Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.
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La navaja de Ockham contra la paranoia del lector

Podes leer; El filo de la simplicidad: qué es la navaja de Ockham y por qué sigue siendo indispensable

La navaja de Ockham contra la paranoia del lector

 

Existe una forma de leer que convierte cualquier libro en un mapa del tesoro. Todo es un símbolo. Todo es una clave. Todo remite a otra cosa. Si un personaje viste de azul, representa la melancolía. Si fuma, es una crítica al capitalismo. Si llueve en la página 84, el autor está dialogando secretamente con un alquimista del siglo XVI.

A veces ocurre. La literatura está hecha de capas. Pero otras veces un paraguas es apenas un paraguas.

La navaja de Ockham propone un ejercicio de humildad. Antes de construir una teoría que necesita veinte referencias, quince entrevistas del autor y tres conspiraciones editoriales, conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿el texto necesita realmente todo eso para ser comprendido?

No se trata de defender una lectura ingenua. Borges sabía que un cuento puede contener infinitos sentidos. Eco dedicó buena parte de su obra a demostrar que un texto produce múltiples interpretaciones. Pero ambos también desconfiaban del lector que confunde interpretar con delirar.

En “Interpretación y sobreinterpretación”, Umberto Eco distingue entre descubrir posibilidades del texto y obligarlo a decir lo que nunca dijo. Ahí aparece, aunque no la nombre explícitamente, la sombra de Ockham.

La mejor interpretación no suele ser la más extravagante. Es la que logra explicar más con menos.

En tiempos de redes sociales, donde cualquier película es presentada como una teoría conspirativa de tres horas y cualquier novela parece esconder un mensaje cifrado, la navaja de Ockham resulta un saludable recordatorio: antes de imaginar un laberinto, comprobemos si no había simplemente una puerta.

Porque la crítica literaria no consiste en demostrar que somos más inteligentes que el autor. Consiste en escuchar lo que el texto puede decir antes de obligarlo a decir lo que nosotros queremos oír.

Quizá la mayor virtud de un buen lector no sea descubrir secretos inexistentes, sino reconocer cuándo el misterio ya está completo tal como fue escrito. La literatura no siempre pide una linterna para buscar significados ocultos; a veces solo exige la paciencia de mirar con atención lo que está a la vista.



 

Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora: Una lectura de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés


 

Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora.

Una lectura de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés

 Si te intereso este libro. Podes leer: Cuando la loba despierta

 

"La loba, la vieja, la que sabe, está dentro de nosotras. Florece en la más profunda psique del alma de las mujeres, la antigua y vital Mujer Salvaje. Ella describe su hogar como ese lugar en el tiempo donde el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos hacen contacto. Es el punto donde el Yo y el Tú se besan, el lugar donde las mujeres corren con los lobos".

 

Esta es el enunciado más icónico de la obra Mujeres que corren con lobos de Clarissa Pinkola, el libro publicado en 1993 que hizo merecedora a del premio de Honor Abby y el premio Gradiva de la "National Association for the Advancement of Psychoanalysis".

Este libro es uno de esos que se vuelven fenómenos editoriales por una moda pasajera. Pero la diferencia es que más de 30 años después se sigue leyendo. Claro hay una salvedad, no es una lectura fácil, requiere concentración, razonar lo que dice, pensarlo y meditarlo.  El secreto es que permanece vigente porque toca una fibra profunda de la experiencia humana.

Mujeres que corren con los lobos, publicado en 1993, fue traducido a decenas de idiomas y convertido en un clásico contemporáneo, el trabajo de Clarissa Pinkola Estés sigue siendo objeto de lectura, debate y reinterpretación más de treinta años después de su aparición.

Quizá la primera equivocación sea creer que se trata de un libro de autoayuda. No lo es. Tampoco es un manifiesto feminista en sentido estricto, aunque muchas de sus ideas dialogan con el feminismo contemporáneo. Lo que Clarissa Pinkola Estés construye es una obra situada en la intersección entre la psicología analítica de Carl Gustav Jung, la antropología, el folclore y la tradición oral.

No es casual que la autora dedicara más de veinte años a escribirla. El libro comenzó a gestarse en 1971 y fue el resultado de décadas recopilando relatos tradicionales de distintas culturas para analizarlos desde una perspectiva simbólica. Cada cuento funciona como una cartografía del inconsciente.

El concepto central de la obra es la “Mujer Salvaje”

Aquí conviene detenerse. La palabra "salvaje" suele malinterpretarse. No alude a la violencia ni a la ausencia de normas. Tampoco representa una idealización romántica de la naturaleza. En el lenguaje de Pinkola Estés, la Mujer Salvaje simboliza el núcleo instintivo de la psique femenina: la capacidad de crear, de proteger, de intuir el peligro, de amar sin perder la identidad y de resistir los procesos de domesticación cultural.

Desde una lectura junguiana, esa Mujer Salvaje puede entenderse como un arquetipo: una imagen primordial que atraviesa culturas y épocas. No pertenece únicamente a las mujeres concretas, sino que constituye una estructura simbólica del inconsciente colectivo. De allí que la autora recurra constantemente a cuentos tradicionales, porque considera que los mitos contienen conocimientos psicológicos que la modernidad ha olvidado.

El lobo, entonces, deja de ser un animal para convertirse en un símbolo.

A diferencia de la representación occidental del lobo como amenaza —desde Caperucita Roja hasta los relatos medievales—, Pinkola Estés rescata su dimensión positiva. El lobo conoce el territorio, protege la manada, posee memoria, intuición y una inteligencia que no depende exclusivamente de la razón. Es precisamente esa combinación de instinto y sabiduría la que la autora propone recuperar.

Su frase más célebre resume el corazón del libro: "La loba, la vieja, la que sabe, está dentro de nosotras."

Esa afirmación es, en realidad, una declaración antropológica y psicológica. Sugiere que la cultura patriarcal no destruyó esa naturaleza profunda, sino que logró silenciarla. La tarea no consiste en construir una identidad nueva, sino en recordar una identidad olvidada.

En este punto aparece una de las mayores virtudes del libro: evita caer en simplificaciones. Pinkola Estés no presenta a las mujeres como víctimas pasivas ni a los hombres como enemigos naturales. El conflicto que le interesa es mucho más complejo. Es la tensión permanente entre la vida instintiva y los mecanismos sociales que buscan normalizarla. En ese sentido, el libro puede leerse también como una crítica a cualquier sistema —familiar, religioso, político o cultural— que pretenda uniformar la experiencia humana. Sin embargo, esa misma perspectiva ha recibido críticas.

Desde algunos sectores de la teoría feminista se ha señalado que la autora corre el riesgo de caer en cierto esencialismo, al sugerir la existencia de una esencia femenina universal vinculada con la naturaleza, la intuición o la maternidad simbólica. Para pensadoras como Judith Butler, por ejemplo, la identidad femenina no responde a una esencia previa, sino que se construye históricamente mediante prácticas culturales y relaciones de poder.

