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Contra el optimismo obligatorio: una tarde con Hegesías de Cirene


 

Contra el optimismo obligatorio: una tarde con Hegesías de Cirene

 

Hay filósofos que ayudan a vivir. Otros ayudan a pensar. Y después está Hegesías de Cirene, que aparentemente ayudaba a morirse.

Me acordé de él una tarde cualquiera, sentado en un bar casi vacío, mientras escuchaba a dos jubilados discutir sobre el precio de los medicamentos. Uno sostenía que todo tiempo pasado había sido mejor. El otro afirmaba que nunca había sido bueno, pero al menos antes uno no tenía que hacer trámites por internet.

Los dos parecían más cerca de Hegesías que de cualquier economista.

Nacido en Cirene hacia el siglo III antes de Cristo, Hegesías pertenecía a la escuela cirenaica, fundada por Aristipo, discípulo de Sócrates. Los cirenaicos sostenían que el placer era el bien supremo. Hasta ahí todo razonable. El problema es que Hegesías llevó la idea a una conclusión devastadora: si el placer perfecto es imposible y la felicidad duradera no existe, entonces la vida se convierte en una sucesión de molestias interrumpidas ocasionalmente por pequeños alivios.

No exactamente un discurso motivacional.

La historia cuenta que era conocido como “Peisithanatos”, algo así como "el persuasor de la muerte". Sus conferencias alcanzaron tal fama que el rey Ptolomeo II terminó prohibiéndole enseñar en Alejandría. Quizás sea una exageración de los cronistas antiguos. Los historiadores modernos desconfían de esas anécdotas. Pero incluso si el episodio es legendario, revela algo interesante: ya en la Antigüedad existía el temor a las ideas que cuestionaban el optimismo obligatorio.

Mientras revolvía un café mediocre pensé que Hegesías habría disfrutado bastante de nuestra época.

Vivimos rodeados de discursos sobre la felicidad. Libros que prometen plenitud en siete pasos. Aplicaciones para monitorear el estado de ánimo. Conferencistas que convierten la autoestima en una industria. Influencers que parecen haber alcanzado una armonía espiritual tan perfecta que uno sospecha que alguien les paga por sonreír.

Frente a todo eso, Hegesías aparece como un saboteador.

No promete éxito. No promete realización. Ni siquiera promete esperanza.

Simplemente observa que el dolor suele ser más persistente que el placer y que las expectativas humanas tienen una notable capacidad para frustrarse.

Lo curioso es que, dos mil trescientos años después, su voz no suena tan extraña.

Seguimos persiguiendo una felicidad estable que se aleja cada vez que creemos alcanzarla. Cambian los escenarios: antes eran los puertos del Mediterráneo; hoy son las redes sociales. Pero el mecanismo parece idéntico. Deseamos algo, lo obtenemos, nos acostumbramos y volvemos a desear otra cosa.

Hegesías habría reconocido el ciclo inmediatamente. Quizás por eso resulta incómodo. No porque tenga razón, sino porque señala una fisura que preferimos ignorar.

Y hay algo todavía más extraño. Nadie le escribió poemas a Hegesías. Al menos no que hayan sobrevivido.

Los poetas suelen enamorarse de otras cosas: del amor, de la muerte, de la patria, de los dioses, incluso de la desesperación cuando esta viene envuelta en cierta belleza. Pero Hegesías eligió un territorio menos seductor: la sospecha de que la felicidad es apenas una pausa entre dos molestias.

Dos mil trescientos años después, la historia parece haberle reservado una ironía digna de Borges.

Sus libros desaparecieron. Sus discípulos se esfumaron. Su voz quedó reducida a unas pocas referencias dispersas en textos ajenos. Como si el tiempo hubiera decidido demostrar experimentalmente una de sus tesis favoritas: nada permanece. Sin embargo, Hegesías sigue ahí. No en las bibliotecas sino en los márgenes.

No en los poemas sino en ciertas noches.

Aparece cuando alguien descubre que el trabajo soñado era apenas otro trabajo. Cuando el objeto deseado pierde su brillo pocos días después de haber sido comprado. Cuando una meta alcanzada produce menos alegría de la prometida. Cuando el entusiasmo inicial se evapora y deja al descubierto la vieja maquinaria de las expectativas humanas.

Hay filósofos que construyen catedrales intelectuales. Hegesías apenas dejó unas ruinas y algunas referencias dispersas. Sin embargo, cada tanto vuelve a aparecer, como un fantasma antiguo, para recordarnos que la felicidad permanente puede ser una de las ficciones más exitosas de la historia.

Y tal vez por eso nadie le escribió poemas. Porque los poemas suelen celebrar una ilusión. Hegesías, en cambio, dedicó su vida a desmontarlas. Y que tal vez el problema no sea que no encontramos la felicidad. Tal vez el problema sea haber creído que existía.

 

 

Hegesías de Cirene se ríe del amor en Barrio Parque

 

Te dejo con mi despedida.

Podría parecerte una ofensa,

una piedra lanzada desde lejos,

una lapidación tardía,

o la sombra de Ofelia,

aquella que Rimbaud imaginó

flotando entre lirios y nenúfares

como un sueño abandonado por el río.

 

Te dejo con mi despedida

y podría depositar en tus manos

el cuervo de Poe,

no como presagio,

sino como la obstinación de un recuerdo

que se niega a morir.

 

Podría envolver tu nombre

en una mortaja de luna llena

y dejarlo vagar por las calles húmedas de París,

brillando en la noche

como una moneda recién acuñada,

según Baudelaire.

 

Te dejo con mi despedida

y debería estar cerrando un ciclo.

 

Pero me ocurre lo que a Rilke:

vivo mi vida en círculos que se abren

sobre las cosas.

Ignoro si alcanzaré el último.

Ignoro incluso si existe.

Aun así,

quiero intentar salir de este.

 

Mientras tanto,

Barrio Parque continúa indiferente.

Los árboles siguen proyectando sombras

sobre las veredas.

Los perros arrastran a sus dueños

hacia ninguna parte.

Las ventanas se encienden al anochecer

como si cada casa guardara

una historia distinta de la nuestra.

 

Nada se detiene.

 

Ninguna de nuestras tragedias privadas

altera la geometría de las calles.

Podría brindar por nuestra ruina,

pero el vino se ha vuelto agrio.

Entonces recuerdo a Mallarmé,

al fauno que persigue una embriaguez imposible,

alzando un racimo de uvas hacia el cielo

como quien busca en el placer

una forma elegante de escapar.

