Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Batman y Camazotz: cuando el murciélago ya era un símbolo antes del cómic

Batman y Camazotz: cuando el murciélago ya era un símbolo antes del cómic

 

Cada tanto, las redes sociales recuperan una imagen que asegura que "Batman existió en la mitología mesoamericana". La afirmación suele ir acompañada por una representación de “Camazotz”, el dios murciélago de la tradición maya, y concluye que el Caballero Oscuro tiene un antecedente de siglos en América.

La frase funciona como un excelente título para captar la atención. Como explicación histórica, en cambio, es inexacta.

Batman no existió antes de Batman.

El personaje fue creado en 1939 por Bob Kane y Bill Finger. Sin embargo, eso no significa que el símbolo del murciélago naciera con él. Mucho antes de que Bruce Wayne recorriera los tejados de Gotham, diversas culturas ya habían convertido a este animal en una figura cargada de significado. Los murciélagos fueron asociados con la noche, las cuevas, el misterio, la muerte y el paso entre mundos. Es decir, representaban aquello que la oscuridad siempre despertó en la imaginación humana.

En la cosmovisión maya aparece “Camazotz”, cuyo nombre puede traducirse como "murciélago de la muerte". No era un superhéroe ni un vigilante; era una entidad vinculada al inframundo, al sacrificio y al poder de la noche.

Su presencia más célebre aparece en el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas quichés. Allí, los Gemelos Héroes deben atravesar la temida Casa de los Murciélagos durante su descenso a Xibalbá, el reino de los muertos. En una de las escenas más recordadas, Camazotz decapita a Hunahpú cuando este asoma la cabeza para comprobar si ya había amanecido.

No hay justicia en ese acto. No hay moral. No hay heroísmo. Hay muerte. Y esa diferencia es esencial.

Resulta tentador comparar a Camazotz con Batman porque ambos comparten la iconografía del murciélago. Pero el símbolo no significa lo mismo en ambos casos.

Para los mayas, el murciélago representaba el contacto con las fuerzas invisibles del inframundo, el peligro de la noche y el poder de la muerte. Batman, en cambio, invierte completamente ese significado. Bruce Wayne elige convertirse en un murciélago porque entiende que el miedo puede utilizarse contra quienes viven sembrándolo. El símbolo deja de representar la oscuridad para convertirse en un arma contra ella.

Quizá ahí resida una de las mayores virtudes de Batman como personaje. No combate monstruos disfrazándose de ángel. Lo hace convirtiéndose en aquello que los criminales temen. Es una operación psicológica brillante. Batman no busca inspirar esperanza como Superman. Busca intimidar. Entiende que, en una ciudad como Gotham, el miedo puede ser un instrumento de justicia. Paradójicamente, el héroe termina apropiándose del símbolo que durante miles de años estuvo asociado con la muerte. Por eso resulta más interesante hablar de “arquetipos” que de influencias directas. No existe ninguna prueba de que Bob Kane o Bill Finger se hayan inspirado en Camazotz para crear a Batman. La semejanza es iconográfica, no histórica.

Carl Gustav Jung sostenía que ciertos símbolos aparecen una y otra vez en culturas diferentes porque forman parte del inconsciente colectivo. El murciélago parece ser uno de ellos. Siempre regresa como representación de aquello que habita en los límites: la noche, el miedo, el misterio, la transformación.

Batman pertenece a esa larga tradición simbólica. No desciende de Camazotz, pero dialoga con él sin saberlo. Tal vez por eso el personaje sigue resultando tan fascinante. Porque detrás del traje negro no solo hay un millonario traumatizado que combate el crimen. También hay un símbolo antiquísimo que la humanidad lleva miles de años contemplando con una mezcla de temor y fascinación.

Batman no existía en la mitología maya. Lo que existía era algo mucho más profundo: “la idea del murciélago como emblema de la oscuridad”. Y quizá el mayor acierto de sus creadores fue comprender que no había mejor forma de combatir el miedo que convirtiéndose, precisamente, en aquello que el miedo había representado desde tiempos inmemoriales.

 

Esta imagen no es una representación arqueológica auténtica de Camazotz. Tiene una apariencia muy convincente, pero presenta varios indicios de ser una recreación digital o una interpretación artística moderna, probablemente generada o muy retocada.

¿Por qué?

La forma del casco recuerda deliberadamente a la capucha de Batman: las orejas largas y simétricas, la abertura de los ojos y la silueta general coinciden mucho más con el diseño del personaje de DC que con el arte maya conocido.

La boca exageradamente abierta tampoco corresponde a las representaciones clásicas de Camazotz. En el arte mesoamericano los rasgos suelen ser más estilizados y simbólicos.

La pátina verdosa da la impresión de ser una escultura de bronce envejecido, pero los mayas trabajaban principalmente la piedra, la cerámica, la madera y el estuco. No existen esculturas metálicas de ese tipo representando a Camazotz.

El conjunto tiene una estética muy contemporánea, diseñada para que el espectador piense inmediatamente: "¡Es Batman!".

Lo que sí es cierto es que Camazotz fue representado por los mayas, aunque de una manera muy distinta.

 


 En las representaciones auténticas suele aparecer: con cabeza de murciélago, de hocico alargado; orejas grandes, pero no como los cuernos rectos de Batman; colmillos prominentes; alas o atributos propios de los murciélagos; elementos propios del arte maya, con glifos, tocados y ornamentación ritual. 

El parecido con Batman es mucho menor de lo que sugieren los memes.

De hecho, la asociación entre ambos personajes es moderna. Las publicaciones en redes suelen tomar una ilustración contemporánea como la que subiste para reforzar la idea de que "Batman ya existía en América". Históricamente, eso no es correcto. Lo que existía era una poderosa deidad murciélago llamada Camazotz, cuya iconografía fue reinterpretada por artistas actuales con una estética cercana al Caballero Oscuro.

 

 

Batman o la decisión de no convertirse en un monstruo

 

Batman o la decisión de no convertirse en un monstruo

 

Hay una pregunta que siempre vuelve cuando alguien descubre que Batman es mi superhéroe favorito.

—¿Por qué Batman? La respuesta nunca es sencilla.

Muchos dicen que Batman es el héroe más humano porque cualquiera podría llegar a ser él. No estoy de acuerdo. Me parece exactamente al revés. Batman es uno de los personajes más improbables que existen.

Superman, por ejemplo, es un extraterrestre. Nació en un planeta distinto, bajo una gravedad diferente, y cuando llega a la Tierra desarrolla habilidades extraordinarias. La ficción establece una regla y juega con ella.

Batman, en cambio, es un hombre. Eso es lo extraño.

Un hombre que domina las artes marciales, la criminología, la química, la informática, la estrategia militar, la medicina forense, la psicología criminal, la ingeniería y, además, es considerado el mejor detective del mundo. Todo antes de los cuarenta y cinco años.

Es infinitamente menos probable que exista un Batman que un Superman.

Sin embargo, nunca admiré a Batman por sus golpes, sus gadgets o la Bati-cueva.

Lo admiro por algo mucho más difícil. Por su límite.

Vivimos en una época donde la venganza suele confundirse con la justicia. Donde las redes sociales celebran el castigo inmediato y el enemigo debe ser destruido sin matices. Batman propone exactamente lo contrario.