La objeción es pertinente. ¿Existe realmente una "naturaleza femenina" o esa idea reproduce, aunque con un signo positivo, antiguos estereotipos?

Pinkola Estés respondería probablemente que no está describiendo una condición biológica, sino un territorio simbólico. Su "Mujer Salvaje" no pretende definir cómo son todas las mujeres, sino ofrecer una imagen arquetípica capaz de dialogar con la experiencia interior de muchas de ellas.

Más allá de ese debate, el libro mantiene una extraordinaria potencia narrativa.

La autora analiza relatos como “Barba Azul”, “La Mujer Esqueleto”, “Vasalisa” o “La Loba” con una habilidad poco frecuente. No se limita a interpretar símbolos; los convierte en herramientas para comprender procesos psicológicos como el miedo, la pérdida, el deseo, la creatividad, la maternidad, el duelo o la reconstrucción de la identidad.

Por eso la lectura nunca resulta académica. Cada capítulo funciona simultáneamente como ensayo, cuento y sesión de análisis.

Otro de los aciertos de la obra consiste en reivindicar el valor del relato oral. En tiempos dominados por la inmediatez, Pinkola Estés recuerda que los cuentos populares fueron durante siglos auténticos manuales de supervivencia emocional. Allí se transmitían conocimientos sobre el amor, la muerte, la traición, la violencia y la esperanza mucho antes de que existiera la psicología como disciplina.

Tal vez sea esa la razón por la cual Mujeres que corren con los lobos sigue encontrando lectores en pleno siglo XXI. En una época obsesionada con la productividad, el rendimiento y la construcción permanente de una imagen pública, la autora propone un gesto profundamente contracultural: escuchar la voz interior.

No para escapar del mundo, sino para habitarlo de otra manera.

La obra deja, además, una enseñanza que trasciende el género. Aunque fue escrita pensando en las mujeres, su reflexión alcanza a cualquier persona que haya sentido alguna vez el peso de vivir demasiado lejos de sí misma.

Cuando Pinkola Estés escribe: "Es peor quedarse donde uno no pertenece en absoluto que vagar perdido por un tiempo buscando el parentesco psíquico y espiritual que uno requiere." No está hablando únicamente de mujeres. Está hablando del costo existencial de renunciar a la propia identidad para satisfacer las expectativas ajenas.

Quizá allí resida la verdadera vigencia del libro. No porque proponga respuestas definitivas, sino porque obliga a formular una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que creemos ser pertenece realmente a nuestra naturaleza y cuánto ha sido impuesto por la cultura?

Mujeres que corren con los lobos no ofrece una receta para la felicidad. Ofrece algo más difícil: un viaje hacia el territorio donde conviven el instinto, la memoria y la libertad. Un territorio que Clarissa Pinkola Estés llama Mujer Salvaje, pero que, en última instancia, podría entenderse como esa parte esencial del ser humano que se resiste a ser domesticada.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que, tres décadas después, el eco de sus páginas todavía sigue escuchándose como un aullido en medio del bosque.


Si te intereso este libro. Podes leer: Cuando la loba despierta

Perderse a propósito: una crónica sobre “Filosofía borgeana: un juego ricotero" de Pablo Cillo


 

Perderse a propósito: una crónica sobre “Filosofía borgeana: un juego ricotero" de Pablo Cillo

 

Abrí Filosofía borgeana: un juego ricotero con la curiosidad de quien sospecha que dos mundos no deberían tocarse. Borges de un lado. El Indio Solari del otro. La literatura y el rock. La biblioteca y el estadio. Sin embargo, a las pocas páginas entendí que Pablo Cillo no intentaba demostrar una teoría: quería invitar al lector a recorrer un puente. Filosofía borgeana: un juego ricotero, de Pablo Cillo, pertenece a esa rara especie.

Confieso que abrí sus páginas con cierta desconfianza. Borges y el Indio Solari parecen habitar planetas distintos. Durante décadas nos enseñaron que uno pertenecía a las bibliotecas y el otro a los estadios; uno era patrimonio de la alta literatura y el otro, del rock argentino. Era una frontera demasiado cómoda. Y justamente por eso Cillo decide cruzarla.

No lo hace para demostrar una tesis definitiva. No pretende convencer al lector de que Borges escribió pensando en los Redondos ni que el Indio escondió citas borgianas entre sus letras. Sería un truco demasiado fácil. Lo que propone es algo mucho más interesante: un juego. Un diálogo improbable entre dos autores que nunca dejaron de desconfiar de las respuestas únicas.

A medida que avanzaba la lectura tuve la sensación de caminar por uno de esos laberintos que tanto fascinaban a Borges. Cada capítulo abría un pasillo nuevo. Cada comparación conducía a otra pregunta. No había una salida señalizada. Y esa, entendí después, era precisamente la propuesta del libro.

El corazón de ese recorrido es “El Sur”. No podía ser otro cuento. Allí están el destino, la identidad, el coraje, la muerte y esa incertidumbre que convierte cada lectura en una experiencia distinta. Cillo utiliza ese relato como una llave para ingresar también al universo ricotero, donde los personajes parecen caminar siempre al borde del sueño, del fracaso o de una revelación que nunca termina de completarse.

Mientras leía recordé una vieja costumbre de los fanáticos. La necesidad de descifrarlo todo. De encontrar "la explicación correcta" de una canción o de un cuento. Como si la literatura fuera un crucigrama y no una conversación. Cillo se planta exactamente en el lugar contrario. Lo dice con claridad cuando habla del Indio: interpretar no consiste en descubrir qué quiso decir el autor, porque ni siquiera el autor permanece idéntico a sí mismo con el paso de los años. La obra sigue viviendo mucho después de haber sido escrita.

Hay una idea que sobrevuela todo el libro y que termina siendo su mayor virtud: tanto Borges como Solari escriben desde la sospecha. Ninguno entrega verdades cerradas. Ambos obligan al lector —o al oyente— a completar el sentido. Ambos desconfían de los discursos demasiado seguros de sí mismos.

Quizás por eso el libro funciona incluso cuando algunas asociaciones pueden parecer arriesgadas. No importa tanto si cada paralelo convence por completo. Lo valioso es el ejercicio de volver a leer. De regresar a Borges después de escuchar “Luzbelito”. O de volver a las canciones del Indio con un cuento borgiano todavía resonando en la memoria.

