Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.
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El falso erotismo del “haiga” o como enseñar a conjugar verbos y terminen conjugando tu ausencia.


El falso erotismo del “haiga” o como enseñar a conjugar verbos y terminen conjugando tu ausencia.

 

 

Había una época en la que yo creía que el amor también consistía en corregirle las conjugaciones a alguien.

Una mezcla extraña entre Pigmalión, profesor suplente de Lengua y boludo emocional con vocación de servicio.

—“Haiga”, decía ella.

—“Haya”, corregía yo, con la paciencia pedagógica de un monje franciscano criado entre manuales Kapelusz.

Y así seguíamos.

La educación sentimental argentina muchas veces ocurre en lugares rarísimos: colectivos interurbanos, patios con olor a jazmín, bares donde sirven café quemado y camas donde alguien te dice “vinistes” mientras te muerde el cuello como si estuviera redactando una tesis sobre el caos lingüístico nacional.

Algunos nos enamoramos de la inteligencia.

Otros de la belleza. Y después está la vida que en una situación erótica te resume todo así:

 

—Háblame mal…

—Haiga, cocreta, dentrífico, agusto…

—¡No pares!

—Moustro, andé, vinistes…

 

Conclusión: existe un extraño erotismo en el caos. Y el desastre humano suele tener un magnetismo difícil de explicar.

Roland Barthes decía que el lenguaje es una piel: uno frota su lenguaje contra el otro. El problema es que a veces terminás haciendo de profesor particular cuando lo único que querías era enamorarte.

Yo pasé por situaciones así. Peor todavía: las enseñé. Las corregí con amor genuino, como quien acomoda un cuadro torcido en una casa ajena. Les regalé libros. Les expliqué quién era Borges. Les mostré por qué Jorge Luis Borges podía convertir un laberinto en una tragedia metafísica y cómo Albert Camus hacía elegante hasta el absurdo de existir.

Les enseñé la diferencia entre “haber” y “a ver”. Entre “hay” y “ahí”.

Entre amar y necesitar validación masculina en cuotas sin interés. Y después se fueron.

Porque el problema de educar emocionalmente a alguien es que un día aprende suficiente para abandonarte con mejor vocabulario.

Es una tragedia profundamente latinoamericana. Uno invierte años intentando transformar el caos ajeno mientras el propio se pudre silenciosamente abajo de la alfombra.

Recuerdo una madrugada en Villa Dolores. Lloviznaba. El televisor estaba prendido sin volumen. Sonaba Caminando por el lado salvaje de Lou Reed de fondo desde un celular viejo. Ella me preguntó qué significaba “alienación”. Yo intenté explicárselo usando ejemplos del supermercado, de Instagram, del capitalismo tardío y de la tristeza contemporánea. Me escuchaba fascinada, fumando despacio, como si yo fuera una mezcla de filósofo francés y remisero deprimido.

Meses después me dejó por un tipo que escribía “ola bb”. Ahí entendí todo.

La cultura no salva a nadie. La gramática tampoco. Y el amor muchísimo menos.

Porque a veces uno no está enamorado de la persona, sino del proyecto pedagógico.

De esa fantasía arrogante de creer que podemos mejorarle la vida a alguien solamente porque le prestamos nuestros libros subrayados, nuestras canciones favoritas o nuestras pequeñas sofisticaciones de clase media ilustrada.

Pero la gente no quiere ser corregida. Quiere ser querida. Y quizás ahí estaba el error.

Tal vez el verdadero amor no consistía en transformar a nadie. Ni en pulirle las palabras como quien restaura una iglesia colonial llena de humedad. Tal vez amar era aceptar incluso el “haiga”, el “vinistes”, el “agusto”, como parte de esa precariedad hermosa y desastrosa que tienen los seres humanos.

Aunque confieso algo: si alguien me vuelve a decir “dentrífico” mientras me abraza probablemente me enamore otra vez. Porque uno envejece, lee filosofía, sobrevive al país, entiende a Arthur Schopenhauer, aprende sobre vínculos, duelo y narcisismo pero sigue cayendo por las mismas catástrofes.



Responder a Proust después de medianoche. Cuestionario para un héroe absurdo

Responder a Proust después de medianoche. Cuestionario para un héroe absurdo

 

La noche en Villa Dolores siempre llega con un silencio raro, como si el mundo se quedara pensando.