Él podría matar al Guasón. Tendría motivos de sobra. El Guasón asesinó amigos, destruyó familias, sembró el terror una y otra vez. Cualquier tribunal imaginario entendería esa ejecución. Pero Batman no lo hace. No porque crea que el Guasón merece vivir. No porque ignore el dolor de las víctimas. No porque sea ingenuo.

No mata porque sabe quién es. Porque entiende que el primer asesinato no termina con un criminal: empieza a transformar al asesino.

Bruce Wayne conoce demasiado bien la oscuridad. Vive dentro de ella desde aquella noche en que vio morir a sus padres en un callejón de Gotham. Esa tragedia pudo haberlo convertido en otro villano. De hecho, casi todos sus enemigos nacen de una desgracia similar: un accidente, una pérdida, una humillación, un trauma.

La diferencia es la respuesta.

El Guasón convierte el sufrimiento en caos. Dos Caras lo convierte en resentimiento. El Acertijo, en obsesión. El Espantapájaros, en miedo. Batman convierte el suyo en disciplina. Quizá ahí esté el verdadero corazón del personaje. No en la máscara.

No en el cinturón. No en el Batimóvil. Sino en esa decisión silenciosa que toma todas las noches: no parecerse a aquello contra lo que pelea.

Tal vez por eso Batman sigue vigente después de más de ochenta años. Porque no habla de murciélagos, ni de superhéroes, ni de ciudades imaginarias.

Habla de nosotros. De la lucha cotidiana entre la ira y la compasión. Entre el deseo de devolver el golpe y la necesidad de conservar la propia humanidad. Batman nunca venció a la muerte de sus padres. Nunca dejó de ser aquel niño arrodillado en un callejón. Simplemente decidió que su dolor no sería una excusa para hacer sufrir a los demás. Y, en un mundo que suele premiar a los más violentos, esa elección sigue siendo su verdadero superpoder.

Creo que ese es el secreto de Batman. No es un hombre vestido de murciélago. Es alguien que entendió que el enemigo más peligroso nunca fue el Guasón, Bane o Dos Caras. El enemigo siempre fue la posibilidad de convertirse en uno de ellos.


El inventario de las ausencias

El inventario de las ausencias

 

Cuando una relación termina ocurre algo extraño: de pronto aparecen las pertenencias.

Durante meses o años convivimos con ellas sin prestarles atención. Un libro olvidado en una repisa. Un par de discos mezclados con los nuestros. Una remera. Una taza. Alguna fotografía escondida entre papeles viejos.

Pero basta una separación para que esos objetos adquieran una importancia desmesurada.

Entonces comenzamos a hacer inventario.

"Creo que en su casa quedaron algunos CD."

"Debe tener una campera mía."

"Seguro todavía conserva aquella foto."

Y de repente sentimos la urgente necesidad de recuperarlos.

Lo curioso es que, si somos sinceros, la mayoría de esas cosas nos importan bastante menos de lo que creemos. Los discos pueden volver a comprarse. La remera probablemente ni la usamos. La foto sigue existiendo en algún rincón de la memoria aunque nunca vuelva a nuestras manos.

Lo que buscamos no son los objetos. Buscamos la excusa. Queremos que el teléfono vuelva a sonar. Queremos una conversación más. Queremos una última oportunidad para que algo suceda. Tal vez imaginamos que durante el encuentro ella nos dirá que se equivocó. Que nos extraña. Que todavía queda algo por salvar. Por eso las pertenencias se convierten en embajadoras de causas perdidas. Las enviamos a negociar donde ya no queda nada para negociar.

Con las cosas que ella dejó en nuestra casa ocurre algo parecido.

Muchos hombres sienten la necesidad de llamarla para que pase a retirarlas. Como si la existencia de una bolsa olvidada en un placard fuera un asunto de Estado.

No lo es. Los objetos tienen una paciencia infinita. Pueden esperar semanas, meses o años en el fondo de un cajón. No sufren. No extrañan. No necesitan respuestas.

Si ella quiere recuperarlos, encontrará la forma. Y si no los reclama, tal vez sea porque ya comprendió algo que nosotros todavía nos resistimos a aceptar: que hay historias que terminan incluso antes de que desaparezcan sus rastros materiales.

Las relaciones suelen acabar mucho antes que sus objetos.

Primero se va el amor.

Después se van las conversaciones.

Después los planes.

Después las costumbres.

Y recién mucho tiempo más tarde desaparecen los libros, los discos, las fotografías y las remeras. Por eso, cuando una historia termina, quizás lo más difícil no sea devolver las cosas. Lo más difícil es aceptar que aquello que realmente queremos recuperar nunca estuvo dentro de una caja.

 

La navaja de Ockham contra la paranoia del lector

Podes leer; El filo de la simplicidad: qué es la navaja de Ockham y por qué sigue siendo indispensable

La navaja de Ockham contra la paranoia del lector

 

Existe una forma de leer que convierte cualquier libro en un mapa del tesoro. Todo es un símbolo. Todo es una clave. Todo remite a otra cosa. Si un personaje viste de azul, representa la melancolía. Si fuma, es una crítica al capitalismo. Si llueve en la página 84, el autor está dialogando secretamente con un alquimista del siglo XVI.

A veces ocurre. La literatura está hecha de capas. Pero otras veces un paraguas es apenas un paraguas.

La navaja de Ockham propone un ejercicio de humildad. Antes de construir una teoría que necesita veinte referencias, quince entrevistas del autor y tres conspiraciones editoriales, conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿el texto necesita realmente todo eso para ser comprendido?

No se trata de defender una lectura ingenua. Borges sabía que un cuento puede contener infinitos sentidos. Eco dedicó buena parte de su obra a demostrar que un texto produce múltiples interpretaciones. Pero ambos también desconfiaban del lector que confunde interpretar con delirar.

En “Interpretación y sobreinterpretación”, Umberto Eco distingue entre descubrir posibilidades del texto y obligarlo a decir lo que nunca dijo. Ahí aparece, aunque no la nombre explícitamente, la sombra de Ockham.

La mejor interpretación no suele ser la más extravagante. Es la que logra explicar más con menos.

En tiempos de redes sociales, donde cualquier película es presentada como una teoría conspirativa de tres horas y cualquier novela parece esconder un mensaje cifrado, la navaja de Ockham resulta un saludable recordatorio: antes de imaginar un laberinto, comprobemos si no había simplemente una puerta.

Porque la crítica literaria no consiste en demostrar que somos más inteligentes que el autor. Consiste en escuchar lo que el texto puede decir antes de obligarlo a decir lo que nosotros queremos oír.

Quizá la mayor virtud de un buen lector no sea descubrir secretos inexistentes, sino reconocer cuándo el misterio ya está completo tal como fue escrito. La literatura no siempre pide una linterna para buscar significados ocultos; a veces solo exige la paciencia de mirar con atención lo que está a la vista.



 

El filo de la simplicidad: qué es la navaja de Ockham y por qué sigue siendo indispensable


 

El filo de la simplicidad: qué es la navaja de Ockham y por qué sigue siendo indispensable

 

La navaja de Ockham, también conocida como el principio de parsimonia, es uno de los criterios de razonamiento más importantes de la filosofía y la ciencia. Su idea central sostiene que, cuando existen varias explicaciones posibles para un mismo fenómeno y todas explican los hechos con la misma eficacia, conviene preferir aquella que requiere menos supuestos o hipótesis adicionales.