En una de las entrevistas incluidas al final, Cillo cuenta que llegó a los Redondos después de Borges. Que fue un profesor de literatura quien le enseñó primero a leer al escritor, y que años después aplicó esa misma forma de lectura a las letras del rock. Es una confesión reveladora. Porque el libro entero parece escrito desde esa gratitud hacia la lectura entendida como una aventura y no como una colección de respuestas.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza de Filosofía borgeana: un juego ricotero. Que la cultura popular y la llamada alta cultura son etiquetas demasiado estrechas para explicar las grandes obras. Borges y el Indio hablan lenguajes distintos, pero ambos construyeron mitologías capaces de sobrevivir a sus propios autores. Ambos hicieron del enigma una forma de hospitalidad: invitan a entrar, no para encontrar una verdad definitiva, sino para perderse un poco más.

Y al cerrar el libro tuve la certeza de que Pablo Cillo nunca quiso resolver el misterio. Hizo algo mejor. Lo volvió más grande.

Cerré el libro con una sospecha. Tal vez Borges y el Indio nunca estuvieron tan lejos como nos hicieron creer. Quizás la verdadera conversación no ocurre entre ellos, sino entre nosotros, cada vez que volvemos a un cuento o a una canción convencidos de que esta vez entenderemos algo más. Y, afortunadamente, descubrimos que todavía queda un misterio.

El club de la pelea y el negocio de la masculinidad. Cuando Tyler Durden se hizo influencer

El club de la lucha y el negocio de la masculinidad. Cuando Tyler Durden se hizo influencer

 

"Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos."

En la década de los 90, un amigo en Méjico me regaló un ejemplar de “El club de la lucha”, de Chuck Palahniuk. Prefiero el título de El club de la pelea como se lo llama en Latinoamérica. Desde entonces seguí leyendo todo lo que pude de ese autor. Aquel libro llegó en un momento preciso: vivía solo, trabajaba muchas horas, ganaba poco y todavía estaba tratando de entender qué significaba ser un hombre cuando ya no existían las grandes epopeyas que habían alimentado generaciones anteriores.

Muchos leen El club de la pelea como una crítica al capitalismo. No les falta razón. El catálogo de IKEA, las oficinas impersonales, la vida reducida a consumir objetos para construir una identidad son parte esencial de la novela. Pero siempre tuve la impresión de que el blanco de Palahniuk era más profundo. El capitalismo es apenas el escenario. La verdadera historia habla de la soledad masculina.

El Narrador no está enfermo porque compre muebles. Compra muebles porque está enfermo. Vive anestesiado, incapaz de construir vínculos, sin una comunidad, sin un propósito, sin un nombre propio. Tyler Durden aparece como la fantasía de todo aquello que él cree no ser: fuerte, carismático, libre, violento, seductor, dispuesto a destruir el mundo antes que aceptar una vida gris.

Nunca me sentí identificado con el Narrador, pero sí sentí que la novela funcionaba como una advertencia. Como un manual sobre los lugares donde un hombre puede perderse cuando deja de preguntarse quién es y empieza a definir su identidad por oposición a los demás. La frustración se convierte en resentimiento. La soledad en agresividad. La búsqueda de sentido termina reemplazada por una causa cualquiera.

Con el paso de los años comprendí que Palahniuk había visto algo que todavía no existía con claridad. Tyler Durden no era un revolucionario: era el prototipo del gurú masculino contemporáneo. Hoy ya no se llama Tyler. Puede llamarse Andrew Tate, El Temach o cualquier influencer que prometa devolverle a los hombres una masculinidad supuestamente perdida mediante consignas simples, enemigos claros y obediencia absoluta.

El Proyecto Caos era eso: hombres sin identidad buscando pertenecer a algo. Los "monos espaciales" renunciaban a su nombre para convertirse en una masa uniforme. Repetían consignas, obedecían órdenes y encontraban alivio en dejar de pensar. Resulta difícil no recordar aquella frase ritual: "Su nombre es Robert Paulson." Una identidad reemplazada por un eslogan.

Quizá por eso la novela sigue siendo inquietantemente actual. Muchos leen en ella una invitación a convertirse en Tyler Durden. Creo que Palahniuk escribió exactamente lo contrario. Tyler no es el héroe; es el síntoma. Es la enfermedad tomando la palabra cuando un hombre deja de reconocer sus propias fracturas.

Al final de la novela, después de que las sedes de las compañías de tarjetas de crédito vuelan por los aires, un empleado del hospital se inclina sobre Tyler y le susurra: "Todo sigue el plan, señor Durden. Estamos esperando su regreso."

Tal vez esa sea la frase más profética del libro. Tyler nunca desapareció. Cambió de rostro. Hoy habla por micrófonos, acumula millones de seguidores y promete respuestas sencillas para hombres que siguen buscando, como el Narrador, una razón para sentirse vistos en un mundo donde cada vez resulta más difícil construir una identidad sin convertirla en un espectáculo.

 

Diferencias entre película y libro

 

La película de David Fincher (1999) es una adaptación muy fiel al libro, pero introduce cambios importantes que modifican el sentido de la historia. Curiosamente, el propio Chuck Palahniuk ha dicho en varias entrevistas que considera que el final de la película es mejor que el de su novela.

 

Estas son las diferencias más importantes:

 

1. El final

Es la diferencia más conocida. En la novela:

El Narrador se dispara, pero sobrevive.

Despierta en un hospital psiquiátrico creyendo que está en el cielo.

Los empleados del hospital son miembros del Proyecto Caos y le susurran: "Todo sigue el plan, señor Durden. Estamos esperando su regreso."

 

Es un final ambiguo: Tyler nunca desaparece del todo.

 

En la película:

El Narrador se dispara atravesándose la mejilla y "mata" simbólicamente a Tyler.

Marla toma su mano.

Ambos observan cómo explotan los edificios al ritmo de “Where Is My Mind?” de Pixies.

Es un final más romántico y cinematográfico, aunque también profundamente irónico.

 

2. Marla Singer

En el libro:

Marla es todavía más caótica, depresiva y autodestructiva. La relación con el Narrador es mucho más incómoda y menos sentimental.

 

En la película

Helena Bonham Carter la vuelve un personaje más entrañable. Existe una posibilidad de redención junto al Narrador.

 

3. Tyler Durden

Brad Pitt convirtió a Tyler en un ícono cultural.

En la novela Tyler es:

más desagradable,

más imprevisible,

más cercano a un terrorista nihilista que a un líder carismático.

 

La película, sin querer, lo vuelve demasiado atractivo. Mucha gente terminó admirando a Tyler en lugar de verlo como una crítica.

 

4. El humor

Palahniuk escribe con un humor negro muy seco.

El libro está lleno de frases absurdas, listas, repeticiones y pequeños detalles grotescos que el cine no puede reproducir del mismo modo.

La novela tiene un ritmo casi hipnótico.

 

5. El Proyecto Caos

En el libro ocupa mucho más espacio.

Se explica con más detalle cómo funciona la organización:

las reglas,

la obediencia,

los trabajos clandestinos,

el lavado de cerebro,

la pérdida de identidad.

