Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

La ciudad hipertrofiada: caminar Córdoba con el capitalismo respirándote en la nuca

La ciudad hipertrofiada: caminar Córdoba con el capitalismo respirándote en la nuca

 

 

Arranco por el Boulevard Juan Domingo Perón, en la zona de la Terminal de Ómnibus de Córdoba. Nadie empieza una caminata honesta en el Cerro de las Rosas.

Acá la ciudad no se maquilla: suda. Carteles rotos, persianas grafiteadas, un "SE ALQUILA" escrito con fibrón que parece más una advertencia que un aviso. La hipertrofia todavía no está en las torres; está en la tensión. En los cuerpos apurados, las mochilas pesadas, las miradas que nunca llegan a encontrarse.

Salgo a caminar como quien se hace un estudio clínico sin obra social.

La ciudad ya está despierta. Inflada como un bíceps que olvidó para qué servía la fuerza.

Un vendedor ambulante grita "¡medias, medias!" con la perseverancia de un mantra. El sistema no lo reconoce como trabajador, pero le exige rendimiento igual. Pienso en Marx. El trabajo ya no produce bienestar para quien lo hace; apenas alcanza para volver a empezar al día siguiente. Acá el capital no crece: se reproduce por desgaste.

Camino hacia el centro. En apenas tres cuadras paso del aroma de unas tortas fritas recién hechas a un café de especialidad que ofrece un brunch "consciente". Consciente de qué, nadie lo explica.

Adentro hay notebooks abiertas, auriculares enormes, gente que dice estar "laburando en lo suyo". Afuera, un hombre duerme sobre cartones. Nadie cruza una mirada. La ciudad aprendió a convivir con la desigualdad igual que con el ruido del tránsito: incomoda, pero ya no detiene nada.

Sigo por Entre Ríos. Un cartel inmobiliario tapa media fachada de un edificio antiguo.

VIVÍ LA EXPERIENCIA.

El departamento tiene veintiocho metros cuadrados. La experiencia consiste en respirar de costado.

Byung-Chul Han me cruza la cabeza como una puteada elegante: la autoexplotación funciona mejor cuando parece una elección. Elegís vivir en una caja porque "es lo que hay". Después aprendés a agradecerla.

Vidrios espejados. Torres nuevas. La misma tipografía vende rentabilidad y felicidad. Todo crece. Nadie parece respirar más profundo.

En la vereda un hombre corre con smartwatch, auriculares y una botella isotónica. Corre sin perseguir nada visible. Se persigue a sí mismo. Pienso en el perseguidor de Cortazar, me dan ganas de escuchar a Charlie Parker.

Cruzo una avenida de seis carriles. Los autos avanzan como glóbulos rojos dopados. No transportan vida; transportan ansiedad.

En una pantalla gigante alguien sonríe mostrando dientes perfectos. Debajo sólo aparece una palabra: Más. No hace falta completar la frase.

Llego al centro. Oficinas semivacías. Persianas bajas. Carteles de "LIQUIDACIÓN TOTAL". El capitalismo argentino no colapsa: se achica mal, como un músculo entrenado únicamente para resistir. La inflación es cardio forzado. El ajuste, la rutina diaria. El cuerpo social vive contracturado.

Entro a un café. Todo es madera clara, diseño escandinavo y Wi-Fi potente.

Treinta personas están solas, juntas. Nadie habla. Todos producen algo invisible: documentos, correos, proyectos, versiones mejoradas de sí mismos.

El mozo me recomienda un "blend funcional".

Revuelvo el café como si revolviera mi propia existencia mientras garabateo frases en una libreta Moleskine. Pienso que la riqueza también puede medirse por la cantidad de silencios compartidos. Acá no hay pobreza económica. Hay otra cosa: una fatiga elegante. Una miseria psíquica premium.

Termino el café demasiado rápido. Me siento asfixiado. Sigo caminando.

El cuerpo empieza a registrar lo que la cabeza venía pensando. La ciudad no invita a quedarse. Empuja. Los bancos son incómodos. Las plazas parecen salas de espera. La sombra alcanza apenas para justificar que existe.

Un gimnasio abierto las veinticuatro horas ocupa el edificio donde antes funcionaba un banco. Donde antes se guardaba dinero, ahora se fabrican cuerpos.

Detrás de las paredes de vidrio, decenas de personas levantan pesas frente a un espejo. Afuera, un jubilado revisa un tacho de basura.

La hipertrofia literal y la simbólica se saludan sin necesidad de presentarse.

Los músculos crecen. Los vínculos se encogen. El capitalismo ama los espejos: siempre devuelve una versión mejorada de vos mientras, de a poco, te roba la espalda.

Todo el triunfalismo de una persona depositado en lo más perecedero que posee: el cuerpo.

Sigo hacia el sur.

El asfalto está roto. Los colectivos pasan llenos como pulmones enfermos. Un naranjita discute con un automovilista. Más adelante, el olor húmedo de la Cañada aparece por un instante antes de volver a perderse entre el gasoil y el cemento caliente.

En una pared alguien pintó: “LA PATRIA NO SE VENDE.”

Unos metros más arriba, una gigantografía ofrece créditos en cuotas fijas. La ironía no necesita escritor. Me duelen las piernas. Pero me duele más la naturalización. Acá no hace falta imaginar una distopía. La hipertrofia del capital convive con la precariedad como dos órganos mal conectados. Crece todo aquello que no alimenta. Se debilita lo que sostiene.

Llego a una plaza. Bancos rotos. Juegos oxidados. Un grupo de pibes toma cerveza tibia mientras se ríe con una intensidad que ningún algoritmo podría medir.

Por unos minutos el sistema parece fallar. Después pasa un patrullero despacio. Hasta el ocio tiene horario. Me siento. No saco el celular. Ese gesto mínimo ya parece una forma de desobediencia.

Pienso que este país no está exhausto. Está entrenado para aguantar. Y aguantar nunca fue lo mismo que vivir.

Cuando me levanto, veo un local vacío. En el vidrio alguien escribió a mano: SE ALQUILA – CONSULTAR.

No hay precio. No hay condiciones. Sólo una promesa suspendida.

El semáforo cambia dos veces antes de que cruce. Nadie parece advertirlo. Todos miran una pantalla. Yo miro una ciudad que sigue respirando con dificultad.

Un colectivo escupe humo. El vendedor vuelve a gritar:

—¡Medias, medias!

El gimnasio enciende sus luces aunque todavía falta para que anochezca.

Todo continúa. Reflexiono que no vine a recorrer Córdoba. Vine a medir mi propio cansancio. Y descubro que la ciudad ya lo conocía antes que yo.

 

La magia de las microficciones llega a la Biblioteca Caranday de Villa Dolores


 📚 La literatura vuelve a reunirnos en Villa Dolores.

 

La escritora Sandra Barrera Andrada presenta su esperado libro de microficciones en un encuentro abierto para compartir historias, lecturas y el universo de un género que demuestra que unas pocas palabras pueden contener mundos enteros.

 

📍 Biblioteca Caranday

Felipe Erdman 274, Villa Dolores, Córdoba.

