Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.
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El trago que se bebe contra el miedo


 

El trago que se bebe contra el miedo

 

En las tradiciones de cualquier cultura existen bebidas que se toman para brindar y otras para olvidar. Pero en esta parte del mundo, tenemos un ritual que se bebe para seguir adelante.

La caña con ruda no nació en un laboratorio ni en una destilería de prestigio. Nació donde nacen las cosas importantes: en el borde de la necesidad. En los pueblos guaraníes, donde agosto no era un mes cualquiera. Era el tiempo del frío persistente, de las enfermedades, de la tierra que todavía no devolvía lo sembrado. Agosto era una prueba.

Quizá por eso nuestros abuelos nunca dijeron "feliz primero de agosto". Decían otra cosa, más sencilla y más profunda: "¿Ya tomaste la caña con ruda?".

La pregunta no era gastronómica. Era una forma de cuidar al otro.

La botella suele pasar el resto del año en un rincón oscuro de la alacena. Parece un objeto cualquiera: vidrio, caña, unas ramas de ruda flotando como si el tiempo hubiera quedado suspendido dentro. Pero cuando llega el primer día de agosto, esa botella deja de ser una bebida y se convierte en una ceremonia.

Siete sorbos, dicen algunos. Tres tragos, responden otros. Hay quienes prefieren un vaso entero. Como toda tradición verdadera, nunca necesitó ponerse de acuerdo en los detalles. Lo esencial siempre fue el gesto.

Porque nadie cree, en el fondo, que unas hojas maceradas puedan cambiar el destino. Lo que cambia el destino es otra cosa: la necesidad profundamente humana de encontrar un pequeño refugio frente a la incertidumbre.

Vivimos rodeados de tecnología, algoritmos y estadísticas. Sabemos explicar casi todo. Sin embargo, cada primero de agosto seguimos levantando un vaso de caña con ruda. No por ignorancia, sino porque hay preguntas que la ciencia responde y otras que pertenecen al territorio de los símbolos.

Todos necesitamos creer, aunque sea por un instante, que existe un ritual capaz de espantar los malos tiempos.

Tal vez por eso esta costumbre sobrevivió a las generaciones. Pasó de los pueblos originarios a las familias criollas, de los patios de tierra a los departamentos de las ciudades. Sobrevivió porque nunca habló solamente de una bebida. Habló del deseo obstinado de seguir vivos.

Cada sorbo es una conversación silenciosa con quienes estuvieron antes. Con los abuelos que preparaban la botella meses antes, con las madres que recordaban la fecha, con los vecinos que golpeaban la puerta para preguntar si ya era hora de brindar contra agosto.

En tiempos donde casi todo parece descartable, la caña con ruda nos recuerda que algunas tradiciones no se sostienen por obligación, sino por afecto.

Y quizás ahí resida su verdadero poder. No en ahuyentar la mala suerte.

Sino en recordarnos, una vez al año, que nadie atraviesa los inviernos completamente solo cuando todavía existen rituales compartidos.

 

 

En agosto

una vieja trajo caña

y ardió la noche

en la garganta.

Uno a uno

se fueron los demonios

para que agosto

no secreteara

con la muerte,

una vieja trajo caña

y ruda

dijo, por ocultos designios

de la mente,

para que el corazón

no descienda esta quebrada.

El primero de agosto

una mujer

conjuro en la piel

magia

y deseo.

 

Andrés Utello

De su libro Enebro año 2005 Ediciones La Luna Que

La camiseta que cruzó una frontera

 

La camiseta que cruzó una frontera

 

Entre el polvo, el miedo y la incertidumbre, una camiseta azul y oro llamó la atención del mundo.

Las redes hicieron lo de siempre: convirtieron una tragedia en un meme. "Boca está en todos lados", escribieron miles. Y es cierto. Boca aparece en una favela de Río, en un barrio de Tokio, en una aldea africana, en una cárcel, en un puerto, en una tribuna o en una frontera.

Pero esta vez la camiseta contaba otra historia. No era un hincha yendo a la cancha. Era un joven dejando atrás su país. No corría hacia un estadio, sino hacia una oportunidad. No perseguía un gol, sino un futuro. Quizás eligió esa camiseta porque era la que tenía. Quizás porque realmente es de Boca. Tal vez alguien se la regaló. Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que el fútbol tiene esa extraña capacidad de sobrevivir a todo. A las guerras, a las crisis económicas, al exilio y a las fronteras. Una camiseta puede convertirse en un pedazo de identidad cuando todo lo demás quedó del otro lado del mar.

Detrás del escudo había una persona. Un nombre. Una familia. Una historia que probablemente nadie viralice. Porque las fronteras separan países, pero no los sueños. Y el fútbol, a veces, termina siendo el único idioma que ambos lados entienden.


Las Malvinas también juegan


 

Las Malvinas también juegan

 

Argentina volvió a derrotar a Inglaterra en un Mundial. Otra vez. Como si la historia, caprichosa y obstinada, insistiera en escribir el mismo capítulo con protagonistas distintos. Ya no estaban Rattín discutiendo con un árbitro alemán que no hablaba su idioma. Ya no estaba Maradona dibujando con la zurda la carrera más hermosa de la historia del fútbol. Ya no estaban los penales de Saint-Étienne ni Beckham expulsado. Estaban estos pibes, nacidos muchos años después de 1982, llevando sobre los hombros una memoria que no vivieron, pero que heredaron.

Cuando terminó el partido desplegaron una bandera sencilla. Apenas una tela blanca y unas letras negras escritas sin pretensiones estéticas: "Las Malvinas son Argentinas".

No fue una jugada preparada. No cambió el resultado. No agregó un gol al marcador. Pero transformó un festejo deportivo en un gesto que excede al fútbol.

Siempre aparecen quienes repiten que deporte y política no deben mezclarse. Lo curioso es que esa frase suele pronunciarse únicamente cuando la política les incomoda. Porque el fútbol nunca fue un laboratorio estéril. Siempre cargó con las cicatrices de los pueblos, con sus orgullos, sus derrotas y sus memorias.

Las Malvinas no son una consigna de ocasión. Son una ausencia. Un nombre pronunciado en las escuelas, en las familias de los excombatientes, en los cementerios donde todavía hay cruces mirando un viento que no entiende de diplomacias. Para un argentino, esas dos palabras nunca son indiferentes.

Quizá por eso la imagen duele y emociona al mismo tiempo. No porque resuelva un conflicto internacional. No porque una bandera pueda modificar la geografía. Sino porque recuerda que los pueblos también conservan memoria a través de sus símbolos.

En 1966 expulsaron a Rattín como si hubiera encarnado la insolencia de todo un país. En 1986 Maradona respondió con fútbol, con picardía y con una obra de arte. En 1998 otra vez hubo tensión, penales y heridas abiertas. En 2002 Inglaterra volvió a imponerse desde los doce pasos. Y ahora, en 2026, otra generación escribió su propia página.

No creo que el fútbol cure las heridas de la historia. Pero, a veces, las ilumina durante noventa minutos.