Este principio se atribuye al filósofo y fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham (siglo XIV), quien defendía que no era necesario multiplicar las entidades o las explicaciones más allá de lo indispensable. La formulación más conocida de esta idea es: "No deben multiplicarse los entes sin necesidad" (Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem), una frase que, aunque no aparece literalmente en sus escritos, sintetiza fielmente su pensamiento.

En términos sencillos, la navaja de Ockham no afirma que la explicación más simple sea siempre la verdadera, sino que, ante dos teorías igualmente capaces de explicar un hecho, es más razonable comenzar por la que introduce menos elementos, menos excepciones y menos conjeturas. La simplicidad, en este contexto, no significa superficialidad, sino economía de hipótesis.

Un ejemplo cotidiano ayuda a comprenderlo. Si una mañana el automóvil no enciende, una explicación probable es que la batería se haya descargado. Otra posibilidad sería imaginar una compleja combinación de fallas mecánicas, defectos eléctricos y condiciones ambientales extraordinarias. Mientras no existan pruebas que indiquen lo contrario, la navaja de Ockham aconseja investigar primero la causa más sencilla y habitual: la batería.

Este principio se aplica de manera constante en la investigación científica. Cuando dos modelos explican un mismo conjunto de datos con idéntica precisión, los científicos suelen inclinarse por el más simple, ya que resulta más fácil de comprobar, comprender y poner a prueba. Del mismo modo, en la medicina, los profesionales suelen considerar primero los diagnósticos más frecuentes antes de explorar enfermedades extremadamente raras, siempre sin descartar nuevas posibilidades si la evidencia así lo exige.

Es importante señalar que la navaja de Ockham no constituye una ley absoluta ni una garantía de verdad. La realidad puede ser compleja, y en muchas ocasiones la explicación correcta resulta ser la más elaborada. Por ello, este principio debe entenderse como una herramienta metodológica que ayuda a ordenar el razonamiento y a evitar explicaciones innecesariamente complicadas cuando una más sencilla explica adecuadamente los hechos.

En definitiva, la navaja de Ockham nos invita a pensar con rigor y prudencia: antes de construir teorías complejas, conviene preguntarse si una explicación más simple no basta para comprender aquello que observamos. Es un principio que, más de seis siglos después de su formulación, sigue siendo una guía fundamental para la filosofía, la ciencia y el pensamiento crítico.

 

 Pode leer: l La navaja de Ockham contra la paranoia del lector

 

Responder a Proust después de medianoche. Cuestionario para un héroe absurdo

Responder a Proust después de medianoche. Cuestionario para un héroe absurdo

 

La noche en Villa Dolores siempre llega con un silencio raro, como si el mundo se quedara pensando.

Me preguntaba por la felicidad. Pensé que durante años imaginé la felicidad como algo grande: viajes, libros publicados, ciudades lejanas. Con el tiempo descubrí que se parecía más a algo mínimo: una tarde leyendo mientras el viento mueve las hojas de los árboles.

La reflexión sobre el miedo llegó después. No fue difícil responderla. El miedo es el olvido. No el propio, sino el de las cosas que importan: los libros que nadie vuelve a abrir, las historias que se pierden cuando muere quien las contaba.

Me pregunté por un libro que hubiera marcado mi vida, pensé en la forma en que la literatura puede convertirse en una segunda biografía. Los libros que leemos terminan escribiendo, en silencio, partes de nuestra propia historia. Difícil decidir eso. Mi lista sería casi como un inventario de biblioteca.

Mi lema ha sido vivir con curiosidad, leer con sospecha, recordar con obstinación.

En eso estaba esa madrugada cualquiera cuando abrí el Cuestionario Proust.

En mi biblioteca veía los siete libros de En busca del tiempo perdido y el del caso Lemoine que me transportaba a la realidad argentina. Afuera el pueblo estaba en silencio y el mundo parecía reducido al ruido del teclado y a un mate lavado ya frío.

Las preguntas parecían inocentes, pero cada una funcionaba como una puerta.

Tenía delante el cuestionario y un vaso medio lleno —o medio vacío— de wiski que decidí degustar, mientras un alilicucú gritaba desde algún árbol oscuro del patio o desde una calle de tierra de esas que circundan el lugar donde vivo. Pensé que responder preguntas sobre uno mismo es una forma elegante de autopsia.

Si Marcel Proust lo hubiera sabido, quizá habría agregado una advertencia: todo cuestionario es también una confesión.

 

1 ¿Principal rasgo de tu carácter?

Ser abstraído. Vivo más tiempo en la cabeza que en el mundo. Hay días en que la realidad parece una interrupción molesta del pensamiento.

 

2 ¿Qué cualidad aprecias más en un hombre?

La inteligencia. Esa capacidad de incendiar una conversación con una idea.

 

3 ¿Y en una mujer?

La inteligencia también. Nada es más erótico que una mente peligrosa.

 

 4 ¿Qué esperas de tus amigos?

Que no me dejen cómodo. Los amigos que sirven son los que discuten, los que tiran ideas como piedras contra el vidrio de la certeza.

 

5 ¿Tu principal defecto?

Cuando me enojo, se impone la pasión. Y la pasión es un animal que muerde antes de pensar.

 

6 ¿Tu ocupación favorita?

Leer. Leer como quien cava un túnel en la realidad.

 

7 ¿Tu ideal de felicidad?

Una conversación larga con alguien que piense bien. Una mesa, música en discos de vinilo, vino, libros, y la sensación de que el mundo afuera puede esperar.

 

8 ¿Cuál sería tu mayor desgracia?

No terminar la lista de objetivos que escribí a los diez años en un cuaderno Rivadavia de tapa dura. Un niño hace promesas que el adulto teme no poder cumplir.

 

9 ¿Qué te gustaría ser?

Una estrella de rock. No por la fama: por el momento en que el ruido se vuelve una forma de libertad.

 

10 ¿En qué país desearías vivir?

En Argentina. Es un país trágico y hermoso, como un poema maldito.

 

11 ¿Tu color favorito?

Los violáceos. Colores que parecen nacidos del crepúsculo.

 

12 ¿La flor que más te gusta?

La rosa. Sus pétalos parecen un mandala que se abre lentamente hacia el centro de algo que nunca terminamos de comprender.

 

11 ¿El pájaro que prefieres?

El mirlo —o el zorzal, como dicen en Traslasierra—. Canta como si supiera algo que nosotros no.

 

12 ¿Tus autores favoritos en prosa?

Borges, Poe, Lovecraft, Proust, Kafka, Marechal, Dick, Vonegut.

Cada uno abre una puerta distinta hacia el mismo abismo.

 

13 ¿Tus poetas?

Pessoa, Vallejo, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Olga Orozco.

Poetas que escribieron como si cada verso fuera un acto de peligro.

 

14 ¿Un héroe de ficción?

Batman. Un hombre que pelea contra el caos con inteligencia y sombras.

 

14 ¿Una heroína?

La Mujer Maravilla. La mitología todavía necesita diosas guerreras.

 

15 ¿Tu músico favorito?

Jaco Pastorius. El bajo convertido en tormenta.

 

16 ¿Tu pintor preferido?

Caravaggio y Velázquez. Dos hombres que sabían que la luz es una forma de violencia.

