Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.
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El inventario de las ausencias

El inventario de las ausencias

 

Cuando una relación termina ocurre algo extraño: de pronto aparecen las pertenencias.

Durante meses o años convivimos con ellas sin prestarles atención. Un libro olvidado en una repisa. Un par de discos mezclados con los nuestros. Una remera. Una taza. Alguna fotografía escondida entre papeles viejos.

Pero basta una separación para que esos objetos adquieran una importancia desmesurada.

Entonces comenzamos a hacer inventario.

"Creo que en su casa quedaron algunos CD."

"Debe tener una campera mía."

"Seguro todavía conserva aquella foto."

Y de repente sentimos la urgente necesidad de recuperarlos.

Lo curioso es que, si somos sinceros, la mayoría de esas cosas nos importan bastante menos de lo que creemos. Los discos pueden volver a comprarse. La remera probablemente ni la usamos. La foto sigue existiendo en algún rincón de la memoria aunque nunca vuelva a nuestras manos.

Lo que buscamos no son los objetos. Buscamos la excusa. Queremos que el teléfono vuelva a sonar. Queremos una conversación más. Queremos una última oportunidad para que algo suceda. Tal vez imaginamos que durante el encuentro ella nos dirá que se equivocó. Que nos extraña. Que todavía queda algo por salvar. Por eso las pertenencias se convierten en embajadoras de causas perdidas. Las enviamos a negociar donde ya no queda nada para negociar.

Con las cosas que ella dejó en nuestra casa ocurre algo parecido.

Muchos hombres sienten la necesidad de llamarla para que pase a retirarlas. Como si la existencia de una bolsa olvidada en un placard fuera un asunto de Estado.

No lo es. Los objetos tienen una paciencia infinita. Pueden esperar semanas, meses o años en el fondo de un cajón. No sufren. No extrañan. No necesitan respuestas.

Si ella quiere recuperarlos, encontrará la forma. Y si no los reclama, tal vez sea porque ya comprendió algo que nosotros todavía nos resistimos a aceptar: que hay historias que terminan incluso antes de que desaparezcan sus rastros materiales.

Las relaciones suelen acabar mucho antes que sus objetos.

Primero se va el amor.

Después se van las conversaciones.

Después los planes.

Después las costumbres.

Y recién mucho tiempo más tarde desaparecen los libros, los discos, las fotografías y las remeras. Por eso, cuando una historia termina, quizás lo más difícil no sea devolver las cosas. Lo más difícil es aceptar que aquello que realmente queremos recuperar nunca estuvo dentro de una caja.

 

El filo de la simplicidad: qué es la navaja de Ockham y por qué sigue siendo indispensable


 

El filo de la simplicidad: qué es la navaja de Ockham y por qué sigue siendo indispensable

 

La navaja de Ockham, también conocida como el principio de parsimonia, es uno de los criterios de razonamiento más importantes de la filosofía y la ciencia. Su idea central sostiene que, cuando existen varias explicaciones posibles para un mismo fenómeno y todas explican los hechos con la misma eficacia, conviene preferir aquella que requiere menos supuestos o hipótesis adicionales.

Este principio se atribuye al filósofo y fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham (siglo XIV), quien defendía que no era necesario multiplicar las entidades o las explicaciones más allá de lo indispensable. La formulación más conocida de esta idea es: "No deben multiplicarse los entes sin necesidad" (Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem), una frase que, aunque no aparece literalmente en sus escritos, sintetiza fielmente su pensamiento.

En términos sencillos, la navaja de Ockham no afirma que la explicación más simple sea siempre la verdadera, sino que, ante dos teorías igualmente capaces de explicar un hecho, es más razonable comenzar por la que introduce menos elementos, menos excepciones y menos conjeturas. La simplicidad, en este contexto, no significa superficialidad, sino economía de hipótesis.

Un ejemplo cotidiano ayuda a comprenderlo. Si una mañana el automóvil no enciende, una explicación probable es que la batería se haya descargado. Otra posibilidad sería imaginar una compleja combinación de fallas mecánicas, defectos eléctricos y condiciones ambientales extraordinarias. Mientras no existan pruebas que indiquen lo contrario, la navaja de Ockham aconseja investigar primero la causa más sencilla y habitual: la batería.

Este principio se aplica de manera constante en la investigación científica. Cuando dos modelos explican un mismo conjunto de datos con idéntica precisión, los científicos suelen inclinarse por el más simple, ya que resulta más fácil de comprobar, comprender y poner a prueba. Del mismo modo, en la medicina, los profesionales suelen considerar primero los diagnósticos más frecuentes antes de explorar enfermedades extremadamente raras, siempre sin descartar nuevas posibilidades si la evidencia así lo exige.

Es importante señalar que la navaja de Ockham no constituye una ley absoluta ni una garantía de verdad. La realidad puede ser compleja, y en muchas ocasiones la explicación correcta resulta ser la más elaborada. Por ello, este principio debe entenderse como una herramienta metodológica que ayuda a ordenar el razonamiento y a evitar explicaciones innecesariamente complicadas cuando una más sencilla explica adecuadamente los hechos.

En definitiva, la navaja de Ockham nos invita a pensar con rigor y prudencia: antes de construir teorías complejas, conviene preguntarse si una explicación más simple no basta para comprender aquello que observamos. Es un principio que, más de seis siglos después de su formulación, sigue siendo una guía fundamental para la filosofía, la ciencia y el pensamiento crítico.

 

 Pode leer: l La navaja de Ockham contra la paranoia del lector

 

El mito de la razón fría

El mito de la razón fría

 

Cada tanto aparece una palabra nueva que promete haber descubierto algo que la filosofía viene pensando desde hace más de dos mil años.

Ahora le toca al "sentipensar". Se presenta como una superación de la racionalidad occidental, como si Occidente hubiera sido un desierto emocional donde nadie se preguntó jamás por el vínculo entre razón y afectos.

Pero basta abrir la “Ética a Nicómaco” para encontrar a Aristóteles explicando que una vida buena exige educar tanto la razón como las pasiones. O leer a Spinoza, para quien comprender nuestras emociones es el camino hacia la libertad. O a Nietzsche, que desconfía de la razón pura pero jamás renuncia al pensamiento. Incluso Merleau-Ponty hizo del cuerpo la condición misma de toda experiencia.

Reducir la tradición occidental al "pienso, luego existo" es tan simplista como reducir las filosofías orientales a frases para Instagram.

Una cosa es cuestionar la hegemonía de ciertos modos de conocer —crítica necesaria después de siglos de colonialismo y epistemicidios—. Otra muy distinta es reemplazar el estudio por consignas de autoayuda, o creer que "vibrar alto" constituye una teoría del conocimiento.

El problema no es sentir. El problema es cuando sentir pretende sustituir a pensar.

Porque las emociones explican cómo vivimos el mundo; las ideas intentan comprender por qué ese mundo es como es. Y para entender, por ejemplo, por qué existe la explotación, por qué se produce la desigualdad o cómo funciona el capitalismo, hace falta algo más que buena energía. Hace falta leer. Hace falta discutir. Hace falta estudiar.

Como diría el meme: "Fuera, hippie... andá a comer flores." Pero, antes de irte, llevate un ejemplar de “El capital”. Quizás descubras que Marx también hablaba de la vida, solo que empezaba por entender cómo se produce.