Mientras los jugadores abrazaban esa bandera improvisada, pensé que millones de argentinos no estaban viendo únicamente una semifinal. Estaban mirando una fotografía donde el deporte, la memoria y la identidad volvían a encontrarse. Es que hay partidos que se ganan con goles y otros que se juegan en un territorio mucho más difícil de explicar. Y ese territorio, para nosotros, sigue teniendo dos nombres que el tiempo se niega a borrar.

Malvinas Argentinas.




Inglaterra siempre vuelve


 

Inglaterra siempre vuelve

 

Argentina Inglaterra un clásico que se juega hace 60 años. Cada vez que el fixture decide cruzarlas, no juegan solamente once contra once. Saltan a la cancha las fotografías amarillentas, las discusiones familiares, los relatos radiales, los abrazos, las derrotas, los fantasmas y las alegrías que un pueblo se niega a olvidar.

En 1966, en Wembley, Antonio Rattín fue expulsado sin entender una palabra de lo que decía el árbitro alemán Rudolf Kreitlein. No existían las tarjetas rojas. Existía la humillación. El capitán argentino tardó varios minutos en abandonar el campo, se sentó sobre la alfombra reservada para la reina de Inglaterra y dejó una imagen que todavía incomoda al protocolo. Los ingleses llamaron a los argentinos "animales". Los argentinos regresaron convencidos de que el partido había sido mucho más que fútbol.

Veinte años después, México 1986 convirtió aquella herida en leyenda. Diego Maradona escribió, en apenas cuatro minutos, dos de los goles más famosos de la historia. Primero, la picardía eterna de la Mano de Dios. Después, la obra maestra que burló medio equipo inglés y terminó siendo bautizada como el Gol del Siglo. Argentina ganó 2 a 1 y terminaría levantando la Copa. No fue una revancha de ninguna guerra; fue una reivindicación futbolística de un equipo que tenía al mejor jugador del planeta.

En Francia 1998 volvió el drama. Michael Owen marcó uno de los goles más extraordinarios de los mundiales, pero Argentina respondió con personalidad. El empate llevó la historia a los penales y allí apareció la sangre fría de una generación que también supo sufrir. Los ingleses regresaron a casa otra vez.

En Corea-Japón 2002 el péndulo se inclinó hacia ellos. El penal convertido por David Beckham significó una derrota dolorosa para una Argentina que llegaba como favorita y terminaría eliminada en primera ronda. Aquella victoria inglesa fue durante mucho tiempo una cuenta pendiente para el fútbol argentino.

Y ahora, en 2026, la historia volvió a llamar a la puerta.

Otra semifinal. Otra tensión. Otra vez el mundo mirando un partido que jamás consigue desprenderse de su peso histórico. Inglaterra golpeó primero, pero Argentina hizo lo que mejor sabe hacer cuando parece estar contra las cuerdas: resistir. Y después golpear. Enzo Fernández empató cuando el reloj empezaba a cerrarse. Lautaro Martínez terminó de escribir la remontada. El 2 a 1 abrió nuevamente la puerta de una final mundialista.

Mientras tanto, en la Argentina, ocurrió lo de siempre.

Las plazas comenzaron a llenarse. Los chicos colgados de las ventanillas. Los abuelos abrazándose como si volvieran a ser jóvenes. Las camisetas celestes y blancas mezclándose con lágrimas que no eran solamente deportivas. Porque este país festeja con una intensidad que muchas veces nace de todo lo que le duele.

Se celebra un gol, sí. Pero también la posibilidad de olvidar por un rato las cuentas que no alcanzan, las incertidumbres cotidianas, los trabajos que escasean, las noticias que cansan. El fútbol no resuelve ninguna de esas cosas. Pero durante una noche consigue algo que pocas actividades logran: millones de personas sienten exactamente la misma emoción al mismo tiempo. Eso no tiene precio.

Los argentinos sabemos sufrir. Lo aprendimos demasiado bien. Tal vez por eso también sabemos festejar como pocos. Cada triunfo importante parece una pequeña victoria contra el desaliento cotidiano.

Inglaterra seguirá siendo un rival enorme. La historia continuará escribiendo nuevos capítulos. Pero esta noche el marcador volvió a inclinarse hacia el mismo lado donde alguna vez corrió Maradona, donde resistió Rattín y donde tantas generaciones aprendieron que la memoria también puede vestirse de camiseta.

Porque hay partidos que terminan cuando suena el silbato. Y hay otros que siguen latiendo durante décadas en el corazón de un pueblo.

Cuando el miedo entra por los vitrales: una noche de cine de terror en un templo neogótico


Cuando el miedo entra por los vitrales: una noche de cine de terror en un templo neogótico

 

 

En una época en la que casi todo se consume desde la comodidad del sofá, Buenos Aires propone una experiencia que recupera algo esencial del cine: el ritual. Porque el miedo también necesita escenario.

Durante julio, el histórico templo neogótico de Santa Felicitas, en Barracas, dejará de ser únicamente un testimonio de la arquitectura del siglo XIX para convertirse en una sala de proyección donde el suspenso no empieza con la primera escena, sino mucho antes, cuando el espectador atraviesa sus puertas.

Las agujas apuntando al cielo, los vitrales filtrando una luz tenue, las bóvedas que amplifican cada sonido y los muros cargados de historia parecen haber estado esperando, desde hace más de un siglo, la llegada del cine de terror. No es difícil imaginar que cualquier sombra tenga vida propia. Ni que un simple crujido haga girar la cabeza.

El programa no podía ser más apropiado. “Dawn of the Dead”, (El amanecer de los muertos) el clásico inmortal de George A. Romero, vuelve a demostrar que los zombis nunca fueron solamente zombis. Siempre hablaron de nosotros: del consumo, de las multitudes, de la soledad y del miedo a convertirnos en una masa que camina sin saber hacia dónde.

La segunda proyección, “MadS” (2024) es un filme francés de suspenso y terror dirigido por David Moreau.

Apuesta por otra forma de inquietud. Filmada en un único plano secuencia, elimina el respiro del montaje y obliga al espectador a permanecer atrapado dentro de la historia, como si tampoco pudiera escapar del edificio.

La narrativa se inicia cuando “Romain”, un joven, consume una sustancia nueva antes de ir a una fiesta. Durante su trayecto, encuentra a una mujer que está cubierta de sangre y claramente aterrorizada. Desde ese instante, la velada se convierte en un torbellino de miedo, agresión y propagación, donde no se puede distinguir fácilmente lo que es resultado de la droga y lo que es una amenaza mucho más concreta.

La experiencia de ver cine de terror en un templo neogótico con más de 150 años comienza incluso antes de que se apaguen las luces. Un cóctel de bienvenida recibe al público mientras el templo va llenándose de murmullos. Después llega el silencio. El mismo silencio que precede a los grandes sobresaltos.

Quizá ahí resida el verdadero atractivo de esta propuesta. No se trata únicamente de ver dos películas. Se trata de recordar que el cine alguna vez fue una ceremonia colectiva. Entrar a un lugar desconocido, compartir la oscuridad con extraños y aceptar, durante un par de horas, que la ficción gobierne nuestros sentidos.