 

🗓️ Miércoles 8 de julio

🕖 19:00 hs

 

Una invitación para lectores, escritores y amantes de la literatura a acompañar el nacimiento de una nueva obra

 

 

 

 

LOS HILOS

Las manos mueven los títeres: viejos con barbas, con bastones, con botones de sacos largos y los llevan al cine, a las citas, a las carreras. Las manos crean historias, los hacen discutir, pelear o amarse. Los niños ríen tanto, tanto, que cuando ya cansados se van a dormir, el dueño de las manos deja que los muñecos los aterroricen en sus sueños para que aprendan que la vida no es tan bella.

Aplaudir el incendio Kierkegaard y la sociedad del espectáculo


 

Aplaudir el incendio

Kierkegaard y la sociedad del espectáculo

 

"El mayor triunfo del espectáculo no consiste en entretenernos, sino en convencernos de que todo lo importante también forma parte del show."

Hay parábolas que sobreviven a sus autores. No porque describan una época, sino porque terminan describiendo todas. La del payaso y el incendio, escrita por Søren Kierkegaard en 1843, es una de ellas. Han pasado casi dos siglos desde que el filósofo danés la imaginó y, sin embargo, resulta difícil encontrar una imagen más precisa del mundo contemporáneo.

Un teatro se incendia detrás del escenario. Un payaso sale a advertir al público. Les dice que deben escapar porque el fuego avanza. Los espectadores ríen. Creen que forma parte de la función. Aplauden. El payaso insiste. El aplauso se vuelve aún más intenso.

Kierkegaard concluye con una intuición devastadora: así podría terminar el mundo, entre los aplausos de quienes confunden una advertencia con un espectáculo.

 

Mucho más que una anécdota

 

Conviene hacer una aclaración. La frase que suele circular en redes sociales no es una cita textual de "O lo uno o lo otro" ("Enten–Eller", 1843), sino una versión condensada y modernizada de una parábola que aparece en "Diapsálmata", la sección que abre esa obra fundamental.

Pero la fidelidad literal importa menos que la fidelidad filosófica. El sentido permanece intacto.

Kierkegaard no está hablando de un incendio. Tampoco de un payaso. Está hablando de nosotros.

Nos habla de una sociedad que ha perdido la capacidad de distinguir entre la representación y la realidad; entre quien actúa para entretener y quien intenta advertir un peligro verdadero.

 

El espectáculo como forma de anestesia

 

Lo extraordinario de esta parábola es que anticipa un fenómeno que hoy parece inevitable.

Vivimos inmersos en un flujo continuo de imágenes, opiniones, escándalos, tragedias y entretenimiento. Todo aparece mezclado en la misma pantalla, con el mismo formato y el mismo tiempo de atención.

Una guerra ocupa el mismo espacio que un meme.

Una crisis climática dura lo mismo que un video de treinta segundos.

Una noticia sobre el colapso democrático compite con un desafío viral.

La información ya no se organiza según su importancia, sino según su capacidad para captar nuestra atención. Y cuando todo se convierte en contenido, también la tragedia corre el riesgo de convertirse en entretenimiento.

 

Del teatro a las redes sociales

 

Kierkegaard escribió esta parábola cuando no existían ni la televisión, ni internet, ni las redes sociales. Sin embargo, parece haber comprendido algo esencial sobre la condición humana: No basta con decir la verdad. La verdad necesita ser reconocida.

Y cuando una sociedad se acostumbra demasiado al espectáculo, cualquier advertencia puede parecer simplemente otra escena de la función.

Quizá por eso hoy reaccionamos con una mezcla de ironía, cinismo y fatiga ante casi cualquier acontecimiento. Nos indignamos durante unas horas. Compartimos una publicación. Comentamos. Seguimos deslizando el dedo sobre la pantalla.

Como el público del teatro, aplaudimos mientras el escenario comienza a arder.

 

Debord, Postman y Fisher: los herederos de una intuición

 

Décadas después, otros pensadores profundizaron esa misma preocupación.

"Guy Debord", en "La sociedad del espectáculo", sostuvo que la experiencia directa había sido reemplazada por su representación. Ya no vivimos los acontecimientos: consumimos imágenes de ellos.

"Neil Postman", en "Divertirse hasta morir", advirtió que las democracias no necesariamente serían destruidas por la censura, sino por el exceso de entretenimiento. Cuando todo debe divertir, incluso el conocimiento termina perdiendo su gravedad.

"Mark Fisher", por su parte, mostró cómo el capitalismo contemporáneo convierte incluso la crítica en mercancía. Todo puede ser absorbido, estetizado y vendido. Hasta la rebelión puede transformarse en un producto.

Los tres, de algún modo, continúan la pregunta que Kierkegaard formuló un siglo antes.

 

El verdadero peligro

 

La parábola no dice que el público sea estúpido. Dice algo mucho más inquietante. El público interpreta la realidad según aquello que espera ver. Como el mensaje viene de un payaso, supone que necesariamente debe ser una broma.

La apariencia invalida el contenido. Y acaso esa sea una de las grandes tragedias de nuestro tiempo. Muchas veces desestimamos una advertencia no porque sea falsa, sino porque no encaja con nuestras expectativas, nuestras creencias o nuestra comodidad. Preferimos pensar que todo sigue siendo parte del espectáculo.

Porque aceptar que el incendio es real implica abandonar la butaca.

 

La pregunta que sigue ardiendo

La fuerza de Kierkegaard no reside en ofrecer respuestas. Su filosofía siempre incomoda más de lo que tranquiliza.

La parábola del payaso sigue vigente porque nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿Cómo distinguimos una advertencia auténtica de una simple representación cuando vivimos en una cultura donde todo parece espectáculo?

Quizá esa sea la verdadera herencia del filósofo danés. No enseñarnos cómo termina el mundo. Sino obligarnos a preguntarnos si, mientras esperamos el próximo acto, no estaremos también nosotros aplaudiendo al payaso mientras el teatro ya comenzó a incendiarse.

"Porque el problema nunca fue el incendio. El problema fue un público incapaz de reconocerlo."

Cuando el miedo entra por los vitrales: una noche de cine de terror en un templo neogótico


Cuando el miedo entra por los vitrales: una noche de cine de terror en un templo neogótico

 

 

En una época en la que casi todo se consume desde la comodidad del sofá, Buenos Aires propone una experiencia que recupera algo esencial del cine: el ritual. Porque el miedo también necesita escenario.

Durante julio, el histórico templo neogótico de Santa Felicitas, en Barracas, dejará de ser únicamente un testimonio de la arquitectura del siglo XIX para convertirse en una sala de proyección donde el suspenso no empieza con la primera escena, sino mucho antes, cuando el espectador atraviesa sus puertas.

Las agujas apuntando al cielo, los vitrales filtrando una luz tenue, las bóvedas que amplifican cada sonido y los muros cargados de historia parecen haber estado esperando, desde hace más de un siglo, la llegada del cine de terror. No es difícil imaginar que cualquier sombra tenga vida propia. Ni que un simple crujido haga girar la cabeza.

El programa no podía ser más apropiado. “Dawn of the Dead”, (El amanecer de los muertos) el clásico inmortal de George A. Romero, vuelve a demostrar que los zombis nunca fueron solamente zombis. Siempre hablaron de nosotros: del consumo, de las multitudes, de la soledad y del miedo a convertirnos en una masa que camina sin saber hacia dónde.

