con nosotros mismos cuando la realidad pesa demasiado. El Martini para aflojar los pensamientos. El Tafirol para negociar con los dolores. Y en el medio, uno exagerando un poco las penas, agrandando algunos fantasmas y acariciando viejas derrotas como quien vuelve a tocar una cicatriz para comprobar que sigue ahí.

Hay algo de ternura en esa admisión. El Indio no culpa al mundo. No culpa a nadie. Se señala a sí mismo. Reconoce que a veces también es cómplice de sus propios naufragios. Y por eso el verso siguiente resulta tan devastador: "Hay que estar un poquito sonado para olvidarte".

Porque hay recuerdos que no se van con la voluntad. Hay ausencias que no entienden de razones. Y hay noches en las que una botella, una pastilla y una canción parecen formar una extraña fraternidad destinada a ayudarnos a cruzar la madrugada.

Quizás por eso la foto me gusta.

Porque no habla de excesos ni de festejos. Habla de supervivencia. De esos días en los que uno se las arregla como puede para seguir adelante. Con un vermut, con una pastilla, con una canción del Indio sonando bajito mientras la noche se acomoda sobre los muebles.

Y entonces recuerdo otro verso: "Me sueño durmiendo, a veces durmiendo y soñando."

Tal vez la verdadera felicidad no sea otra cosa que eso. Dormir sin fantasmas. Aunque sea por una noche.

Y si mañana vuelven los recuerdos, los dolores o las preguntas que nadie sabe responder, al menos quedará esta fotografía. Una botella, unas pastillas y una canción. El modesto inventario de alguien que, como puede, sigue negociando con la madrugada.

Jose Luis Colombini



Martinis y Tafiroles


 

Martinis y Tafiroles

 

Hay fotografías que son autorretratos aunque no aparezca nadie.

En esta hay una botella de Martini Rosso, dos planchas de Tafirol y una mesa cualquiera. Nada que merezca una exposición de arte. Nada que un algoritmo elegiría para representar la felicidad.

Pienso en esa canción del Indio cuando canta que los martinis y los tafiroles ayudan a olvidar. No porque el olvido funcione, sino porque a veces uno insiste igual. Como quien intenta apagar un incendio con un vaso de agua.

La vida adulta suele parecerse más a esta imagen que a cualquier publicidad de cerveza. Un dolor de cabeza que no termina de irse. Un insomnio que se instala como un inquilino viejo. Una botella abierta desde hace semanas. La televisión diciendo estupideces. El mundo girando demasiado rápido para nuestras piernas.

"Necesito dormir mucho y bien", canta Solari.

Y uno entiende.

Porque llega una edad en que las grandes tragedias dejan de impresionarnos tanto como una mala noche de sueño. Los corazones rotos se curan. Las derrotas deportivas se olvidan. Pero hay madrugadas que se quedan viviendo adentro de uno durante años.

Miro la botella. Miro los remedios. No parecen enemigos. Parecen socios.

Uno promete entusiasmo. El otro promete alivio. Los dos mienten un poco. Los dos cumplen un poco.

Entonces vuelve a sonar el Indio: "A veces exagero mi humor, los martinis y los tafiroles..." Y qué confesión más perfecta. Porque no habla solamente de vermut ni de analgésicos. Habla de esos pequeños pactos que hacemos con nosotros mismos cuando la realidad pesa demasiado. El Martini para aflojar los pensamientos. El Tafirol para negociar con los dolores. Y en el medio, uno exagerando un poco las penas, agrandando algunos fantasmas y acariciando viejas derrotas como quien vuelve a tocar una cicatriz para comprobar que sigue ahí.

Hay algo de ternura en esa admisión. El Indio no culpa al mundo. No culpa a nadie. Se señala a sí mismo. Reconoce que a veces también es cómplice de sus propios naufragios. Y por eso el verso siguiente resulta tan devastador: "Hay que estar un poquito sonado para olvidarte".

Porque hay recuerdos que no se van con la voluntad. Hay ausencias que no entienden de razones. Y hay noches en las que una botella, una pastilla y una canción parecen formar una extraña fraternidad destinada a ayudarnos a cruzar la madrugada.

Quizás por eso la foto me gusta.