Resulta curioso que, en tiempos dominados por pantallas diminutas y algoritmos que deciden qué debemos mirar, el terror encuentre refugio en un edificio construido hace más de ciento cincuenta años. Como si la arquitectura todavía pudiera hacer algo que ninguna plataforma consigue: predisponernos emocionalmente antes de que aparezca el primer fotograma.

Tal vez por eso la experiencia seduce tanto. Porque el miedo nunca dependió únicamente de la película. También depende del lugar, del silencio, de la oscuridad y de la imaginación de quien observa.

Y pocas cosas alimentan mejor la imaginación que un viejo templo neogótico cuando las luces se apagan.

Halls Negras en Barrio Parque


 

Halls Negras en Barrio Parque

 

Ya sé que tengo hábitos extraños. Pero también sé que la gente socialmente adaptable tiene costumbres que nadie cuestiona. Por ejemplo, pagar dinero para subirse a una máquina que los deja cabeza abajo durante dos minutos y luego bajarse sonriendo. O soplar una torta llena de fuego una vez al año mientras todos alrededor cantan la misma canción. O triturar granos tostados, echarles agua hirviendo encima y depender de eso para poder hablar con otros seres humanos. O ponerse un pedazo de tela anudado al cuello cuando quieren parecer más importantes. Y ni hablar de tomar una semilla encerrada en una cáscara durísima, golpearla con una herramienta diseñada para clavar clavos y comérsela después. A eso lo llaman algo completamente normal.

La gente normal es muy extraña cuando uno la mira de cerca. Estas situaciones parecen completamente corrientes. En cambio, caminar solo escuchando discos viejos y observando carteles absurdos convierte a cualquiera en un sospechoso.

La gente normal es muy hostil.

Salí a caminar por el barrio con “Random Access Memories” de Daft Punk sonando en los auriculares. Todavía me cuesta aceptar que se hayan separado. Quizás algún día los volvamos a ver, sin cascos, convertidos en simples mortales. El disco me lo hizo escuchar mi hija Azul Brisa allá por el año del señor de 2013, cuando todavía algunas cosas parecían destinadas a durar para siempre.

Caminar es una forma elegante de perder el tiempo. También es una manera de espiar la realidad.

A veces me siento como el oscuro pasajero de las novelas de Jeff Lindsay. Otras veces como Holden Caulfield observando el desfile interminable de farsantes. Y muchas veces uso la ironía porque las normas de convivencia me impiden otras alternativas más ruidosas.

Así que camino. Salgo a ver qué pasa en el barrio. Y en el corazón de Barrio Parque encontré esto.

Una puerta cualquiera. Un negocio cualquiera. Un mural improvisado de bicicleta pintado en blanco y negro. Y sobre esa escenografía doméstica, dos carteles escritos a mano que parecían redactados por un surrealista en crisis.

El primero ofrecía cepillos dentales descartables y enjuague bucal.

El segundo anunciaba, con la solemnidad de un decreto presidencial: "Tenemos Halls negras (para sexo oral)".

Nada más. Ninguna explicación. Ningún contexto. Ninguna vergüenza. Debajo, un precio.

La economía nacional resumida en una golosina mentolada y una promesa implícita.

Me quedé observando la escena mientras Daft Punk seguía sonando. Pensé que si un arqueólogo del futuro encontrara esa fotografía podría reconstruir gran parte de nuestra civilización. La obsesión por la higiene. El comercio de cercanía. El sexo convertido en estrategia de ventas. El humor involuntario. La crisis económica escrita con marcador negro sobre cartulina verde.

Todo estaba ahí. La historia de un país condensada en una puerta.

Mientras seguía caminando pensé que quizás el verdadero arte contemporáneo no está en los museos. Está en estos pequeños accidentes urbanos. En estos mensajes que nadie planificó para la posteridad y que terminan diciendo más sobre nosotros que cualquier discurso político o cualquier encuesta sociológica.

Seguí mi camino. Daft Punk cantaba sobre el contacto humano. Y detrás de mí quedaba aquel cartel fluorescente, brillando bajo el sol de Barrio Parque como una instalación artística financiada por el absurdo.


Jose Luis Colombini

Santa Santuarium: crónica de una casa que me piensa cuando yo dejo de hacerlo

Santa Santuarium: crónica de una casa que me piensa cuando yo dejo de hacerlo

 

Mi casa no es una casa.

Es una trinchera con olor a papel viejo, madera gastada y plástico recién salido de fábrica. Un refugio mental cuyas paredes están tapizadas de obsesiones, como si cada objeto fuera una prueba de que estuve vivo en distintos momentos y no en uno solo.

Villa Dolores, afuera, es tranquila. Casi sospechosamente tranquila.

Pero adentro...

Adentro es otra cosa.

Hay vinilos que crujen como si hablaran en código Morse desde otra época. Discos que no giran: invocan. Agujas —o púas, como les llamábamos antes— que no bajan sobre los surcos: perforan la memoria.

Y los cassettes... esos pequeños ataúdes de sonido magnético donde todavía respiran voces que ya no existen. Rebobinar uno es como retroceder en el tiempo con una birome Bic: torpe, manual, absolutamente necesario.

Los discos compactos están ahí, alineados como si todavía importara el orden.

Brillan. Reflejan. Aunque reflejar es tarea de los espejos. Estos no reflejan nada.

Devuelven estados de ánimo encapsulados en plástico.

Cada CD es una versión mía que no encontró otra manera de explicarse.

Ira comprimida en las pistas tres y siete.

Melancolía escondida en un bonus track que nadie escucha.

Euforia barata en un hit que hoy me da un poco de vergüenza.

No son recuerdos. Son diagnósticos. Y sin embargo, el mundo insiste en otra lógica.

Afuera todo es comprobante, factura, validación.

—No podés entregarme una boleta si "trabajo en una evaluación final".

Me dicen. Y tienen razón.

Porque lo que hago acá no cotiza. No tiene código de barras. No entra en ningún sistema.

Nadie paga por sostener versiones de sí mismo distribuidas entre vinilos, cassettes, discos, libros y objetos que para otros son simples adornos.

Pero es el único trabajo que no puedo abandonar. El único que no se subarrienda.

El único que, cuando todo termina, sigue sonando.

Después están los libros.

Apilados. Ordenados. Desordenados. Conspirando entre sí.

La mayoría leídos. Otros apenas rozados. Otros esperando, pacientes, como perros fieles que algún día vuelva a mirarlos a los ojos.

No son decoración. Son testigos. Son coartadas.

Son versiones alternativas de mí mismo que nunca terminé de ser.

Y en medio de todo eso, como pequeños dioses de plástico con ojos vacíos, los Funkos.

Me observan. Siempre me observan. Son la prueba de que incluso lo absurdo necesita un altar. Porque eso es lo que es este lugar. Un altar. Mi Santa Santuarium. Sí, así. Con esa mezcla medio incorrecta, medio sagrada, medio caprichosa.

Porque no es latín perfecto. Pero tampoco lo soy yo. Y aun así significa exactamente lo que debe significar: el lugar más íntimo, más inviolable, más mío.

Un santuario donde no hay que explicar nada. Donde puedo desaparecer del mundo sin pedir permiso. Donde el ruido se filtra, pero nunca entra del todo. Donde el tiempo no corre. Se acumula.