Me preguntaba por la felicidad. Pensé que durante años imaginé la felicidad como algo grande: viajes, libros publicados, ciudades lejanas. Con el tiempo descubrí que se parecía más a algo mínimo: una tarde leyendo mientras el viento mueve las hojas de los árboles.

La reflexión sobre el miedo llegó después. No fue difícil responderla. El miedo es el olvido. No el propio, sino el de las cosas que importan: los libros que nadie vuelve a abrir, las historias que se pierden cuando muere quien las contaba.

Me pregunté por un libro que hubiera marcado mi vida, pensé en la forma en que la literatura puede convertirse en una segunda biografía. Los libros que leemos terminan escribiendo, en silencio, partes de nuestra propia historia. Difícil decidir eso. Mi lista sería casi como un inventario de biblioteca.

Mi lema ha sido vivir con curiosidad, leer con sospecha, recordar con obstinación.

En eso estaba esa madrugada cualquiera cuando abrí el Cuestionario Proust.

En mi biblioteca veía los siete libros de En busca del tiempo perdido y el del caso Lemoine que me transportaba a la realidad argentina. Afuera el pueblo estaba en silencio y el mundo parecía reducido al ruido del teclado y a un mate lavado ya frío.

Las preguntas parecían inocentes, pero cada una funcionaba como una puerta.

Tenía delante el cuestionario y un vaso medio lleno —o medio vacío— de wiski que decidí degustar, mientras un alilicucú gritaba desde algún árbol oscuro del patio o desde una calle de tierra de esas que circundan el lugar donde vivo. Pensé que responder preguntas sobre uno mismo es una forma elegante de autopsia.

Si Marcel Proust lo hubiera sabido, quizá habría agregado una advertencia: todo cuestionario es también una confesión.

 

1 ¿Principal rasgo de tu carácter?

Ser abstraído. Vivo más tiempo en la cabeza que en el mundo. Hay días en que la realidad parece una interrupción molesta del pensamiento.

 

2 ¿Qué cualidad aprecias más en un hombre?

La inteligencia. Esa capacidad de incendiar una conversación con una idea.

 

3 ¿Y en una mujer?

La inteligencia también. Nada es más erótico que una mente peligrosa.

 

 4 ¿Qué esperas de tus amigos?

Que no me dejen cómodo. Los amigos que sirven son los que discuten, los que tiran ideas como piedras contra el vidrio de la certeza.

 

5 ¿Tu principal defecto?

Cuando me enojo, se impone la pasión. Y la pasión es un animal que muerde antes de pensar.

 

6 ¿Tu ocupación favorita?

Leer. Leer como quien cava un túnel en la realidad.

 

7 ¿Tu ideal de felicidad?

Una conversación larga con alguien que piense bien. Una mesa, música en discos de vinilo, vino, libros, y la sensación de que el mundo afuera puede esperar.

 

8 ¿Cuál sería tu mayor desgracia?

No terminar la lista de objetivos que escribí a los diez años en un cuaderno Rivadavia de tapa dura. Un niño hace promesas que el adulto teme no poder cumplir.

 

9 ¿Qué te gustaría ser?

Una estrella de rock. No por la fama: por el momento en que el ruido se vuelve una forma de libertad.

 

10 ¿En qué país desearías vivir?

En Argentina. Es un país trágico y hermoso, como un poema maldito.

 

11 ¿Tu color favorito?

Los violáceos. Colores que parecen nacidos del crepúsculo.

 

12 ¿La flor que más te gusta?

La rosa. Sus pétalos parecen un mandala que se abre lentamente hacia el centro de algo que nunca terminamos de comprender.

 

11 ¿El pájaro que prefieres?

El mirlo —o el zorzal, como dicen en Traslasierra—. Canta como si supiera algo que nosotros no.

 

12 ¿Tus autores favoritos en prosa?

Borges, Poe, Lovecraft, Proust, Kafka, Marechal, Dick, Vonegut.

Cada uno abre una puerta distinta hacia el mismo abismo.

 

13 ¿Tus poetas?

Pessoa, Vallejo, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Olga Orozco.

Poetas que escribieron como si cada verso fuera un acto de peligro.

 

14 ¿Un héroe de ficción?

Batman. Un hombre que pelea contra el caos con inteligencia y sombras.

 

14 ¿Una heroína?

La Mujer Maravilla. La mitología todavía necesita diosas guerreras.

 

15 ¿Tu músico favorito?