La segunda proyección, “MadS” (2024) es un filme francés de suspenso y terror dirigido por David Moreau.

Apuesta por otra forma de inquietud. Filmada en un único plano secuencia, elimina el respiro del montaje y obliga al espectador a permanecer atrapado dentro de la historia, como si tampoco pudiera escapar del edificio.

La narrativa se inicia cuando “Romain”, un joven, consume una sustancia nueva antes de ir a una fiesta. Durante su trayecto, encuentra a una mujer que está cubierta de sangre y claramente aterrorizada. Desde ese instante, la velada se convierte en un torbellino de miedo, agresión y propagación, donde no se puede distinguir fácilmente lo que es resultado de la droga y lo que es una amenaza mucho más concreta.

La experiencia de ver cine de terror en un templo neogótico con más de 150 años comienza incluso antes de que se apaguen las luces. Un cóctel de bienvenida recibe al público mientras el templo va llenándose de murmullos. Después llega el silencio. El mismo silencio que precede a los grandes sobresaltos.

Quizá ahí resida el verdadero atractivo de esta propuesta. No se trata únicamente de ver dos películas. Se trata de recordar que el cine alguna vez fue una ceremonia colectiva. Entrar a un lugar desconocido, compartir la oscuridad con extraños y aceptar, durante un par de horas, que la ficción gobierne nuestros sentidos.

Resulta curioso que, en tiempos dominados por pantallas diminutas y algoritmos que deciden qué debemos mirar, el terror encuentre refugio en un edificio construido hace más de ciento cincuenta años. Como si la arquitectura todavía pudiera hacer algo que ninguna plataforma consigue: predisponernos emocionalmente antes de que aparezca el primer fotograma.

Tal vez por eso la experiencia seduce tanto. Porque el miedo nunca dependió únicamente de la película. También depende del lugar, del silencio, de la oscuridad y de la imaginación de quien observa.

Y pocas cosas alimentan mejor la imaginación que un viejo templo neogótico cuando las luces se apagan.

Kafka vuelve a caminar entre nosotros


 Kafka vuelve a caminar entre nosotros

 

Kafka nunca imaginó que terminaría dando nombre a una forma de vivir. Hoy llamamos "kafkiano" a todo aquello que parece absurdo, opresivo e incomprensible. Quizá porque nadie describió mejor la sensación de sentirse extranjero dentro de la propia realidad. Más de un siglo después de su muerte, sus novelas y relatos siguen describiendo con una precisión inquietante un mundo donde la burocracia asfixia, la culpa no necesita explicación y el individuo se enfrenta a un sistema tan incomprensible como implacable.

El próximo 2 de julio llega a los cines Franz, una película dirigida por Agnieszka Holland, tres veces nominada al Premio Oscar. Lejos del biopic convencional, la directora propone una inmersión en el universo íntimo y creativo del autor de La metamorfosis, explorando sus contradicciones, sus miedos y la sensibilidad que dio origen a una de las obras más influyentes de la literatura del siglo XX.

Kafka nunca fue un héroe literario en el sentido clásico. Trabajó en una oficina de seguros, escribió de noche, dudó constantemente de su talento y pidió que sus manuscritos fueran destruidos tras su muerte. Afortunadamente, su amigo Max Brod desobedeció ese último deseo y permitió que el mundo conociera El proceso, El castillo y tantas otras obras que hoy forman parte del patrimonio universal.

Lo extraordinario de Kafka no fueron los insectos gigantes ni los tribunales absurdos. Fue haber comprendido, mucho antes que la mayoría, que el verdadero laberinto podía ser la vida cotidiana. Que el miedo no siempre tiene rostro y que la opresión puede esconderse detrás de un escritorio, un expediente o una puerta que jamás termina de abrirse.

Franz promete recuperar ese clima de incertidumbre y desasosiego que convirtió a Kafka en un autor imprescindible. No solo para quienes aman la literatura, sino para cualquiera que alguna vez haya sentido que el mundo funciona con reglas imposibles de entender.

Porque Kafka no escribió sobre monstruos.

Escribió sobre nosotros.


Apuntes para no putearle al cielo


 

Apuntes para no putearle al cielo

 

 

Llueve. Llueve como si el cielo hubiera leído a Marco Aurelio y hubiera decidido ejercitar la indiferencia. “Da igual”, parece decir el agua al caer. Yo salgo lo mismo. No por valentía, sino por terquedad: vicio estoico mal entendido.

—No depende de vos que llueva —me digo, citándome mal—.

—Pero sí depende de vos mojarte —me contesto, empapándome con método.

Camino bajo la lluvia como quien atraviesa un argumento moral. Cada paso es una premisa resbalosa. Epicteto me acompaña desde algún rincón de la memoria: “No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede”. Mentira piadosa. Me afecta igual, pero ahora puedo nombrarlo con elegancia griega.

Un charco enorme bloquea la vereda. No hay forma elegante de cruzarlo. Salto. Caigo mal. Me mojo. Perfecto. La realidad siempre cobra entrada.

Las zapatillas chupan agua como esponjas existenciales.

Me refugio bajo un alero. El vidrio del negocio cerrado refleja una versión mía ligeramente más patética: pelos húmedos, ojos cansados, cara de tipo que leyó demasiado y actuó poco. El reflejo me interpela como un mal profesor de filosofía:

—¿Todo este pensamiento sirve para algo?

—Sirve para no hacer —respondo—. Para justificar la quietud con palabras

largas.

La lluvia cae como un arcano. Siempre igual, siempre distinta. Mark Fisher tenía razón: el clima también está atrapado en el realismo capitalista. Llueve como si no hubiera alternativa. Como si el sol fuera una utopía pospuesta para otro sistema.

Sigo caminando. El paraguas es una derrota anticipada: se da vuelta con el viento y confirma mi teoría de que todo intento de protección es precario. Pienso en Nietzsche empapado, puteando a Wagner, resfriado, diciendo “amor fati” mientras estornuda. Nadie piensa mejor por estar cómodo.

La lluvia ya no molesta: disciplina. Me ordena. Me baja el volumen del mundo y me sube el del monólogo interno. Pienso mejor mojado, incómodo, levemente enojado. Como si el pensamiento necesitara fricción para arrancar.

Pienso que el cuerpo siempre desmiente a la filosofía. El estoicismo es hermoso en abstracto, pero probado en una vereda rota un miércoles lluvioso, pierde glamour.

—Aceptá lo que es —me ordeno.

—Acepto —respondo—, pero protestando en silencio.

La lluvia borra la ciudad. Todo se vuelve gris, homogéneo, casi romano. Me gusta esa austeridad forzada. Séneca aparece como una voz cansada pero firme: “Sufrimos más en la imaginación que en la realidad”. Miro mis medias mojadas. Objeción empírica: a veces la realidad hace bien su trabajo sin ayuda de la fantasía.

Me refugio bajo un árbol raquítico. Error conceptual. El árbol chorrea más que el cielo. La naturaleza nunca prometió cuidarnos. Marco Aurelio lo dijo sin anestesia: “La naturaleza no te debe nada; vos le debés todo”. Tomo nota mental mientras el agua me cae por el cuello.