Y, sin embargo, hay algo todavía más extraño.

A veces me voy.

Cierro la puerta y dejo atrás los libros, los discos, los cuadros, las fotografías, los pequeños altares que fui construyendo sin darme cuenta.

La casa queda ahí. Quieta. O eso me gusta creer. Porque una parte de mí sospecha que las casas también tienen memoria. Que registran ausencias. Que aprenden los pasos de quienes las habitan. Durante ese tiempo todo permanece en su lugar: las bibliotecas, los vinilos, las lámparas, las sillas gastadas por conversaciones que ya terminaron. Pero algo cambia. No sabría decir qué. Es apenas una sensación. Como si el corazón de la casa latiera más despacio.  Como si entrara en una especie de sueño.

Y por eso el regreso siempre tiene algo de ritual.

Abro la puerta. Me detengo un instante. Escucho. Huelo. Miro. Hay un segundo extraño en el que no sé si estoy entrando o siendo admitido. Como si la casa me observara desde sus estantes repletos, desde los lomos de los libros, desde las fotografías colgadas en las paredes.

Como si preguntara:

—¿Sos vos?

Entonces camino. Acomodo un vinilo. Enderezo un libro. Paso la mano por la madera de un mueble que conozco mejor que algunas personas. Enciendo una lámpara. Y poco a poco algo vuelve a encajar. El aire recupera una temperatura familiar. Los objetos dejan de parecer objetos. La casa despierta. O quizás soy yo el que despierta dentro de ella. Es una reconquista silenciosa. Sin épica. Sin banderas. Sin discursos. Pero con algo mucho más poderoso: pertenencia.

Porque no me gusta mi casa. La necesito. Es el único lugar donde no tengo que actuar.

Ni producir. Ni justificar. Donde el caos tiene sentido porque es mi caos. Donde cada objeto, por ridículo que parezca, cumple una función sagrada: sostenerme.

Mi Santa Santuarium no es perfecta. No es ordenada. No es minimalista. No es vendible en una revista de decoración. Pero es el único lugar donde existo sin traducción. Y eso, en un mundo que exige explicaciones constantes, que te pide que te vendas, que te adaptes, que te conviertas en una versión más simple de vos mismo...

Eso es lo más cercano a lo sagrado que encontré.

Porque después de tantos años descubrí algo que ningún libro me enseñó: yo no habito esta casa. Es ella la que me habita a mí. Y cuando olvido quién soy, suele recordármelo.

Borges y Estela Canto: una noche en la comisaría por un beso

Borges y Estela Canto: una noche en la comisaría por un beso

 

La historia parece salida de uno de esos relatos donde Jorge Luis Borges mezclaba lo absurdo con lo inevitable. Sin embargo ocurrió de verdad. No hubo laberintos, ni bibliotecas infinitas, ni cuchilleros del arrabal. Hubo algo mucho más sencillo: un beso.

Corría 1944. La Argentina vivía bajo el clima áspero y vigilante que había dejado el golpe militar de 1943. Las calles estaban llenas de uniformes, de controles y de una moral pública que pretendía regular incluso los gestos más íntimos. En ese escenario caminaban juntos Jorge Luis Borges y Estela Canto.

Podría haber sido una tarde cualquiera de Buenos Aires. Tal vez una conversación sobre literatura, sobre algún libro recién descubierto o sobre esos temas que los unían y los separaban al mismo tiempo. Borges tenía cuarenta y cinco años. Ya era un escritor respetado, aunque todavía estaba lejos de convertirse en el mito universal que hoy conocemos. Estela tenía veintiocho. Era inteligente, independiente, moderna para su tiempo. Fumaba, discutía de política, frecuentaba círculos intelectuales y se movía por la vida con una libertad que descolocaba a muchos hombres de su generación.

La atracción entre ellos era intensa y contradictoria. Borges admiraba profundamente a Estela. Ella encontraba fascinante su inteligencia, aunque nunca terminó de corresponderle del modo en que él deseaba. Entre ambos se desarrolló una relación hecha de encuentros, desencuentros, cartas, ilusiones y frustraciones.

Aquella noche, o aquella tarde —según las distintas versiones que circularon después—, ocurrió algo tan simple que hoy parece imposible imaginar sus consecuencias. Se besaron en un espacio público.

Un policía observó la escena.

Lo que para cualquier pareja habría sido un gesto cotidiano fue interpretado como una falta contra la moral. El agente decidió intervenir. Borges y Estela fueron detenidos y trasladados a una comisaría.

La imagen tiene algo de irreal.

Cuesta imaginar a Borges, siempre correcto, siempre educado, sentado en una dependencia policial acusado de algo tan elemental como besar a una mujer. Resulta todavía más extraño pensar que el autor que exploraba los infinitos del tiempo y del universo estuviera obligado a dar explicaciones por un acto de afecto.

Estela contó años después la anécdota con una mezcla de ironía y asombro. Fueron retenidos durante algunas horas y luego liberados. No hubo mayores consecuencias. Sin embargo, el episodio quedó grabado como una pequeña muestra del clima represivo de la época.

También revela algo que suele perderse detrás del monumento literario.

Con frecuencia hablamos de Borges como si hubiera nacido convertido en estatua. Como si siempre hubiera sido el anciano sabio de bastón y voz pausada que aparece en los documentales. Pero antes de convertirse en leyenda fue un hombre lleno de inseguridades, de deseos y de temores. Un hombre que se enamoró.

Y pocas personas encarnan mejor ese amor imposible que Estela Canto.

Borges le propuso matrimonio varias veces. Ella nunca aceptó. Lo quería, lo admiraba, disfrutaba de su compañía, pero no estaba dispuesta a asumir el papel que él imaginaba para ella. La relación avanzó y retrocedió durante años, siempre marcada por una tensión que nunca terminó de resolverse.

Quizás por eso dejó una huella tan profunda.

Cuando Borges publicó “El Aleph” en 1949, dedicó el libro a Estela. No era un gesto menor. Muchos estudiosos consideran que detrás de algunas de las emociones más intensas de esa obra se encuentra la marca de aquella relación. De algún modo, Estela quedó incorporada para siempre al universo borgiano.

Visto desde el presente, el episodio de la detención adquiere una dimensión casi simbólica.

Dos personas caminando por Buenos Aires. Un beso. Un policía. Una comisaría.

Nada más.

Y allí aparece condensada una época entera: la vigilancia moral, la autoridad arbitraria, la dificultad de vivir libremente incluso los sentimientos más simples.

También surge otra cosa. El Borges de carne y hueso. No el escritor consagrado ni el intelectual reverenciado en universidades de todo el mundo. Sino el hombre que una vez desafió, aunque fuera por unos segundos, su propia timidez. El hombre que se inclinó para besar a la mujer que amaba. Y que terminó compartiendo una breve estadía en una celda no por una idea revolucionaria, ni por un manifiesto político, ni por alguno de sus libros, sino por algo mucho más humano.

Por un beso.