 

17 ¿Tu héroe de la vida real?

El héroe absurdo.

Ese del que hablaba David Galloway: un hombre sin esperanza metafísica, consciente de que la muerte es el único final seguro y aun así enamorado de la vida.

 

18 ¿Tu nombre favorito?

Tomás y Francisco. Hay historias personales que viven escondidas dentro de los nombres.

 

19 ¿Qué hábito ajeno no soportas?

El mal uso del lenguaje. Las palabras son herramientas sagradas.

 

20 ¿Qué es lo que más detestas?

La traición. Es el crimen más íntimo.

 

21 ¿Una figura histórica que te produzca rechazo?

Hitler. La prueba de que la barbarie también puede organizarse.

 

22 ¿Un hecho de armas que admires?

La táctica de Julio César en Farsalia. La inteligencia aplicada a la guerra es una forma de tragedia.

 

23 ¿Qué virtud desearías poseer?

Viajar en el tiempo. Ser testigo de la historia como quien mira una obra de teatro infinita.

 

24 ¿Cómo te gustaría morir?

Como un noble caballero. Con cierta elegancia frente al final inevitable.

 

25 ¿El estado más común de tu ánimo?

Buen humor. Incluso cuando el mundo parece derrumbarse.

 

26 ¿Qué defectos te inspiran indulgencia?

La torpeza con las manos. Hay personas que nacieron para pensar, no para atornillar cosas.

 

27 ¿Tienes una máxima?

Sí: Cuando corresponda, seamos la razón y no la pasión.

Y cuando corresponda, pasión y no razón.

Porque el secreto quizá esté ahí: vivir en el equilibrio imposible entre la lucidez y el incendio.

 

 

 

Nota final: EL CUESTIONARIO PROUST. Una de las maneras más habituales de presentar a un personaje en los medios escritos son los cuestionarios. Son un tipo de entrevista de personalidad basada en una lista de preguntas de respuesta breve. Se trata de un modelo en el que el entrevistado contesta a un formulario de preguntas ya preparado que se asemeja a un test psicológico, y cuyas preguntas están diseñadas para revelar su personalidad. El nombre proviene del escritor francés Marcel Proust (1871-1922). Este respondió por primera vez al cuestionario a los quince años, a requerimiento de Antoinette Faure, una compañera de juegos. A los veintiún años, volvió a contestarlo y lo tituló "Proust por sí mismo".  Estos cuestionarios fueron una moda a finales del XIX y principios del XX. Están pensados para descubrir las inclinaciones, gustos y personalidad del personaje que lo responde.




 

Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora: Una lectura de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés


 

Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora.

Una lectura de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés

 Si te intereso este libro. Podes leer: Cuando la loba despierta

 

"La loba, la vieja, la que sabe, está dentro de nosotras. Florece en la más profunda psique del alma de las mujeres, la antigua y vital Mujer Salvaje. Ella describe su hogar como ese lugar en el tiempo donde el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos hacen contacto. Es el punto donde el Yo y el Tú se besan, el lugar donde las mujeres corren con los lobos".

 

Esta es el enunciado más icónico de la obra Mujeres que corren con lobos de Clarissa Pinkola, el libro publicado en 1993 que hizo merecedora a del premio de Honor Abby y el premio Gradiva de la "National Association for the Advancement of Psychoanalysis".

Este libro es uno de esos que se vuelven fenómenos editoriales por una moda pasajera. Pero la diferencia es que más de 30 años después se sigue leyendo. Claro hay una salvedad, no es una lectura fácil, requiere concentración, razonar lo que dice, pensarlo y meditarlo.  El secreto es que permanece vigente porque toca una fibra profunda de la experiencia humana.

Mujeres que corren con los lobos, publicado en 1993, fue traducido a decenas de idiomas y convertido en un clásico contemporáneo, el trabajo de Clarissa Pinkola Estés sigue siendo objeto de lectura, debate y reinterpretación más de treinta años después de su aparición.

Quizá la primera equivocación sea creer que se trata de un libro de autoayuda. No lo es. Tampoco es un manifiesto feminista en sentido estricto, aunque muchas de sus ideas dialogan con el feminismo contemporáneo. Lo que Clarissa Pinkola Estés construye es una obra situada en la intersección entre la psicología analítica de Carl Gustav Jung, la antropología, el folclore y la tradición oral.

No es casual que la autora dedicara más de veinte años a escribirla. El libro comenzó a gestarse en 1971 y fue el resultado de décadas recopilando relatos tradicionales de distintas culturas para analizarlos desde una perspectiva simbólica. Cada cuento funciona como una cartografía del inconsciente.

El concepto central de la obra es la “Mujer Salvaje”

Aquí conviene detenerse. La palabra "salvaje" suele malinterpretarse. No alude a la violencia ni a la ausencia de normas. Tampoco representa una idealización romántica de la naturaleza. En el lenguaje de Pinkola Estés, la Mujer Salvaje simboliza el núcleo instintivo de la psique femenina: la capacidad de crear, de proteger, de intuir el peligro, de amar sin perder la identidad y de resistir los procesos de domesticación cultural.

Desde una lectura junguiana, esa Mujer Salvaje puede entenderse como un arquetipo: una imagen primordial que atraviesa culturas y épocas. No pertenece únicamente a las mujeres concretas, sino que constituye una estructura simbólica del inconsciente colectivo. De allí que la autora recurra constantemente a cuentos tradicionales, porque considera que los mitos contienen conocimientos psicológicos que la modernidad ha olvidado.

El lobo, entonces, deja de ser un animal para convertirse en un símbolo.

A diferencia de la representación occidental del lobo como amenaza —desde Caperucita Roja hasta los relatos medievales—, Pinkola Estés rescata su dimensión positiva. El lobo conoce el territorio, protege la manada, posee memoria, intuición y una inteligencia que no depende exclusivamente de la razón. Es precisamente esa combinación de instinto y sabiduría la que la autora propone recuperar.

Su frase más célebre resume el corazón del libro: "La loba, la vieja, la que sabe, está dentro de nosotras."

Esa afirmación es, en realidad, una declaración antropológica y psicológica. Sugiere que la cultura patriarcal no destruyó esa naturaleza profunda, sino que logró silenciarla. La tarea no consiste en construir una identidad nueva, sino en recordar una identidad olvidada.

En este punto aparece una de las mayores virtudes del libro: evita caer en simplificaciones. Pinkola Estés no presenta a las mujeres como víctimas pasivas ni a los hombres como enemigos naturales. El conflicto que le interesa es mucho más complejo. Es la tensión permanente entre la vida instintiva y los mecanismos sociales que buscan normalizarla. En ese sentido, el libro puede leerse también como una crítica a cualquier sistema —familiar, religioso, político o cultural— que pretenda uniformar la experiencia humana. Sin embargo, esa misma perspectiva ha recibido críticas.

Desde algunos sectores de la teoría feminista se ha señalado que la autora corre el riesgo de caer en cierto esencialismo, al sugerir la existencia de una esencia femenina universal vinculada con la naturaleza, la intuición o la maternidad simbólica. Para pensadoras como Judith Butler, por ejemplo, la identidad femenina no responde a una esencia previa, sino que se construye históricamente mediante prácticas culturales y relaciones de poder.