Jaco Pastorius. El bajo convertido en tormenta.

 

16 ¿Tu pintor preferido?

Caravaggio y Velázquez. Dos hombres que sabían que la luz es una forma de violencia.

 

17 ¿Tu héroe de la vida real?

El héroe absurdo.

Ese del que hablaba David Galloway: un hombre sin esperanza metafísica, consciente de que la muerte es el único final seguro y aun así enamorado de la vida.

 

18 ¿Tu nombre favorito?

Tomás y Francisco. Hay historias personales que viven escondidas dentro de los nombres.

 

19 ¿Qué hábito ajeno no soportas?

El mal uso del lenguaje. Las palabras son herramientas sagradas.

 

20 ¿Qué es lo que más detestas?

La traición. Es el crimen más íntimo.

 

21 ¿Una figura histórica que te produzca rechazo?

Hitler. La prueba de que la barbarie también puede organizarse.

 

22 ¿Un hecho de armas que admires?

La táctica de Julio César en Farsalia. La inteligencia aplicada a la guerra es una forma de tragedia.

 

23 ¿Qué virtud desearías poseer?

Viajar en el tiempo. Ser testigo de la historia como quien mira una obra de teatro infinita.

 

24 ¿Cómo te gustaría morir?

Como un noble caballero. Con cierta elegancia frente al final inevitable.

 

25 ¿El estado más común de tu ánimo?

Buen humor. Incluso cuando el mundo parece derrumbarse.

 

26 ¿Qué defectos te inspiran indulgencia?

La torpeza con las manos. Hay personas que nacieron para pensar, no para atornillar cosas.

 

27 ¿Tienes una máxima?

Sí: Cuando corresponda, seamos la razón y no la pasión.

Y cuando corresponda, pasión y no razón.

Porque el secreto quizá esté ahí: vivir en el equilibrio imposible entre la lucidez y el incendio.

 

 

 

Nota final: EL CUESTIONARIO PROUST. Una de las maneras más habituales de presentar a un personaje en los medios escritos son los cuestionarios. Son un tipo de entrevista de personalidad basada en una lista de preguntas de respuesta breve. Se trata de un modelo en el que el entrevistado contesta a un formulario de preguntas ya preparado que se asemeja a un test psicológico, y cuyas preguntas están diseñadas para revelar su personalidad. El nombre proviene del escritor francés Marcel Proust (1871-1922). Este respondió por primera vez al cuestionario a los quince años, a requerimiento de Antoinette Faure, una compañera de juegos. A los veintiún años, volvió a contestarlo y lo tituló "Proust por sí mismo".  Estos cuestionarios fueron una moda a finales del XIX y principios del XX. Están pensados para descubrir las inclinaciones, gustos y personalidad del personaje que lo responde.




 

Cuando tus palabras empiezan a vivir en otra voz

Cuando tus palabras empiezan a vivir en otra voz

 

Hay un momento extraño que no suele contarse. No ocurre el día en que publicás un texto, ni cuando alguien te felicita por haber escrito una buena frase. Sucede mucho después.

Un día, en medio de una conversación cualquiera, escuchás a alguien decir una expresión que te resulta demasiado familiar. Después aparece otra. Y otra más. No te está citando. Ni siquiera recuerda de dónde la sacó. Simplemente ya habla así.

Al principio uno duda. ¿La dije yo o siempre existió? Las palabras tienen esa costumbre de borrar las huellas de quien las pronunció primero. Si son buenas, dejan de pertenecerte.

No es una cuestión de ego. Es otra cosa. Es comprobar que una manera de mirar el mundo encontró hospedaje en otra cabeza. Que una idea salió de tus cuadernos para instalarse en una sobremesa, en un chat, en una discusión de café o en una charla de madrugada.

Las influencias verdaderas nunca hacen ruido. No llegan con comillas ni con notas al pie. Se infiltran lentamente hasta que alguien empieza a pensar con ese ritmo, a elegir esas palabras, a construir las mismas imágenes sin advertir que un día las tomó prestadas.

Quizás ése sea el destino más noble de una frase: dejar de ser reconocible. Convertirse en parte del lenguaje de otro. Perder el nombre del autor para ganar una nueva vida.

Hay escritores que venden libros. Hay otros que, sin darse cuenta, terminan sembrando vocabularios. Y cuando eso ocurre, comprendés que las palabras nunca fueron tuyas. Apenas fuiste el primer lugar donde decidieron quedarse un rato antes de seguir viaje.