 

Supermercado y el héroe de las mil caras


 Supermercado y el héroe de las mil caras

 

Desde que mi madre murió entendí que algunas personas no desaparecen: cambian de lugar. Se vuelven voces que aparecen en momentos absurdos, frases suspendidas en el aire, gestos que regresan cuando uno menos lo espera. A veces me pasa entrando a un supermercado. Escucho el ruido de un changuito y automáticamente vuelvo a verla.

Los fines de semana ella tenía un ritual. No decía “vamos a hacer las compras”. Decía: “el sábado vamos al súper”. Así, con ese tono de ceremonia doméstica que transformaba algo ordinario en un acontecimiento. Y además imponía un tema. Siempre había un tema.

—Mañana hablamos de Borges.

—El sábado discutimos a Freud.

—En el súper vamos a hablar de la muerte.

—Esta vez toca Campbell.

Mi madre sostenía que los lugares comunes eran perfectos para pensar cosas profundas. Que la filosofía debía probarse en la vida real y no solamente en bibliotecas o universidades. Entonces hablábamos de mitología entre sachets de leche, de política frente a las góndolas de arroz y de literatura mientras esperábamos turno en la carnicería.

El supermercado como templo profano. Pasillo siete. Góndola de fideos. Mi vieja empujando el chango con la determinación de una heroína griega que ya atravesó esa misión demasiadas veces y conocía cada trampa del recorrido: ofertas falsas, productos vencidos, cajeras con cara de “no me hables”. Pero aquella tarde el tema central era “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell.

Yo caminaba al lado, medio distraído, pensando que El héroe de las mil caras debería venderse en edición bolsillo, justo al lado de los tomates.

El mundo desfilaba alrededor nuestro. Inflación escondida en tipografías diminutas. Música funcional. Carritos chocando entre sí como planetas cansados. Mi madre insistía en que Campbell tendría que estar al lado del azúcar porque —como escribió él mismo— “el mito es el sueño público y el sueño es el mito privado”. Y este sueño, en Argentina, olía a detergente barato y pan recién horneado.

Mi vieja había leído a Campbell. Lo admiraba, aunque seguramente también desconfiaba de él. Mientras empujaba el chango del súper del barrio —rueda torcida, plástico fatigado, memoria de guerras domésticas— traducía “El héroe de las mil caras” a idioma argentino: inflación interanual, salarios pulverizados y ofertas por tiempo limitado.

—Esto ya no alcanza —decía mirando el aceite Natura como si fuera una reliquia arqueológica—. Antes con uno tirabas todo el mes.

Ahí aparecía la ruptura del mundo ordinario. Campbell la llamaría “la llamada a la aventura”. El INDEC, “readecuación de precios”. El mito siempre entra por el bolsillo.

Mi madre no se detenía. Hablaba como quien improvisa una teoría del mundo mientras elige arroz. El supermercado dejaba de ser supermercado y se convertía en un dispositivo de verdad. Foucault habría tomado notas al lado de las conservas.

—El poder produce realidad —decía ella.

Y esa realidad costaba cuarenta por ciento más que la semana anterior.

—Esto no es elección —agregaba frente a los fideos Lucchetti—. Es cálculo.

Bourdieu habría sonreído desde alguna tumba francesa. Habitus puro. Elegir nunca es completamente libre cuando el capital económico acomoda la mano antes de agarrar el producto.

A veces yo también quería participar del juego intelectual.

—Madre —le decía citando a Lévi-Strauss como un idiota que necesita demostrar que leyó—, la función primaria de la comunicación escrita es facilitar el sometimiento.

Ella me miraba de reojo. Esa mirada extraña que mezclaba paciencia materna, orgullo y la sospecha de haber criado a un boludo con lecturas raras.

Levantaba un paquete de arroz como si fuera un talismán.

—Este está más barato.

—Claro —respondía—. La llamada a la aventura. Campbell lo explica perfecto: algo te arranca de tu mundo ordinario. En este caso, el precio.

—¿Otra vez con el libro?

—No es “un libro”, Luisi. Es el viaje del héroe. Todos pasamos por lo mismo. Vos, yo, el pibe que repone góndolas, la señora que se pelea por la última yerba en oferta. Como diría Borges: “la historia universal es la historia de unas pocas metáforas”. Bueno, esta es una. Solo que viene con código de barras.

Avanzábamos hacia el pasillo de lácteos. Frío polar. La heladera como vientre de la ballena. Mi vieja agarraba un yogur griego y revisaba la fecha de vencimiento como si buscara señales del oráculo.

—Vence mañana —le decía.

—Exacto. Prueba suprema. O lo llevás y confiás en el destino o lo dejás y seguís el camino.

El changuito chirriaba como un narrador omnisciente agotado.

En la carnicería aparecía el dragón. El guardián del umbral con delantal blanco y cara de “mejor no preguntes cuánto está el kilo”.

—Antes pedías un kilo. Ahora pedís “lo que te alcance”.

Un tipo con jogging miraba el celular. Una señora con ruleros hacía cuentas en una calculadora diminuta. Todos esperando turno para el sacrificio.

Y mientras tanto mi madre seguía hablando. De Camus. De Benjamin. De política. De la vida cotidiana como escenario filosófico. El supermercado era apenas la excusa.

Hoy pienso mucho en eso.

Pienso que quizá ella ya sabía algo que yo tardé años en entender: que conversar también era una forma de amor. Que esos “sabadones” no trataban realmente sobre hacer compras ni sobre temas de mitología, de filosofía, de literatura, de cine o de opera. Trataban sobre compartir el mundo antes de que el mundo se terminara.

Ahora entro solo al supermercado y a veces me descubro pensando automáticamente cuál sería “el tema del día”. Veo una góndola vacía y escucho su voz. Paso por la carnicería y la imagino haciendo sociología del precio de la milanesa. Frente a los lácteos todavía espero, por un segundo absurdo, verla revisando fechas de vencimiento como si leyera señales místicas.

Mi vieja camina adelante en todos esos recuerdos, invencible. Yo atrás, tratando de alcanzarla.

Y entonces entiendo algo que Campbell olvidó escribir: que el verdadero héroe no es el que derrota monstruos ni conquista reinos. Es una madre que hace las compras un sábado a la tarde, administra la pérdida con dignidad y todavía encuentra tiempo para discutir filosofía con su hijo entre góndolas de supermercado.

Y eso, definitivamente,no entra en ningún esquema.

Jose Luis Colombini

Amor prohibido. Casamiento express para dos fugitivos del amor (Algunas canciones)


Amor prohibido. Casamiento express para dos fugitivos del amor

(Algunas canciones)

 

Dedicado al Maestro Heraldo Bosio

 

La noche tenía gusto a fernet mal servido y a decisiones que no se pueden sostener con dignidad a la mañana siguiente. Estábamos en la terminal, ese limbo donde nadie pertenece del todo, donde todos están yéndose o llegando tarde a algo que ya no importa.

Las luces de neón nos caían encima como una confesión obligatoria. Nosotros dos ahí, haciendo equilibrio entre el deseo y la culpa, entre las ganas de huir y el peso muerto de lo que vendría después. Porque siempre hay un después, aunque uno intente borrarlo a besos.