 

Podría cubrir con una ruana negra

los días que cincelamos juntos,

aquellas jornadas en las que nos creíamos Fidias,

levantando un Partenón de instantes,

convencidos de que la belleza

era suficiente defensa contra el tiempo.

 

Pero las obras permanecen.

Los arquitectos no.

 

Y aun así,

cuando pienso en vos,

aparece Tristan Corbière.

 

Su ironía.

Su tristeza.

Su manera de convertir la herida

en una forma de respiración.

 

Hay algo de eso en nosotros:

una melancolía que aprendió a disfrazarse

de inteligencia,

de sarcasmo,

de indiferencia.

 

Y ya no tengo palabras para ofrecerte.

 

Ni promesas.

 

Ni explicaciones.

 

Solo este silencio obstinado,

un rostro fatigado por los reproches,

una mirada que insiste en volver

sobre aquello que debería olvidar.

 

Permanezco encerrado

en mi pequeño palacio mental,

clasificando recuerdos

como un Holmes derrotado,

ordenando pruebas de un crimen

que jamás podrá resolverse.

 

Y en ese archivo imposible

tus discursos siguen colgando

como los condenados de Goitia,

resuenan como el Réquiem de Mozart,

arden como una vieja canción de Lacrimosa

escuchada demasiado tarde.

 

Barrio Parque sigue ahí.

Ajeno a nuestras ruinas.

 

Como si Hegesías tuviera razón

y el amor fuera apenas otra ilusión

destinada a confundirse con el polvo.

 

Te dejo con mi despedida.

Te dejo un whisky,

algunos poemas que todavía sobreviven a la memoria

y estas lágrimas,

las únicas que nunca derramaré por vos.

Mi padre, todos los días. La memoria no necesita efemérides


 Mi padre, todos los días. La memoria no necesita efemérides

Hoy es el Día del Padre.

 

Las redes se llenan de saludos, promociones, descuentos y frases prefabricadas. No tengo nada contra quienes celebran la fecha. Pero hace tiempo que entendí que la memoria no obedece al calendario ni a las estrategias comerciales.

Mi padre no fue solamente mi padre. Fue un hombre de una generación atravesada por la militancia, el exilio, las distancias y las decisiones difíciles. Por eso hubo abrazos, pero también ausencias. Hubo encuentros, pero también tardes que no compartimos.

Hace años le escribí un poema llamado “Ausencia”. Lo escribí desde la herida de un hijo. Con el tiempo aprendí a leer esa historia de otra manera. Sin dejar de extrañar lo que faltó, pero entendiendo mejor al hombre que fue.

No lo recuerdo hoy porque una fecha me lo imponga. Lo recuerdo cada día. En una fotografía amarillenta. En una conversación. En un verso que vuelve sin avisar. En los rasgos que el espejo todavía me devuelve.

Y, ya que la fecha existe, quiero saludar a quienes ejercen la paternidad más allá de los vínculos biológicos. Porque padre no es solamente quien engendra. Padre es quien se hace cargo. Quien acompaña. Quien educa. Quien enseña. Quien pone límites cuando hace falta y tiende una mano cuando el mundo se vuelve demasiado difícil.

Feliz día a todos aquellos que eligieron estar presentes en la vida de alguien y asumir esa responsabilidad con amor.

La memoria verdadera no necesita efemérides.

Habita silenciosamente los días.

 

 

 

Ausencia

                                                  A mi Padre

 

Acaso tú ausencia sea una mirada

que muerde y araña por dentro

mientras nos desgranamos

entre la incansable

y angelical luz de la noche.

 

Acaso tú presencia tenga ojos,

trague miradas,

gritos cortando como una vieja

y dentada hoz la oscuridad.

Amaneceres arrancándole

alaridos a las sombras.

 

Acaso las sombras son fantasmas

que pasean junto a los lamentos

de las horas crueles.

Y las horas rugidos trémulos

mutilando voces.

 

Tú ausencia es el analgésico

en días sin memoria

donde olvido la niñez

y las tardes que no pasamos juntos.

Tú ausencia un disparo a mis recuerdos

que desangra nuestro abrazo vacío.

Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de distancia. Sobre Alejandro Nicotra


 

 

Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de distancia.

Sobre Alejandro Nicotra

 

 

La poesía se alimenta siempre de los fulgores y los fuegos de este mundo. Sólo el poeta posee el extraño poder de desgarrar la unidad interna del ser sin destruir sus esencias.

De Alejandro Nicotra aprendí muchas cosas. Aprendí que la poesía es una palabra que a veces pesa sobre las manos y que, otras veces, es la distancia más corta entre un corazón y otro. Aprendí que para romper las reglas primero hay que conocerlas. Aprendí también que los rencores, las dudas y los desengaños suelen ser parte del camino; que muchas veces, mientras creemos estar perdidos, estamos construyendo la mejor versión de nosotros mismos.

No me arrepiento de no haber compartido más tardes con él. Me queda algo más valioso: la admiración. Me queda el recuerdo de aquellas clases de secundaria en las que me enseñó a amar la poesía. A descubrir que la literatura no era un adorno del lenguaje, sino una forma de mirar el mundo.

Sus poemas están profundamente ligados a su existencia. En ellos laten los paisajes, la infancia, los afectos, el amor y la memoria. Son versos donde la ausencia de artificios formales resalta todavía más la autenticidad de una voz que se expresa con hondura y sencillez. Su poesía es un manantial de agua fresca frente a los males de nuestro tiempo; un bálsamo capaz de acompañarnos por senderos oscuros sin perder nunca la esperanza.

Alejandro nos habla desde sus páginas y nos invita a entrar en su mundo. Allí la poesía florece como los azahares de las naranjas amargas: discreta, luminosa y persistente.

A través de su obra logré fundirme con un corazón hermano y enfrentar cada día la pesadez de la rutina y el hastío. Gracias a sus versos pude volver a mirar las estrellas, escuchar el silencio de la noche y reconocer que amo la poesía desde aquel primer instante en que transformó mi manera de habitar el mundo.

Decía Nicotra: «La poesía no es un sortilegio. La consecuencia de un poema, como la de cualquier rama del arte, se localiza en su capacidad para exponer la realidad, para desengañar y gritar verdades que enmudecen». Ser poeta, entonces, no es un privilegio ni una pose; es un desafío.