 

La derrota cultural en la era del scroll y el reel

La derrota cultural en la era del scroll y el reel

 

Federico Fellini dijo alguna vez que “la televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”. Durante décadas esa frase pareció exagerada. Después llegaron internet, las redes sociales y el teléfono convertido en una prolongación de la mano. Entonces comprendimos que el problema nunca fue el aparato. Era el espejo.

Hoy ya casi nadie se sienta frente a un televisor esperando el horario de un programa. La pantalla viaja en el bolsillo. Ya no hay conductores; hay influencers. Ya no hay zapping; hay scroll infinito. Cambió el formato, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué tipo de cultura construimos con aquello que elegimos mirar durante horas?

No creo que un reel sea el enemigo. Tampoco un video de treinta segundos o un TikTok. Sería demasiado sencillo culpar a la herramienta. El problema comienza cuando el fragmento reemplaza a la obra, cuando el resumen suplanta al libro, cuando la frase motivacional ocupa el lugar de la filosofía y cuando creemos haber comprendido un tema complejo porque alguien lo explicó con música de fondo y subtítulos gigantes.

Vivimos en la era de la velocidad. Todo debe consumirse rápido. Leer quinientas páginas parece un acto de resistencia. Ver una película de tres horas exige una paciencia casi arqueológica. Pensar antes de opinar se volvió un lujo.

No es casual. Un ciudadano que apenas sostiene la atención durante veinte segundos difícilmente pueda enfrentarse a un ensayo, una novela de Dostoievski o una sinfonía completa. La cultura deja de ser un territorio de exploración para convertirse en un catálogo de estímulos instantáneos.

La derrota cultural no consiste en mirar videos cortos. Consiste en perder el deseo de ir más allá de ellos.

Lo inquietante es que confundimos información con conocimiento. Nunca hubo tanto acceso a bibliotecas, cursos, documentales y archivos como ahora. Sin embargo, pocas veces hubo tanta ansiedad por evitar cualquier contenido que demande esfuerzo intelectual. Sabemos un poco de todo y profundizamos en casi nada.

Los algoritmos entendieron algo que nosotros preferimos ignorar: nuestra atención vale más que nuestra inteligencia. Por eso premian el escándalo antes que la reflexión, la indignación antes que el argumento, el impacto antes que la belleza. No porque exista una conspiración, sino porque eso mantiene los ojos pegados a la pantalla.

Y, sin embargo, la responsabilidad sigue siendo nuestra.

Cada libro abierto es una pequeña insurrección contra el algoritmo. Cada película vista sin consultar el celular. Cada conversación larga. Cada poema releído. Cada disco escuchado de principio a fin.

La cultura nunca fue un espectáculo de fuegos artificiales. Siempre fue una construcción lenta. Una biblioteca. Un museo. Un teatro. Un aula. Un café donde alguien se atreve a formular una pregunta difícil.

Quizá Fellini hoy no hablaría de la televisión. Hablaría del vértigo. De una civilización que parece incapaz de demorarse en una idea. De una época que confunde movimiento con profundidad.

No temo que desaparezcan los libros. Temo algo peor: que dejen de parecernos necesarios.

Porque el verdadero síntoma de la decadencia cultural no es que existan millones de reels. Es que cada vez menos personas sientan curiosidad por aquello que un reel jamás podrá contener.

 

Schopenhauer desayuna conmigo

 

Schopenhauer desayuna conmigo

 

Me levanto y el mundo ya está ahí, reclamando algo. Que produzca. Que desee. Que mejore. Que sea feliz. Como si la felicidad fuera un trámite pendiente en la AFIP del alma.

Yo, en cambio, desayuno despacio. Abro un libro por cualquier página. Vuelvo a una película que casi nadie recuerda. Escucho discos que hace años dejaron de sonar en la radio y fotografío lluvias, sombras o ventanas como si todavía escondieran algún secreto. Hay quienes coleccionan experiencias; yo he coleccionado obsesiones. Nunca aprendí a distinguir del todo cuándo estaba viviendo y cuándo simplemente estaba reuniendo material para escribir sobre ello.

Durante años estuve convencido de que jamás podría realizarme —ni mucho menos ser feliz— hasta encontrar a la mujer adecuada. Esa certeza no nació de la experiencia, sino de una educación sentimental bastante defectuosa: canciones de post-punk y dark escuchadas como si fueran tratados de filosofía; novelas y películas interpretadas con más melancolía que inteligencia; una sensibilidad casi SAD (Seasonal Affective Disorder), capaz de convertir cualquier tarde nublada en la prueba irrefutable de que el universo estaba mal construido. Todo parecía repetir la misma idea: que el amor era la condición indispensable para justificar la existencia.

Como era de esperar, las mujeres reales rara vez se parecían a las que yo había imaginado entre discos, libros y películas. El problema nunca fueron ellas. El problema era el guion que yo llevaba escrito de antemano.

Schopenhauer lo habría entendido enseguida. Después de todo, parecía convencido de que el día empezaba mal simplemente porque empezaba.

Con los años comprendí que el error no era enamorarme. El error era creer que la felicidad era un lugar al que se llega. Una meta. Un premio. Una fotografía sonriente subida a Instagram con un filtro Valencia y una frase robada de un estoicismo mal digerido. Pero no.

Para Schopenhauer, vivir significa estar sometidos a la Voluntad: una fuerza ciega e insaciable que jamás deja de empujarnos hacia un nuevo deseo. Deseás. Conseguís.

Te acostumbrás. Te aburrís. Y volvés a desear.

No hay descanso. Apenas una tregua entre dolores.

La felicidad, sostenía desde su escritorio oscuro del siglo XIX, no es un estado positivo. Es, en el mejor de los casos, la interrupción momentánea del sufrimiento. El placer no es felicidad; es apenas el instante en que el dolor sale a tomar un café antes de regresar. Por eso la vida no es heroica ni trágica. Es repetitiva.

El mundo no está mal diseñado. Está diseñado exactamente así. Si fuera un lugar pensado para hacernos felices, probablemente no necesitaríamos alcohol, música, sexo, pantallas, libros de autoayuda ni frases motivacionales impresas en una taza. Gran parte de lo que llamamos disfrute no deja de ser una forma elegante de anestesia.

Schopenhauer no te dice: "Sé feliz". Te dice algo bastante más incómodo: "No seas ingenuo." No esperes demasiado. No conviertas cada expectativa en una deuda que el mundo jamás prometió pagar. No hagas depender tu paz de aquello que nunca estuvo bajo tu control.

La sabiduría no consiste en conquistar la felicidad, sino en reducir el sufrimiento evitable. Lo demás llega solo, casi siempre sin invitación.

Aun así, existen pausas. El arte, por ejemplo. Escuchás una canción. Leés un poema. Mirás una película que no necesita un final feliz para justificar su existencia.

Durante unos minutos dejás de querer cosas. Dejás de perseguir objetivos. Dejás de ser alguien empujado por la Voluntad para convertirte simplemente en alguien que contempla. Y, apenas por un instante, el mundo deja de doler. Después vuelve.