Creo que ese es el único plagio que vale la pena celebrar: el de las ideas que ya encontraron otro corazón desde donde seguir hablando.




 

La cultura nunca fue una pirámide. Siempre fue una conversación.

 

La cultura nunca fue una pirámide. Siempre fue una conversación.

 

Posee y atraviesa algo muy borgiano —y muy pop— esta coincidencia.

El artista neozelandés Owen Dippie pintó en Brooklyn un mural con Leonardo, Rafael, Miguel Ángel y Donatello usando las máscaras de las Tortugas Ninja. La obra recupera un guiño que llevaba décadas escondido en la cultura popular: las tortugas nunca recibieron esos nombres al azar. Fueron bautizadas en homenaje a cuatro gigantes del Renacimiento. El mural simplemente devuelve el tributo a su origen: los maestros aparecen convertidos, por un instante, en los héroes de nuestra infancia.

Después está mi estudio.

No es una colección cualquiera. Las cuatro tortugas cuelgan como pequeños guardianes sobre una hilera de discos de vinilo. Entre ellos asoma “Carmen”, la ópera de Bizet. La escena parece un disparate y, sin embargo, dice mucho de la forma en que aprendí a mirar el mundo.

Conozco gente que ordena su biblioteca por géneros. Yo prefiero ordenar la memoria por afectos.

En un mismo rincón conviven Bizet y Nickelodeon, el Renacimiento y un dibujo animado de los años ochenta. Más tarde llegaron Borges, Céline, Bukowski, Marx, Schopenhauer, Lovecraft, Kafka, Mark Fisher y tantos otros. Nunca sentí que hubiera fronteras entre unos y otros. Borges podía citar a Homero junto al ”Martín Fierro”; Umberto Eco podía escribir sobre Santo Tomás y sobre Superman con la misma pasión. La cultura siempre fue eso: un diálogo interminable.

Las máscaras también cuentan una historia. Cada color distingue una personalidad, pero las cuatro pertenecen a una misma familia. Como Leonardo, Rafael, Miguel Ángel y Donatello: artistas distintos, temperamentos distintos, una misma época.

Quizá por eso me gusta tanto ese mural. Dice lo mismo que ese rincón de mi casa. Que la llamada "alta cultura" y la cultura popular nunca fueron enemigas. Se citan, se mezclan, se prestan nombres, personajes y sueños.

Al fin y al cabo, Leonardo sigue siendo Leonardo aunque lleve una máscara azul. Y Carmen sigue siendo una de las grandes óperas de la historia aunque comparta una repisa con cuatro tortugas de peluche.

Porque el camino hacia el arte puede empezar en una biblioteca, en un museo, en un teatro... o un sábado por la mañana, frente al televisor, mirando a cuatro tortugas mutantes comer pizza y salvar Nueva York.

Tal vez la verdadera biblioteca no sea la que ordena los libros por prestigio, sino la que conserva intacta la capacidad de asombro. Ahí, entre Bizet y las Tortugas Ninja, entre Borges y la infancia, es donde uno descubre que la cultura nunca fue una pirámide. Siempre fue una conversación.


La esquina donde terminaba el mundo

La esquina donde terminaba el mundo

 

Hubo un tiempo en que Villa Dolores tenía un final. Era esta esquina. No había un cartel que lo anunciara. Tampoco un límite municipal. Simplemente, después del último farol empezaba el campo. O el monte. Según la estación, según la hora o según la imaginación de un chico.

Recuerdo esa oscuridad como se recuerdan los primeros libros: llena de criaturas que nunca existieron y de caminos que uno juraba recorrer algún día.

Los pueblos también tenían fronteras. Y las fronteras enseñaban una lección que hoy parece olvidada: no todo debía ser ocupado.

Después llegaron los loteos. Las mansiones. Los cercos electrificados. Las cámaras que vigilan incluso el silencio. El progreso, dicen. La moderna modernidad diría el Indio.

Ganamos metros construidos y perdimos horizonte. Donde antes comenzaba el misterio, ahora comienza un barrio privado. Quizás el problema no sea que el pueblo haya crecido. Los pueblos crecen. Las ciudades también. Lo que extraño es otra cosa.

Extraño la posibilidad de que existiera un lugar donde la civilización aceptara terminar y le cediera el paso a la noche. Porque, sin saberlo, aquella esquina no separaba el pueblo del campo. Separaba una época en la que todavía creíamos que el mundo era más grande que nosotros.