Recuerdo las reuniones del café literario, cuando compartíamos nuestros primeros textos y nos preguntábamos si éramos poetas o no. Quizá lo sabíamos intuitivamente, pero necesitábamos la confirmación de los otros, el gesto cómplice de quienes caminaban por las mismas calles y pisaban el mismo barro.

Con el tiempo comprendí algo que Alejandro enseñaba sin necesidad de proclamarlo: los buenos poetas suelen comenzar escribiendo malos poemas. Esos primeros intentos, torpes y desordenados, contienen sin embargo la semilla de una mirada. Porque la poesía no nace de la perfección, sino de una forma particular de estar en el mundo.

Y fue él, junto a otros maestros y padres putativos que encontré en el camino, quien me enseñó una verdad fundamental: lo importante no es escribir bien o escribir mal; lo importante es tener una actitud poética ante la vida.

El poeta no se siente diferente. Son los demás quienes se lo señalan. Alguna vez alguien le dice: «Usted es distinto, usted no tiene nuestro molde». Y esa herida permanece abierta para siempre. Ser poeta es cargar con esa herida y convertirla en palabra.

Preferir la poesía es caminar muchas veces en contramano. No es una elección práctica. Pero tiene la extraña virtud de sobrevivir al tiempo y de seguir convocándonos aun después de la muerte. Porque el mundo mismo es un poema escrito que también nos escribe: un árbol, un atardecer que regresa desde la memoria, una flor que se abre lentamente ante nuestra mirada.

Quise escribirte un homenaje, Alejandro. Sin embargo, esta tormenta de recuerdos, gratitud y felicidad desborda cualquier intento de ordenarla en palabras. Levanto entonces el rostro para recibir esta lluvia dulce y necesaria que tu memoria provoca.

Ya no hay necesidad de llorar. El cielo se derrama por vos, Poeta con mayúsculas.

Y el amanecer, como siempre, está apenas a una noche de distancia.

 

 

 

Jose Luis Colombini

Realismo capitalista, pasos, pensamientos y meditaciones

Realismo capitalista, pasos, pensamientos y meditaciones

 

Salí a caminar por Villa Dolores como quien sale a comprobar si el mundo sigue ahí o ya lo compraron en cuotas. Eran las seis y algo de la tarde, esa hora transerrana en la que el sol baja despacio, como si también estuviera cansado del capitalismo. El aire olía a pasto regado, a río cercano, a pueblo que todavía no se resigna del todo a convertirse en una marca turística. Yo caminaba sin apuro, con las manos en los bolsillos y Mark Fisher rebotándome en la cabeza como un loop mal masterizado.

Villa Dolores es un lugar extraño para pensar el realismo capitalista. No hay rascacielos ni pantallas LED, pero el sistema llega igual: en forma de cartel de “Se alquila”, de jóvenes que sueñan con irse a Córdoba o más lejos, de negocios que bajan la persiana temprano porque ya no conviene seguir abiertos. Fisher decía que nos cuesta imaginar el fin del capitalismo. En estos pueblos, a veces, parece que al capitalismo también le cuesta imaginar su propio futuro. Camina rengueando, como yo por la vereda rota de la avenida San Martín.

Paso frente a un kiosco. Un pibe de no más de veinte años mira el celular con una concentración casi religiosa. No sé qué consume: TikTok, apuestas online o promesas de éxito instantáneo. Nadie habla ya de estructuras ni de sistemas; se habla de actitud. “Tenés que ponerle onda”, dicen, como si la onda pagara el alquiler o resolviera la ansiedad de llegar a fin de mes.

Cruzo la plaza Mitre. Dos jubilados juegan al ajedrez con una lentitud hermosa, casi subversiva. Pienso que ahí hay algo profundamente anticapitalista: el tiempo improductivo, el ocio sin rendimiento, la derrota silenciosa del algoritmo. Los observo mover las piezas y me parece estar viendo una pequeña insurrección contra la urgencia.

Sigo caminando y el cuerpo entra en piloto automático. La cabeza no. Pienso en los futuros que nos prometieron y nunca llegaron. En las casas bajas, prolijas, con rejas y alarmas. Todo protegido. Todo cerrado. Todo individual. Incluso la tranquilidad parece haberse privatizado.

El pueblo es calmo, sí. Pero es una calma frágil. Una calma sostenida por la costumbre de no preguntar demasiado. El capitalismo tiene una habilidad extraordinaria: absorber cualquier crítica y devolverla convertida en mercancía. Acá se vende desconexión digital, retiros espirituales, yoga al atardecer. Descansar para volver a producir mejor.

Doblo por una calle menos transitada. Un perro me sigue media cuadra. No espera nada de mí. Yo tampoco de él. Hay algo honesto en esa indiferencia compartida. Pienso entonces en la salud mental, en el cansancio acumulado, en esa tristeza difusa que solemos vivir como un fracaso personal cuando quizá sea otra cosa.

Villa Dolores no grita. Susurra. Susurra agotamiento, resignación, pequeñas fugas. Personas que hacen lo que pueden. Personas que siguen.

Llego al río. O a lo que en esta época del año se parece más a una acequia que a un río. Me siento un rato. El agua corre sin saber nada de teorías, sin LinkedIn, sin coaching ontológico, sin objetivos trimestrales.

Y ahí Fisher se vuelve más claro que nunca. No se trata de nostalgia. Se trata de duelo. De reconocer que nos quitaron algo: cierta idea del futuro, cierta confianza en la imaginación colectiva, cierta capacidad de desear algo distinto.

El agua sigue corriendo. Yo sigo sentado.

Después me levanto y emprendo el regreso. No resolví nada, por supuesto. El capitalismo sigue ahí. Villa Dolores también. Yo vuelvo con mis pensamientos y Fisher como compañero invisible.

Pero durante un rato, mientras caminaba sin destino, el sistema perdió.

No porque se haya derrumbado. No porque una revolución estuviera a la vuelta de la esquina.

Perdió porque no logró colonizar del todo ese pensamiento errante, esa caminata sin objetivo, esa atención puesta en cosas que no producen nada. Perdió porque esta crónica no vende nada.

Y eso, aunque parezca poco, ya es algo.

 

 Jose Luis Colombini

El café o la forma mínima de la rebeldía

El café o la forma mínima de la rebeldía

 

Esta mañana preparé café y pensé en Albert Camus.

No porque estuviera leyendo “El hombre rebelde” ni porque una revelación filosófica hubiera descendido sobre la cocina mientras el agua hervía. Fue algo más simple. Más cotidiano.

Mientras esperaba que el café estuviera listo, tuve la sensación de estar haciendo algo que el mundo contemporáneo desaprueba silenciosamente.