 

Por eso resulta más evidente que Tyler está creando una secta.

 

6. La crítica social

La película enfatiza más la crítica al consumismo.

El libro pone el foco en algo más amplio:

la alienación,

la masculinidad,

la identidad,

la búsqueda de sentido,

la fascinación por los líderes.

 

Es menos "anticapitalista" de lo que suele decirse y más existencial.

 

7. La violencia

El libro es bastante más perturbador.

Hay escenas más explícitas, más enfermizas y psicológicamente incómodas que Fincher suavizó para que la película pudiera estrenarse comercialmente.

 

8. La estructura

La novela está escrita desde una mente completamente rota.

Los pensamientos del Narrador aparecen fragmentados, repetitivos y obsesivos.

La película consigue transmitir parte de eso mediante el montaje, la narración en off y los fotogramas subliminales de Tyler, pero la experiencia de lectura sigue siendo mucho más inmersiva.

 

Una diferencia de interpretación 

Quizás la mayor diferencia no está en el argumento, sino en cómo fueron recibidas.

El libro de Palahniuk parece advertir sobre el peligro de convertir el dolor masculino en una religión de la violencia y la obediencia. Tyler Durden es el síntoma de una identidad fracturada.

La película, en cambio, convirtió a Tyler —gracias al magnetismo de Brad Pitt y a la estética de David Fincher— en un ícono pop. Durante años muchos espectadores lo tomaron como un modelo a seguir, exactamente lo contrario de lo que la novela parece sugerir.

Es una ironía notable: una obra que pretendía cuestionar el culto al líder terminó creando uno de los líderes ficticios más admirados de la cultura contemporánea.

 

 

Dato curioso

 

En China ocurrió algo muy llamativo. Cuando la película comenzó a difundirse por plataformas de streaming, una versión censurada modificó el final: en lugar de las explosiones, aparecía un texto explicando que la policía había descubierto el plan, arrestado a los responsables y evitado el atentado. La alteración generó tantas críticas internacionales que posteriormente se restauró una versión mucho más cercana al final original.

En definitiva, aunque El club de la pelea tuvo continuaciones en el cómic y hasta una adaptación operística, solo existe una adaptación cinematográfica oficial, y es la de David Fincher. Su influencia fue tan grande que, para millones de personas, la imagen de Tyler Durden quedó inseparablemente ligada al rostro de Brad Pitt, algo que incluso modificó la manera en que se interpreta la novela de Palahniuk.




 

Evita: entre la historia y el mito


 

Evita: entre la historia y el mito

 

26 de julio.

 

Eva Perón murió a los 33 años, el 26 de julio de 1952, pero desde entonces dejó de ser únicamente una mujer para convertirse en una de las grandes construcciones simbólicas de la Argentina.

No importa desde qué lugar se la mire. Para unos fue la abanderada de los humildes; para otros, una figura polémica e inseparable de las tensiones del peronismo. Lo cierto es que pocas personas han despertado pasiones tan intensas, amores tan absolutos y rechazos tan persistentes. Tal vez porque Evita nunca fue solamente una dirigente política: fue una emoción colectiva.

Vuelvo hoy a dos libros de mi biblioteca. Dos maneras distintas de acercarse a una misma figura.

Felipe Pigna, en Evita. Jirones de su vida, intenta desmontar el mito para recuperar a la persona. Recorre su infancia en Los Toldos y Junín, su llegada a Buenos Aires, el encuentro con Juan Domingo Perón, la conquista del voto femenino, la Fundación Eva Perón y el vínculo, muchas veces visceral, que estableció con los trabajadores y los sectores más humildes.

Tomás Eloy Martínez, en cambio, hace el camino inverso. En Santa Evita parte de la historia para internarse en la literatura. Comprendió que, después de su muerte, Eva dejó de pertenecer solamente a los historiadores. El destino casi fantástico de su cuerpo embalsamado, ocultado durante años, trasladado clandestinamente y convertido en objeto de obsesión política parece una invención de un novelista. Sin embargo, ocurrió.

Y ahí reside una de las paradojas más fascinantes de nuestro país: la realidad argentina suele escribir argumentos que ningún editor aceptaría por considerarlos exagerados.

Los dos libros dialogan entre sí.

Pigna intenta responder quién fue Eva Duarte de Perón.

Tomás Eloy Martínez intenta comprender por qué Evita nunca dejó de existir.

Mientras uno reconstruye una vida, el otro explica el nacimiento de un mito.

Confieso que siempre me ha conmovido un aspecto de Evita por encima de cualquier discusión partidaria. Mi admiración por ella nace de una convicción profunda: la justicia social. Creo en una sociedad donde el trabajo dignifique, donde la educación y la salud sean derechos y no privilegios, donde el Estado no mire hacia otro lado cuando hay quienes quedan al margen. Esa idea de una comunidad más justa sigue teniendo vigencia y continúa interpelándonos.

Eso no significa convertir a los personajes históricos en santos. Ninguna figura pública está exenta de contradicciones. La historia exige matices, contexto y espíritu crítico. Pero también sería un error negar el impacto que Eva tuvo sobre millones de argentinos que, por primera vez, sintieron que alguien hablaba en su nombre y reconocía su dignidad.

Quizá por eso Evita sigue regresando. En los libros, en las películas, en las series, en los documentales, en las canciones, en los murales, en las discusiones familiares y en el debate político. Cada generación vuelve a preguntarse quién fue realmente, y cada época encuentra una respuesta distinta.

No todos los personajes históricos se convierten en mito. Y no todos los mitos sobreviven al paso del tiempo.

Eva Perón lo hizo.

Tal vez porque dejó de pertenecer únicamente a la biografía para ingresar en ese territorio donde habitan los grandes símbolos de una nación. Allí donde la historia aporta los hechos y la literatura intenta explicar aquello que los hechos, por sí solos, no alcanzan a decir.

Hoy, al mirar estos dos libros en mi biblioteca, no veo solamente una biografía y una novela. Veo dos formas de acercarse a una mujer que todavía nos obliga a pensar qué país queremos construir. Porque más allá de las diferencias políticas, una pregunta sigue vigente: ¿qué lugar ocupa la justicia social en la Argentina de hoy?

Y esa, quizá, sea la razón por la que Evita continúa viva en nuestra memoria colectiva.

El rebelde oculto


El rebelde oculto

 

Acabo de terminar de ver “El rebelde oculto”, la película sobre J. D. Salinger.

Mientras desfilaban los créditos pensé que, en realidad, la película no habla solamente de Salinger. Habla de todos los lectores que alguna vez encontramos un refugio en sus libros. Y durante casi dos horas no dejé de viajar a mediados de los años ochenta, cuando descubrir un autor era una aventura.