La objeción es pertinente. ¿Existe realmente una "naturaleza femenina" o esa idea reproduce, aunque con un signo positivo, antiguos estereotipos?

Pinkola Estés respondería probablemente que no está describiendo una condición biológica, sino un territorio simbólico. Su "Mujer Salvaje" no pretende definir cómo son todas las mujeres, sino ofrecer una imagen arquetípica capaz de dialogar con la experiencia interior de muchas de ellas.

Más allá de ese debate, el libro mantiene una extraordinaria potencia narrativa.

La autora analiza relatos como “Barba Azul”, “La Mujer Esqueleto”, “Vasalisa” o “La Loba” con una habilidad poco frecuente. No se limita a interpretar símbolos; los convierte en herramientas para comprender procesos psicológicos como el miedo, la pérdida, el deseo, la creatividad, la maternidad, el duelo o la reconstrucción de la identidad.

Por eso la lectura nunca resulta académica. Cada capítulo funciona simultáneamente como ensayo, cuento y sesión de análisis.

Otro de los aciertos de la obra consiste en reivindicar el valor del relato oral. En tiempos dominados por la inmediatez, Pinkola Estés recuerda que los cuentos populares fueron durante siglos auténticos manuales de supervivencia emocional. Allí se transmitían conocimientos sobre el amor, la muerte, la traición, la violencia y la esperanza mucho antes de que existiera la psicología como disciplina.

Tal vez sea esa la razón por la cual Mujeres que corren con los lobos sigue encontrando lectores en pleno siglo XXI. En una época obsesionada con la productividad, el rendimiento y la construcción permanente de una imagen pública, la autora propone un gesto profundamente contracultural: escuchar la voz interior.

No para escapar del mundo, sino para habitarlo de otra manera.

La obra deja, además, una enseñanza que trasciende el género. Aunque fue escrita pensando en las mujeres, su reflexión alcanza a cualquier persona que haya sentido alguna vez el peso de vivir demasiado lejos de sí misma.

Cuando Pinkola Estés escribe: "Es peor quedarse donde uno no pertenece en absoluto que vagar perdido por un tiempo buscando el parentesco psíquico y espiritual que uno requiere." No está hablando únicamente de mujeres. Está hablando del costo existencial de renunciar a la propia identidad para satisfacer las expectativas ajenas.

Quizá allí resida la verdadera vigencia del libro. No porque proponga respuestas definitivas, sino porque obliga a formular una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que creemos ser pertenece realmente a nuestra naturaleza y cuánto ha sido impuesto por la cultura?

Mujeres que corren con los lobos no ofrece una receta para la felicidad. Ofrece algo más difícil: un viaje hacia el territorio donde conviven el instinto, la memoria y la libertad. Un territorio que Clarissa Pinkola Estés llama Mujer Salvaje, pero que, en última instancia, podría entenderse como esa parte esencial del ser humano que se resiste a ser domesticada.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que, tres décadas después, el eco de sus páginas todavía sigue escuchándose como un aullido en medio del bosque.


Si te intereso este libro. Podes leer: Cuando la loba despierta

El mito de la razón fría

El mito de la razón fría

 

Cada tanto aparece una palabra nueva que promete haber descubierto algo que la filosofía viene pensando desde hace más de dos mil años.

Ahora le toca al "sentipensar". Se presenta como una superación de la racionalidad occidental, como si Occidente hubiera sido un desierto emocional donde nadie se preguntó jamás por el vínculo entre razón y afectos.

Pero basta abrir la “Ética a Nicómaco” para encontrar a Aristóteles explicando que una vida buena exige educar tanto la razón como las pasiones. O leer a Spinoza, para quien comprender nuestras emociones es el camino hacia la libertad. O a Nietzsche, que desconfía de la razón pura pero jamás renuncia al pensamiento. Incluso Merleau-Ponty hizo del cuerpo la condición misma de toda experiencia.

Reducir la tradición occidental al "pienso, luego existo" es tan simplista como reducir las filosofías orientales a frases para Instagram.

Una cosa es cuestionar la hegemonía de ciertos modos de conocer —crítica necesaria después de siglos de colonialismo y epistemicidios—. Otra muy distinta es reemplazar el estudio por consignas de autoayuda, o creer que "vibrar alto" constituye una teoría del conocimiento.

El problema no es sentir. El problema es cuando sentir pretende sustituir a pensar.

Porque las emociones explican cómo vivimos el mundo; las ideas intentan comprender por qué ese mundo es como es. Y para entender, por ejemplo, por qué existe la explotación, por qué se produce la desigualdad o cómo funciona el capitalismo, hace falta algo más que buena energía. Hace falta leer. Hace falta discutir. Hace falta estudiar.

Como diría el meme: "Fuera, hippie... andá a comer flores." Pero, antes de irte, llevate un ejemplar de “El capital”. Quizás descubras que Marx también hablaba de la vida, solo que empezaba por entender cómo se produce.




 

La derrota cultural en la era del scroll y el reel

La derrota cultural en la era del scroll y el reel

 

Federico Fellini dijo alguna vez que “la televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”. Durante décadas esa frase pareció exagerada. Después llegaron internet, las redes sociales y el teléfono convertido en una prolongación de la mano. Entonces comprendimos que el problema nunca fue el aparato. Era el espejo.

Hoy ya casi nadie se sienta frente a un televisor esperando el horario de un programa. La pantalla viaja en el bolsillo. Ya no hay conductores; hay influencers. Ya no hay zapping; hay scroll infinito. Cambió el formato, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué tipo de cultura construimos con aquello que elegimos mirar durante horas?

No creo que un reel sea el enemigo. Tampoco un video de treinta segundos o un TikTok. Sería demasiado sencillo culpar a la herramienta. El problema comienza cuando el fragmento reemplaza a la obra, cuando el resumen suplanta al libro, cuando la frase motivacional ocupa el lugar de la filosofía y cuando creemos haber comprendido un tema complejo porque alguien lo explicó con música de fondo y subtítulos gigantes.

Vivimos en la era de la velocidad. Todo debe consumirse rápido. Leer quinientas páginas parece un acto de resistencia. Ver una película de tres horas exige una paciencia casi arqueológica. Pensar antes de opinar se volvió un lujo.

No es casual. Un ciudadano que apenas sostiene la atención durante veinte segundos difícilmente pueda enfrentarse a un ensayo, una novela de Dostoievski o una sinfonía completa. La cultura deja de ser un territorio de exploración para convertirse en un catálogo de estímulos instantáneos.

La derrota cultural no consiste en mirar videos cortos. Consiste en perder el deseo de ir más allá de ellos.

Lo inquietante es que confundimos información con conocimiento. Nunca hubo tanto acceso a bibliotecas, cursos, documentales y archivos como ahora. Sin embargo, pocas veces hubo tanta ansiedad por evitar cualquier contenido que demande esfuerzo intelectual. Sabemos un poco de todo y profundizamos en casi nada.

Los algoritmos entendieron algo que nosotros preferimos ignorar: nuestra atención vale más que nuestra inteligencia. Por eso premian el escándalo antes que la reflexión, la indignación antes que el argumento, el impacto antes que la belleza. No porque exista una conspiración, sino porque eso mantiene los ojos pegados a la pantalla.

Y, sin embargo, la responsabilidad sigue siendo nuestra.

