Las novias de papel
Hay personas que creen que una biblioteca se construye
comprando libros.
No es verdad.
Las bibliotecas empiezan mucho antes, cuando uno todavía
no sabe qué es la literatura. La mía comenzó con revistas.
No eran ediciones de lujo. Eran “El Tony”, “D'Artagnan”,
“Intervalo”, alguna “Fantasía” que
aparecía de tanto en tanto en un kiosco o en una librería de usados. El papel
era áspero, la tinta manchaba los dedos y los colores de las tapas parecían más
intensos porque todavía no existía la costumbre de mirar pantallas.
Yo no leía historietas. Vivía dentro de ellas.
Mientras otros soñaban con ser futbolistas, yo quería
tener la moto de Dennis Martin.
Aquella máquina descomunal con cuatro caños de escape que
rugía como si debajo del asiento llevara encerrada una tormenta. Pero, si soy
completamente sincero, la moto era apenas una excusa. La verdadera razón de mi
fidelidad mensual a “D'Artagnan” tenía nombre y apellido.
Grace Henrichsen.
Era hermosa de una manera imposible.
Los dibujantes de Columba sabían fabricar mujeres que uno
nunca volvía a olvidar. Bastaba una mirada, una sonrisa apenas insinuada, un
mechón de pelo cayendo sobre la frente para que un chico del interior de
Córdoba creyera que el amor podía imprimirse sobre papel barato.
Nunca me molestó que fuera la novia de Dennis Martin. Al
contrario. Mientras él resolvía asesinatos, perseguía contrabandistas o
escapaba de algún país africano, yo caminaba unos pasos detrás, imaginando que
en cualquier momento ella iba a darse vuelta y descubrir que el verdadero héroe
era aquel muchacho flaco que la seguía desde una casa perdida en Traslasierra.
Las historietas hacían ese milagro. Uno abría una revista
y el mundo dejaba de terminar en el horizonte.
Conocí Kabul antes de saber ubicar Afganistán en un mapa.
Recorrí Estambul sin haber salido nunca del país.
Atravesé desiertos, selvas, puertos, palacios, ruinas y
ciudades imposibles. Todo por unas pocas monedas y un puñado de páginas
engrampadas.
Mucho después llegaron Borges. Kafka. Mujica Láinez.
Lovecraft. Los filósofos. Los poetas.
Los estantes comenzaron a llenarse de libros de tapas
duras y ediciones que había buscado durante años.
Algunos creen que ahí empezó mi biblioteca. Se equivocan.
Mi biblioteca empezó cuando un guionista llamado Robin
Wood decidió que un detective debía tener una moto imposible y una novia
inolvidable.
Hace unos días encontré una vieja adaptación de “Bomarzo”
publicada por Editorial Columba.
La abrí con el mismo cuidado con que se toca una
fotografía de la infancia. El papel estaba amarillento. Las puntas dobladas. La
tinta ya no tenía el negro profundo de otros tiempos. Sin embargo, bastó pasar
unas pocas páginas para comprender que el tiempo sólo había envejecido el
papel. No al lector.
Reflexioné en esto. Nunca dejé de comprar libros. Sigo
buscando exactamente lo mismo que buscaba cuando esperaba con ansiedad el nuevo
número de “D'Artagnan”.
No una historia. Un pasaje. Una puerta. La posibilidad de
que, al dar vuelta una página, vuelva a aparecer aquel chico que todavía cree
que el ruido de una moto puede escucharse desde muy lejos y que una mujer
llamada Grace Henrichsen continúa esperándolo, intacta, en algún rincón donde
las historietas nunca envejecen.
Porque los primeros amores casi nunca fueron de carne y
hueso.
A veces estaban dibujados con tinta negra sobre un papel
que hoy huele a biblioteca.
Y, curiosamente, siguen siendo eternos.

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