Éramos eso: amantes de turno reducido. Amor con fecha de vencimiento. Yo, un tipo que jugaba a ser seductor mientras miraba sus propios zapatos orinados como prueba material del fracaso. Vos, una mujer con la agenda cerrada: en una semana te casabas. Punto final. Acto sellado.

Y sin embargo ahí estábamos, como si la noche pudiera suspender la ley.

El bar respiraba esa mugre sagrada de madrugada: vasos pegajosos, música saliendo de un equipo viejo que parecía estar a punto de morir pero resistía, como nosotros. Sonaba Van der Graaf Generator y el contraste con la escena era casi obsceno. Demasiada épica para dos personas que estaban a punto de romperse.

Entonces entró él.

Una figura encorvada, gastada, con esa dignidad arruinada que sólo tienen los músicos de pueblo, los que hicieron bailar a generaciones enteras en fiestas patronales y ahora piden ginebra como si fuera un acto religioso. No lo aplaudieron. Nadie lo reconoció. Mejor así.

Era un sobreviviente.

Nos miramos, y en ese cruce de ojos ya estaba todo dicho: el final había empezado antes de que pudiéramos evitarlo. Yo te observaba como un chico al que le están quitando lo único que tiene. Vos sostenías esa tristeza elegante que tienen las despedidas inevitables.

El estómago se me subía a la garganta. Pensé —con una certeza ridícula— que nunca más iba a besar así. Que ese momento era una especie de última cena sin apóstoles.

Y ahí, en un acto completamente irracional —o perfectamente lógico, depende del ángulo— te agarré de la mano y te llevé hasta la barra.

El tipo estaba solo. Terminándose la ginebra. —Maestro —le dije. Me miró. Como si ya supiera. Le apreté la mano con una intensidad innecesaria. Sonreí como un loco.

—¡Cásenos!

Vos no te resististe. Sonreíste. Nos besamos. Como si el mundo estuviera de acuerdo.

El tipo pidió otra ginebra. Sabía cosas. Se le notaba en la cara: había perdido suficientes batallas como para no creer en finales felices.

—Usted tiene que casarnos —insistí, como un condenado. Me miró largo. Tomó un trago. Y en esa pausa había una sentencia: el amor de una mujer puede dejar a un hombre en ridículo sin esfuerzo. Después hizo algo que todavía no sé si fue un chiste o un acto sagrado. Levantó la mano, cortó el aire en forma de cruz y murmuró en latín:

“Est voluntatem Dei”. Y listo. Casados por decreto etílico en una terminal de ómnibus.

De fondo sonaba Led Zeppelin con “Since I’ve Been Loving You”, en un centro musical grundig que sintonizaba la FM triac. Como si alguien allá arriba estuviera musicalizando el desastre con ironía fina. Lloramos. Claro que lloramos. Una lágrima cayó y se rompió contra el suelo como todo lo demás. El tipo dijo algo. No lo escuché bien. Tal vez “suerte”. Tal vez “salgan de acá mientras puedan”. Salimos. Arranqué el auto como quien huye de la escena del crimen. Sin rumbo. Porque el rumbo ya estaba decidido por otros. En la Triac apareció Lou Reed con “Walk on the Wild Side”. Perfecto. Demasiado perfecto. Como si la noche se burlara de nosotros. Íbamos en silencio. Bajoneados. Derrotados antes de pelear. Pensé que esta ciudad está llena de heridas de amor, como cicatrices que nadie se anima a mostrar. Me vino a la cabeza Miguel Mateos, porque cuando uno está triste cualquier canción se vuelve una confesión.

Las calles estaban húmedas, vacías, como si alguien hubiera apagado el mundo. Y entonces apareció la risa. Phil Collins desde “Mama”, riéndose en la oscuridad. Esa risa que no acompaña, que te hunde un poco más. Porque no hay nada peor que alguien riéndose cuando vos estás triste. Y ahí entendí todo: La noche y la vida se habían puesto de acuerdo para cagarse de risa de nosotros.


Jose Luis Colombini

 

El Día del Orgullo Friki: inventario personal de una rareza


 

El Día del Orgullo Friki: inventario personal de una rareza

 

Hoy es el Día del Orgullo Friki y durante años pensé que esa fecha hablaba de otra gente. Imaginaba capas, convenciones, colecciones gigantes, nombres de personajes que alguien recita de memoria. Nunca pensé demasiado en mí. Pero a veces uno tarda años en darse cuenta de que habitó un territorio antes de aprender cómo se llamaba.

En la escuela yo era el nerd. El raro. También tenía otro apodo: "el misterioso". Supongo que porque hablaba poco, porque pasaba demasiado tiempo leyendo o porque mientras otros parecían encontrar una manera natural de mezclarse entre grupos y conversaciones, yo funcionaba distinto. Me quedaba al margen. Observando. Como si hubiese llegado a un lugar donde todos habían recibido un manual de instrucciones y el mío se hubiese perdido en el camino.

Nunca fui bueno socializando. Tampoco ahora.

Y no es que prefiera la soledad como quien elige un paisaje. Hay algo más extraño: me gusta la vida real, incluso soy bastante anticuado para muchas cosas. Prefiero un libro de papel antes que una pantalla, una conversación verdadera antes que una cadena infinita de mensajes. Pero al mismo tiempo las personas me resultan difíciles. Me siento torpe con ellas. Vulnerable. Como si siempre estuviera llegando unos segundos tarde a una escena que los demás ya entendieron.

Nunca tuve ambiciones grandiosas ni sueños de conquistar nada. Mis deseos siempre fueron más modestos: libros, historias, palabras. Puede parecer poco. Para mí nunca lo fue. Siempre quise que mi vida estuviera hecha de aquello que amo.

Mis relaciones sociales son bastante limitadas y hay algo que nunca aprendí bien: demostrar interés por alguien. Me cuesta. A veces alguien me importa mucho y por fuera parezco distante, frío o ausente. Como si mi forma de querer estuviera escrita en un idioma extraño que los demás no alcanzan a leer. Eso me trajo conflictos, malos entendidos y personas que seguramente pensaron que no me importaban cuando ocurría exactamente lo contrario.

También tengo intereses extraños y repetitivos.

Leo los mismos libros. Veo las mismas películas. Escucho las mismas canciones.

Conocer los finales me tranquiliza. Saber qué viene después me hace sentir seguro. Tal vez porque el mundo ya tiene suficiente incertidumbre por sí solo.

Soy torpe con las manos. Con los movimientos. Mi cuerpo a veces parece responder unos segundos después que mi cabeza. Nunca fui demasiado coordinado. Pero lo compenso con otra cosa: tengo una memoria absurda para cosas que probablemente a nadie más le importan.

Puedo recordar diálogos completos de películas, formaciones de bandas de rock, escenas perdidas de libros, actores secundarios, nombres, fechas y datos inútiles que para mí tienen un peso enorme y para el resto parecen objetos olvidados en un cajón.

También mantengo rutinas pequeñas, casi invisibles.

Camino por las mismas veredas. Compro en los mismos negocios. En el supermercado paso por la misma caja. Y cuando algo cambia —aunque sea una mínima cosa— siento una especie de ruido interno difícil de explicar. Como si alguien hubiera movido los muebles de una casa que conozco de memoria.