 

Los placeres improductivos. La dignidad de las obsesiones



Los placeres improductivos

La dignidad de las obsesiones


La conversación ocurrió una noche cualquiera, de esas que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan convirtiéndose en un interrogatorio filosófico sin que nadie lo haya planeado.

Yo hablaba de un libro que acababa de comprar. Antes había mencionado un disco de vinilo que llevaba meses buscando. También conté que estaba pensando en viajar para ver una ópera. En algún momento apareció el tema de los muñequitos que ocupan una parte considerable de mis estantes. Entonces alguien me miró con una mezcla de curiosidad y desconcierto y lanzó la pregunta:

—¿Por qué esa insistencia en trabajar tanto, en invertir dos tercios de la vida —por no decir toda— en algo que no te da el pan para comer, ni el vino, sangre de vida?

La frase quedó flotando en el aire. No era una crítica. Era peor. Era una duda genuina.

Porque, vista desde afuera, mi existencia puede parecer una extraña cadena de decisiones económicas cuestionables, de gastos absurdos.

Trabajo para comprar libros que tal vez no alcance a leer. Compro discos que contienen música disponible en internet. Pago entradas para escuchar composiciones escritas por personas que murieron hace siglos. Colecciono figuras de personajes que ni siquiera existen.

Hay algo profundamente sospechoso en dedicar tantos recursos a cosas que no aumentan el patrimonio, no mejoran el currículum y no garantizan ninguna ventaja práctica.

Mientras escuchaba la pregunta pensé que, en el fondo, no me estaban interrogando a mí. Estaban interrogando una vieja costumbre humana: la de apasionarse por algo que no sirve para nada.

Porque vivimos en una época obsesionada con la utilidad. Todo debe justificar su existencia. Cada actividad necesita una finalidad productiva. Cada minuto debe rendir algún beneficio. Cada gasto debe convertirse en inversión.

Leemos para capacitarnos. Hacemos ejercicio para prolongar la vida. Aprendemos idiomas para mejorar oportunidades laborales. Incluso el ocio parece obligado a demostrar resultados. En semejante contexto, comprar un libro simplemente porque despierta curiosidad se vuelve un acto casi subversivo.

Lo mismo ocurre con los vinilos.

Recuerdo una vez que alguien me preguntó por qué seguía comprándolos si podía escuchar exactamente la misma música en una plataforma digital. La pregunta era razonable. También podría preguntarse por qué alguien visita un museo si las pinturas están fotografiadas en internet. O por qué se viaja para ver el mar si existen documentales en alta definición.

La respuesta nunca tiene que ver con la eficiencia. Tiene que ver con la experiencia.

Con el ritual. Con esa parte irracional del ser humano que todavía se niega a convertir toda la existencia en una planilla de cálculo. Quizás por eso también me gustan los muñequitos. No porque crea que son importantes. Sino porque representan algo que sí lo es. Cada uno conserva una historia. Una lectura. Una película. Una época de mi vida. Son objetos que funcionan como pequeñas máquinas del tiempo. Un archivo emocional disfrazado de plástico.

Estoy convencido que las personas suelen dividirse en dos grandes grupos.

Están quienes entienden inmediatamente estas cosas. Y están quienes preguntan para qué sirven. Ninguno de los dos grupos tiene razón o está equivocado. Simplemente observan el mundo desde lugares distintos.

Los primeros saben que algunas experiencias valen precisamente porque no tienen una utilidad inmediata.

Los segundos buscan una lógica práctica detrás de todo.

Esa noche no respondí demasiado. Sonreí, tomé un sorbo de vino y dejé que la conversación siguiera su curso. Pero la pregunta me acompañó durante varios días.

Y terminé llegando a una conclusión sencilla. Tal vez sea cierto que los libros no dan de comer. Que los vinilos no pagan cuentas. Que la ópera no resuelve problemas cotidianos. Que los muñequitos no tienen ninguna función concreta. Pero también es cierto que hay hambres que el pan no sacia. Y sedes que ningún vino puede apagar.

Quizás por eso seguimos llenando nuestras vidas de cosas aparentemente inútiles.

Porque a veces lo que no sirve para ganarse la vida es exactamente lo que la vuelve digna de ser vivida.