—¿Para qué tanta lectura si igual terminás acá, mojado y solo? —me provoco.

—Para no desesperar —me respondo—. Para fracasar con argumentos.

Viento. El paraguas se da vuelta. Momento pedagógico. Epicteto sonríe desde la ruina: “Si querés progreso, aceptá parecer un tonto”. Camino con el paraguas roto, como un cínico moderno, ridículo pero coherente.

La lluvia ya no es enemiga: es ejercicio espiritual. Cada gota entrena la paciencia, cada charco refuerza la idea de límite. El estoicismo no te salva del mundo, apenas te enseña a no pedirle demasiado.

—No controlás el clima —me digo.

—Pero controlás la respuesta —me contesto, aunque sé que es una aspiración, no un logro.

Llego a casa empapado. Me saco la ropa como quien abandona una tesis fallida. Mate tibio. Cuaderno abierto. Afuera sigue lloviendo con obstinación cósmica. Adentro, escribo.

Séneca vuelve para cerrar el día: “Mientras posponemos, la vida pasa”. No resolví nada, no alcancé la ataraxia, no fui sabio. Pero caminé bajo la lluvia sin huir, pensé sin anestesia y escribí sin esperanza de utilidad.

Y eso, para un estoico de barrio y un gonzo cansado, ya es una pequeña victoria contra el caos.

La kermés de los vencidos. Crónicas del desvelo. Manifiesto del desvelo. Tabletas.


 La kermés de los vencidos. Crónicas del desvelo. Manifiesto del desvelo


Bienvenidos a la madrugada.

No estás entrando en un podcast cualquiera.

Estás entrando en una forma de mirar el mundo.

Aquí la madrugada no es un horario: es un territorio. El momento en que el ruido baja de volumen, las máscaras empiezan a caer y la memoria encuentra, por fin, espacio para hablar.

Desde Traslasierra nacen estas "Crónicas del Desvelo": textos donde se cruzan la literatura, la filosofía, el cine, la política, la poesía y la cultura. No para ofrecer respuestas fáciles, sino para hacer mejores preguntas.

Este es un lugar para quienes todavía creen que pensar también puede ser una forma de resistencia.

Para quienes prefieren una conversación larga antes que un algoritmo.

Para quienes entienden que una canción, un libro o una película pueden explicar una época mejor que un discurso.

Si llegaste hasta aquí, quedate.

Apagá el ruido.

La madrugada recién empieza.

El velorio de una ilusión

 

 

El velorio de una ilusión

 

Una tarde de invierno, treinta mil hinchas de Colón y un Renault 11 cargado de fantasmas.

 

Hay derrotas que no terminan cuando el árbitro marca el final. Algunas continúan mucho después, durante kilómetros de silencio.

El 26 de junio de 1993 viajé con mi padre al Chateau Carreras de Córdoba para presenciar el tercer y definitivo partido entre Colón de Santa Fe —el club de sus amores— y Banfield. Treinta mil hinchas rojinegros habían copado las tribunas. La ilusión viajaba con ellos. También con nosotros.

Los noventa minutos terminaron 0 a 0. Después llegó esa crueldad llamada definición por penales. Banfield acertó más. Banfield ascendió a Primera División. Colón quedó otra vez a las puertas de un sueño que parecía tan cercano como inalcanzable.

Pero lo que más recuerdo no es la tanda de penales.

Recuerdo la caminata hacia el estacionamiento. Larga. Interminable. Mi padre y yo avanzábamos entre la multitud sin decir una palabra. No hacía falta. El dolor ocupaba todo el espacio disponible. Sobre nuestras cabezas, unos pájaros negros revoloteaban en círculos, como si acompañaran el duelo colectivo de miles de almas derrotadas.

La desazón había transformado los rostros. Algunos lloraban. Otros caminaban con la mirada perdida. Todo tenía el clima de un velorio. Como si no hubiéramos asistido a un partido de fútbol sino al entierro de una esperanza largamente acariciada.

Cuando finalmente nos subimos al Renault 11, el silencio se volvió aún más denso. El auto parecía un pequeño panteón rodante donde viajaban nuestros fantasmas. Mi padre miraba hacia adelante. Yo también. Ninguno encontraba palabras para explicar aquella tristeza. El motor arrancó, pero algo de nosotros quedó para siempre en las tribunas del Chateau Carreras, entre los cantos apagados y los sueños rotos de aquella tarde de invierno.


La Semana Premium del Amor Falso


 

La Semana Premium del Amor Falso

 

No pude dormir.

Así que hice lo que hacemos todos cuando el insomnio se mezcla con la nostalgia: abrí un chat viejo.

Ahí seguían las palabras. Los corazones. Los mensajes interminables de madrugada. Las promesas. Los "buen día" y los "buenas noches". Las confesiones que parecían sinceras. La sensación de haber encontrado a alguien distinto en medio del ruido.

Y entonces pensé: No fue “love bombing”. Fue una semana gratis de la versión premium de alguien. Después llegó la suscripción vencida. Pantalla negra. Silencio.

El amor moderno viene con interfaz. Notificaciones, emojis, audios de un minuto que parecen confesiones profundas y mensajes escritos con la velocidad de quien teme que un segundo de silencio arruine el hechizo.

Vivimos en una época donde la intensidad se confunde fácilmente con la profundidad.

Y ahí empieza el problema.

Porque el llamado “love bombing” —esa expresión que parece salida de un manual de psicología o de una serie de Netflix— describe algo bastante simple: una avalancha de atención, afecto y validación que llega demasiado rápido y demasiado fuerte.

No siempre nace de la maldad. De hecho, muchas veces nace de la inseguridad.

Detrás del bombardeo amoroso suele haber alguien desesperado por sentirse amado, admirado, deseado o importante. Alguien que necesita verse reflejado en los ojos del otro para convencerse de su propio valor.

Como Narciso inclinándose sobre el agua. La diferencia es que ahora el espejo tiene WhatsApp. Y del otro lado estamos nosotros. Humanos. Vulnerables. Hambrientos de conexión. Porque el cerebro tiene sus propias trampas. La atención genera dopamina.

Los mensajes constantes generan expectativa. Los halagos producen placer. Las demostraciones exageradas de afecto generan apego. No es casualidad. Nuestro sistema de recompensa está diseñado para acercarnos a aquello que nos hace sentir queridos, valorados y seguros. Por eso funciona. No porque seamos ingenuos. Sino porque somos humanos. Entonces aparecen las señales. Los "te amo" demasiado tempranos. Los planes de vida cuando todavía ni siquiera conocen tus manías. Las conversaciones interminables. La necesidad de estar presentes a cada minuto. Los elogios tan perfectos que parecen escritos para cualquiera. Todo ocurre demasiado rápido. Todo parece demasiado perfecto. Todo parece demasiado urgente.

Y el cine tampoco ayuda. Durante décadas nos enseñaron que el amor verdadero entra como un incendio. Que si no hay vértigo, no hay pasión. Que si no hay intensidad, no hay romance. Pero el amor real rara vez se parece a una explosión. Se parece más a una construcción. Lenta. Imperfecta. Pacientemente humana. Esa es la diferencia fundamental.