En esa época Rodrigo Fresán escribía en la revista “Pelo” una columna llamada “El cazador oculto”. Yo esperaba cada entrega con la ansiedad de mi adolescencia. Fresán escribía sobre el rock argentino y sus suburbios con una prosa que parecía caminar de madrugada por Buenos Aires.

Quería saber qué era ese Cazador oculto.

No existía internet. No había Google. Había que preguntar, recorrer librerías, confiar en la memoria de los amigos.

Mi primo Paul —el Polaco, al que llamábamos "el Hombre Santo" porque siempre estaba leyendo algo extraordinario; por entonces era “La conjura de los necios”— me dio la respuesta.

—Es un libro de un tal Salinger.

Cuando mi madre viajó a Rosario le encargué que me lo trajera.

Desde una librería me llamó por teléfono fijo. Me dijo que había conseguido “Nueve cuentos”, pero no “El cazador oculto”. Me enojé. Muchísimo.

No sabía que el libro que buscaba era el mismo que en otras ediciones se llamaba “El guardián entre el centeno”.

Además estaba la famosa leyenda negra. En la librería le habían hablado de Mark David Chapman, del atentado contra Reagan, de esa superstición absurda según la cual la novela podía volver peligrosos a sus lectores.

Mi madre dudó. Al final pudo más mi insistencia.

Leí la novela y algo cambió para siempre.

Durante mucho tiempo caminé sintiéndome Holden Caulfield. Nunca encontré otro libro que retratara la adolescencia con tanta verdad: el desconcierto, la rabia, la melancolía, la sensación de que el mundo adulto estaba construido por farsantes.

Después llegaron “Nueve cuentos”, “Franny y Zooey” y “Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción”. Descubrí que Salinger era mucho más que Holden. Era un escritor capaz de convertir una conversación, un silencio o una mirada en literatura.

Cuando murió, en 2010, escribí un texto lleno de tristeza. Todavía creía posible que algún día apareciera una continuación de Holden Caulfield. Hoy, dieciséis años después de aquella muerte, sé que esa espera también formaba parte de la experiencia de ser lector. Porque los grandes escritores nunca terminan de irse. Siguen apareciendo donde menos uno lo espera: en una película, en una vidriera, en una librería de viejo o cuando uno abre un ejemplar gastado y vuelve a escuchar esa primera frase inolvidable: "Si realmente quieres que te lo cuente..."

La película no es perfecta. Simplifica algunas zonas de la vida de Salinger y convierte ciertos conflictos en escenas demasiado convencionales. Pero tiene un mérito enorme: recuerda que detrás del mito había un hombre obsesionado con escribir una obra verdadera, aunque el precio fuera desaparecer del mundo.

Mientras veía “El rebelde oculto” entendí que el verdadero protagonista nunca fue Salinger. Éramos nosotros. Los adolescentes que alguna vez buscamos un libro sin saber exactamente qué íbamos a encontrar y terminamos encontrándonos a nosotros mismos.



 

Los ciegos custodian el infinito


Los ciegos custodian el infinito

 

Entré a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno un martes cualquiera. En Buenos Aires, sin embargo, los martes nunca son del todo corrientes: son días metafísicos. No prometen nada, pero igual exigen todo.

Afuera, Recoleta relucía con esa prolijidad de catálogo inmobiliario donde los árboles parecen haber firmado un contrato con la estética. Adentro, el edificio diseñado por Clorindo Testa emergía sobre el terreno como una nave brutalista detenida en medio del tiempo: mitad fortaleza de hormigón, mitad templo laico del conocimiento. Siempre me produjo la misma impresión. No invita; desafía.

No era la primera vez que cruzaba esas puertas. De chico fui varias veces con mi familia. Después volví siendo adolescente y conservo un recuerdo especialmente nítido de una visita en 1995, cuando la Biblioteca estaba dirigida por Héctor Yanover.

Yanover era mucho más que un administrador de libros. Escritor, editor, gestor cultural y fundador de la inolvidable Librería Norte, en Las Heras 2225, uno de esos lugares donde Buenos Aires todavía respiraba literatura antes de que las librerías comenzaran a parecer sucursales de aeropuertos.

Durante los años ochenta peregrinaba hasta allí buscando poesía, editoriales pequeñas y autores que en las librerías comerciales parecían inexistentes. Fue entre esos estantes donde vi por primera vez los libros de Antonin Artaud, Rimbaud y Lautréamont. También descubrí buena parte del catálogo de Argonauta, la editorial de Aldo Pellegrini, imprescindible para cualquiera que quisiera asomarse al surrealismo en castellano.

En 1987 compré allí “La máquina de follar”, de Charles Bukowski. Todavía recuerdo la sensación de salir con ese libro bajo el brazo como quien acababa de cometer una pequeña transgresión.

La Librería Norte también estaba hecha de leyendas. En 1967 Gabriel García Márquez firmó ejemplares de la primera edición argentina de “Cien años de soledad”, publicada por Sudamericana. Saber que uno caminaba por el mismo lugar donde había estado el colombiano le daba al espacio una densidad casi mítica. Algunas librerías venden libros. Otras conservan fantasmas.

Recuerdo una época: Si llegabas temprano, antes de que el edificio despertara del todo, te ofrecían una taza de mate cocido con una rasquetita —a veces un criollo—. Era un gesto sencillo, casi doméstico. Nadie hablaba de políticas culturales ni de democratización del conocimiento. Bastaba ese mate caliente para entender que la Biblioteca también podía ser un lugar de abrigo. Hoy esa escena parece improbable. Los protocolos reemplazaron a la hospitalidad, aunque el olor de los libros siga siendo el mismo.

Volví a la Biblioteca hace apenas un par de años. Ese lugar espacio de encuentro y cuidado. Pensé en Borges, por supuesto. Es casi imposible entrar allí sin que su sombra aparezca antes que el ascensor. Pero esa vez pensé menos en el escritor y más en la institución. Me pregunté qué hacemos realmente con todos estos libros. Qué significa custodiar millones de páginas en una época donde la velocidad reemplazó a la lectura y la información confundió a la inteligencia.

Subí las escaleras con la extraña sensación de estar entrando a un santuario sin religión. La seguridad revisó mi mochila con cordialidad burocrática. Dejé afuera el termo y el mate, obedeciendo un reglamento que parecía haber sido redactado para proteger a los libros incluso del vapor del agua caliente.

En la entrada, un cartel pedía silencio.

No era un silencio natural. Era un silencio administrado. Como si alguien hubiera reglamentado hasta la forma correcta de callar.

El aire olía a papel envejecido, madera, polvo y Estado. Hay edificios públicos que huelen a expediente. La Biblioteca huele a archivo. Es una diferencia sutil, pero decisiva.

Mientras caminaba sentí algo difícil de explicar: no era yo quien observaba los libros. Eran ellos los que parecían registrar mi presencia. Los libros nunca juzgan; simplemente conservan memoria.