La ética tampoco salva. Ser una buena persona no garantiza la felicidad. Pero, al menos, evita aumentar el infierno de los demás. La compasión no corrige el mundo; apenas baja un poco el volumen del grito colectivo. Y si uno decide ir todavía más lejos —si ya está cansado de perder siempre la misma batalla— aparece el ascetismo: querer menos, necesitar menos, esperar menos. No como una virtud moral ni como un sacrificio heroico, sino como una estrategia de supervivencia.

Schopenhauer no promete luz al final del túnel. Promete algo bastante más honesto:

Menos golpes contra las paredes.

En un mundo obsesionado con "estar bien", imagino a Schopenhauer sentado en la barra de un bar, con un café ya frío entre las manos. No levantaría demasiado la voz. Simplemente diría: —No vinimos a ser felices. Vinimos a aprender a soportar la existencia con un poco de dignidad. Y, curiosamente, cuando uno deja de perseguir la felicidad como si fuera una obligación moral, aparece algo inesperado. No alegría. No euforia. Lucidez. Una forma silenciosa de paz que ya no necesita engañarse para existir.

Quizá Schopenhauer nunca aprendió a ser feliz. Pero sí aprendió algo mucho más difícil: dejar de exigirle al mundo aquello que el mundo jamás prometió.

Desde entonces, cada mañana desayuna conmigo. No para amargarme el café.

Sino para recordarme que, a veces, vivir con menos ilusiones también puede ser una forma de libertad.

Los próceres también tenían cuentas que pagar


 Los próceres también tenían cuentas que pagar

 

La historia tiene una costumbre irritante: cuando uno empieza a leerla de verdad, deja de parecerse a los actos escolares.

Primero cae el caballo blanco. Después el bronce. Finalmente, el pedestal.

Hace unos días vi un meme. Un supuesto indígena, con gesto de decepción, señalaba una galería de próceres de la independencia. El texto decía algo así como: "Cuando descubres que los próceres de la independencia eran criollos, masones y acaudalados... ¿Qué clase de habitantes originarios oprimidos son éstos?"

Me reí. Los memes tienen esa virtud: en diez segundos condensan una provocación que a un ensayo le llevaría veinte páginas desarrollar.

El problema empieza cuando dejamos de reírnos demasiado pronto.

Durante décadas nos enseñaron una historia de manual. Había héroes impecables. Villanos perfectamente identificables. Patriotas de un lado. Españoles del otro. Como si el nacimiento de una nación hubiera sido una película de Disney.

Después llegó la reacción inversa. La moda consistió en destruir estatuas, no literalmente sino intelectualmente. Entonces nos explicaron que los próceres eran todos ricos, criollos privilegiados, comerciantes, terratenientes, masones o miembros de alguna logia conspirativa. Como si la independencia hubiera sido apenas una reunión de accionistas discutiendo quién administraba mejor el negocio.

Ambos relatos son cómodos. Y por eso mismo sospechosos.

Sí, muchos de los líderes independentistas pertenecían a las élites coloniales. San Martín provenía de una familia militar. Belgrano estudió en Europa. Moreno era abogado. Pueyrredón era un hombre de fortuna. La mayoría eran criollos ilustrados, hijos del mundo que estaban intentando cambiar.

Pero precisamente ahí reside la paradoja.

Las revoluciones casi nunca empiezan entre los más pobres. Empiezan cuando una parte de las élites deja de creer en el orden existente y encuentra aliados mucho más abajo. La Revolución Francesa no la inició un campesino. La independencia norteamericana tampoco nació en una asamblea de obreros. Las ideas suelen viajar primero en bibliotecas antes que en trincheras.

Después llegan las trincheras. Porque las guerras no las ganan solamente quienes las piensan. Las ganan fundamentalmente quienes las pelean.

Y ahí aparecen miles de nombres que casi nunca aprendemos. Gauchos. Pardos. Negros libertos. Mestizos. Indígenas. Campesinos. Mujeres que cosían uniformes, escondían armas, cruzaban mensajes o alimentaban ejércitos enteros sin figurar jamás en un cuadro al óleo.

La independencia fue una negociación permanente entre intereses distintos. Algunos querían libertad comercial. Otros soñaban con una república. Algunos defendían privilegios locales. Otros hablaban de igualdad. Incluso había quienes imaginaban una monarquía constitucional gobernada por un descendiente de los incas.

Nada fue tan simple. Quizás esa sea la enseñanza más incómoda.

Nos gusta imaginar que la historia avanza gracias a santos o a demonios. Nos tranquiliza repartir certificados de pureza o de corrupción. Pero los seres humanos somos bastante menos prolijos. Las grandes transformaciones suelen estar hechas de convicciones nobles, ambiciones personales, oportunismo, ideales, mezquindades y un poco de azar. Todo mezclado. Por eso me gustan estos memes. No porque tengan razón. Sino porque obligan a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.

Si un meme consigue que alguien cierre las redes sociales y abra un libro de historia, ya hizo más por el pensamiento crítico que muchas clases donde todavía desfilan próceres sin contradicciones o conspiraciones sin pruebas.

La historia nunca fue un altar. Tampoco un tribunal. Es, más bien, una conversación interminable entre el pasado y nuestras preguntas del presente. Y cada tanto, curiosamente, esa conversación empieza con una imagen absurda compartida en Facebook y termina obligándonos a revisar todo aquello que creíamos saber.

El éxito es una excepción

 

El éxito es una excepción

 

Vivimos en una época que nos miente con una sonrisa.

Nos dice que cualquiera puede ser exitoso. Que basta con desearlo, levantarse a las cinco de la mañana, tomar agua con limón, escuchar un podcast motivacional y repetir frente al espejo que somos invencibles. Nos venden el éxito como si fuera una estación de tren donde todos tenemos reservado un asiento.

Pero las estadísticas, la historia y la vida cotidiana cuentan otra cosa.

Marcelo Bielsa lo resumió con una lucidez que incomoda: “el éxito es una excepción”.

La frase parece sencilla, pero dinamita uno de los grandes relatos del siglo XXI. Porque si el éxito es excepcional, entonces la vida de la mayoría de nosotros no puede medirse con esa vara.

La inmensa mayoría de los seres humanos no pasará a la historia. No levantará una Copa del Mundo, no ganará un Premio Nobel, no fundará una empresa multimillonaria ni será tendencia en las redes sociales. La mayoría simplemente trabajará, criará hijos, enterrará padres, pagará cuentas, tendrá derrotas silenciosas y, de vez en cuando, alguna alegría.

Y eso no tiene absolutamente nada de mediocre.

Nos educaron para admirar únicamente a quienes llegan a la cima. Nunca a quienes sostienen el mundo desde abajo.

Nadie entrevista al hombre que durante cuarenta años abrió una biblioteca a las siete de la mañana. Nadie convierte en documental a la enfermera que hizo miles de guardias sin esperar un aplauso. Nadie escribe biografías del empleado municipal que jamás aceptó una coima o del maestro rural que enseñó a leer a tres generaciones.

Sin embargo, allí está la verdadera arquitectura de una sociedad.

El capitalismo descubrió hace tiempo que la frustración también es un negocio. Si convencés a alguien de que debería ser extraordinario y no lo consigue, venderle cursos, libros, aplicaciones o promesas se vuelve mucho más fácil. La industria de la autoayuda necesita personas convencidas de que vivir una vida común es fracasar.

Pero quizá el fracaso sea otra cosa.

