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La Elegancia Torcida del Inadaptado

 

La Elegancia Torcida del Inadaptado

No camino por Villa Dolores. Archivo símbolos.

Soy una mezcla rara —y bastante literaria— entre varias corrientes culturales. Una especie de híbrido argentino de provincia entre intelectual nocturno, sobreviviente post-punk y archivista emocional. Una amalgama extraña entre lector compulsivo, guardián de recuerdos, melancólico musical y cronista gonzo que convirtió su propia marginalidad en estética.

No me convertí en friki. Me fui deformando hacia eso como quien desarrolla una adicción elegante o una enfermedad sin cura visible. Primero fueron los libros. Después los discos. Después la necesidad enfermiza de relacionarlo todo con otra cosa. Y un día descubrí que ya no caminaba por las calles: caminaba por una red invisible de referencias, recuerdos y asociaciones.

A mi edad uno debería haber aprendido a encajar. Yo hice exactamente lo contrario. Refiné la anomalía.

Vivo rodeado de bibliotecas que parecen diseñadas por un monje insomne y un saqueador de videoclubs de los años noventa. En mi Santa Santuarium los libros se acumulan como supervivientes de un incendio cultural: Borges mezclado con Philip K. Dick, Piglia durmiendo junto a revistas viejas de rock, Lou Reed observándome desde una pila de vinilos como un santo deteriorado del under neoyorquino.

No ordeno nada por categorías racionales. Ordeno por electricidad emocional.

Hay sectores de la casa donde conviven Foucault, Batman, Lacan y algunos Funkos como si la cultura alta y la basura pop hubieran firmado una tregua etílica a las tres de la mañana.

Y quizás eso soy: una tregua imperfecta entre erudición y obsesión.

Duermo poco. O casi nada. Escucho discos completos como si todavía existiera una religión del álbum conceptual. Pongo Disintegration y dejo que la noche haga lo suyo. Robert Smith canta como si hubiera entendido antes que nadie que la tristeza también podía convertirse en una estética portátil.

A veces camino por el centro con mi saco negro gastado, mis anteojos de profesor fracasado y este rostro que parece escrito por un novelista ruso en depresión. Entro solo a las librerías. No siempre compro. A veces observo los lomos como un antropólogo frente a fósiles de civilizaciones extinguidas.

Pepe, el librero, me conoce. Mientras cobra boletas en el Rapipago escucha mis obsesiones: payasos siniestros, marxismo, realismo sucio, detectives metafísicos, rock decadente. Supongo que ya entendió que hay personas que no conversan: catalogan.

Escucho también conversaciones ajenas en los bares.

—La inteligencia artificial.

—El dólar.

—La inseguridad.

Mientras tanto me pregunto si Holden Caulfield habría sobrevivido a TikTok o si Borges hubiera detestado los podcasts literarios.

Cultivo una obsesión noble, al menos para mí. Leo entrevistas olvidadas de Borges, rastreo ediciones, comparo traducciones. Vivo en el detalle. La vida suele esconderse allí, en esas pequeñas cosas que nadie considera importantes.

Sé demasiado sobre asuntos aparentemente inútiles. Convierto cualquier situación cotidiana en una discusión metafísica innecesaria.

Tengo cuadernos llenos de anotaciones absurdas:

“Lou Reed entendía más de filosofía que muchos académicos.”

“Los payasos son la versión proletaria de los monstruos góticos.”

“La melancolía argentina es post-punk aunque no lo admita.”

No sé para qué escribo esas cosas. Pero tampoco sé para qué la gente colecciona autos antiguos o se casa tres veces. Cada uno administra su delirio como puede.

En el Quo Vadis ya me conocen. Soy el tipo capaz de hablar cuarenta minutos sobre la diferencia espiritual entre Taxi Driver y Joker. El que discute si el verdadero heredero de la angustia existencial de Camus terminó siendo el rock alternativo de los años ochenta. El que mezcla marxismo, cine clase B y teoría literaria mientras enfría el café.

No socializo bien. Orbito.

Voy de mesa en mesa como un satélite dañado transmitiendo referencias inútiles. Y, sin embargo, hay algo profundamente hermoso en eso.

Descubrí tarde que el frikismo no es una pose. La pose dura un tiempo. El verdadero friki envejece dentro de sus obsesiones. Se convierte en archivo humano. En memoria ambulante. En guardián de cosas que el mercado, las modas y el tiempo consideran prescindibles.

Conozco fechas de discos que nadie recuerda. Películas malditas filmadas en países que ya no existen. Versiones alternativas de novelas. Entrevistas perdidas de Borges sobre literatura policial. Información completamente improductiva.

Y ahí está la trampa.

Lo improductivo me salvó la vida.

Mientras otros corrían detrás del éxito, el dinero, la normalidad o las promesas del optimismo obligatorio, yo construía un refugio secreto hecho de libros subrayados, discos nocturnos y pensamientos deformes.

Mi generación creció creyendo que había que elegir entre ser intelectual o ser raro. Yo terminé siendo ambas cosas al mismo tiempo. Un híbrido incómodo. Un nerd existencialista de provincia. Un sobreviviente cultural.

Y hay noches —sobre todo esas noches húmedas de Traslasierra donde el viento parece venir cargado de fantasmas de videoclub y cigarrillo viejo— en que me siento frente a la computadora, pongo música demasiado triste para mi edad y llego siempre a la misma conclusión:

Nunca quise pertenecer. Quise comprender.

Y comprender demasiado suele alejarte un poco de los demás.

Por eso el friki literario no busca aceptación. Busca intensidad. Busca conexiones ocultas entre canciones, novelas, películas, traumas históricos y frases dichas por borrachos a las cuatro de la mañana.

Somos detectives de lo innecesario.

Una pequeña aristocracia rota del detalle inútil.

Mi identidad parece construida alrededor de unas pocas obsesiones: la memoria, el archivo, el insomnio y la necesidad de convertir la vida cotidiana en relato. Una anomalía cultural autónoma.

A veces me preguntan por qué sigo leyendo autores muertos, escuchando discos viejos y escribiendo crónicas como si el mundo todavía pudiera explicarse desde la literatura.

No lo sé.

Quizás porque los libros, los discos y las obsesiones nunca me pidieron que encajara.

Me ofrecieron algo mejor: una forma de existir.

Y quizás también porque, en un tiempo donde todos quieren volverse visibles, yo sigo creyendo en el viejo arte de volverse inimitable.



Jose Luis Colombini

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