Durante mucho tiempo pensé que había algo equivocado en mí.

Después entendí otra cosa.

Que quizás el Día del Orgullo Friki nunca tuvo que ver solamente con películas, personajes o colecciones. Tal vez sea una fecha para quienes crecieron sintiéndose fuera de frecuencia. Para los que pasaron años creyendo que estaban mal ensamblados porque su forma de habitar el mundo no coincidía con la de los demás.

Porque al final el orgullo nunca estuvo en ser diferente.

El orgullo estuvo en sobrevivir sin abandonar aquello que uno ama.

Y yo, entre libros gastados, canciones repetidas y mundos imaginarios, todavía sigo intentando hacer exactamente eso.

Tal vez por eso mi casa terminó pareciéndose un poco a mi cabeza: libros acumulados, historias repetidas, personajes perdidos entre estantes, discos, películas y pequeños objetos que para casi nadie significan demasiado. Algunos lo llamarían desorden o rareza. Yo creo que simplemente es la forma que encontró mi mundo para volverse visible.



Jose Luis Colombini

Ontología para no sacrificarse un domingo. Pequeña teología negra


 Ontología para no sacrificarse un domingo. Pequeña teología negra

 

La tristeza de los domingos por la tarde empieza como empiezan los laberintos: sin que uno advierta dónde entró. Primero es una leve alteración de la luz. Después una sospecha. Luego una metafísica.

Álvaro de Campos, heterónimo de Fernando Pessoa, lo vio en Tabaquería cuando descubrió que una simple tabaquería podía abrir un agujero en la realidad.

Emil Cioran le puso veneno a esa revelación.

David Foster Wallace le dio forma neurológica.

Mark Fisher le dio atmósfera histórica.

Y faltaba uno.

Siempre Jorge Luis Borges, mi padre putativo.

Porque Borges entendió que la metafísica es, en el fondo, literatura fantástica escrita con tono serio. Y acaso también una forma sofisticada de ansiedad. En El Aleph está esa intuición insoportable: que todo puede estar contenido en un solo punto. Demasiado mundo en una sola mirada. Eso también es ataque de pánico. En La biblioteca de Babel vio otra cosa: que el universo puede ser una maquinaria infinita de sentido y ruido.

¿No es eso una mente obsesiva un domingo? Una biblioteca que no se apaga.

Por eso mis repeticiones —las mismas veredas, los mismos libros, las mismas películas, la misma caja del supermercado— empiezan a parecer menos manías que liturgias.

Rituales para atravesar el laberinto. Borges decía que acaso nuestra vida es una cita.

Yo sospecho que mis domingos son una glosa a Pessoa comentada por Cioran con música de Black Sabbath. Y entonces esa remera que dice “METAFÍSICA” como si fuera Metallica adquiere una gravedad absurda. No es un chiste: es una tesis.

Porque pensar también puede ser pesado.

El riff comienza con Parménides diciendo que el ser es.

La batería entra con Heráclito incendiando todo.

Sócrates improvisa solos a fuerza de preguntas.

Platón arma conceptos como quien levanta catedrales.

Y uno sale a la calle con eso en el pecho como quien lleva una secta portátil.

No dice “soy culto”. Dice algo mejor: podemos hablar de ontología después del pogo.

Ya no es humor. Es heráldica. Parménides en bajo. Heráclito incendiando la batería.

Sócrates en voz. Pessoa y Borges haciendo letras. Cioran gruñendo nihilismo. David Foster Wallace en solos interminables de conciencia. Mark Fisher mezclando ecos de futuros perdidos. Una banda imposible. Mi banda. Porque acaso todos ellos escribieron la misma canción: cómo vivir sabiendo demasiado.

Wallace lo intuía. El problema no es sufrir. Es ser consciente del sufrimiento mientras uno se observa sufrir. Eso es barroco. Eso es Foster Wallace. Eso es domingo.

Fisher añadió algo devastador: hay nostalgias de cosas que nunca existieron. Futuros perdidos.

Yo creo que la tristeza dominical a veces es eso: duelo por una vida no vivida. Una nostalgia extraña por futuros que nunca llegaron a existir.

Y Borges, desde alguna biblioteca imposible, deja caer otra sombra: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz." Qué línea brutal. Qué domingo cabe entero ahí. Pero todos ellos —Pessoa, Cioran, Wallace, Fisher, Borges— hicieron con el abismo lo único digno: lo volvieron forma. Lo volvieron estilo. Lo volvieron música. Como el metal. Como la metafísica. Como esa camiseta negra. Razono que lo que realmente lleva estampado no es METAFÍSICA. Dice otra cosa: He hecho de mis obsesiones una arquitectura para no caer. Y eso, si Borges tuviera sentido del humor —que lo tenía— probablemente llamaría una secta.

Yo la llamaría hogar.


José Luis Colombini

Canciones alegres


 

Canciones alegres

 

En los años ochenta yo tocaba el bajo. O al menos eso decía. En realidad, como casi todos los adolescentes de pueblo que soñábamos con el rock, lo que hacíamos era intentar sobrevivir a la realidad enchufándonos a un amplificador barato y creyendo que la distorsión podía salvarnos de algo.

Toqué en algunas bandas de garage tratando de rockear la adolescencia que me envolvía como una campera húmeda. Tenía cierto renombre en Villa Dolores, no porque fuera un gran bajista, sino porque era de los pocos tipos que poseían bajo y amplificador. En los pueblos chicos el prestigio muchas veces depende más del equipamiento que del talento. Una Fender te convertía automáticamente en una especie de semidiós proletario. Y yo tenía un bajo que intentaba emular a los Fender. Era un Fernandes Revival Black con pickguard negro, mango de maple claro y herrajes cromados made in Japan del año 1981.

Una mañana de sábado apareció el Negro en casa.

El Negro tocaba el bajo en una banda de cuarteto y era una celebridad local. Dueño de un Fender verdadero —eso importaba muchísimo entonces— caminaba con el aura de quien ya había atravesado el escenario y había vuelto ileso.

—Che José Luis… están los chicos Orly en la ciudad. Esta noche tocan en San José. Se enfermó el bajista. ¿No podés reemplazarlo?

Lo dijo como quien pide un favor mínimo. Pero para mí era como si Keith Richards me hubiera invitado a tocar en el Madison Square Garden.

Dudé apenas unos segundos. Lo suficiente para simular profesionalismo. Después apareció algo peor: el orgullo. Acepté.

Fuimos hasta el hotel donde estaban hospedados. Dante y Orlando me recibieron con una simpatía inesperada. Yo esperaba estrellas inaccesibles y encontré tipos divertidos, cansados y prácticos.

—Roberto el bajista tiene paperas —me dijeron—. Necesitamos alguien sí o sí.

Entonces me dieron un cassette TDK grabado con los temas. Un cassette. Así se estudiaba música antes: rebobinando con birome.

Volví a casa y pasé toda la tarde sacando temas de oído mientras imaginaba un futuro absurdo donde yo terminaba convertido en una mezcla de Sting, John Paul Jones y algún músico decadente de los bares de Mendoza.