Tal vez fracasar no sea perder una final ni quedarse sin un ascenso. Quizá fracasar sea abandonar la propia dignidad para obtener un resultado. Mentir para ganar. Pisar cabezas para llegar antes. Convertirse en aquello que uno despreciaba.

Bielsa suele poner el foco donde casi nadie mira: en los medios, no solamente en los fines. En la nobleza del recorrido antes que en la fotografía del podio.

Porque el podio dura unos minutos. La vida, en cambio, ocurre durante el camino.

Conozco personas que nunca fueron exitosas según los parámetros del mercado y, sin embargo, poseen una riqueza que no cotiza en ninguna bolsa: pueden dormir tranquilas. Conservan amigos de hace treinta años. Nunca necesitaron disfrazarse para ser aceptadas. No hicieron fortuna, pero tampoco hipotecaron el alma.

Eso también es una forma de victoria. Quizá la más difícil.

La próxima vez que alguien les pregunte qué lograron en la vida, tal vez no haga falta enumerar títulos, premios o reconocimientos. Alcanza con responder que intentaron recorrer el camino sin dejar de ser quienes eran. Porque el éxito, como decía Bielsa, es una excepción.

La dignidad, en cambio, debería ser la regla.


El viento frío de Kabul

El viento frío de Kabul

 

Los vientos a veces traen lluvia. A veces traen frío y a veces se llevan las nubes y el clima mejora.

El viento de Kabul trae historia. Trae pólvora. Trae nombres que Occidente recuerda apenas durante unas semanas y luego vuelve a olvidar.

Nunca estuve en Kabul. Sin embargo, hay ciudades que uno conoce por las cicatrices. Las he recorrido en libros, en documentales, en fotografías de agencias de noticias donde siempre parece faltar el sonido. Porque las guerras son así: vemos las explosiones, pero nunca escuchamos el silencio que queda después.

Kabul descansa a casi mil ochocientos metros de altura, entre las montañas del Hindu Kush. Durante siglos fue un lugar de paso. Por allí cruzaban comerciantes de la Ruta de la Seda, peregrinos, ejércitos y conquistadores. Alejandro Magno pasó cerca. Los mongoles dejaron su marca. Los británicos aprendieron, con sangre, que Afganistán no era un territorio fácil de dominar. Los soviéticos también lo aprendieron. Después los estadounidenses.

Hay una vieja frase, atribuida a distintos autores, que llama a Afganistán "el cementerio de los imperios". Quizá sea una exageración, pero contiene una verdad incómoda: casi todas las potencias que quisieron moldear ese país terminaron descubriendo que la geografía también tiene memoria y que las montañas pueden derrotar a los ejércitos.

En 1979 llegaron los tanques soviéticos. Diez años después se fueron dejando un país roto. La guerra civil terminó de pulverizar lo que quedaba y, en 1996, aparecieron los talibanes con la promesa de imponer orden. El precio fue la libertad. Las mujeres desaparecieron del espacio público, las escuelas cerraron para las niñas, la música fue condenada como si una canción pudiera poner en peligro un régimen.

Entonces llegó el 11 de septiembre de 2001. Las Torres Gemelas cayeron en Nueva York y las bombas comenzaron a caer sobre Kabul. Durante veinte años el mundo creyó estar escribiendo una nueva historia. Se construyeron escuelas, universidades, hospitales. Nació una generación que aprendió a usar internet antes que un fusil y que imaginó un país distinto. Pero las guerras nunca terminan cuando lo anuncian los presidentes.

En agosto de 2021 el mundo volvió a mirar Kabul durante apenas unos días. Bastaron unas imágenes para resumir veinte años de ocupación: personas colgadas de un avión que intentaba despegar, madres levantando a sus hijos por encima de los alambrados del aeropuerto, hombres corriendo detrás de una promesa de escape. Después las cámaras se fueron. Como siempre.

Pienso en eso desde este rincón de Traslasierra, donde el viento también baja frío de las sierras en invierno. La distancia entre Villa Dolores y Kabul parece infinita, pero no lo es tanto. Hay un hilo invisible que une todas las ciudades donde la gente intenta simplemente vivir mientras la Historia —con mayúsculas— insiste en pasarles por encima.

Tal vez por eso me cuesta hablar de Kabul como si fuera solo un conflicto internacional. Detrás de cada titular hay alguien que prepara té, alguien que acomoda libros en una biblioteca medio vacía, alguien que se enamora, alguien que entierra a un hermano. La geopolítica suele olvidar que las estadísticas tienen rostro.

El viento frío de Kabul no llega hasta nosotros cargando nieve. Llega cargando preguntas. ¿Cuánto dura la compasión del mundo? ¿Cuánto tarda una tragedia en convertirse en una noticia vieja? ¿En qué momento dejamos de mirar porque otra guerra, otro escándalo o un algoritmo decidió cambiar de tema?

Quizá el verdadero frío no esté en Kabul. Quizá esté en nosotros, en esta facilidad con la que aprendimos a convivir con el dolor ajeno. Mientras tanto, allá, entre las montañas del Hindu Kush, el viento sigue soplando. Y alguien, como hace mil años, vuelve a cerrar la puerta de su casa esperando que esta noche tampoco llegue la guerra.


 

La Luna me sigue




La Luna me sigue

 

Salgo a caminar cuando Villa Dolores todavía bosteza. Hay un silencio raro a esta hora, como si el pueblo todavía no hubiera decidido despertarse. Los perros ladran a nadie, el frío muerde las manos y la Luna, enorme, blanca, obstinada, aparece sobre los techos.

Doblo por una esquina. Ella también. Cruzo la plaza. Sigue ahí.

Camino varias cuadras y tengo la absurda sensación de que me acompaña, de que me vigila, de que decidió hacer conmigo esos treinta y tantos minutos de caminata que separan mi casa del trabajo.

Sé que es una ilusión. La aprendí de chico. Sin embargo, la sensación persiste. Los ojos insisten en contarme una historia que la razón desarma apenas interviene.

Mientras camino evoco a Paul Feyerabend.

Él desconfiaba de esa vieja certeza que heredamos casi sin pensar: la idea de que nuestros sentidos son testigos confiables de la realidad. Creemos que primero vemos y después entendemos. Pero quizás ocurra exactamente al revés. Tal vez vemos según aquello que ya aprendimos a interpretar.

La Luna no me sigue. Pero mis ojos fabrican un mundo donde eso parece suceder. Y el problema no termina ahí. Porque tampoco el lenguaje es inocente. Decimos "la Luna sale", "el Sol se pone", "el cielo está quieto". Ninguna de esas frases describe literalmente lo que ocurre. Son acuerdos. Atajos. Metáforas tan antiguas que terminaron disfrazándose de realidad.

No vemos el mundo. Vemos una traducción del mundo. Los viejos escépticos ya sospechaban algo parecido. Se preguntaban qué ocurriría si existieran fenómenos para los cuales la especie humana no posee ningún sentido. ¿Cómo descubriríamos aquello que, por definición, no podemos percibir?

Es una pregunta inquietante.

Los murciélagos dibujan el espacio con ultrasonidos. Las serpientes perciben el calor. Las abejas distinguen patrones ultravioletas invisibles para nosotros. Cada especie habita un universo distinto construido por sus sentidos.

¿Y si el nuestro fuera apenas una versión diminuta de algo infinitamente más vasto?