El amor crece. El “love bombing” acelera. El amor construye confianza. El “love bombing” fabrica dependencia. El amor respeta los tiempos. El “love bombing” quiere resultados inmediatos. Después llega el giro. Siempre llega. La atención disminuye. Los mensajes se vuelven escasos. El entusiasmo desaparece. La persona que parecía fascinada con cada detalle de tu existencia se vuelve distante, fría o indiferente.

Y ahí aparece el verdadero dolor. Porque no sufrimos por lo que era. Sufrimos por lo que parecía ser. Volvemos a leer conversaciones viejas buscando explicaciones. Revisamos mensajes. Buscamos señales ocultas. Intentamos descubrir en qué momento se rompió todo. Pero muchas veces no se rompió nada.

Simplemente terminó la función. Se apagaron las luces. Se fueron los músicos.

Y quedó el escenario vacío. Entonces recordé aquella canción de Brian May en “Too Much Love Will Kill You”. Demasiado amor te matará. Demasiado amor también puede destruir. Sobre todo cuando no es amor. Cuando es ansiedad. Cuando es necesidad.

Cuando es inseguridad disfrazada de poesía. No hace falta volverse paranoico. No hace falta desconfiar de cada gesto romántico.

El enamoramiento siempre tiene algo de exceso. Las hormonas hacen su trabajo y nadie debería avergonzarse de sentir intensamente. Pero conviene escuchar esa pequeña voz interior cuando algo parece demasiado perfecto para ser cierto.

Esa incomodidad mínima. Esa sospecha que intentamos callar porque queremos creer.

Porque no todo lo intenso es profundo. No todo lo rápido es verdadero. No todo lo que brilla es amor.

A veces es simplemente alguien apretando todos los botones correctos. Y después desapareciendo. Mientras vos seguís despierto a las tres de la mañana, mirando una pantalla vacía, esperando la notificación de algo que, en el fondo, nunca estuvo ahí.

Lo que el capitalismo hizo con el amor


 

Lo que el capitalismo hizo con el amor

 

Hay libros que llegan para confirmar lo que intuíamos y otros que nos obligan a mirar la realidad desde un ángulo inesperado. “Volkgeist, amor y capitalismo”, de Guido Arditi, pertenece a esta segunda categoría.

A lo largo de poco más de cien páginas, Arditi aborda una relación que rara vez se analiza en profundidad: el vínculo entre el amor romántico y el sistema capitalista. Lo hace con una claridad admirable y una sólida formación filosófica que nunca cae en el academicismo oscuro. Por el contrario, el libro resulta accesible, preciso y profundamente estimulante.

La tesis central es tan simple como provocadora: el amor no puede entenderse como un fenómeno aislado de las condiciones históricas y sociales en las que surge. Aquello que solemos considerar natural, espontáneo o incluso eterno está profundamente atravesado por la estructura económica y cultural de la sociedad en la que vivimos.

Arditi analiza cómo el capitalismo produce determinadas formas de subjetividad basadas en la individualidad, la autonomía y la libertad personal. En ese contexto, el amor romántico comparte rasgos con la lógica del libre contrato: dos individuos autónomos que deciden voluntariamente unirse. Sin embargo, el autor también muestra la otra cara de este proceso.

Retomando el concepto de alienación desarrollado por Karl Marx, sostiene que el capitalismo limita el campo de acción real de los individuos. El trabajo, el consumo y las exigencias de productividad generan una sensación de fragmentación y vacío que termina desplazando las expectativas de realización personal hacia la esfera privada. Así, la pareja y el amor se convierten en refugios donde se deposita la esperanza de encontrar aquello que la vida social y laboral parece negar.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es su análisis de la mercantilización de los afectos. En una época donde las aplicaciones de citas, las redes sociales y las dinámicas de consumo atraviesan todos los ámbitos de la existencia, el amor también corre el riesgo de transformarse en un producto. Las personas aparecen evaluadas como opciones dentro de un catálogo, mientras que los vínculos se miden muchas veces con criterios de eficiencia, conveniencia o rendimiento emocional.

Sin embargo, el libro no se limita a una crítica pesimista. Arditi también explora las posibilidades de resistencia. Propone pensar formas de encuentro y de construcción afectiva que escapen, al menos parcialmente, a las lógicas del mercado. En ese sentido, amar puede convertirse en un acto de recuperación de la humanidad frente a un sistema que tiende a convertirlo todo en mercancía.

Me parece especialmente valioso el planteo de Arditi porque dialoga con pensadores clásicos como Karl Marx, pero sin quedar atrapado en una discusión puramente teórica. Sus reflexiones iluminan fenómenos muy actuales: las aplicaciones de citas, la lógica de la elección permanente, el miedo al compromiso, la construcción de una identidad basada en el consumo y la creciente dificultad para construir vínculos duraderos en una cultura que nos invita constantemente a buscar algo mejor en la siguiente pantalla.

En este sentido, el libro nos obliga a formular preguntas incómodas. ¿Elegimos libremente a quienes amamos o nuestras preferencias están condicionadas por el contexto social en el que vivimos? ¿Hasta qué punto nuestros deseos son realmente nuestros? ¿Por qué, en una época con tantas posibilidades de conexión, abundan la soledad y la sensación de aislamiento?

Arditi muestra que el capitalismo no solo organiza la producción de bienes materiales. También moldea nuestras expectativas, nuestros sueños y nuestras formas de relacionarnos. Nos enseña a competir, a optimizar recursos, a administrar nuestro tiempo y hasta a evaluar nuestras relaciones en términos de costo y beneficio. Sin darnos cuenta, muchas veces trasladamos esa lógica al terreno afectivo.

Uno de los grandes méritos del libro es que evita tanto la nostalgia como el moralismo. No idealiza un pasado donde supuestamente el amor era más puro ni condena los cambios culturales contemporáneos. Por el contrario, intenta comprender cómo llegamos hasta aquí y qué consecuencias tienen estas transformaciones sobre nuestra vida emocional.

La lectura también permite entender por qué el amor romántico ocupa un lugar tan central en la imaginación moderna. En una sociedad donde el trabajo suele resultar alienante y las comunidades tradicionales han perdido fuerza, la pareja aparece como uno de los pocos espacios donde todavía esperamos encontrar reconocimiento, pertenencia y sentido. Depositamos en ella expectativas enormes: que nos complete, que nos salve, que nos haga felices. Y esa carga, muchas veces, termina siendo imposible de sostener.

Por eso considero que este libro trasciende ampliamente el análisis de las relaciones amorosas. Es una reflexión sobre la forma en que habitamos el mundo contemporáneo. Habla del amor, sí, pero también de la libertad, de la identidad, del trabajo, del consumo y de la búsqueda de significado en tiempos donde casi todo parece tener un precio.

Quizás allí radique su mayor virtud: nos recuerda que nuestras historias personales no ocurren en el vacío. Amamos dentro de una época, dentro de una cultura y dentro de un sistema económico que influye, muchas veces de manera invisible, en aquello que sentimos y en la forma en que construimos nuestros vínculos.

Guido Arditi ha estudiado y trabajado en diversos países, entre ellos India, México y Uruguay. Esa experiencia internacional parece enriquecer una mirada que combina filosofía, sociología y observación cultural con notable solvencia.