Perder el tiempo. O, mejor dicho, recuperar el tiempo.

Vivimos en una época extraña. Todo debe ser rápido. Inmediato. Rentable. Cada minuto parece exigir una justificación. Cada pausa necesita convertirse en productividad para no sentirse culpable.

Hasta el descanso ha sido colonizado por la obligación de rendir.

Leemos para aprender algo útil. Caminamos para contabilizar pasos. Escuchamos música mientras respondemos mensajes. Miramos el paisaje pensando en la fotografía que vamos a subir. Todo ocurre a una velocidad que muchas veces parece diseñada para impedirnos habitar plenamente aquello que estamos viviendo. Por eso preparar café se ha convertido, para mí, en una pequeña forma de rebeldía.

No una rebeldía romántica ni heroica. No la rebeldía de las barricadas. La otra.

La que empieza cuando uno decide no obedecer del todo.

Camus llamaba “lucidez” a la capacidad de mirar de frente la condición humana. No inventar consuelos. No refugiarse en falsas promesas. Reconocer que el mundo es incierto, que la muerte existe, que el sufrimiento forma parte de la experiencia humana y que ninguna explicación alcanza para resolver completamente el enigma de estar vivos.

Pero esa lucidez no conducía a la resignación. Al contrario. Era el punto de partida de la rebeldía.

El rebelde, para Camus, es quien dice "no" a aquello que degrada la vida y, al mismo tiempo, dice "sí" a la dignidad de existir.

Mientras el agua comenzaba a hervir pensé que, quizás, preparar café pertenece a esa familia de gestos mínimos. El sonido de la pava. El aroma que empieza a expandirse por la casa. La espera. La lentitud. Nada de eso produce riqueza. Nada mejora indicadores.

Nada optimiza procesos. Y sin embargo algo importante ocurre allí. Algo profundamente humano. Durante unos minutos dejamos de ser piezas de una maquinaria de rendimiento para volver a ser simplemente personas. Habitantes de un instante. Seres que observan el vapor subir desde una taza caliente mientras la mañana avanza detrás de una ventana.

Tal vez por eso el café tiene algo ceremonial. No porque sea sagrado. Sino porque nos recuerda que todavía existe una diferencia entre vivir y funcionar.

El sistema necesita individuos disponibles las veinticuatro horas, atentos a las notificaciones, consumiendo información, produciendo respuestas, reaccionando sin descanso. El café propone otra cosa. Una pausa. Un pequeño territorio recuperado.

Un espacio donde el tiempo deja de ser una mercancía para volver a ser experiencia.

No cambia el mundo. No derriba gobiernos. No modifica el curso de la historia.

Pero conserva algo que también corre peligro de desaparecer: la posibilidad de estar presentes. Y quizá toda rebeldía auténtica comience exactamente ahí. En una cocina cualquiera. Una mañana cualquiera. Un hombre cualquiera. Preparando café. Negándose, aunque sea por unos minutos, a entregar completamente su tiempo al ruido del mundo.



Jose Luis Colombini

 

La Elegancia Torcida del Inadaptado

 

La Elegancia Torcida del Inadaptado

No camino por Villa Dolores. Archivo símbolos.

Soy una mezcla rara —y bastante literaria— entre varias corrientes culturales. Una especie de híbrido argentino de provincia entre intelectual nocturno, sobreviviente post-punk y archivista emocional. Una amalgama extraña entre lector compulsivo, guardián de recuerdos, melancólico musical y cronista gonzo que convirtió su propia marginalidad en estética.

No me convertí en friki. Me fui deformando hacia eso como quien desarrolla una adicción elegante o una enfermedad sin cura visible. Primero fueron los libros. Después los discos. Después la necesidad enfermiza de relacionarlo todo con otra cosa. Y un día descubrí que ya no caminaba por las calles: caminaba por una red invisible de referencias, recuerdos y asociaciones.

A mi edad uno debería haber aprendido a encajar. Yo hice exactamente lo contrario. Refiné la anomalía.

Vivo rodeado de bibliotecas que parecen diseñadas por un monje insomne y un saqueador de videoclubs de los años noventa. En mi Santa Santuarium los libros se acumulan como supervivientes de un incendio cultural: Borges mezclado con Philip K. Dick, Piglia durmiendo junto a revistas viejas de rock, Lou Reed observándome desde una pila de vinilos como un santo deteriorado del under neoyorquino.

No ordeno nada por categorías racionales. Ordeno por electricidad emocional.

Hay sectores de la casa donde conviven Foucault, Batman, Lacan y algunos Funkos como si la cultura alta y la basura pop hubieran firmado una tregua etílica a las tres de la mañana.

Y quizás eso soy: una tregua imperfecta entre erudición y obsesión.

Duermo poco. O casi nada. Escucho discos completos como si todavía existiera una religión del álbum conceptual. Pongo Disintegration y dejo que la noche haga lo suyo. Robert Smith canta como si hubiera entendido antes que nadie que la tristeza también podía convertirse en una estética portátil.

A veces camino por el centro con mi saco negro gastado, mis anteojos de profesor fracasado y este rostro que parece escrito por un novelista ruso en depresión. Entro solo a las librerías. No siempre compro. A veces observo los lomos como un antropólogo frente a fósiles de civilizaciones extinguidas.

Pepe, el librero, me conoce. Mientras cobra boletas en el Rapipago escucha mis obsesiones: payasos siniestros, marxismo, realismo sucio, detectives metafísicos, rock decadente. Supongo que ya entendió que hay personas que no conversan: catalogan.

Escucho también conversaciones ajenas en los bares.

—La inteligencia artificial.

—El dólar.

—La inseguridad.

Mientras tanto me pregunto si Holden Caulfield habría sobrevivido a TikTok o si Borges hubiera detestado los podcasts literarios.

Cultivo una obsesión noble, al menos para mí. Leo entrevistas olvidadas de Borges, rastreo ediciones, comparo traducciones. Vivo en el detalle. La vida suele esconderse allí, en esas pequeñas cosas que nadie considera importantes.

Sé demasiado sobre asuntos aparentemente inútiles. Convierto cualquier situación cotidiana en una discusión metafísica innecesaria.

Tengo cuadernos llenos de anotaciones absurdas:

“Lou Reed entendía más de filosofía que muchos académicos.”

“Los payasos son la versión proletaria de los monstruos góticos.”

“La melancolía argentina es post-punk aunque no lo admita.”