 

La geografía de las ausencias


 

 

La geografía de las ausencias

 

Muchas personas un día simplemente dejan de estar. No porque hayan muerto, sino porque la vida, con esa crueldad silenciosa que tiene para ordenar los afectos, las empuja hacia otra historia. Uno también desaparece de la de ellas. Así funcionan las despedidas que nunca tuvieron ceremonia.

Al principio creemos que lo que duele es el tiempo perdido. Después entendemos que el tiempo no se pierde. Lo que duele es quedarse sin el lugar donde antes descansaba una parte de uno mismo.

Los años compartidos terminan siendo apenas una medida imperfecta. Hay personas que atraviesan décadas sin dejar una sola huella, y otras que en unos pocos meses modifican para siempre la forma en que miramos el mundo. Porque la memoria no archiva calendarios. Conserva emociones.

Nadie recuerda exactamente todas las conversaciones, ni cada fecha, ni cada detalle. Lo que permanece es otra cosa: la sensación de haber sido comprendido. De haber encontrado refugio en una voz. De haber sentido, aunque fuera por un instante, que alguien nos elegía incluso con todas nuestras grietas.

Eso es lo que sobrevive al olvido.

Por eso descreo de quienes hablan de ganar o perder en el amor. Si alguna vez hiciste que otra persona se sintiera menos sola en este mundo, ya dejaste algo que el tiempo no puede confiscar. Aunque nunca vuelvan a verse. Aunque el silencio termine ocupando el lugar de las palabras.

Quizá ésa sea la tragedia y, al mismo tiempo, la única victoria posible. No podemos impedir que las personas se vayan. Tampoco podemos retener el pasado. Lo único que permanece es esa parte invisible de nosotros que continúa respirando en la memoria de otros, como una canción que alguien sigue tarareando sin recordar dónde la escuchó por primera vez.

Al final, uno no sobrevive por las fotografías, ni por los nombres escritos en una agenda, ni por las promesas incumplidas. Sobrevive en la forma en que hizo sentir a los demás. En esa geografía secreta donde el tiempo pierde, por fin, la última de sus batallas.

El lado B del amor


 

El lado B del amor

 

Salgo a la calle con este texto ardiéndome en el pecho como si fuera una proclama mal doblada en el bolsillo interno de la campera. Llueve una llovizna berreta, de esas que no limpian nada pero terminan empapándote igual. Camino sin rumbo y pienso que el amor, tal como nos enseñaron a vivirlo, se parece bastante a esa lluvia: cae despacio, parece inofensiva y, cuando querés acordarte, ya te atravesó hasta los huesos.

Las vidrieras están llenas de promesas. Perfumes que prometen seducir, alianzas que prometen eternidad, departamentos para "empezar una nueva vida", colchones donde supuestamente duerme la felicidad. Todo parece decir lo mismo: el amor se compra, se financia, se demuestra con cosas. Como si el afecto fuera una inversión y la pareja, un patrimonio.

Pienso cuánta gente estará hoy más preocupada por pagar la cuota de una vida que ya no desea que por preguntarse si todavía ama.

El capitalismo no solo vende objetos. También vende formas de vincularnos. Nos enseñó que amar es proveer, aguantar, rendir examen todos los días. Que toda relación necesita balances: cuánto di, cuánto recibí, cuánto me debe el otro. Una masculinidad contable que convierte los sentimientos en una planilla de Excel y la ternura en una inversión de riesgo.

Sigo caminando con esa bronca seca que no necesita gritar para hacerse sentir. Esa que endurece la mandíbula y acelera el paso.

Porque junto con ese amor convertido en mercancía vino otro aprendizaje, todavía más viejo: el patriarcado.

A los hombres nos enseñaron a amar como se enseña a pelear. Resistí. Bancá. No aflojés. Si duele, es porque vale. Si controla, es porque cuida. Si cela, es porque ama.

Mentira.

El control nunca fue cuidado. Solo fue miedo buscando otro nombre.

Recuerdo a alguien —siempre hay alguien— que empezaba diciendo "avisame cuando llegues". Después vino el "¿por qué tardaste?". Más tarde, "esa amistad no me gusta", "esa ropa no va con vos", "yo solo quiero lo mejor para vos".

Así funciona el poder.

Nunca entra pateando la puerta. Se sienta despacio, te sirve un café y te habla bajito. Cuando querés darte cuenta, ya reorganizó tu vida.

Eso tampoco era amor.

Era administración de un cuerpo ajeno.