La ciencia respondió ampliando nuestros ojos. Inventó telescopios, microscopios, radiotelescopios y detectores capaces de registrar partículas que jamás veremos directamente. Pero Feyerabend volvió a sembrar la incomodidad: tampoco los instrumentos hablan por sí solos. Siempre hace falta una teoría que les dé sentido. Hasta la evidencia necesita un intérprete. Mucho antes, Nicolás de Cusa había llegado a una intuición semejante. La llamó “docta ignorancia”. No era un elogio de la ignorancia, sino una crítica a la arrogancia intelectual. El verdadero sabio no es quien cree haber llegado al final del conocimiento, sino quien comprende que cada respuesta abre una pregunta todavía mayor.

Pienso en eso mientras sigo caminando.

Vivimos en una época donde todo el mundo parece tener una opinión definitiva sobre cualquier asunto. Las redes sociales convirtieron la duda en un defecto. El algoritmo premia las certezas rotundas, los diagnósticos instantáneos, las explicaciones simples para problemas complejos. Decir "no lo sé" casi parece un acto de cobardía.

Y, sin embargo, quizá sea una de las frases más inteligentes que un ser humano puede pronunciar. Porque la ignorancia peligrosa nunca fue la del que desconoce. Siempre fue la del que cree haber entendido el universo después de leer un hilo de Twitter, mirar un video de un minuto o memorizar cuatro citas de filósofos que jamás leyó completos.

Sigo caminando.

La Luna continúa sobre mi hombro, paciente, como si realmente me estuviera siguiendo. Ya no me interesa demostrar que es una ilusión óptica. Prefiero pensar que funciona como una metáfora.

Cada uno carga su propia Luna: esa pequeña certeza que parece acompañarnos a todas partes y que confundimos con la realidad.

Quizá vivir consista en eso. En aprender, una y otra vez, que el mundo siempre es mucho más grande que nuestros ojos, mucho más complejo que nuestras palabras y mucho más misterioso que nuestras certezas.


 



Einstein en Barrio Parque


 

Einstein en Barrio Parque

 

Hay días en que la ciencia se parece demasiado a la literatura.

No porque mienta. Al contrario. Porque encuentra una manera elegante de decir lo que nosotros apenas intuíamos.

Leí que, si un hombre viajara cinco años en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz, al regresar descubriría que en la Tierra habían pasado décadas. Para él, apenas un lustro. Para los demás, una vida entera.

Los físicos lo llaman dilatación del tiempo.

Yo pensé inmediatamente en otra cosa. Pensé en la gente que uno pierde sin que se muera.

Camino todas las mañanas por las calles de Barrio Parque rumbo al trabajo. Son treinta y tantos minutos. Los mismos árboles. Los mismos perros que ladran detrás de las rejas. Algún vecino barriendo una vereda como si con la escoba pudiera ordenar también el mundo. Me pongo los auriculares. Suena Bowie. Después Joy Division. A veces Miles Davis. Otras, el Indio. Y mientras el cuerpo avanza por Villa Dolores, la cabeza viaja a una velocidad que ningún físico logró medir.

En media hora puedo volver a Mendoza en 1987.

Puedo estar otra vez en una pieza prestada leyendo a Borges hasta que amaneciera. Escuchar el ruido de un cassette entrando en un walkman. Oler un libro usado comprado con la plata justa. Volver a esa pelopincho donde una madrugada, con un amigo y una botella de vino barato, creíamos que “Ummagumma” era una puerta secreta hacia otro universo.

Después cruzo la avenida. Un auto toca bocina. Y vuelvo. Pero no vuelvo igual.

Einstein decía que el tiempo depende del movimiento. Yo sospecho que también depende de la memoria.

Hay personas que viven cuarenta años sin moverse un centímetro de sí mismas. Recorren siempre los mismos pensamientos, los mismos prejuicios, las mismas conversaciones. Cambian de ropa, de celular, de gobierno, pero siguen habitando el mismo cuarto interior.

Y hay otras que en una tarde de lluvia, leyendo un libro, atraviesan siglos.

No hace falta una nave espacial. Alcanza con enamorarse. O con perder a alguien. O con quedarse demasiado tiempo escribiendo. Porque escribir también es una forma extraña de viajar. Uno se sienta frente a una pantalla convencido de que pasó una hora. Levanta la vista. Afuera ya cambió la estación. El mate está frío. Los perros duermen. La ciudad siguió con su rutina mientras uno discutía con un adjetivo o perseguía una frase que se negaba a aparecer.

Los relojes dicen que pasaron tres horas. El cuerpo jura que fueron quince minutos.

¿Quién tiene razón? Quizás los dos. Quizás ninguno.

Tengo la certeza que el tiempo del calendario y el tiempo del alma nunca firmaron un acuerdo. Por eso las pérdidas llegan de golpe. Uno se cruza con un viejo amigo en la calle y descubre que tiene el pelo blanco. No entiende cuándo ocurrió. Recibe una foto de sus hijas y, de pronto, ya no son las nenas que corrían entre los libros de la casa. Entra a la habitación donde antes estaba la voz de su madre y descubre que el silencio también envejece.

Entonces recuerda aquella teoría de Einstein. Y por primera vez deja de parecerle física.

Empieza a parecerle una autobiografía. Tal vez todos vivimos viajando cerca de la velocidad de la luz sin saberlo.

Los enamorados.

Los lectores.

Los músicos.

Los que coleccionan discos como quien junta pedazos de tiempo. Los que todavía guardan cartas, entradas de recitales, fotografías desteñidas o el olor de una biblioteca donde aprendieron que el mundo era mucho más grande que el barrio.

Todos viajamos. Lo que cambia es el combustible. Algunos usan querosén. Otros usan nostalgia. Y cuando finalmente regresamos, descubrimos que el universo hizo su trabajo silencioso. Los árboles crecieron. Los perros ya no están. Los amigos aprendieron a vivir con otras ausencias. Y nosotros volvemos con la ingenua esperanza de que alguien haya puesto el tiempo en pausa.

Nunca ocurre. Quizás por eso me sigue emocionando Einstein. No porque haya explicado el universo. Sino porque, sin proponérselo, terminó escribiendo una de las mejores metáforas sobre lo que significa llegar tarde a la propia vida.

Al final, la relatividad no habla solamente de la velocidad de la luz. Habla de esa vieja tristeza que todos conocemos. La de regresar creyendo que apenas pasaron cinco años...

y descubrir que el mundo entero siguió envejeciendo sin nosotros.

Cuando un país grita al mismo tiempo

Cuando un país grita al mismo tiempo

 

Hay un instante en que Argentina deja de ser un territorio para convertirse en un ruido.

No importa si uno está en Buenos Aires, en Villa Dolores, en Ushuaia o en un departamento perdido del conurbano. Tampoco importa si la pantalla es un televisor de sesenta pulgadas o un celular con la batería agonizando. Cuando la pelota entra, el país entero pronuncia la misma palabra al mismo tiempo.

Gol.

Y durante unos segundos desaparecen las diferencias. La gente se abraza, se grita, se llora.

Esta tarde, frente a Egipto, parecía que el Mundial se nos escapaba entre los dedos. El reloj avanzaba con la crueldad de quien disfruta del sufrimiento ajeno. Dos goles abajo. Un penal errado. La sensación insoportable de que ni Messi podía torcer el destino.