No sé para qué escribo esas cosas. Pero tampoco sé para qué la gente colecciona autos antiguos o se casa tres veces. Cada uno administra su delirio como puede.

En el Quo Vadis ya me conocen. Soy el tipo capaz de hablar cuarenta minutos sobre la diferencia espiritual entre Taxi Driver y Joker. El que discute si el verdadero heredero de la angustia existencial de Camus terminó siendo el rock alternativo de los años ochenta. El que mezcla marxismo, cine clase B y teoría literaria mientras enfría el café.

No socializo bien. Orbito.

Voy de mesa en mesa como un satélite dañado transmitiendo referencias inútiles. Y, sin embargo, hay algo profundamente hermoso en eso.

Descubrí tarde que el frikismo no es una pose. La pose dura un tiempo. El verdadero friki envejece dentro de sus obsesiones. Se convierte en archivo humano. En memoria ambulante. En guardián de cosas que el mercado, las modas y el tiempo consideran prescindibles.

Conozco fechas de discos que nadie recuerda. Películas malditas filmadas en países que ya no existen. Versiones alternativas de novelas. Entrevistas perdidas de Borges sobre literatura policial. Información completamente improductiva.

Y ahí está la trampa.

Lo improductivo me salvó la vida.

Mientras otros corrían detrás del éxito, el dinero, la normalidad o las promesas del optimismo obligatorio, yo construía un refugio secreto hecho de libros subrayados, discos nocturnos y pensamientos deformes.

Mi generación creció creyendo que había que elegir entre ser intelectual o ser raro. Yo terminé siendo ambas cosas al mismo tiempo. Un híbrido incómodo. Un nerd existencialista de provincia. Un sobreviviente cultural.

Y hay noches —sobre todo esas noches húmedas de Traslasierra donde el viento parece venir cargado de fantasmas de videoclub y cigarrillo viejo— en que me siento frente a la computadora, pongo música demasiado triste para mi edad y llego siempre a la misma conclusión:

Nunca quise pertenecer. Quise comprender.

Y comprender demasiado suele alejarte un poco de los demás.

Por eso el friki literario no busca aceptación. Busca intensidad. Busca conexiones ocultas entre canciones, novelas, películas, traumas históricos y frases dichas por borrachos a las cuatro de la mañana.

Somos detectives de lo innecesario.

Una pequeña aristocracia rota del detalle inútil.

Mi identidad parece construida alrededor de unas pocas obsesiones: la memoria, el archivo, el insomnio y la necesidad de convertir la vida cotidiana en relato. Una anomalía cultural autónoma.

A veces me preguntan por qué sigo leyendo autores muertos, escuchando discos viejos y escribiendo crónicas como si el mundo todavía pudiera explicarse desde la literatura.

No lo sé.

Quizás porque los libros, los discos y las obsesiones nunca me pidieron que encajara.

Me ofrecieron algo mejor: una forma de existir.

Y quizás también porque, en un tiempo donde todos quieren volverse visibles, yo sigo creyendo en el viejo arte de volverse inimitable.



Jose Luis Colombini

La edad en que mueren los padres. Un domingo en la necrópolis


 

La edad en que mueren los padres

Un domingo en la necrópolis

 

Hay días que sólo funciono con una Coca-Cola sin azúcar. La necesito para arrancar. No tengo otra forma. Desayuno eso y salgo a enfrentar el día. Me despierto siempre temprano, tal vez por mi condición de asalariado, por esa costumbre de obedecer horarios incluso cuando nadie me los exige.

Pero hoy era distinto. Había muerto el padre de un amigo de muchos años y esa circunstancia me obligaba a hacer algo que suelo evitar: asistir a un velorio, acompañar un entierro, acercarme a la muerte aunque sea por unas horas.

Mientras me vestía pensé que la verdadera tragedia no era la muerte. La verdadera tragedia era la orfandad.

No importa la edad que uno tenga. Hay un momento en que alguien se va y de pronto descubrimos que seguimos siendo hijos. Que debajo de las canas, de los trabajos, de las cuentas por pagar y de las responsabilidades acumuladas sigue existiendo ese niño que alguna vez creyó que sus padres eran eternos.

La muerte del padre de mi amigo me hizo pensar en eso. En la orfandad. No solamente en la que llega cuando mueren nuestros padres, sino en todas las demás. La orfandad de la infancia perdida. La orfandad de los amigos que quedaron lejos. La de los amores terminados. La de los sueños que abandonamos en alguna estación del camino. Me vino a la memoria una frase de *El Gran Gatsby* de Francis Scott Fitzgerald: "Estaba solo, como los muertos o como los tipos que están en la cima."

Quizás la soledad y la orfandad sean parientes cercanas. Pienso en la gente que pasa horas mirando el celular, leyendo publicaciones de personas que muchas veces ni conoce. Textos cada vez más breves, pensamientos comprimidos para que no excedan la capacidad de atención de nadie. Cuatro renglones como máximo. Más que eso parece exigir un esfuerzo insoportable.

¿Será una nueva forma de comunicación? ¿Una estética de estos tiempos? ¿O será que vivimos una época profundamente huérfana?

Pienso en mi padre caminando entre las plantas. Pienso en mi abuela cocinando tortillas. Pienso en las papas fritas que le robábamos con mi primo Paul. Pienso en vos, Dora, saliendo a cortar la tormenta con una cruz de sal gruesa y un puñal clavado en el centro de las líneas. Pienso que uno nunca deja de extrañar. Pienso que la memoria es la forma que tienen los ausentes de seguir respirando.

Manejo hacia el cementerio. La radio que escucho siempre está fuera del aire. Busco otra emisora. Suena “Um Dia de Domingo”, por Gal Costa y Tim Maia. La canción acompaña los pensamientos. Y los pensamientos acompañan el camino.

Cuando llego al cementerio me mantengo algo apartado. Son tiempos de pandemia y también hay dolores que pertenecen únicamente a las familias. Camino entre los pinos.

Sus formas retorcidas parecen tótems antiguos, figuras humanas tratando de arrancarse de la tierra para volver a caminar. Y mientras avanzo por esas calles silenciosas pienso que los cementerios son territorios de huérfanos. Algunos han perdido padres. Otros hijos. Otros hermanos. Otros amigos. Todos han perdido algo.