Porque no habla de excesos ni de festejos. Habla de supervivencia. De esos días en los que uno se las arregla como puede para seguir adelante. Con un vermut, con una pastilla, con una canción del Indio sonando bajito mientras la noche se acomoda sobre los muebles.

Y entonces recuerdo otro verso: "Me sueño durmiendo, a veces durmiendo y soñando."

Tal vez la verdadera felicidad no sea otra cosa que eso. Dormir sin fantasmas. Aunque sea por una noche.

Y si mañana vuelven los recuerdos, los dolores o las preguntas que nadie sabe responder, al menos quedará esta fotografía. Una botella, unas pastillas y una canción. El modesto inventario de alguien que, como puede, sigue negociando con la madrugada.


Jose Luis Colombini

El día que murió el Indio


 

El día que murió el Indio

 

Hoy murió el Indio Solari.

Y aunque la muerte es una noticia individual, hay personas cuya partida se parece más al cierre de una época que al final de una vida.

Esto me recordó inmediatamente a aquella noche de octubre de 1987 cuando fui con mi amigo Pililo a ver a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Córdoba.

Los Redondos todavía no eran un fenómeno de masas. No existían las peregrinaciones multitudinarias, ni los documentales, ni las remeras oficiales, ni los especialistas en explicar lo que supuestamente significaba cada verso del Indio. Eran apenas una banda extraña, con una fama que circulaba de boca en boca como circulan las cosas importantes.

El recital fue en la ex Asociación Española. Un lugar demasiado grande para la cantidad de gente que había. Apenas unos cientos.

La banda llegó con canciones nuevas que más tarde formarían parte de "Un bahión para el ojo idiota". Sonaron temas de "Gulp", de "Oktubre" y de ese futuro que todavía no tenía nombre. Hubo acoples, problemas de sonido y errores. Pero también había algo que después desapareció para siempre: la sensación de estar viendo algo que todavía no sabía en qué iba a convertirse.

La noche anterior el Indio y Skay habían terminado zapando con los cordobeses de Astroboy en algún bar perdido de la ciudad. Como suele ocurrir con las historias verdaderas, nadie parecía darle demasiada importancia. Todavía no eran monumentos. Todavía eran personas.

Hoy la gente que asegura haber estado en aquel recital llenaría el Chateau Carreras.

Y no creo que todos mientan. Simplemente sucede algo extraño con la memoria.

Primero alguien escucha una anécdota. Después la cuenta como propia. Más tarde incorpora un detalle. Luego otro. Hasta que un día el recuerdo ajeno termina ocupando una habitación entera dentro de su cabeza.

La nostalgia se convirtió en una industria. Se venden recuerdos como quien vende merchandising. Ediciones limitadas del pasado. Versiones remasterizadas de cosas que jamás ocurrieron.

Y mientras camino hacia mi trabajo —ese lugar donde tantas veces sentí que me robaban los sueños más que el tiempo— miro las vidrieras. Veo chicos usando remeras de bandas que nunca escucharon. Veo personas enamoradas de personajes descubiertos hace dos semanas en una red social. Veo identidades compradas en cuotas.

Entonces pienso en el Indio. Pienso en aquella noche con Pililo. Pienso en esos trescientos locos desperdigados en un salón enorme. Y entiendo que lo que extraño no es solamente al músico. Extraño una época en la que las cosas todavía no venían explicadas. Cuando uno se acercaba a una banda, a un libro o a una idea porque algo lo empujaba desde adentro y no porque un algoritmo lo había puesto de moda.

Por eso hoy no murió solamente un cantante.

Murió una parte de esa Argentina subterránea donde los mitos todavía eran secretos.

Y mientras escribo esto, levanto la vista y veo colgado en la pared de mi cuarto aquel cuadro de "Oktubre" con su disco dorado. El vidrio devuelve mi reflejo mezclado con la tapa del álbum. Durante unos segundos no sé quién está mirando a quién.

Quizás sea eso lo que hacen los artistas cuando atraviesan una vida entera.

Terminan formando parte de nuestra propia cara. Y cuando se van, sentimos que el espejo pierde algo.



Jose Luis Colombini

Desde la Tristeza


"Los lectores de Crónicas"

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