“Volkgeist, amor y capitalismo” es un libro breve —apenas 120 páginas— pero de una densidad conceptual notable. Está escrito con claridad, sin jerga innecesaria y con la virtud, cada vez más escasa, de hacer accesibles ideas complejas sin simplificarlas.

No es solamente un libro sobre el amor. Es, en gran medida, un libro sobre cómo vivimos, sobre quiénes creemos ser y sobre las fuerzas económicas y culturales que modelan nuestras vidas cotidianas. Un ensayo que invita a pensar, discutir y cuestionar muchas de las certezas que damos por sentadas.

Por todo eso, lo recomiendo sin reservas. Un texto inteligente, provocador y necesario para comprender las relaciones afectivas en el siglo XXI y, al mismo tiempo, para comprendernos un poco mejor a nosotros mismos.

El hielo de los traidores y los guerreros que luchaban espalda con espalda

El hielo de los traidores y los guerreros que luchaban espalda con espalda

 

La lealtad y la traición son dos de las palabras más antiguas de la experiencia humana. Antes de que existieran las naciones, las leyes o las religiones organizadas, los seres humanos ya dependían de algo esencial para sobrevivir: la confianza. Saber que quien compartía el fuego no te abandonaría en la noche. Saber que quien caminaba a tu lado no te entregaría al enemigo. Saber que una promesa tendría algún valor.

Quizás por eso Dante Alighieri, al imaginar la arquitectura moral del Infierno en “La Divina Comedia”, reservó el lugar más profundo y terrible para los traidores.

Muchos imaginan el Infierno como un reino de llamas, castigos ardientes y sufrimientos abrasadores. Sin embargo, cuando Dante llega al último círculo descubre algo inesperado: el mal absoluto no es fuego, sino hielo.

El noveno círculo, llamado Cocito, es un lago congelado donde permanecen atrapados quienes traicionaron aquello que debía ser protegido. Cuanto más grave es la traición, más profundo es el hielo. Allí están quienes traicionaron a su familia, a su patria, a sus amigos y a sus benefactores.

La elección no es casual.

El fuego todavía conserva movimiento, pasión, energía y hasta a veces purifica. El hielo, en cambio, representa la ausencia total de calor humano. Es el territorio donde el amor se ha extinguido por completo. Para Dante, la traición no es simplemente una falta moral: es la destrucción deliberada del vínculo que hace posible toda convivencia.

En el centro exacto de ese universo congelado se encuentra Lucifer.

No es el príncipe majestuoso de algunas representaciones modernas. Está inmovilizado, derrotado, atrapado para siempre. Sus enormes alas baten constantemente, pero en lugar de generar libertad producen el viento helado que congela el lago entero. El mal se alimenta de sí mismo. Su movimiento no crea vida: crea inmovilidad.

Y en sus tres bocas mastica eternamente a los tres mayores traidores de la historia según Dante: Judas Iscariote, quien entregó a Cristo; Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, quienes participaron en el asesinato de Julio César.

La elección resulta reveladora. Dante coloca en el mismo nivel la traición religiosa y la política. Lo que importa no es la ideología ni las circunstancias. Lo imperdonable es la ruptura consciente de la lealtad.

Frente a esa imagen oscura existe otra, surgida muchos siglos antes, en la antigua Grecia.

El Batallón Sagrado de Tebas fue una unidad militar compuesta por trescientos guerreros organizados en ciento cincuenta parejas. Según las fuentes clásicas, aquellos hombres no estaban unidos únicamente por la disciplina militar o la camaradería. Muchos eran amantes.

La lógica de los tebanos era simple y profundamente humana: nadie combate con más valentía que quien lucha junto a la persona que ama.

Un soldado podía huir por miedo a la muerte. Podía abandonar una posición para salvarse. Pero resultaba mucho más difícil hacerlo cuando la persona que estaba a su lado era alguien cuya opinión, admiración y afecto significaban todo para él.

La lealtad se convertía entonces en una fuerza militar.

No era una cuestión abstracta ni una virtud predicada desde un templo. Era algo concreto. Dos hombres sosteniendo una línea de batalla. Dos escudos protegiéndose mutuamente. Dos vidas confiadas una a la otra.

Aquellos guerreros alcanzaron fama legendaria. Bajo el mando de Pelópidas contribuyeron decisivamente a derrotar a Esparta en la Batalla de Leuctra, quebrando una hegemonía que parecía invencible. Durante décadas fueron considerados una de las mejores fuerzas militares de Grecia.

Su final llegó en Queronea. Cuando las tropas de Filipo II de Macedonia y un joven Alejandro avanzaron sobre ellos, el Batallón Sagrado quedó rodeado. Podían rendirse. Podían huir. No lo hicieron. Los cronistas cuentan que lucharon hasta el último hombre.

Cuando terminó la batalla, los cuerpos aparecieron juntos, donde habían combatido. No separados. No dispersos por la huida. Juntos.

Hay algo profundamente simbólico en esa imagen.

Por un lado, Dante nos muestra el punto más bajo de la condición humana: el momento en que una persona convierte la confianza de otra en un arma y la utiliza para destruirla.

Por otro, los guerreros de Tebas representan el extremo opuesto: la decisión de permanecer al lado de alguien incluso cuando hacerlo implica arriesgar la propia vida.

El traidor rompe el vínculo para salvarse.

El leal acepta el costo del vínculo porque entiende que algunas cosas valen más que la propia seguridad.

Quizás por eso las historias de traición producen una herida tan profunda. No nos duele solamente el daño recibido. Nos duele descubrir que la confianza depositada en alguien era una ilusión. La traición destruye dos cosas al mismo tiempo: el vínculo y la imagen que teníamos del otro.

La lealtad, en cambio, construye. Hace posibles las amistades duraderas, los amores profundos, las familias, las comunidades e incluso las civilizaciones. Ninguna sociedad puede sostenerse únicamente mediante leyes o castigos. En algún punto siempre necesita personas que cumplan su palabra incluso cuando nadie las observa.

Dante comprendió esa verdad hace setecientos años. Los tebanos la comprendieron dos mil años antes que él.

Por eso sus imágenes continúan hablándonos. En el fondo del Infierno, el hielo de quienes traicionaron. En los campos de Grecia, dos guerreros luchando espalda con espalda. Dos formas opuestas de habitar el mundo.

Una destruye los puentes entre las personas. La otra los convierte en algo tan fuerte que ni siquiera la muerte logra quebrarlos.

 

La noche de San Juan



 

La noche de San Juan

 

Hay tradiciones que sobreviven porque hablan un lenguaje más antiguo que las palabras. Desde hace muchos años, cada 23 de junio repito un pequeño ritual. Mientras las hogueras iluminan la noche y una copa de vino color rubí acompaña el momento, corto tres papelitos. En cada uno escribo un defecto, una sombra, un hábito que quisiera dejar atrás. Luego los arrojo al fuego.

No creo que las llamas tengan poderes mágicos. Creo en algo más difícil: la voluntad de cambiar.

El fuego no destruye los defectos. Apenas los señala. Los vuelve visibles. El verdadero trabajo comienza al día siguiente, cuando la ceniza ya se enfrió y quedan por delante doce meses para enfrentar aquello que uno decidió quemar.