A las ocho nos juntamos para ensayar.

Me tiraron algunos yeites, un par de cortes, entradas simples, y listo.

Después partimos rumbo a San José en un colectivo que llevaba escrito ORLY en letras enormes, como si fuera una gira internacional y no un baile de cuarteto atravesando caminos vecinales fríos de Traslasierra.

Ahí empezó el verdadero delirio. Me dieron la ropa del show. Camisa amarilla de raso. Saco rojo ladrillo. Pantalón blanco. Y el Fender Jazz Bass que usaba Roberto Moyano.

Los demás iban vestidos con tonos magenta, azul eléctrico, fucsia, bordó. Parecíamos una banda de mafiosos tropicales o una versión cordobesa y proletaria de los Rolling Stones de “Dirty Work”, que acababa de salir.

Cuando subimos al escenario y vi el conjunto completo sentí una felicidad ridícula.

Pensé: Ahora sí. Llegó mi momento de estrella de rock.

Terminó la primera selección.

—Salió bien, salió bien pibazo —me dijeron.

Mientras tomábamos una cerveza en el descanso les comenté:

—Parecemos los Stones.

Y el locutor, sin dudar un segundo, respondió:

—Somos los ORLY Stones.

Todavía hoy me río de eso.

En la segunda tanda ya me había relajado tanto que hasta hice coros en ”La gran caravana”, un éxito enorme de esos años.

Desde arriba del escenario, entendí algo. El cuarteto era otro universo. No había pogo.

No había slam. No había tipos subiéndose a hombros. Ni banderas. Ni mística autodestructiva. Ni alcohol derramándose como en las películas de rock que yo idolatraba.

Había otra cosa.

Un gigantesco círculo humano moviéndose con una coreografía ancestral y popular. Personas tomadas de la mano girando como si el baile fuera una ceremonia colectiva. Parejas abrazadas. Tipos conversando mientras seguían el ritmo apenas con los hombros. Familias enteras sentadas al fondo.

Desde el escenario veía las mesas llenas de botellas de vino Toro, Pritty limón y porrones de Córdoba Dorada, Bieckert y Río Segundo.

Y veía también algo profundamente argentino.

Las chicas con polleras mínimas enfrentando el frío con una valentía estética imposible de explicar. Los pibes flacos con jeans nevados y camisas leñadoras resistiendo la helada como si fueran extras de una película obrera de los ochenta. Algunos vestidos para seducir. Otros vestidos para casarse. Otros simplemente vestidos con lo único que tenían. Todo eso mientras yo hacía octavaciones automáticas intentando parecer un músico serio.

Ahí me di cuenta de algo que me llevó años admitir. El rock nos había enseñado a mirar el escenario. El cuarteto nos obligaba a mirar a la gente. Porque el verdadero espectáculo estaba abajo. En esos cuerpos cansados bailando igual. En esa alegría humilde. En esas parejas girando aunque el país ya empezara a desarmarse económicamente. En esa necesidad profundamente humana de olvidarse unas horas de todo.

El baile terminó de madrugada. Me pagaron. Y sentí una felicidad brutal. Había ganado dinero tocando música.

No hubo groupies.

No hubo drogas.

No hubo hoteles destruidos.

No hubo excesos míticos.

Solo un colectivo volviendo por un camino de tierra en medio de la oscuridad del interior Córdobes.

Ellos regresaron a su hotel.

Yo volví a mi casa.

Y así fue como, durante una sola noche perdida de los años ochenta, fui músico profesional.



José Luis Colombini 

Escribe desde Traslasierra como quien arroja botellas al mar en mitad del insomnio.

Entre la crónica gonzo, la memoria y el ensayo íntimo, sus textos atraviesan la cultura argentina, el cine, la filosofía, la poesía y las ruinas emocionales del presente.

Este no es un sitio pensado para consumir contenido rápido.

Es un archivo personal escrito contra el olvido.

Un territorio de noches largas, bibliotecas desordenadas, canciones escuchadas demasiado tarde y recuerdos que todavía siguen respirando.

 “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”


Tabletas

Tabletas

 

Llegué sin saber por qué, como se llega a los lugares donde algo ya se está muriendo pero todavía respira fuerte para disimular. Setenta y cinco años del club del barrio y lo festejaban como si el tiempo no hubiera pasado, como si no se notara en las paredes, en los cuerpos, en los gestos.

La kermés era un organismo vivo y sudoroso. Un animal viejo con maquillaje barato. Las señoras desfilaban como si alguien las estuviera mirando de verdad: zapatos nuevos de liquidación, bijouterie que brillaba con una dignidad trucha, labios rojos como una alarma de incendio que nadie atiende. Los escotes luchaban contra la gravedad y contra la historia. Los culos, aplastados por décadas de resignación, ya no pedían nada.

Los hombres eran otra cosa: sobrevivientes. Trajes que habían conocido tiempos mejores —o al menos menos crueles— y pantalones que se habían rendido antes de llegar al zapato. La combinación letal: pantalón azul, media roja, dignidad en retirada.

Caminé entre los puestos como un corresponsal de guerra en territorio perdido. Todo era síntoma. La ruleta donde se apostaba con caramelos Mu Mu: economía de posguerra. El tumbagatos con latas de aceite recicladas: puntería contra la miseria. Un metegol con jugadores descoloridos, mutilados por el tiempo, y una pelota que era un bollo de papel: fútbol de emergencia, fútbol de resistencia.

Probé tirar en el tumbagatos. Fracasé con una precisión quirúrgica. Ni una lata. Ni una ilusión. Nada.

Más allá, las aspirantes a reina vendían números con una fe que no cotiza en ninguna bolsa. Democracia estética en ruinas: los pibes, ya medio en pedo, resolvían el asunto comprándole todos los números a la candidata más fea. Una forma de justicia torcida, o de crueldad disfrazada de gesto noble. Difícil saberlo.

Entonces apareció el recuerdo. No como nostalgia, sino como un golpe bajo: las tabletas. Azúcar comprimida en forma de infancia. Me acerqué al puesto con la devoción de un adicto. Pero adelante mío, una mujer y su hija estaban ejecutando una masacre silenciosa: compraron todo. Dos docenas. Liquidación total de la memoria.

Y ahí, en ese instante mínimo, decidí actuar. O más bien, hablar. Porque el lenguaje es lo único que todavía me obedece.

—Eh, señora, no se lleve todas las tabletas.

Lo dije con una sonrisa, como si el mundo fuera un lugar amable. Error de cálculo.

La mujer me miró como se mira a un perro que se acerca demasiado. Frío, limpio, sin culpa. Después giró hacia la hija, como quien da una orden doméstica, rutinaria, casi higiénica:

—Dale una tableta a ese muerto de hambre.

Y así fue como recibí mi ración. Una sola. La limosna dulce de una kermés en decadencia. La prueba tangible de que no hay infancia que sobreviva intacta al paso del tiempo, ni siquiera en forma de azúcar.

La comí igual.

Porque en el fondo uno siempre come. Aunque sepa exactamente qué está tragando.

 

 José Luis Colombini

 

 


"Los lectores de Crónicas"

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