Todos cargan alguna ausencia. Por eso uno llega a estos lugares y termina haciendo inventario de su propia vida. De lo que hizo y de lo que dejó sin hacer. De los trenes que tomó y de aquellos que vio partir desde el andén. Con esos pensamientos empecé a leer las placas de los nichos. "Tu esposa e hijos que te recuerdan." "Tus amigos que no te olvidan." "Tus hermanos que siempre te tienen presente." "Que el dolor de haberte perdido no quite la alegría de haberte tenido." "Amor mío, siempre vivirás en mi corazón."

Las mismas promesas repetidas una y otra vez. Los mismos juramentos contra el olvido. Y yo buscando alguna frase distinta. Algo menos solemne. Algo más humano.

Algo como aquel epitafio de Groucho Marx:"Disculpen si no me levanto, pero prefiero seguir acostado."

O el de Molière: "Aquí yace Molière. En estos momentos hace de muerto y lo hace muy bien."

Pero no. Siempre la misma tristeza envuelta en letras doradas. Siempre la misma nostalgia laminada en metal.

Mientras caminaba entre los nichos vi a un hombre mayor sentado en un banco de cemento. Tendría más de ochenta años. Llevaba un ramo pequeño de flores en la mano y miraba fijo una fotografía.

No lloraba. Tampoco rezaba. Simplemente estaba ahí. Al pasar cerca escuché que decía: —Bueno, vieja, vine nomás a verte un rato.

Nada más. Ni discursos ni promesas de amor eterno. Sólo eso. "Vine a verte un rato."

Seguí caminando pensando que tal vez el amor verdadero termina pareciéndose a eso. A una costumbre. A una conversación que continúa aunque la otra persona ya no pueda responder.

La orfandad no empieza cuando alguien muere. Empieza cuando ya no podemos contarle las cosas que nos pasan. Cuando seguimos necesitando una voz y del otro lado sólo queda silencio. Seguí caminando.

Cuando terminó la ceremonia mi amigo se acercó. Nos abrazamos. No dijo mucho. Tampoco hacía falta. Hay dolores que todavía no conocen las palabras.

Mientras lo abrazaba pensé que por primera vez en su vida era un hombre sin padre.

No un hombre solo. No un hombre abandonado. Un huérfano. Es que la orfandad no tiene edad. Puede llegar a los diez años o a los sesenta. Siempre duele igual. Porque no importa cuántos años tengamos: hay personas que ocupan un lugar tan antiguo dentro de nosotros que nunca aprendemos a vivir sin ellas.


Jose Luis Colombini

Borges y el ruido del mundo

Borges y el ruido del mundo

 

Este 14 de junio se cumplen cuarenta años de la muerte de Jorge Luis Borges.

Decirlo así resulta extraño. Borges pertenece a esa rara estirpe de escritores cuya muerte nunca termina de consumarse. Uno abre cualquiera de sus libros y allí vuelve a estar: caminando por Buenos Aires, imaginando bibliotecas infinitas, dialogando con los muertos, perdiéndose en un laberinto o encontrando en un tigre una forma de eternidad.

Para mí, Borges fue algo más que un escritor. Fue una especie de padre putativo.

No porque me enseñara a escribir. Nadie puede enseñar eso. Escribir es una batalla privada que cada uno libra a su manera. Pero Borges me enseñó algo más importante: a leer.

Aunque la verdad es que lo conocí antes de leerlo. O, mejor dicho, lo vi antes de comprenderlo.

Tenía casi diez años cuando mi tía María Angustias me llevó a la Feria del Libro de 1978. No sabía que estaba entrando a uno de esos recuerdos que tardan décadas en revelar su importancia.

La feria funcionaba en el viejo Centro Municipal de Exposiciones. Nada que ver con los enormes pabellones de hoy. Aquello parecía más un galpón que un templo de la cultura. Un galpón inmenso donde se mezclaban el olor de la tinta, la humedad, el papel recién impreso y el murmullo incesante de la gente.

Recuerdo los pasillos angostos, los libros apilados, las voces que se superponían unas sobre otras y ese ruido constante, semejante al de una colmena.

Mi tía caminaba decidida. Yo la seguía. En realidad no estaba allí por los libros. Estaba allí por ella. Entonces ocurrió.

Primero fue un murmullo. Después una especie de movimiento colectivo. Como esas bandadas de pájaros que cambian de dirección al mismo tiempo sin que nadie dé una orden. La multitud comenzó a desplazarse. Y en el centro de ese movimiento apareció Borges.

No estaba sobre un escenario. No había ceremonias ni distancias respetuosas. Estaba rodeado por la gente. Le acercaban libros. Le hablaban. Lo tocaban. Lo llamaban.

Más que caminar, parecía ser llevado por la multitud.

—Es Borges —me dijo mi tía. Lo observé. Y recuerdo algo que me acompañó durante años. No vi un genio. No vi una celebridad. Vi a un hombre. Un hombre quieto en medio de un torbellino.

Su rostro parecía inclinado hacia una conversación secreta. Como si escuchara algo que estaba más allá del ruido. Y tuve una sensación extraña, una de esas intuiciones que los chicos no saben explicar.

Pensé que todos lo querían demasiado. Que lo estaban sofocando un poco. Retrocedimos. Mi tía me sostuvo la mano mientras observábamos desde lejos. No entendí quién era Borges. No entendí por qué aquella gente se apretaba para acercarse. No entendí la importancia de lo que estaba viendo. Pero algo quedó.

Un eco. Una imagen. Una semilla.

Años después volví a encontrarme con él. Esta vez en los libros. Y comprendí lo que aquella multitud buscaba.

Porque Borges no era solamente un escritor. Era un lector extraordinario que había hecho de la lectura una forma de felicidad.

Antes de Borges yo creía que los libros servían para contar historias.

Después descubrí que podían servir para pensar el tiempo, la memoria, la identidad, el destino y los infinitos caminos que toma la imaginación humana.

Con Borges entendí que la literatura podía ser una aventura intelectual sin dejar de ser una emoción. Muchos llegan a él intimidados por su fama de erudito.

Es un error.

Detrás de las citas en inglés antiguo, de las referencias nórdicas y de los laberintos metafísicos, habitaba un hombre profundamente curioso. Un lector enamorado de los libros. Tal vez por eso sigue siendo moderno. Porque nunca escribió para exhibir conocimientos. Escribió para compartir asombros.

En más de cuarenta años de oficio aprendí que escribir es aceptar una derrota permanente. Ningún texto termina pareciéndose del todo a aquello que imaginamos. Siempre falta una palabra. Siempre sobra una frase. Siempre hay una página mejor que la que acabamos de escribir.