En esos minutos el silencio argentino era extraño. No era resignación. Era esa fe testaruda que solo entiende quien nació mirando fútbol. Esa superstición absurda que obliga a cambiarse de asiento, apagar la televisión diez segundos, dejar de mirar o abrazar una estampita como si todavía viviéramos en la Edad Media, o colocar una cabeza de ajo sobre el televisor.

Porque en Argentina nunca dejamos de creer.

Será porque este es un pueblo acostumbrado a vivir cuesta arriba. Un país que conoce las crisis, las derrotas y las promesas incumplidas. Un país que aprendió, a fuerza de golpes, que rendirse nunca fue una opción. Quizá por eso el fútbol nos representa tanto: porque cuando parece que todo está perdido, seguimos corriendo. Seguimos metiendo. Seguimos creyendo. Lo llamamos garra. Lo llamamos corazón. Lo llamamos huevos. Pero, en el fondo, es la obstinación de un pueblo que hizo de la remontada una forma de existir.

Y entonces ocurrió.

Un gol. Después otro. Y finalmente el tercero.

La remontada fue mucho más que una victoria deportiva. Fue un regreso a esa identidad que este país parece perder durante buena parte del año y recuperar únicamente cuando aparece una camiseta celeste y blanca.

En Villa Dolores, las motos comenzaron a sonar antes del pitazo final. Los primeros bocinazos se mezclaron con el ladrido de los perros, con los vecinos saliendo a las veredas y con las banderas que reaparecen de cajones donde permanecen guardadas durante meses.

Los chicos corrían envueltos en la bandera como si fueran pequeños superhéroes nacionales. Los padres se abrazaban con desconocidos. Los abuelos lloraban sin explicar demasiado. Y nadie preguntaba a quién había votado el otro. Durante una hora y media eso dejó de importar.

Siempre me llamó la atención que los argentinos podamos discutir ferozmente sobre economía, política, literatura, religión o historia, pero que frente a un Mundial recuperemos una especie de idioma común.

No es nacionalismo. Es otra cosa. Es memoria. Cada gol lleva adentro otros goles.

El de Kempes. El de Burruchaga. El de Caniggia. El de Maxi Rodríguez. El de Di María.

El de Messi.

Y ahora esta remontada imposible frente a Egipto, cuando parecía que el campeón estaba condenado a despedirse del torneo y terminó encontrando la épica en los minutos finales.

Porque hay partidos que se ganan con táctica, con talento o con suerte. Y hay otros que se ganan con ese combustible invisible que ningún entrenador puede enseñar. Esa mezcla de orgullo, rebeldía y coraje que en Argentina resumimos en una frase sencilla: no bajar nunca los brazos.

Los festejos siempre se parecen. Bocinazos. Bombos. Gente colgada de las ventanillas.

Abrazos entre personas que jamás volverán a verse. Un muchacho trepado a un semáforo. Un viejo agitando una bandera que seguramente compró para el Mundial del 78. Un niño convencido de que ese caos alegre es el estado natural del mundo.

Después todo volverá a la normalidad.

Regresarán las facturas impagas, las discusiones televisivas, la inflación, los desencuentros, las redes sociales llenas de insultos y las noticias que nos recuerdan que ningún país vive únicamente de sus alegrías.

Pero durante esta tarde ocurrió un milagro pequeño.

Cuarenta y tantos millones de personas respiraron con el mismo pulmón.

Porque el fútbol argentino tiene esa rara capacidad de fabricar comunidad allí donde la realidad insiste en fragmentarnos.

Quizás por eso seguimos emocionándonos. No porque creamos que un partido resuelve los problemas del país. Sino porque, durante noventa minutos, nos recuerda que todavía somos capaces de sentir juntos.

Y porque, cada tanto, la Selección nos devuelve una certeza que hace mucho dejó de pertenecer únicamente al fútbol: mientras haya tiempo en el reloj, mientras quede una pelota rodando y alguien dispuesto a correr detrás de ella, ningún argentino cree del todo en la derrota.

En tiempos donde casi todo nos separa, esa pasión compartida vale mucho más que una clasificación.

Vale la certeza, aunque sea fugaz, de que todavía existe un nosotros.

 

Las beguinas caminan conmigo

 

Las beguinas caminan conmigo

 

Camino por la ciudad con auriculares rotos y una idea fija: no entrar a ningún lugar.

Eso ya es un gesto político.

La Alameda de Mendoza siempre termina devolviéndome a la adolescencia: los árboles enormes, las tardes de secundaria, algún amor desteñido que todavía se esconde entre los bancos. Es una avenida antigua, hecha de sombra, librerías, restaurantes y caminantes sin apuro. Pero hoy no vine a recordar. Vine a perderme.

La ciudad insiste en encerrarme: trabajo, consumo, identidad, horario.

Yo insisto en derivar.

En una esquina —pared descascarada, un grafiti feminista, una verdulería cerrada— las veo. No aparecen como fantasmas. Aparecen como mujeres que no necesitan explicación. No llevan hábito. No llevan pancarta. No llevan marido.

Las beguinas.

Caminan como si el siglo XIII hubiera sido archivado en la carpeta equivocada. Como si el error no fuera el pasado sino la historia oficial.

Entonces aparece Foucault. Siempre aparece cuando un cuerpo se niega a obedecer.

—No es la herejía lo que se castiga —dice mientras acomoda sus anteojos—. Es la autonomía. Y tiene razón.

Las beguinas no fueron herejes. Fueron ingobernables. No podían clasificarlas. No eran esposas. No eran monjas. No eran prostitutas. No eran santas útiles. No eran pobres obedientes. Eran un error en la planilla del poder.

Habían surgido entre los siglos XII y XIII, en Flandes, Francia y Alemania. Vivían en comunidades abiertas, los beguinatos, aunque podían marcharse cuando quisieran. Trabajaban, cuidaban enfermos, enseñaban, tejían. Se mantenían solas. Rezaban sin pedir permiso y escribían sobre Dios como quien habla de un amor sin intermediarios.

Ahí comenzó el problema. Porque el poder soporta la pobreza. Tolera incluso la santidad. Lo que nunca perdona es la autonomía.

Mientras camino entre puestos de libros usados siento que una de ellas me observa desde una edición gastada de poesía mística. Tiene la serenidad de quien sabe que el archivo siempre miente. Los archivos guardan lo que el poder considera digno de recordar. Las demás vidas sobreviven como rumor. Las beguinas fueron un rumor durante siglos.

Más adelante, en una plazoleta ocupada por skaters, madres agotadas y jubilados que parecen discutir el mismo partido desde hace treinta años, Judith Butler se sienta en un banco imaginario. Escribe unas líneas en un cuaderno invisible.

—La identidad se vuelve subversiva cuando deja de repetir el guion.

Las beguinas nunca interpretaron el papel que les habían escrito. No representaban a "la mujer medieval". Fallaban en representarla. Y ahí residía toda su potencia. No querían destruir la Iglesia. Peor todavía. Descubrieron que podían vivir sin necesitarla para cada decisión. Cruzo una avenida. Los autos esperan el semáforo con esa ansiedad de quien corre para llegar a un lugar donde tampoco quiere estar.

Entonces aparece Simone Weil. Nunca anuncia su llegada. Simplemente está.