La historia de la Biblioteca Nacional condensa una de las imágenes más extraordinarias —y cruelmente precisas— de la cultura argentina: Jorge Luis Borges dirigiendo una biblioteca cuando ya casi no podía verla. No se trata únicamente de una ironía biográfica. Es una alegoría. La del conocimiento enfrentado a sus propios límites.

Pero Borges no estuvo solo.

Existe una curiosa continuidad histórica que algunos llaman, exagerando apenas, el "linaje maldito". Tres directores de la Biblioteca Nacional perdieron la vista mientras ejercían el cargo: José Mármol, Paul Groussac y Jorge Luis Borges.

Los tres administraron un universo de libros que ya no podían contemplar.

La paradoja parece escrita por el propio Borges.

En 1955, cuando asume la dirección, su ceguera era casi absoluta. Años después convertiría esa circunstancia en uno de los poemas más memorables de la literatura argentina:

"Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría de Dios,

que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche."

 

No era una queja. Era una filosofía. Borges comprendía que el conocimiento no dependía únicamente de los ojos y que toda biblioteca, por más gigantesca que fuera, siempre estaba condenada a ser incompleta.

Más tarde diría aquella frase tantas veces repetida: "Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Pero el paraíso borgiano nunca fue un edificio perfectamente ordenado. Era un laberinto. Una totalidad imposible.

Un archivo donde cada libro remitía a otro y donde el infinito terminaba siendo más importante que el catálogo. Por eso Borges fue un director tan singular. No modernizó la institución. No multiplicó públicos. No diseñó grandes programas culturales.

Sin embargo, dejó una huella más profunda que muchas administraciones ejemplares.

Mientras otros dirigían una biblioteca, Borges terminó convirtiéndola en un símbolo universal. Y mientras caminaba por esos pasillos comprendí que tal vez el verdadero poder de una biblioteca nunca estuvo en los libros que conserva, sino en las preguntas que obliga a hacerse a quienes la recorren.

La sala de lectura se desplegaba como una llanura silenciosa. Mesas interminables, lámparas verdes, cabezas inclinadas sobre libros abiertos. Había estudiantes preparando exámenes, investigadores que parecían llevar décadas ocupando la misma silla, jubilados leyendo diarios viejos y algunos lectores inclasificables, esos que uno sospecha que no vienen únicamente a leer, sino a demorarse.

Cada uno ejecutaba un pequeño ritual. Alguien copiaba citas a mano como si todavía creyera que escribir con birome modifica el pensamiento. Otro subrayaba compulsivamente un ensayo. Una chica levantaba la vista cada pocos minutos para perderse detrás del ventanal. Un hombre hojeaba un volumen enorme con la delicadeza de quien sostiene un animal dormido.

Entonces entendí que una biblioteca nunca es un depósito de libros.

Es un refugio. Un refugio contra el ruido. Contra la velocidad. Contra la obligación permanente de producir algo.

Pedí un libro cuyo título ya no recuerdo. Curiosamente, nunca recuerdo los libros que más me marcaron; recuerdo los lugares donde los encontré.

Esperé. La espera forma parte de la experiencia. No es una falla del sistema: es el sistema.

Michel Foucault habría disfrutado ese mecanismo. El archivo siempre administra el acceso al saber. Clasifica, ordena, demora. El conocimiento nunca aparece inmediatamente; exige atravesar protocolos, formularios, catálogos y números de inventario. Incluso cuando parece libre, alguien decidió antes cómo debía ser encontrado.

Mientras esperaba, recorrí con la vista las estanterías cerradas. Miles de libros permanecían ocultos detrás de una arquitectura pensada para conservar antes que exhibir.

La Biblioteca Nacional tiene algo de monasterio y algo de fortaleza. Custodia el conocimiento como si todavía existiera el peligro de que alguien quisiera incendiarlo.

Pensé en todas las épocas en las que leer fue un acto peligroso. Después pensé en esta época. Ahora leer ya no parece peligroso. Parece inútil. Y esa sospecha me inquietó mucho más.

Vivimos rodeados de información y, sin embargo, cada vez cuesta más encontrar pensamiento. Hay datos en abundancia, opiniones en exceso y comprensión en retirada. El mercado convirtió la atención en mercancía y la lectura lenta pasó a ser una excentricidad. Quizá por eso seguimos viniendo a las bibliotecas. No para refugiarnos del pasado. Sino del presente.

Me senté cerca de una joven que leía a Simone de Beauvoir con la concentración de quien intenta resolver algo más que una tesis. Del otro lado, un hombre subrayaba a Kant con una intensidad desproporcionada. Pensé que probablemente ninguno de los dos encontraría respuestas definitivas. Pero tampoco habían venido a buscarlas. Habían venido a sostener preguntas. Eso también es una forma de resistencia.

Cuando finalmente llegó mi libro, lo abrí con el cuidado casi religioso con el que se abren los objetos que sobrevivieron a varias generaciones.

El papel crujió. Leí unas pocas páginas. Mi cabeza, sin embargo, decidió viajar por otro lado. Pensé en la inflación. En los alquileres. En los mensajes que nunca respondemos.

En el trabajo. En el tiempo. Cerré el libro. Sentí culpa. Volví a abrirlo. Leí otro párrafo.

Otra vez me distraje. Y entonces apareció una verdad incómoda.

No venimos a la Biblioteca únicamente para leer. Venimos a confirmar que todavía somos capaces de pensar. Hay algo de representación en ese gesto. Casi un teatro íntimo. Como esos festivales folklóricos donde algunos se disfrazan de gauchos durante un fin de semana para regresar el lunes a la oficina. Nosotros hacemos, a veces, cosplay de intelectuales. Y no está mal. Toda cultura necesita también sus pequeñas ceremonias. Bajé a las salas de exposiciones.

Fotografías.

Manuscritos.

Cartas.

Objetos cuidadosamente iluminados detrás de vitrinas. El pasado aparecía domesticado. Convertido en patrimonio. Todo estaba impecablemente ordenado.

Todo estaba inmóvil.

La historia tiene esa costumbre de volverse prolija una vez que deja de ser peligrosa.

Mientras caminaba entre las vitrinas sentí que alguien avanzaba a mi lado.

No escuché pasos. Simplemente estaba ahí.

Paul Groussac. Traje oscuro. Bigote perfectamente recortado. Mirada severa.

La clase de hombre que parecía considerar que la mediocridad era una ofensa personal.

Se detuvo frente a una mesa. Observó a los lectores. Después me miró.

—Monsieur... —dijo con una calma que intimidaba—. Leer no consiste en pasar los ojos sobre un texto. Leer es permitir que el texto pase por usted.

No respondí. Continuó caminando.

—La Biblioteca nunca fue un refugio democrático. Fue una aduana. Aquí se entra para demostrar paciencia.