Cada libro abierto es una pequeña insurrección contra el algoritmo. Cada película vista sin consultar el celular. Cada conversación larga. Cada poema releído. Cada disco escuchado de principio a fin.

La cultura nunca fue un espectáculo de fuegos artificiales. Siempre fue una construcción lenta. Una biblioteca. Un museo. Un teatro. Un aula. Un café donde alguien se atreve a formular una pregunta difícil.

Quizá Fellini hoy no hablaría de la televisión. Hablaría del vértigo. De una civilización que parece incapaz de demorarse en una idea. De una época que confunde movimiento con profundidad.

No temo que desaparezcan los libros. Temo algo peor: que dejen de parecernos necesarios.

Porque el verdadero síntoma de la decadencia cultural no es que existan millones de reels. Es que cada vez menos personas sientan curiosidad por aquello que un reel jamás podrá contener.

 

Cuando tus palabras empiezan a vivir en otra voz

Cuando tus palabras empiezan a vivir en otra voz

 

Hay un momento extraño que no suele contarse. No ocurre el día en que publicás un texto, ni cuando alguien te felicita por haber escrito una buena frase. Sucede mucho después.

Un día, en medio de una conversación cualquiera, escuchás a alguien decir una expresión que te resulta demasiado familiar. Después aparece otra. Y otra más. No te está citando. Ni siquiera recuerda de dónde la sacó. Simplemente ya habla así.

Al principio uno duda. ¿La dije yo o siempre existió? Las palabras tienen esa costumbre de borrar las huellas de quien las pronunció primero. Si son buenas, dejan de pertenecerte.

No es una cuestión de ego. Es otra cosa. Es comprobar que una manera de mirar el mundo encontró hospedaje en otra cabeza. Que una idea salió de tus cuadernos para instalarse en una sobremesa, en un chat, en una discusión de café o en una charla de madrugada.

Las influencias verdaderas nunca hacen ruido. No llegan con comillas ni con notas al pie. Se infiltran lentamente hasta que alguien empieza a pensar con ese ritmo, a elegir esas palabras, a construir las mismas imágenes sin advertir que un día las tomó prestadas.

Quizás ése sea el destino más noble de una frase: dejar de ser reconocible. Convertirse en parte del lenguaje de otro. Perder el nombre del autor para ganar una nueva vida.

Hay escritores que venden libros. Hay otros que, sin darse cuenta, terminan sembrando vocabularios. Y cuando eso ocurre, comprendés que las palabras nunca fueron tuyas. Apenas fuiste el primer lugar donde decidieron quedarse un rato antes de seguir viaje.

Creo que ese es el único plagio que vale la pena celebrar: el de las ideas que ya encontraron otro corazón desde donde seguir hablando.




 

Perderse a propósito: una crónica sobre “Filosofía borgeana: un juego ricotero" de Pablo Cillo


 

Perderse a propósito: una crónica sobre “Filosofía borgeana: un juego ricotero" de Pablo Cillo

 

Abrí Filosofía borgeana: un juego ricotero con la curiosidad de quien sospecha que dos mundos no deberían tocarse. Borges de un lado. El Indio Solari del otro. La literatura y el rock. La biblioteca y el estadio. Sin embargo, a las pocas páginas entendí que Pablo Cillo no intentaba demostrar una teoría: quería invitar al lector a recorrer un puente. Filosofía borgeana: un juego ricotero, de Pablo Cillo, pertenece a esa rara especie.

Confieso que abrí sus páginas con cierta desconfianza. Borges y el Indio Solari parecen habitar planetas distintos. Durante décadas nos enseñaron que uno pertenecía a las bibliotecas y el otro a los estadios; uno era patrimonio de la alta literatura y el otro, del rock argentino. Era una frontera demasiado cómoda. Y justamente por eso Cillo decide cruzarla.

No lo hace para demostrar una tesis definitiva. No pretende convencer al lector de que Borges escribió pensando en los Redondos ni que el Indio escondió citas borgianas entre sus letras. Sería un truco demasiado fácil. Lo que propone es algo mucho más interesante: un juego. Un diálogo improbable entre dos autores que nunca dejaron de desconfiar de las respuestas únicas.

A medida que avanzaba la lectura tuve la sensación de caminar por uno de esos laberintos que tanto fascinaban a Borges. Cada capítulo abría un pasillo nuevo. Cada comparación conducía a otra pregunta. No había una salida señalizada. Y esa, entendí después, era precisamente la propuesta del libro.

El corazón de ese recorrido es “El Sur”. No podía ser otro cuento. Allí están el destino, la identidad, el coraje, la muerte y esa incertidumbre que convierte cada lectura en una experiencia distinta. Cillo utiliza ese relato como una llave para ingresar también al universo ricotero, donde los personajes parecen caminar siempre al borde del sueño, del fracaso o de una revelación que nunca termina de completarse.

Mientras leía recordé una vieja costumbre de los fanáticos. La necesidad de descifrarlo todo. De encontrar "la explicación correcta" de una canción o de un cuento. Como si la literatura fuera un crucigrama y no una conversación. Cillo se planta exactamente en el lugar contrario. Lo dice con claridad cuando habla del Indio: interpretar no consiste en descubrir qué quiso decir el autor, porque ni siquiera el autor permanece idéntico a sí mismo con el paso de los años. La obra sigue viviendo mucho después de haber sido escrita.

Hay una idea que sobrevuela todo el libro y que termina siendo su mayor virtud: tanto Borges como Solari escriben desde la sospecha. Ninguno entrega verdades cerradas. Ambos obligan al lector —o al oyente— a completar el sentido. Ambos desconfían de los discursos demasiado seguros de sí mismos.

Quizás por eso el libro funciona incluso cuando algunas asociaciones pueden parecer arriesgadas. No importa tanto si cada paralelo convence por completo. Lo valioso es el ejercicio de volver a leer. De regresar a Borges después de escuchar “Luzbelito”. O de volver a las canciones del Indio con un cuento borgiano todavía resonando en la memoria.

En una de las entrevistas incluidas al final, Cillo cuenta que llegó a los Redondos después de Borges. Que fue un profesor de literatura quien le enseñó primero a leer al escritor, y que años después aplicó esa misma forma de lectura a las letras del rock. Es una confesión reveladora. Porque el libro entero parece escrito desde esa gratitud hacia la lectura entendida como una aventura y no como una colección de respuestas.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza de Filosofía borgeana: un juego ricotero. Que la cultura popular y la llamada alta cultura son etiquetas demasiado estrechas para explicar las grandes obras. Borges y el Indio hablan lenguajes distintos, pero ambos construyeron mitologías capaces de sobrevivir a sus propios autores. Ambos hicieron del enigma una forma de hospitalidad: invitan a entrar, no para encontrar una verdad definitiva, sino para perderse un poco más.

Y al cerrar el libro tuve la certeza de que Pablo Cillo nunca quiso resolver el misterio. Hizo algo mejor. Lo volvió más grande.

Cerré el libro con una sospecha. Tal vez Borges y el Indio nunca estuvieron tan lejos como nos hicieron creer. Quizás la verdadera conversación no ocurre entre ellos, sino entre nosotros, cada vez que volvemos a un cuento o a una canción convencidos de que esta vez entenderemos algo más. Y, afortunadamente, descubrimos que todavía queda un misterio.