Mira el tránsito durante unos segundos y murmura: —La atención es una forma de resistencia.

Las beguinas atendían. Al dolor. Al cuerpo. Al lenguaje. A los enfermos. A Dios.

No producían indicadores. No escalaban posiciones. No buscaban reconocimiento.

Vivían con intensidad. Y eso siempre resulta sospechoso para cualquier mercado.

Empiezo a entender por qué siguen caminando conmigo.

Las beguinas fueron las monjas que escaparon antes del encierro.

Las hippies antes de que el capitalismo aprendiera a vender rebeldía en cuotas.

Las okupas espirituales que habitaban un mundo sin títulos de propiedad.

Las feministas antes de que existiera la palabra feminismo. No eran una organización. Eran una constelación. Persistían.

Con mis ojos fotografío la ciudad.

Una pareja vende suculentas junto a un mate lavado.

Un empleado público camina con el sueldo ya gastado antes de cobrarlo.

Una mujer barre la vereda mientras escucha una radio vieja.

Un perro me acompaña dos cuadras y después decide que tiene asuntos más importantes.

Yo también me arrepiento de casi todo. Menos de caminar.

En la mochila llevo a Foucault fotocopiado, Butler llena de subrayados azules y a Simone Weil doblada entre dos libros como una culpa persistente. No pesan. Pero tiran.

En el kiosco de la esquina ocurre algo raro. El tiempo se pliega. No como en Netflix.

Peor. Mal doblado. Precario. Sudamericano.

Una mujer con ropa imposible compra una Manaos tibia. Paga con monedas que jamás vi. La kiosquera no se sorprende. Acá hemos visto cosas peores. Es una beguina. O quizás Margarita Porete.

Pienso en “El espejo de las almas simples”, ese libro que escribió a fines del siglo XIII y que terminó costándole la vida. La quemaron en París, en 1310. Su obra sobrevivió escondida, copiada en secreto, porque algunas ideas aprenden a vivir bajo tierra.

Se sienta en el cordón. Ceba un mate con absoluta naturalidad.

Miro la botella de Manaos y rezo para que no aparezca el Chaqueño Palavecino.

Judith Butler se sienta a su lado.

Discuten si el mate es una práctica performativa o una identidad en disputa.

—El problema —dice la beguina— no es quién soy. Hace una pausa.

—El problema es que no pueden fijarme.

—Exactamente —responde Butler.

—Lo inestable siempre incomoda más que lo rebelde.

Anoto la frase en la memoria.

El mate ya está frío. En este país el conocimiento suele llegar con demora.

Foucault cruza la calle esquivando un colectivo que no frena. Levanta apenas la voz.

—Donde hay cuerpos que no encajan, siempre aparece una tecnología para disciplinarlos.

Las beguinas no encajaban. Muchas mujeres tampoco. Ni en el mercado. Ni en la Iglesia. Ni en un Estado que suele llegar tarde y marcharse temprano. En la Edad Media las quemaban. Hoy las invitan a emprender. Les ofrecen contratos basura. Les pagan menos. Les explican que la precariedad también puede llamarse libertad. El castigo cambió de vocabulario. No de intención.

Simone Weil permanece sentada en una plaza seca.

Observa a una madre que intenta hablar con su hijo mientras el celular reclama atención.

—La atención es la forma más rara de la generosidad.

Pienso en las mujeres que sostienen comedores. En las que cuidan. En las que escuchan. En las que llegan antes que cualquier ministerio. No siempre marchan.

No escriben manifiestos. Sostienen. Y sostener también puede ser una forma de insurrección. En una pared alguien escribió: "No queremos ser incluidas. Queremos cambiarlo todo."

Las beguinas sonríen. Ellas ya sabían que muchas veces la inclusión no es más que una forma elegante de captura. Antes de desaparecer, una de ellas me mira. Dice apenas una frase. No hace falta levantar la voz.

—No nos mataron por creer en Dios.

Silencio.

—Nos mataron por no necesitar permiso.

Después se pierde entre la gente. Como siempre hicieron. El tiempo vuelve a su lugar.

El kiosco sigue abierto. La Manaos continúa tibia. El mate sigue lavado. La precariedad también. Anochece sobre la Alameda. Los árboles dejan caer una sombra azul sobre los libros usados.

Los vendedores empiezan a guardar sus puestos. Los colectivos pasan llenos de personas que regresan a casas donde mañana volverán a levantarse temprano.

Me acomodo los auriculares rotos. No suena nada.

Sin embargo, sigo escuchando. Porque las beguinas nunca desaparecieron.

Simplemente aprendieron a caminar donde el poder deja de mirar.

No fundaron una escuela. No escribieron un programa político. No esperaron autorización.

Dejaron algo mucho más difícil de domesticar: la sospecha de que otra forma de vivir siempre es posible.

Y mientras exista alguien dispuesto a desviarse del camino marcado, ellas seguirán caminando a su lado.

También por esta Alameda. También ahora.


Cuando un triunfo también se convierte en un mensaje

 


Cuando un triunfo también se convierte en un mensaje

 

El fútbol suele venderse como un territorio neutral, una especie de refugio donde la política debería quedarse en la puerta del estadio. Sin embargo, la historia insiste en demostrar lo contrario. Desde el saludo del Poder Negro en los Juegos Olímpicos de México 1968 hasta los brazaletes, las pancartas y los gestos de solidaridad que atraviesan el deporte moderno, cada Mundial recuerda que los jugadores y los entrenadores siguen siendo personas antes que símbolos.

Esta vez ocurrió después de una victoria histórica. Egipto eliminó a Australia por penales y consiguió, por primera vez, clasificarse a los octavos de final de una Copa del Mundo. Mientras sus futbolistas celebraban el logro deportivo, el entrenador Hossam Hassan eligió otra imagen para inmortalizar la noche: ingresó al campo sosteniendo una bandera palestina.

Quienes seguimos la transmisión en vivo por televisión difícilmente olvidemos ese instante. No fue una celebración más. Ver al entrenador caminar por el césped con la bandera palestina extendida, en medio de la euforia por una clasificación histórica, tuvo una fuerza emocional imposible de ignorar. Más allá de las posiciones políticas de cada uno, la escena conmovió. Porque durante unos segundos el fútbol dejó de hablar únicamente de goles y penales para convertirse en un lenguaje de humanidad, memoria y solidaridad.

La escena recorrió el mundo en cuestión de minutos. Para algunos fue un gesto de solidaridad. Para otros, una expresión política que no debería tener lugar en una cancha de fútbol. Pero, más allá de las opiniones, la fotografía dejó de pertenecer al partido para convertirse en un documento de época.

Después del encuentro, Hassan fue todavía más explícito. Dedicó el triunfo "al pueblo egipcio y al pueblo palestino", vinculando una victoria deportiva con un mensaje que trasciende los noventa minutos y que inevitablemente remite al conflicto que desde hace meses ocupa el centro de la agenda internacional.

Las imágenes deportivas tienen esa capacidad. Un gol puede olvidarse al cabo de unos años; una fotografía, en cambio, permanece. Basta recordar a Pelé abrazado por Jairzinho, a Maradona levantando la Copa del Mundo o a Lionel Messi sentado junto al trofeo en la madrugada de Doha. Son postales que terminan contando algo más que un resultado.