Quise discutirle. Hablarle de educación pública. Del acceso universal. De las bibliotecas populares. Pero mientras lo escuchaba comprendí algo incómodo. Toda lectura exige un esfuerzo que nadie puede hacer por nosotros.

No basta con abrir un libro. Hay que dejar que el libro nos desordene. Cuando levanté la vista, Groussac ya no estaba.

Había desaparecido entre las estanterías como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.

Subí al ascensor. Las puertas se cerraron lentamente. Éramos dos. Yo...

...y Jorge Luis Borges.

Llevaba el bastón en una mano y una sonrisa apenas insinuada.

No parecía perdido. Parecía conocer la Biblioteca mejor que cualquiera. Antes de que pudiera decir una palabra, habló.

—No busque libros. Busque extravíos. El conocimiento nunca estuvo en los estantes.

Está en aquello que uno no esperaba encontrar.

Lo miré.

Quise preguntarle cómo había dirigido una biblioteca sin verla.

Él sonrió.

—Tal vez esa haya sido mi ventaja. El director que cree verlo todo termina creyendo que puede ordenar el mundo. Yo sólo aprendí a perderme.

Las puertas del ascensor se abrieron. Borges descendió. No giró la cabeza. No hizo falta. Parecía conocer exactamente el camino. Como si hubiera comprendido mucho antes que nosotros que toda biblioteca importante termina siendo un laberinto.

Manual breve para caminar con fantasmas latinoamericanos

 

 Manual breve para caminar con fantasmas latinoamericanos

 Una crónica sobre literatura latinoamericana, exilios, fantasmas y esa obstinación de seguir escribiendo cuando el mercado ya decidió que no vale la pena.

Caminábamos con Daniel —chileno, errante, viajero incansable, exiliado por herencia aunque no por decreto— y hablábamos de literatura como se habla de los países perdidos: con amor, rabia y una culpa que nunca termina de encontrar dueño.

Cada paso era una frontera. Cada baldosa, una dictadura mal cerrada.

Daniel conserva esa ironía fina que sólo sobrevive en quienes aprendieron a desconfiar demasiado temprano. Caminábamos sin rumbo, que es la única manera honesta de hablar de libros. La ciudad olía a humedad, a café recalentado y a librerías donde los ejemplares envejecen esperando a un lector que todavía no sabe que los necesita.

—La literatura —dijo Daniel— es un error hermoso.

—O una trampa —contesté—. Como la rayuela: promete cielo y siempre termina devolviéndote barro.

Saltábamos de un autor a otro como quien juega al tejo sobre un mapa roto de América Latina.

—Uno no se exilia solamente del país —dijo Daniel—. También se exilia del idioma.

—Y cuando vuelve, descubre que las palabras cambiaron de dueño.

Fue entonces cuando lo vimos.

Alto. Desgarbado. Un saco demasiado grande para cualquier época. Fumaba con la misma naturalidad con que otros respiran.

Julio Cortázar estaba apoyado contra un poste, mirando ninguna parte. Que es, probablemente, la mejor manera de mirar todas.

No pareció sorprendido de encontrarnos. Tal vez nos estaba esperando desde hacía décadas.

—Ustedes caminan raro —dijo.

—¿Cómo?

—Como si pensaran.

Daniel me clavó un codazo.

Yo pensé: “la concha de la lora... estamos dentro de un cuento.”

Cortázar sonrió apenas.

—El exilio empieza cuando tu país deja de hablarte y vos ya no sabés en qué idioma responderle.

Nos pusimos a caminar con él como si hubiera sido la cosa más natural del mundo. La literatura enseña una regla sencilla: cuando aparece lo imposible, no se lo interroga; se lo acompaña.

—Hoy la literatura latinoamericana se vende como artesanía de lujo —le dije.

—Sí —respondió Julio—. La rebeldía también aprendió a tener departamento de marketing.

Daniel dejó escapar una risa breve. Una risa de postdictadura.

Pensé en Hunter Thompson, en Polosecki, en Tom Wolfe. En ese periodismo que deja de mirar la escena desde afuera y decide embarrarse con ella.

Esto no era una entrevista. Era una infección.

—¿Todavía sirve escribir? —preguntó Daniel.

Cortázar dejó caer la ceniza.

—Mientras haya alguien intentando domesticar las palabras, va a hacer falta alguien dispuesto a desobedecerlas.

No dijo más. No hacía falta.

Las calles comenzaron a repetirse. Pasamos dos veces frente a la misma librería cerrada. En la vidriera había un cartel escrito con marcador negro.

“NOVEDADES: REEDICIONES DEL PASADO.”

Daniel lo leyó en silencio. Ninguno de los dos comentó nada.

Al doblar la esquina apareció Borges.

No caminaba.

Esperaba. Como esperan los bibliotecarios cuando saben que todos terminaremos entrando alguna vez.

—No exageren —dijo sin levantar demasiado la vista—. La política también es una forma de ficción.

—Pero algunas ficciones torturan.

Borges guardó silencio unos segundos.

—Yo imaginé laberintos. Otros decidieron habitarlos.

Nadie insistió. La conversación siguió respirando.

En otra librería un cartel volvió a detenernos.

"He salido un momento a pedir la mano de Rosaura, la hija del sastre. Llevo demasiado tiempo solo. Si acepta, huiremos juntos de la ciudad, nos casaremos en la primera iglesia que encontremos en el camino y tendremos dos hijos. Al mayor lo llamaremos Anselmo, por mi abuelo. De lo contrario, volveré en cinco minutos."

Seguimos unos metros.

Más adelante, apoyado contra un bar que probablemente nunca existió, estaba Roberto Bolaño.

Tenía ojeras de insomnio continental y un cigarrillo consumiéndose entre los dedos.

Nos observó como se observa a quienes sobrevivieron a una guerra distinta.

—El problema nunca fue la dictadura —dijo—. El problema siempre fue el negocio del olvido.

Pensé en los suplementos culturales, en los festivales literarios, en los algoritmos recomendando novelas inofensivas.

—¿Y el amor? —preguntó Daniel.

Bolaño sonrió.

—El amor dura menos que un poema.

Hizo una pausa.

—Pero un buen poema sigue buscando a quien lo escribió mucho después de que el amor se fue.

Daniel citó una frase de “Los detectives salvajes”: —"Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético."

Los tres sonreímos con esa sonrisa incómoda de los adolescentes que nunca terminamos de dejar de ser.

En un banco, como si hubiera estado allí desde el principio, Ricardo Piglia escuchaba la conversación. Una vieja grabadora descansaba sobre sus piernas. No parecía interesado en intervenir. Sólo registraba. Como hacen los verdaderos narradores.

Cuando finalmente habló, fue apenas un murmullo.

—La literatura no cambia el mundo.

Hizo una pausa.