Ulises (o cómo sobreviví a mí mismo durante 40 años)


 

Ulises (o cómo sobreviví a mí mismo durante 40 años) 

 

1984 no era un año: era una resaca histórica con olor a libertad recién destapada. La democracia nos entraba por los pulmones como un aire raro, todavía sospechoso. El peso argentino circulaba como si creyera en sí mismo, ingenuo, antes de que vinieran esos nombres de ciencia ficción económica —Austral, Primavera— a explicarnos que el tiempo también puede devaluarse.

Yo estaba en Mendoza, exiliado de mí mismo por razones que ya ni recuerdo o no quiero recordar. Secundario a medias, cursando segundo año, sociabilidad en estado vegetativo. Ya entonces sospechaba que relacionarse con cualquiera era una práctica espiritualmente insalubre. Siempre fui un animal de borde: miro, registro, pero participo poco. Todavía hoy me pasa. No es timidez: es una forma elegante de desconfiar del mundo.

Caminaba las tardes como quien patrulla su propio vacío, con un Sony WM-F1 pegado a la cabeza. Ese artefacto milagroso traía radio incorporada, como si la realidad no alcanzara y hubiera que sumarle otra capa de ruido. Rock. Siempre rock. Guitarras serruchándome el cráneo, ordenando el caos interno a su manera brutal.

Pero mi verdadera adicción, mi auténtico analgésico, eran las librerías de usados.

Ilusiones. El Búho. Esos templos húmedos donde los libros no se venden: se rescatan. Yo pasaba horas hurgando entre estantes como un arqueólogo sin método. No buscaba títulos. Buscaba señales. Algo que me eligiera.

Un sábado entré a El Búho con el dinero de la semana y el bolsillo flaco, como siempre. Ese día algo me miró desde un estante.

“Los siete locos”, de Roberto Arlt. Edición del Círculo de Lectores de 1977. Tapa dura amarilla, con una sobrecubierta delirante: un torso con sobretodo y, en lugar de cabeza, dos manos sosteniendo una rosa. Parecía la ilustración de un sueño mal dormido. No era barato. Era, de hecho, irresponsable comprarlo.

Lo compré igual.

Soy un convencido que hay decisiones que uno no toma: las obedece. Y con las pocas monedas que me quedaban, casi como un reflejo, agarré un saldo. “Ulises”, de James Joyce.

Pero no completo. Solo el Tomo II. Un libro mutilado. Incompleto. Como yo.

Edición de Seix Barral, letras doradas en relieve, con esa solemnidad de objeto importante. Lo compré con una fe absurda: algún día iba a aparecer el Tomo I. Claro. Algún día también iba a entender la vida. Nunca apareció. Aún trato de entender la vida.

Pasaron años. Décadas. Mudanzas. Versiones distintas de mí mismo. Amores que entraron y salieron como trenes sin horario. Y ese Tomo II siguió ahí, orbitando mi biblioteca como un satélite inútil pero fiel. Hasta hace unos días.

Estoy en la casa donde fui niño, donde me soñé guerrero al lado de Sandokán, donde inventé mundos para soportar este. Ordeno cosas —ese gesto de adulto que intenta ponerle sentido al caos acumulado— y aparece él. El Tomo II. Intacto. Paciente. Esperándome. Lo miro y me pregunto qué hacemos ahora, viejo.

Entonces hago lo que hace cualquier secuaz contemporáneo: lo busco. Y ahí estaba.

En Mercado Libre. Como una venganza del tiempo. Lo compro. Sin épica. Sin música. Sin aplausos. Cuarenta años después, completo el libro. Mas de cuarenta años para cerrar una frase. Pero en el fondo nunca se trató de Joyce. Ni de “Ulises”. Ni siquiera de la literatura.

Los lectores compramos más libros de los que podemos leer porque intuimos algo que tardamos años en aceptar: no estamos acumulando páginas. Estamos acumulando futuros posibles. Versiones de nosotros mismos que quizá nunca lleguen, pero que igual merecen tener un lugar en la estantería.

Yo vivo con una teoría medio mística, medio tramposa: hay que vivir cada día como si fuera el primero, no el último. El último está sobrevalorado; siempre viene cargado de solemnidad y despedidas. El primero, en cambio, todavía huele a posibilidad. Hoy el “Ulises” está completo.

En realidad, los “Ulises”. Tres ediciones distintas descansan una al lado de la otra, como si esos cuarenta años hubieran terminado condensados en un mismo estante. Delante de ellos hacen guardia dos muñecos de “Five Nights at Freddy's”: Springtrap, roto, remendado, sobreviviente de sí mismo, y Funtime Foxy, con esa sonrisa incómoda que parece reírse de toda solemnidad.

A veces imagino la escena desde los ojos de un visitante. Espera encontrar una biblioteca seria y descubre a Joyce custodiado por dos monstruos de plástico. Dumas a un costado. Los viejos tomos amarillentos detrás. Literatura universal vigilada por personajes de un videojuego de terror. Y me parece perfecto.

Nunca entendí esa necesidad de separar la alta literatura de la cultura popular. Yo llegué a Joyce por el mismo impulso con el que escuché rock hasta gastarme los oídos, coleccioné casetes, leí historietas o compré muñecos que algunos consideran infantiles. Todo eso pertenece a la misma historia. Todo eso me hizo la persona que soy.

Quizá por eso Springtrap me cae simpático. Es un personaje roto que sigue caminando. Un superviviente de sí mismo. Algo de eso hay en cualquiera que llega a los cincuenta y tantos con la biblioteca creciendo más rápido que las certezas. Los libros nunca fueron solamente libros. Siempre fueron una manera de seguir siendo. Y mientras esos dos muñecos sigan custodiando a Joyce, recordaré que la imaginación nunca aceptó las jerarquías que el mundo quiso imponerle. Ni cuando tenía quince años buscando un tomo perdido en una librería de usados, ni ahora, más de cuarenta años después, cuando por fin descubrí que algunas historias no se terminan de leer: simplemente se viven.

El trago que se bebe contra el miedo


 

El trago que se bebe contra el miedo

 

En las tradiciones de cualquier cultura existen bebidas que se toman para brindar y otras para olvidar. Pero en esta parte del mundo, tenemos un ritual que se bebe para seguir adelante.

La caña con ruda no nació en un laboratorio ni en una destilería de prestigio. Nació donde nacen las cosas importantes: en el borde de la necesidad. En los pueblos guaraníes, donde agosto no era un mes cualquiera. Era el tiempo del frío persistente, de las enfermedades, de la tierra que todavía no devolvía lo sembrado. Agosto era una prueba.

Quizá por eso nuestros abuelos nunca dijeron "feliz primero de agosto". Decían otra cosa, más sencilla y más profunda: "¿Ya tomaste la caña con ruda?".

La pregunta no era gastronómica. Era una forma de cuidar al otro.

La botella suele pasar el resto del año en un rincón oscuro de la alacena. Parece un objeto cualquiera: vidrio, caña, unas ramas de ruda flotando como si el tiempo hubiera quedado suspendido dentro. Pero cuando llega el primer día de agosto, esa botella deja de ser una bebida y se convierte en una ceremonia.

Siete sorbos, dicen algunos. Tres tragos, responden otros. Hay quienes prefieren un vaso entero. Como toda tradición verdadera, nunca necesitó ponerse de acuerdo en los detalles. Lo esencial siempre fue el gesto.