La Noche de San Juan es una de esas celebraciones donde se mezclan la historia, la religión y el mito. Para algunos es el nacimiento de San Juan Bautista. Para otros, una antigua fiesta solar heredada de tiempos remotos. En cualquier caso, el fuego sigue siendo el protagonista: símbolo de purificación, de renacimiento y de luz frente a la oscuridad.

Quizás por eso esta tradición sigue teniendo sentido. Porque todos llevamos dentro algo que necesita arder para dejar espacio a algo nuevo. El orgullo que nos aísla. El miedo que nos paraliza. El resentimiento que nos encadena. Cada uno conoce sus propios nombres.

Esta noche volveré a escribir tres palabras en tres pequeños papeles. Las veré convertirse en ceniza y levantar vuelo entre las chispas. Y mientras el vino acompañe la ceremonia, recordaré que el cambio verdadero no ocurre en el fuego de una noche, sino en la paciencia de todo un año.

Feliz Noche de San Juan. Que las llamas iluminen aquello que merece permanecer y consuman aquello que ya es tiempo de dejar atrás.


El arte de estar solo. El placer secreto de la soledad


 

El arte de estar solo.

El placer secreto de la soledad

 

La soledad —ese placer secreto de encontrarse con uno mismo— tiene mala prensa. Se la confunde con abandono, con carencia, con fracaso social. Pero existe una soledad que no es hueco sino cuarto propio; no es exilio sino retiro.

Cuando nadie mira, uno deja de actuar. Caen las máscaras, las opiniones prestadas, las frases dichas para quedar bien. Entonces aparece esa voz que no grita, pero insiste. La que no busca aplausos ni testigos. Montaigne aconsejaba reservarse “una trastienda toda nuestra, enteramente libre”. La soledad como refugio, no como castigo.

Al principio es un placer incómodo. Duele porque obliga a escucharse. Schopenhauer advertía que quien no soporta la soledad probablemente no se soporta a sí mismo. Y los estoicos —Epicteto, Marco Aurelio— la practicaban como un ejercicio espiritual: retirarse del ruido para ordenar el alma, como quien limpia una habitación antes de habitarla.

La soledad elegida afila. Vuelve honesto el pensamiento. Sin público, uno piensa mejor; sin aplausos, escribe más verdadero; sin compañía, descubre sus propias trampas. No es casual que muchas de las reflexiones más profundas nazcan caminando a solas, leyendo en silencio o mirando llover detrás de una ventana.

Claro que existe otra soledad: la impuesta, la del rechazo, la del aislamiento forzado. Esa no es un placer; es una herida. Pero incluso allí —sin romantizarla— puede surgir una lucidez áspera: comprender qué vínculos eran ruido, qué afectos eran costumbre y qué presencias apenas rellenaban el vacío.

Encontrarse con uno mismo no es un acto heroico ni místico. Es sentarse sin anestesia. Bancarse. Escucharse. Y descubrir, a veces con sorpresa, que uno no es tan mala compañía como suponía.

Porque la soledad, cuando es elegida, no es ausencia de los otros.

Es la presencia plena de uno mismo.

 

El oficio inútil de hablar mal de los demás. Merecer la elección


El oficio inútil de hablar mal de los demás. Merecer la elección

 

He observado durante años una costumbre tan antigua como la inseguridad: algunas personas creen que recuperarán un lugar —o que conquistarán uno que nunca tuvieron— hablando mal de aquello que sienten que las reemplaza.

Critican lo que les provoca celos. Ridiculizan las pasiones que movilizan a quien desean seducir. Desprecian amistades, lecturas, ideas, actividades, sueños. Como si disminuir el brillo ajeno pudiera aumentar el propio.

Y lo más curioso es que rara vez actúan solas. Para que ese mecanismo funcione suele haber una complicidad silenciosa. A veces la otra parte lo permite por comodidad. A veces por cobardía. A veces porque también necesita creer que la descalificación del pasado justifica ciertas decisiones del presente.

La escena se repite una y otra vez.

Alguien descubre que ya no ocupa el centro de una vida. Tal vez una pareja comenzó a interesarse por otras personas, por otros proyectos, por otros mundos. Tal vez un amigo encontró nuevos afectos. Tal vez una mujer o un hombre que nos gusta siente entusiasmo por cosas que no nos incluyen. Entonces aparece la tentación más vieja de todas: desacreditar aquello que despierta el deseo ajeno.

Hablar mal del otro. Burlarse de sus intereses. Menospreciar sus gustos. Convertir la envidia en argumento.

Pero la vida no consiste en la maledicencia ni en el puterío. Consiste en construir algo tan valioso que, entre todas las personas, actividades y deseos posibles, alguien nos vuelva a elegir. Porque el verdadero desafío no es que alguien permanezca cuando no tiene alternativas. El verdadero desafío es que, teniendo muchas, siga escogiendo compartir algo con nosotros. No se trata de eliminar la competencia. Se trata de merecer la elección.

Cuando dejamos de ser elegidos suele aparecer la inseguridad disfrazada de celos, de rivalidad o de resentimiento. Entonces hablamos mal de la persona, de la actividad o de la pasión que nos desplazó. Intentamos convencer a los demás de que aquello no vale tanto. Que era una moda. Que era superficial. Que era una pérdida de tiempo.

Pero casi nunca funciona. La realidad suele tener una resistencia admirable frente a los relatos interesados.

Lo aprendí viendo cómo algunas personas hablaban de mí. Me atribuyeron palabras que nunca dije y conductas que nunca tuve. Construyeron versiones de mi historia que servían más a sus necesidades que a los hechos.

Con el tiempo ocurrió algo previsible: terminaron haciendo exactamente aquello que me reprochaban. Y fueron tan básicos que alguien los grabó. Después esas grabaciones circularon entre los mismos amigos ante quienes intentaban quedar bien.

No sentí satisfacción. Apenas confirmé una sospecha.

La verdad tiene una costumbre extraña. No siempre habla primero. A veces llega tarde. A veces parece perder. Pero suele caminar más lejos que el chisme. Y cuando finalmente aparece, deja al descubierto algo mucho más importante que la mentira original: la fragilidad de quienes creyeron que destruir el prestigio ajeno podía reemplazar la tarea mucho más difícil de construir el propio.


 

Contra el optimismo obligatorio: una tarde con Hegesías de Cirene


 

Contra el optimismo obligatorio: una tarde con Hegesías de Cirene

 

Hay filósofos que ayudan a vivir. Otros ayudan a pensar. Y después está Hegesías de Cirene, que aparentemente ayudaba a morirse.

Me acordé de él una tarde cualquiera, sentado en un bar casi vacío, mientras escuchaba a dos jubilados discutir sobre el precio de los medicamentos. Uno sostenía que todo tiempo pasado había sido mejor. El otro afirmaba que nunca había sido bueno, pero al menos antes uno no tenía que hacer trámites por internet.

Los dos parecían más cerca de Hegesías que de cualquier economista.

Nacido en Cirene hacia el siglo III antes de Cristo, Hegesías pertenecía a la escuela cirenaica, fundada por Aristipo, discípulo de Sócrates. Los cirenaicos sostenían que el placer era el bien supremo. Hasta ahí todo razonable. El problema es que Hegesías llevó la idea a una conclusión devastadora: si el placer perfecto es imposible y la felicidad duradera no existe, entonces la vida se convierte en una sucesión de molestias interrumpidas ocasionalmente por pequeños alivios.