Borges lo sabía. Por eso desconfiaba de las certezas. Y por eso prefería hablar de los libros que había leído antes que de los que había escrito.

Hay una frase suya que regresa a mi memoria una y otra vez: "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído."

Quizás allí resida parte de su grandeza. En la humildad del lector. En la conciencia de que la literatura es una conversación infinita donde nadie posee la última palabra.

Cuarenta años después de su muerte, Borges sigue conversando con nosotros. Lo hace desde sus cuentos, desde sus poemas, desde sus conferencias y también desde la memoria de quienes alguna vez lo vieron pasar entre la multitud.

Yo conservo esa imagen. Un galpón lleno de ruido. La mano firme de mi tía María Angustias. Un niño que todavía no sabía quién era Borges. Y un hombre rodeado por lectores que buscaban acercarse a él como quien intenta tocar algo que presiente inmortal.

Con los años entendí que aquella tarde no estaba viendo solamente a un escritor.

Estaba viendo una forma de la literatura. Una literatura imperfecta, desordenada, multitudinaria y viva. La misma literatura que sigue sobreviviendo a las modas, a los gobiernos, a las tecnologías y al paso del tiempo. Por eso, cuando pienso en Borges, no pienso primero en los espejos ni en los laberintos. Pienso en aquel hombre tratando de respirar en medio de una multitud que lo admiraba.

Pienso en mi tía llevándome de la mano. Y pienso que, sin saberlo, aquel día comenzó una conversación que ya lleva casi cinco décadas.

La conversación de un lector con uno de sus maestros. La conversación de un hijo literario con su padre putativo.

Jose Luis Colombini



 

Hoy me embarga la tristeza


 Hoy me embarga la tristeza

 

Hace cuarenta años, un sábado 14 de junio de 1986, moría Jorge Luis Borges. Yo estaba saliendo del secundario cuando me enteré. Recuerdo que no pude contener las lágrimas. Sentí una orfandad difícil de explicar, como si de pronto el mundo hubiera perdido una de sus luces más intensas.

Anoche casi no dormí. Me desvelé recordándolo, sintiéndolo cerca a través de sus libros. Volví a leer algunas páginas, a escuchar viejas entrevistas, a repasar anécdotas y escenas que el tiempo no ha logrado borrar. Durante horas regresé a esa voz inconfundible, pausada y precisa, capaz de convertir una conversación cotidiana en una lección de literatura, de filosofía o de humor.

Para muchos era un gran escritor. Para mí era algo más. Era mi héroe de la inteligencia, de la imaginación y de la palabra. Mi héroe de fuerza, aunque su fuerza no proviniera de los músculos sino de una lucidez capaz de desafiar al tiempo, a la muerte y al olvido. Era también mi hierofante, el que revelaba misterios ocultos detrás de los libros, los espejos, los tigres y los laberintos.

Borges fue, además, un maestro de la ironía fina. Nadie manejó como él ese arte de decir las cosas con elegancia, inteligencia y una leve sonrisa apenas insinuada. Admiré siempre su extraordinaria capacidad para encontrar el adjetivo justo, esa precisión que parecía natural pero que escondía una sensibilidad y una cultura inmensas. En sus textos no sobraba una palabra; cada una ocupaba el lugar exacto que le correspondía.

Mientras el país vivía la euforia del Mundial de México y esperaba los octavos de final que jugaría la Selección dos días después, yo sentía que algo irremplazable se había ido para siempre. La muerte de Borges no me parecía una noticia cultural; la viví como una pérdida personal.

Cuarenta años después sigo regresando a sus páginas. Y comprendo que aquella sensación de orfandad era, en el fondo, la prueba más clara de la gratitud. Porque algunos escritores no solo nos acompañan: nos ayudan a pensar, a mirar y a entender el mundo. Y cuando mueren, una parte de nosotros siente que ha perdido a un maestro.

Sin embargo, Borges sigue ahí. En cada biblioteca, en cada verso recordado de memoria, en cada lector que abre uno de sus libros por primera vez. Tal vez por eso la tristeza de hoy no sea solamente tristeza. También es una forma de homenaje.

 

 Jose Luis Colombini

 

 

 

 

 

Borges un escritor para minorías inteligentes


 Borges un escritor para minorías inteligentes

 

La frase sobre Jorge Luis Borges como “un escritor para minorías inteligentes” circuló durante años en el ambiente literario argentino y suele asociarse a comentarios provocadores de Jorge Asís sobre el lugar de Borges en la cultura.

 

La idea detrás de la frase

 

Asís, que siempre cultivó un estilo polémico, sostenía que Borges era un autor extraordinario pero minoritario. Es decir: un escritor admirado por intelectuales, críticos y académicos, pero no necesariamente un autor masivo o popular en términos de lectores comunes.

En ese sentido, la expresión “minorías inteligentes” era tanto elogio como provocación.

Elogio porque reconocía el nivel intelectual de la obra de Borges.

Provocación porque insinuaba que su literatura no interpelaba a las grandes mayorías.

 

El contexto cultural argentino

 

Durante décadas, Borges fue discutido desde dos frentes:

 

1. La discusión política

   Muchos sectores del campo cultural argentino lo criticaban por sus posiciones políticas conservadoras.

 

2. La discusión estética

   Otros escritores señalaban que su literatura era demasiado erudita, llena de referencias filosóficas y bibliográficas.

 Ahí se inscribe la lectura de Asís: Borges como “un escritor exquisito, pero no popular”.

 

La paradoja borgiana

 

Sin embargo, con el paso del tiempo ocurrió algo curioso: Jorge Luis Borges terminó siendo uno de los autores argentinos más leídos y traducidos del mundo.

 

Libros como: 

Ficciones

El Aleph

 

Se convirtieron en clásicos universales, estudiados en universidades y leídos por generaciones de escritores.

Es decir, lo que comenzó como literatura para círculos intelectuales terminó transformándose en patrimonio global de la literatura.

 

La ironía final

 

Hay una ironía que probablemente habría disfrutado el propio Borges: muchos lectores llegan a él por curiosidad —por el mito, por la fama, por la cita cultural— y después descubren que sus cuentos, aunque están llenos de filosofía y laberintos, son sorprendentemente breves, claros y narrativos.

Tal vez por eso Borges logró algo muy raro:  ser al mismo tiempo un escritor para minorías inteligentes… y para millones de lectores en todo el mundo.

El cuento más corto de la historia es también el más triste


 

El cuento más corto de la historia es también el más triste

 

La charla salió después del velorio, en un bar cualquiera. Café aguado, medialunas duras, el ruido de la máquina trabajando como si nada hubiera pasado.