Porque nadie cree, en el fondo, que unas hojas maceradas puedan cambiar el destino. Lo que cambia el destino es otra cosa: la necesidad profundamente humana de encontrar un pequeño refugio frente a la incertidumbre.

Vivimos rodeados de tecnología, algoritmos y estadísticas. Sabemos explicar casi todo. Sin embargo, cada primero de agosto seguimos levantando un vaso de caña con ruda. No por ignorancia, sino porque hay preguntas que la ciencia responde y otras que pertenecen al territorio de los símbolos.

Todos necesitamos creer, aunque sea por un instante, que existe un ritual capaz de espantar los malos tiempos.

Tal vez por eso esta costumbre sobrevivió a las generaciones. Pasó de los pueblos originarios a las familias criollas, de los patios de tierra a los departamentos de las ciudades. Sobrevivió porque nunca habló solamente de una bebida. Habló del deseo obstinado de seguir vivos.

Cada sorbo es una conversación silenciosa con quienes estuvieron antes. Con los abuelos que preparaban la botella meses antes, con las madres que recordaban la fecha, con los vecinos que golpeaban la puerta para preguntar si ya era hora de brindar contra agosto.

En tiempos donde casi todo parece descartable, la caña con ruda nos recuerda que algunas tradiciones no se sostienen por obligación, sino por afecto.

Y quizás ahí resida su verdadero poder. No en ahuyentar la mala suerte.

Sino en recordarnos, una vez al año, que nadie atraviesa los inviernos completamente solo cuando todavía existen rituales compartidos.

 

 

En agosto

una vieja trajo caña

y ardió la noche

en la garganta.

Uno a uno

se fueron los demonios

para que agosto

no secreteara

con la muerte,

una vieja trajo caña

y ruda

dijo, por ocultos designios

de la mente,

para que el corazón

no descienda esta quebrada.

El primero de agosto

una mujer

conjuro en la piel

magia

y deseo.

 

Andrés Utello

De su libro Enebro año 2005 Ediciones La Luna Que

Schopenhauer desayuna conmigo

 

Schopenhauer desayuna conmigo

 

Me levanto y el mundo ya está ahí, reclamando algo. Que produzca. Que desee. Que mejore. Que sea feliz. Como si la felicidad fuera un trámite pendiente en la AFIP del alma.

Yo, en cambio, desayuno despacio. Abro un libro por cualquier página. Vuelvo a una película que casi nadie recuerda. Escucho discos que hace años dejaron de sonar en la radio y fotografío lluvias, sombras o ventanas como si todavía escondieran algún secreto. Hay quienes coleccionan experiencias; yo he coleccionado obsesiones. Nunca aprendí a distinguir del todo cuándo estaba viviendo y cuándo simplemente estaba reuniendo material para escribir sobre ello.

Durante años estuve convencido de que jamás podría realizarme —ni mucho menos ser feliz— hasta encontrar a la mujer adecuada. Esa certeza no nació de la experiencia, sino de una educación sentimental bastante defectuosa: canciones de post-punk y dark escuchadas como si fueran tratados de filosofía; novelas y películas interpretadas con más melancolía que inteligencia; una sensibilidad casi SAD (Seasonal Affective Disorder), capaz de convertir cualquier tarde nublada en la prueba irrefutable de que el universo estaba mal construido. Todo parecía repetir la misma idea: que el amor era la condición indispensable para justificar la existencia.

Como era de esperar, las mujeres reales rara vez se parecían a las que yo había imaginado entre discos, libros y películas. El problema nunca fueron ellas. El problema era el guion que yo llevaba escrito de antemano.

Schopenhauer lo habría entendido enseguida. Después de todo, parecía convencido de que el día empezaba mal simplemente porque empezaba.

Con los años comprendí que el error no era enamorarme. El error era creer que la felicidad era un lugar al que se llega. Una meta. Un premio. Una fotografía sonriente subida a Instagram con un filtro Valencia y una frase robada de un estoicismo mal digerido. Pero no.

Para Schopenhauer, vivir significa estar sometidos a la Voluntad: una fuerza ciega e insaciable que jamás deja de empujarnos hacia un nuevo deseo. Deseás. Conseguís.

Te acostumbrás. Te aburrís. Y volvés a desear.

No hay descanso. Apenas una tregua entre dolores.

La felicidad, sostenía desde su escritorio oscuro del siglo XIX, no es un estado positivo. Es, en el mejor de los casos, la interrupción momentánea del sufrimiento. El placer no es felicidad; es apenas el instante en que el dolor sale a tomar un café antes de regresar. Por eso la vida no es heroica ni trágica. Es repetitiva.

El mundo no está mal diseñado. Está diseñado exactamente así. Si fuera un lugar pensado para hacernos felices, probablemente no necesitaríamos alcohol, música, sexo, pantallas, libros de autoayuda ni frases motivacionales impresas en una taza. Gran parte de lo que llamamos disfrute no deja de ser una forma elegante de anestesia.

Schopenhauer no te dice: "Sé feliz". Te dice algo bastante más incómodo: "No seas ingenuo." No esperes demasiado. No conviertas cada expectativa en una deuda que el mundo jamás prometió pagar. No hagas depender tu paz de aquello que nunca estuvo bajo tu control.

La sabiduría no consiste en conquistar la felicidad, sino en reducir el sufrimiento evitable. Lo demás llega solo, casi siempre sin invitación.

Aun así, existen pausas. El arte, por ejemplo. Escuchás una canción. Leés un poema. Mirás una película que no necesita un final feliz para justificar su existencia.

Durante unos minutos dejás de querer cosas. Dejás de perseguir objetivos. Dejás de ser alguien empujado por la Voluntad para convertirte simplemente en alguien que contempla. Y, apenas por un instante, el mundo deja de doler. Después vuelve.

La ética tampoco salva. Ser una buena persona no garantiza la felicidad. Pero, al menos, evita aumentar el infierno de los demás. La compasión no corrige el mundo; apenas baja un poco el volumen del grito colectivo. Y si uno decide ir todavía más lejos —si ya está cansado de perder siempre la misma batalla— aparece el ascetismo: querer menos, necesitar menos, esperar menos. No como una virtud moral ni como un sacrificio heroico, sino como una estrategia de supervivencia.

Schopenhauer no promete luz al final del túnel. Promete algo bastante más honesto:

Menos golpes contra las paredes.

En un mundo obsesionado con "estar bien", imagino a Schopenhauer sentado en la barra de un bar, con un café ya frío entre las manos. No levantaría demasiado la voz. Simplemente diría: —No vinimos a ser felices. Vinimos a aprender a soportar la existencia con un poco de dignidad. Y, curiosamente, cuando uno deja de perseguir la felicidad como si fuera una obligación moral, aparece algo inesperado. No alegría. No euforia. Lucidez. Una forma silenciosa de paz que ya no necesita engañarse para existir.

Quizá Schopenhauer nunca aprendió a ser feliz. Pero sí aprendió algo mucho más difícil: dejar de exigirle al mundo aquello que el mundo jamás prometió.

Desde entonces, cada mañana desayuna conmigo. No para amargarme el café.

Sino para recordarme que, a veces, vivir con menos ilusiones también puede ser una forma de libertad.


"Los lectores de Crónicas"

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