No exactamente un discurso motivacional.

La historia cuenta que era conocido como “Peisithanatos”, algo así como "el persuasor de la muerte". Sus conferencias alcanzaron tal fama que el rey Ptolomeo II terminó prohibiéndole enseñar en Alejandría. Quizás sea una exageración de los cronistas antiguos. Los historiadores modernos desconfían de esas anécdotas. Pero incluso si el episodio es legendario, revela algo interesante: ya en la Antigüedad existía el temor a las ideas que cuestionaban el optimismo obligatorio.

Mientras revolvía un café mediocre pensé que Hegesías habría disfrutado bastante de nuestra época.

Vivimos rodeados de discursos sobre la felicidad. Libros que prometen plenitud en siete pasos. Aplicaciones para monitorear el estado de ánimo. Conferencistas que convierten la autoestima en una industria. Influencers que parecen haber alcanzado una armonía espiritual tan perfecta que uno sospecha que alguien les paga por sonreír.

Frente a todo eso, Hegesías aparece como un saboteador.

No promete éxito. No promete realización. Ni siquiera promete esperanza.

Simplemente observa que el dolor suele ser más persistente que el placer y que las expectativas humanas tienen una notable capacidad para frustrarse.

Lo curioso es que, dos mil trescientos años después, su voz no suena tan extraña.

Seguimos persiguiendo una felicidad estable que se aleja cada vez que creemos alcanzarla. Cambian los escenarios: antes eran los puertos del Mediterráneo; hoy son las redes sociales. Pero el mecanismo parece idéntico. Deseamos algo, lo obtenemos, nos acostumbramos y volvemos a desear otra cosa.

Hegesías habría reconocido el ciclo inmediatamente. Quizás por eso resulta incómodo. No porque tenga razón, sino porque señala una fisura que preferimos ignorar.

Y hay algo todavía más extraño. Nadie le escribió poemas a Hegesías. Al menos no que hayan sobrevivido.

Los poetas suelen enamorarse de otras cosas: del amor, de la muerte, de la patria, de los dioses, incluso de la desesperación cuando esta viene envuelta en cierta belleza. Pero Hegesías eligió un territorio menos seductor: la sospecha de que la felicidad es apenas una pausa entre dos molestias.

Dos mil trescientos años después, la historia parece haberle reservado una ironía digna de Borges.

Sus libros desaparecieron. Sus discípulos se esfumaron. Su voz quedó reducida a unas pocas referencias dispersas en textos ajenos. Como si el tiempo hubiera decidido demostrar experimentalmente una de sus tesis favoritas: nada permanece. Sin embargo, Hegesías sigue ahí. No en las bibliotecas sino en los márgenes.

No en los poemas sino en ciertas noches.

Aparece cuando alguien descubre que el trabajo soñado era apenas otro trabajo. Cuando el objeto deseado pierde su brillo pocos días después de haber sido comprado. Cuando una meta alcanzada produce menos alegría de la prometida. Cuando el entusiasmo inicial se evapora y deja al descubierto la vieja maquinaria de las expectativas humanas.

Hay filósofos que construyen catedrales intelectuales. Hegesías apenas dejó unas ruinas y algunas referencias dispersas. Sin embargo, cada tanto vuelve a aparecer, como un fantasma antiguo, para recordarnos que la felicidad permanente puede ser una de las ficciones más exitosas de la historia.

Y tal vez por eso nadie le escribió poemas. Porque los poemas suelen celebrar una ilusión. Hegesías, en cambio, dedicó su vida a desmontarlas. Y que tal vez el problema no sea que no encontramos la felicidad. Tal vez el problema sea haber creído que existía.

 

 

Hegesías de Cirene se ríe del amor en Barrio Parque

 

Te dejo con mi despedida.

Podría parecerte una ofensa,

una piedra lanzada desde lejos,

una lapidación tardía,

o la sombra de Ofelia,

aquella que Rimbaud imaginó

flotando entre lirios y nenúfares

como un sueño abandonado por el río.

 

Te dejo con mi despedida

y podría depositar en tus manos

el cuervo de Poe,

no como presagio,

sino como la obstinación de un recuerdo

que se niega a morir.

 

Podría envolver tu nombre

en una mortaja de luna llena

y dejarlo vagar por las calles húmedas de París,

brillando en la noche

como una moneda recién acuñada,

según Baudelaire.

 

Te dejo con mi despedida

y debería estar cerrando un ciclo.

 

Pero me ocurre lo que a Rilke:

vivo mi vida en círculos que se abren

sobre las cosas.

Ignoro si alcanzaré el último.

Ignoro incluso si existe.

Aun así,

quiero intentar salir de este.

 

Mientras tanto,

Barrio Parque continúa indiferente.

Los árboles siguen proyectando sombras

sobre las veredas.

Los perros arrastran a sus dueños

hacia ninguna parte.

Las ventanas se encienden al anochecer

como si cada casa guardara

una historia distinta de la nuestra.

 

Nada se detiene.

 

Ninguna de nuestras tragedias privadas

altera la geometría de las calles.

Podría brindar por nuestra ruina,

pero el vino se ha vuelto agrio.

Entonces recuerdo a Mallarmé,

al fauno que persigue una embriaguez imposible,

alzando un racimo de uvas hacia el cielo

como quien busca en el placer

una forma elegante de escapar.

 

Podría cubrir con una ruana negra

los días que cincelamos juntos,

aquellas jornadas en las que nos creíamos Fidias,

levantando un Partenón de instantes,

convencidos de que la belleza

era suficiente defensa contra el tiempo.

 

Pero las obras permanecen.

Los arquitectos no.

 

Y aun así,

cuando pienso en vos,

aparece Tristan Corbière.

 

Su ironía.

Su tristeza.

Su manera de convertir la herida

en una forma de respiración.

 

Hay algo de eso en nosotros:

una melancolía que aprendió a disfrazarse

de inteligencia,

de sarcasmo,

de indiferencia.

 

Y ya no tengo palabras para ofrecerte.

 

Ni promesas.

 

Ni explicaciones.

 

Solo este silencio obstinado,

un rostro fatigado por los reproches,

una mirada que insiste en volver

sobre aquello que debería olvidar.

 

Permanezco encerrado

en mi pequeño palacio mental,

clasificando recuerdos

como un Holmes derrotado,

ordenando pruebas de un crimen

que jamás podrá resolverse.

 

Y en ese archivo imposible

tus discursos siguen colgando

como los condenados de Goitia,

resuenan como el Réquiem de Mozart,

arden como una vieja canción de Lacrimosa

escuchada demasiado tarde.

 

Barrio Parque sigue ahí.

Ajeno a nuestras ruinas.

 

Como si Hegesías tuviera razón

y el amor fuera apenas otra ilusión

destinada a confundirse con el polvo.

 

Te dejo con mi despedida.

Te dejo un whisky,

algunos poemas que todavía sobreviven a la memoria

y estas lágrimas,

las únicas que nunca derramaré por vos.


"Los lectores de Crónicas"

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