No sé bien cómo ni por qué alguien dejó caer el comentario:

—Dicen que el cuento más corto de la historia es también el más triste.

Entonces apareció la anécdota.

Cuenta la leyenda que Ernest Ernest Hemingway almorzaba con otros escritores cuando alguien lanzó un desafío, de esos que buscan medir talento y ego al mismo tiempo:

—¿Se puede escribir un cuento con seis palabras?

Hemingway tomó una servilleta y escribió: Se venden zapatitos de bebé, nunca usados.

Silencio. No por admiración. No por cortesía. Por reconocimiento.

Todos entendieron de qué hablaba. Seis palabras alcanzaban para contar una ausencia, una espera rota, un duelo entero.

Sin prólogo. Sin epílogo. Sin explicaciones.

Hoy ese cuento probablemente no sobreviviría a un comité editorial. Le pedirían más contexto, un arco emocional, una voz fácilmente identificable. Tal vez un trauma detallado. Tal vez un final esperanzador.

El mercado suele desconfiar de la brevedad porque hay dolores que no pueden estirarse. No se serializan. No generan sagas. No admiten demasiadas vueltas.

Nadie en la mesa comentó nada. No hacía falta.

Todos sabíamos de qué hablaba. Escribir no consiste en embellecer el dolor.

Consiste en no mentirle. No disfrazarlo con frases bonitas ni distraerlo con artificios.

El duelo no necesita explicaciones. Necesita que alguien lo nombre en voz baja y tenga la sabiduría de callarse a tiempo.

Pagamos la cuenta. Salimos a la calle. La ciudad seguía funcionando. Los colectivos pasaban. Los negocios abrían y cerraban. La gente caminaba con apuro hacia asuntos que parecían urgentes. Y pensé que la frase de Hemingway, al menos en Argentina, no suena a literatura. Suena a aviso pegado con cinta scotch en una vidriera. A una bolsa guardada en el fondo de un placard. A algo que no se tira porque no se puede soltar. Tal vez escribir sea eso. Resistirse a inflar lo que ya pesa demasiado. Confiar en que el lector no necesita que le traduzcan la pérdida.

Hay dolores que no quieren ser comprendidos. Solo quieren ser nombrados. Y después, dejar que el silencio haga el resto.



Jose Luis Colombini

 "Mis crónicas son un cruce entre periodismo, memoria personal y cultura popular. El gonzo me dio permiso para no esconder al narrador y para contar también cómo me afectan las historias que cuento."

La mujer que prendió fuego a la ignorancia

La mujer que prendió fuego a la ignorancia

 

Hace años leí un libro de Mary Wollstonecraft. No recordaba con exactitud cuál era. Confundí títulos, ediciones y portadas. Lo que no olvidé fue una idea.

Durante días intenté reconstruir una frase que me había acompañado durante años. Sabía que hablaba de la ignorancia. Sabía que me había impactado. Pero no lograba recordar las palabras.

Cuando volví a abrir aquellas páginas apareció, intacta, esperándome. "La ignorancia es una frágil base para la virtud." Al lado de la frase encontré una anotación escrita por mí mismo muchos años atrás: "Una herejía para su tiempo."

Tenía razón.

También recordé otra cosa. Durante una época llevaba ese libro a la plaza de Barrio Parque. Me sentaba bajo unos eucaliptos y leía durante horas. El murmullo del viento entre las hojas acompañaba las páginas. A veces levantaba la vista y observaba cómo la tarde se iba inclinando lentamente sobre el barrio. Entonces volvía al libro.

No recuerdo todos los capítulos. No recuerdo cada argumento. Ni siquiera recordaba con precisión cuál de sus libros había leído. Pero aquella frase permaneció.

Quizá porque algunas lecturas terminan mezclándose con los lugares donde fueron leídas. Con una plaza. Con unos árboles. Con una sombra que nos cobijó durante una tarde cualquiera. Con una etapa de la vida que ya pasó, pero que vuelve intacta cuando abrimos un libro.

Y allí, bajo aquellos eucaliptos, Mary Wollstonecraft seguía haciendo lo mismo que había hecho más de dos siglos antes: cuestionar las certezas de su tiempo.

Mary Wollstonecraft escribió esas palabras en una época en que la mayoría de los pensadores aceptaban como natural que las mujeres recibieran una educación inferior. Se las preparaba para agradar, obedecer y depender. Se consideraba que la delicadeza era más importante que el conocimiento y que la sumisión era una virtud.

Ella se atrevió a desafiar esa lógica. Su planteo fue simple y devastador: una mujer no es inferior por naturaleza; es mantenida en la inferioridad mediante la educación, las costumbres y las expectativas sociales.

Hoy parece una idea evidente. A fines del siglo XVIII era una revolución. Por eso Mary Wollstonecraft es considerada una de las madres intelectuales del feminismo moderno. No porque reclamara privilegios para las mujeres, sino porque exigía algo mucho más profundo: que fueran reconocidas como seres racionales, capaces de pensar, aprender, decidir y construir su propio destino.

Su lucha no era solamente por el acceso a la educación. Era por la dignidad intelectual. Era por el derecho a desarrollar plenamente la razón. Era por la libertad de convertirse en individuos completos.

Mientras muchos defendían una feminidad basada en la ignorancia, ella sostenía que la razón y el conocimiento eran condiciones indispensables para la autonomía.

Más de dos siglos después, sus palabras siguen conservando una fuerza sorprendente. Porque la ignorancia continúa siendo una herramienta de dominación allí donde alguien intenta decidir qué pueden leer, pensar o aprender los demás.

Y porque cada vez que alguien afirma que el conocimiento vuelve más libres a las personas, de alguna manera sigue caminando por el sendero que Mary Wollstonecraft abrió.

Sobre mi mesa descansan hoy dos de sus libros: “Vindicación de los derechos de la mujer” y “La educación de las hijas”. Entre ambos hay apenas cinco años de distancia.

Entre ambos puede verse el nacimiento de una de las voces más importantes de la historia del feminismo.

Quizá por eso la frase sobrevivió en mi memoria cuando ya había olvidado casi todo lo demás.

Porque algunas ideas no envejecen. Esperan.

Y cuando volvemos a encontrarlas, siguen teniendo la misma capacidad de iluminar y de incomodar que el día en que fueron escritas.

"La ignorancia es una frágil base para la virtud."

 Jose Luis Colombini


"Los lectores de Crónicas"

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