La bandera palestina en manos del técnico egipcio ya forma parte de esa colección de imágenes destinadas a sobrevivir al marcador. No explica el partido. Explica el tiempo que vivimos.

Porque el fútbol podrá intentar ser únicamente un juego. Pero, cada tanto, la realidad entra a la cancha y reclama su lugar. Y quienes lo vimos en directo por televisión sentimos que estábamos presenciando algo que iba mucho más allá de un triunfo deportivo. Fue uno de esos momentos que emocionan porque recuerdan que, incluso en el escenario más competitivo del mundo, todavía hay gestos capaces de interpelar la conciencia y quedar grabados en la memoria colectiva.


La ciudad hipertrofiada: caminar Córdoba con el capitalismo respirándote en la nuca

La ciudad hipertrofiada: caminar Córdoba con el capitalismo respirándote en la nuca

 

 

Arranco por el Boulevard Juan Domingo Perón, en la zona de la Terminal de Ómnibus de Córdoba. Nadie empieza una caminata honesta en el Cerro de las Rosas.

Acá la ciudad no se maquilla: suda. Carteles rotos, persianas grafiteadas, un "SE ALQUILA" escrito con fibrón que parece más una advertencia que un aviso. La hipertrofia todavía no está en las torres; está en la tensión. En los cuerpos apurados, las mochilas pesadas, las miradas que nunca llegan a encontrarse.

Salgo a caminar como quien se hace un estudio clínico sin obra social.

La ciudad ya está despierta. Inflada como un bíceps que olvidó para qué servía la fuerza.

Un vendedor ambulante grita "¡medias, medias!" con la perseverancia de un mantra. El sistema no lo reconoce como trabajador, pero le exige rendimiento igual. Pienso en Marx. El trabajo ya no produce bienestar para quien lo hace; apenas alcanza para volver a empezar al día siguiente. Acá el capital no crece: se reproduce por desgaste.

Camino hacia el centro. En apenas tres cuadras paso del aroma de unas tortas fritas recién hechas a un café de especialidad que ofrece un brunch "consciente". Consciente de qué, nadie lo explica.

Adentro hay notebooks abiertas, auriculares enormes, gente que dice estar "laburando en lo suyo". Afuera, un hombre duerme sobre cartones. Nadie cruza una mirada. La ciudad aprendió a convivir con la desigualdad igual que con el ruido del tránsito: incomoda, pero ya no detiene nada.

Sigo por Entre Ríos. Un cartel inmobiliario tapa media fachada de un edificio antiguo.

VIVÍ LA EXPERIENCIA.

El departamento tiene veintiocho metros cuadrados. La experiencia consiste en respirar de costado.

Byung-Chul Han me cruza la cabeza como una puteada elegante: la autoexplotación funciona mejor cuando parece una elección. Elegís vivir en una caja porque "es lo que hay". Después aprendés a agradecerla.

Vidrios espejados. Torres nuevas. La misma tipografía vende rentabilidad y felicidad. Todo crece. Nadie parece respirar más profundo.

En la vereda un hombre corre con smartwatch, auriculares y una botella isotónica. Corre sin perseguir nada visible. Se persigue a sí mismo. Pienso en el perseguidor de Cortazar, me dan ganas de escuchar a Charlie Parker.

Cruzo una avenida de seis carriles. Los autos avanzan como glóbulos rojos dopados. No transportan vida; transportan ansiedad.

En una pantalla gigante alguien sonríe mostrando dientes perfectos. Debajo sólo aparece una palabra: Más. No hace falta completar la frase.

Llego al centro. Oficinas semivacías. Persianas bajas. Carteles de "LIQUIDACIÓN TOTAL". El capitalismo argentino no colapsa: se achica mal, como un músculo entrenado únicamente para resistir. La inflación es cardio forzado. El ajuste, la rutina diaria. El cuerpo social vive contracturado.

Entro a un café. Todo es madera clara, diseño escandinavo y Wi-Fi potente.

Treinta personas están solas, juntas. Nadie habla. Todos producen algo invisible: documentos, correos, proyectos, versiones mejoradas de sí mismos.

El mozo me recomienda un "blend funcional".

Revuelvo el café como si revolviera mi propia existencia mientras garabateo frases en una libreta Moleskine. Pienso que la riqueza también puede medirse por la cantidad de silencios compartidos. Acá no hay pobreza económica. Hay otra cosa: una fatiga elegante. Una miseria psíquica premium.

Termino el café demasiado rápido. Me siento asfixiado. Sigo caminando.

El cuerpo empieza a registrar lo que la cabeza venía pensando. La ciudad no invita a quedarse. Empuja. Los bancos son incómodos. Las plazas parecen salas de espera. La sombra alcanza apenas para justificar que existe.

Un gimnasio abierto las veinticuatro horas ocupa el edificio donde antes funcionaba un banco. Donde antes se guardaba dinero, ahora se fabrican cuerpos.

Detrás de las paredes de vidrio, decenas de personas levantan pesas frente a un espejo. Afuera, un jubilado revisa un tacho de basura.

La hipertrofia literal y la simbólica se saludan sin necesidad de presentarse.

Los músculos crecen. Los vínculos se encogen. El capitalismo ama los espejos: siempre devuelve una versión mejorada de vos mientras, de a poco, te roba la espalda.

Todo el triunfalismo de una persona depositado en lo más perecedero que posee: el cuerpo.

Sigo hacia el sur.

El asfalto está roto. Los colectivos pasan llenos como pulmones enfermos. Un naranjita discute con un automovilista. Más adelante, el olor húmedo de la Cañada aparece por un instante antes de volver a perderse entre el gasoil y el cemento caliente.

En una pared alguien pintó: “LA PATRIA NO SE VENDE.”

Unos metros más arriba, una gigantografía ofrece créditos en cuotas fijas. La ironía no necesita escritor. Me duelen las piernas. Pero me duele más la naturalización. Acá no hace falta imaginar una distopía. La hipertrofia del capital convive con la precariedad como dos órganos mal conectados. Crece todo aquello que no alimenta. Se debilita lo que sostiene.

Llego a una plaza. Bancos rotos. Juegos oxidados. Un grupo de pibes toma cerveza tibia mientras se ríe con una intensidad que ningún algoritmo podría medir.

Por unos minutos el sistema parece fallar. Después pasa un patrullero despacio. Hasta el ocio tiene horario. Me siento. No saco el celular. Ese gesto mínimo ya parece una forma de desobediencia.

Pienso que este país no está exhausto. Está entrenado para aguantar. Y aguantar nunca fue lo mismo que vivir.

Cuando me levanto, veo un local vacío. En el vidrio alguien escribió a mano: SE ALQUILA – CONSULTAR.

No hay precio. No hay condiciones. Sólo una promesa suspendida.

El semáforo cambia dos veces antes de que cruce. Nadie parece advertirlo. Todos miran una pantalla. Yo miro una ciudad que sigue respirando con dificultad.

Un colectivo escupe humo. El vendedor vuelve a gritar:

—¡Medias, medias!

El gimnasio enciende sus luces aunque todavía falta para que anochezca.

Todo continúa. Reflexiono que no vine a recorrer Córdoba. Vine a medir mi propio cansancio. Y descubro que la ciudad ya lo conocía antes que yo.

 


"Los lectores de Crónicas"

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