—Le cambia el relato al poder. Por eso molesta.

Borges aplaudió despacio.

Bolaño apagó el cigarrillo.

Cortázar levantó la vista hacia un cielo donde las nubes parecían párrafos tachados.

Por un instante tuve la impresión de que ninguno de los cuatro había muerto.

Simplemente habían dejado de aparecer.

Las fechas empezaron a mezclarse.

1976.

1977.

1978.

Mañana.

Las dictaduras ya no llevaban uniforme. Ahora hablaban el idioma del mercado. Un editor pasó corriendo con un manuscrito bajo el brazo.

—Esto no vende —gritó—. Demasiado político. Demasiado triste. Demasiado latinoamericano.

Bolaño lo vio perderse en la esquina.

—Ya volverá.

—¿Quién?

—El mercado siempre regresa cuando se queda sin imaginación.

Nadie respondió.

De pronto advertimos que otra vez éramos dos. Los fantasmas habían desaparecido. O quizá habían vuelto a esconderse dentro de los libros.

La ciudad recuperó su forma. Daniel encendió un cigarrillo.

—¿Los viste... o los leíste?

Lo pensé un momento.

—No importa.

“Lo importante es que nos caminaron.”

A mitad de cuadra sentí un papel dentro del bolsillo del saco. No recordaba haberlo guardado.

Era una hoja arrancada de un libro. No tenía número de página. Sólo una frase escrita a lápiz.

"La literatura siempre llega antes que la historia y mucho después de los historiadores."

No había firma.

Daniel la leyó.

—¿Quién escribió esto?

Doblé la hoja con cuidado.

—No importa.

Las mejores frases terminan pareciendo anónimas.

Pasamos frente a la librería “Postales Japonesa”. En la puerta, mi amigo Andrés, que regentea el lugar, había dejado un cartel.

“ESTOY ENFRENTE, EN EL CAFÉ. BUSCAME O PREGUNTÁ POR MÍ.”

Detrás de nosotros alguien tosió. No nos dimos vuelta.

Los fantasmas son como los perros: si sienten que los llamás, te siguen.

La ciudad volvió a hacer ese ruido extraño que hacen las bibliotecas cuando nadie las escucha.

Entramos al café. Andrés dejó tres tazas sobre la mesa sin preguntar cuántos éramos.

Afuera empezaba a llover una lluvia vieja, de esas que parecen caer desde otra década.

Hablamos de libros, de derrotas, de países que todavía buscan su idioma.

Cuando salimos, las calles estaban vacías. O eso creímos. Porque durante un instante alguien encendió un cigarrillo detrás de nosotros.

No nos dimos vuelta.

Hay fantasmas que sólo siguen caminando mientras alguien siga leyendo.




Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de distancia. Sobre Alejandro Nicotra


 

 

Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de distancia.

Sobre Alejandro Nicotra

 

 

La poesía se alimenta siempre de los fulgores y los fuegos de este mundo. Sólo el poeta posee el extraño poder de desgarrar la unidad interna del ser sin destruir sus esencias.

De Alejandro Nicotra aprendí muchas cosas. Aprendí que la poesía es una palabra que a veces pesa sobre las manos y que, otras veces, es la distancia más corta entre un corazón y otro. Aprendí que para romper las reglas primero hay que conocerlas. Aprendí también que los rencores, las dudas y los desengaños suelen ser parte del camino; que muchas veces, mientras creemos estar perdidos, estamos construyendo la mejor versión de nosotros mismos.

No me arrepiento de no haber compartido más tardes con él. Me queda algo más valioso: la admiración. Me queda el recuerdo de aquellas clases de secundaria en las que me enseñó a amar la poesía. A descubrir que la literatura no era un adorno del lenguaje, sino una forma de mirar el mundo.

Sus poemas están profundamente ligados a su existencia. En ellos laten los paisajes, la infancia, los afectos, el amor y la memoria. Son versos donde la ausencia de artificios formales resalta todavía más la autenticidad de una voz que se expresa con hondura y sencillez. Su poesía es un manantial de agua fresca frente a los males de nuestro tiempo; un bálsamo capaz de acompañarnos por senderos oscuros sin perder nunca la esperanza.

Alejandro nos habla desde sus páginas y nos invita a entrar en su mundo. Allí la poesía florece como los azahares de las naranjas amargas: discreta, luminosa y persistente.

A través de su obra logré fundirme con un corazón hermano y enfrentar cada día la pesadez de la rutina y el hastío. Gracias a sus versos pude volver a mirar las estrellas, escuchar el silencio de la noche y reconocer que amo la poesía desde aquel primer instante en que transformó mi manera de habitar el mundo.

Decía Nicotra: «La poesía no es un sortilegio. La consecuencia de un poema, como la de cualquier rama del arte, se localiza en su capacidad para exponer la realidad, para desengañar y gritar verdades que enmudecen». Ser poeta, entonces, no es un privilegio ni una pose; es un desafío.

Recuerdo las reuniones del café literario, cuando compartíamos nuestros primeros textos y nos preguntábamos si éramos poetas o no. Quizá lo sabíamos intuitivamente, pero necesitábamos la confirmación de los otros, el gesto cómplice de quienes caminaban por las mismas calles y pisaban el mismo barro.

Con el tiempo comprendí algo que Alejandro enseñaba sin necesidad de proclamarlo: los buenos poetas suelen comenzar escribiendo malos poemas. Esos primeros intentos, torpes y desordenados, contienen sin embargo la semilla de una mirada. Porque la poesía no nace de la perfección, sino de una forma particular de estar en el mundo.

Y fue él, junto a otros maestros y padres putativos que encontré en el camino, quien me enseñó una verdad fundamental: lo importante no es escribir bien o escribir mal; lo importante es tener una actitud poética ante la vida.

El poeta no se siente diferente. Son los demás quienes se lo señalan. Alguna vez alguien le dice: «Usted es distinto, usted no tiene nuestro molde». Y esa herida permanece abierta para siempre. Ser poeta es cargar con esa herida y convertirla en palabra.

Preferir la poesía es caminar muchas veces en contramano. No es una elección práctica. Pero tiene la extraña virtud de sobrevivir al tiempo y de seguir convocándonos aun después de la muerte. Porque el mundo mismo es un poema escrito que también nos escribe: un árbol, un atardecer que regresa desde la memoria, una flor que se abre lentamente ante nuestra mirada.

Quise escribirte un homenaje, Alejandro. Sin embargo, esta tormenta de recuerdos, gratitud y felicidad desborda cualquier intento de ordenarla en palabras. Levanto entonces el rostro para recibir esta lluvia dulce y necesaria que tu memoria provoca.

Ya no hay necesidad de llorar. El cielo se derrama por vos, Poeta con mayúsculas.

Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de distancia.

 

 

 

Jose Luis Colombini


"Los lectores de Crónicas"

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