Entonces también me acuerdo de mí. Más joven. Más duro. Convencido de que ser hombre era no dudar nunca, no mostrar miedo, no pedir ayuda. Creía que amar era aguantar en silencio o decidir por los dos. Nadie me enseñó que escuchar también es una forma de valentía. Que aflojar no siempre es rendirse. A veces es dejar de romper lo que uno dice querer.

Entro a un bar cualquiera. Huele a café recalentado y a medialunas que ya conocieron tiempos mejores. En una mesa, una pareja comparte el silencio mirando cada uno su celular. Están juntos, pero pareciera que cada pantalla sostiene una conversación más importante que la que podrían tener entre ellos.

Pienso que el mercado necesita exhibiciones permanentes del amor. Fotos, estados, regalos, aniversarios convertidos en contenido. Todo debe poder mostrarse, medirse, compartirse.

El amor verdadero, en cambio, casi nunca hace ruido. No necesita espectadores. Necesita responsabilidad.

Porque amar no consiste en convertirse en el jefe emocional de nadie. No es salvar. No es corregir. No es dirigir una vida ajena como si uno supiera mejor.

Amar es aceptar que la otra persona tiene un mundo propio al que nunca vamos a acceder del todo.

Y respetarlo. Eso es mucho más difícil que controlar.

El amor que vale no necesita una roca. Necesita un compañero. Alguien capaz de celebrar que el otro cambie, incluso cuando ese cambio obligue a revisar la relación. Alguien que no confunda presencia con posesión ni cuidado con vigilancia.

Es un trabajo incómodo. Escuchar antes de responder. Preguntar antes de asumir.

Acompañar sin invadir. Cuidar sin encadenar.

Hacerse cargo de la propi mierda antes de descargarla sobre el cuerpo de quien tenemos al lado.

Ese es el lado B del amor. El que no aparece en las publicidades. El que no puede venderse porque no produce consumidores más obedientes.

Es un amor profundamente político porque rompe con la lógica de la propiedad. No necesita que el otro sea pequeño para sentirse grande. No exige obediencia para sentirse seguro. No administra cuerpos ni emociones como si fueran bienes privados.

El amor revolucionario no promete tranquilidad eterna.

Promete libertad.

La libertad de que la otra persona pueda crecer sin pedir permiso. Cambiar de opinión. Discutir. Tener proyectos propios. Irse, incluso, si quedarse significa dejar de ser quien es. Porque elegir todos los días vale infinitamente más que permanecer por miedo.

Pago el café y vuelvo a salir. La lluvia sigue cayendo. Pero ya no me pesa igual.

Tal vez porque entendí algo mientras caminaba.

Yo no quiero un amor que me compre ni que me vigile. No quiero un amor que necesite convertirme en dueño para hacerme sentir importante. Quiero uno que camine al lado. Que discuta cuando haga falta. Que sostenga sin encadenar. Que celebre la libertad del otro aunque esa libertad incomode.

Porque el amor no vino a convertirnos en propietarios. Vino a recordarnos que nadie pertenece a nadie. Y en un mundo obsesionado con poseerlo todo, amar de esa manera ya es una forma de revolución.

Las novias de papel

Las novias de papel

 

Hay personas que creen que una biblioteca se construye comprando libros.

No es verdad.

Las bibliotecas empiezan mucho antes, cuando uno todavía no sabe qué es la literatura. La mía comenzó con revistas.

No eran ediciones de lujo. Eran “El Tony”, “D'Artagnan”, “Intervalo”, alguna “Fantasía”  que aparecía de tanto en tanto en un kiosco o en una librería de usados. El papel era áspero, la tinta manchaba los dedos y los colores de las tapas parecían más intensos porque todavía no existía la costumbre de mirar pantallas.

Yo no leía historietas. Vivía dentro de ellas.

Mientras otros soñaban con ser futbolistas, yo quería tener la moto de Dennis Martin.

Aquella máquina descomunal con cuatro caños de escape que rugía como si debajo del asiento llevara encerrada una tormenta. Pero, si soy completamente sincero, la moto era apenas una excusa. La verdadera razón de mi fidelidad mensual a “D'Artagnan” tenía nombre y apellido.

Grace Henrichsen.

Era hermosa de una manera imposible.

Los dibujantes de Columba sabían fabricar mujeres que uno nunca volvía a olvidar. Bastaba una mirada, una sonrisa apenas insinuada, un mechón de pelo cayendo sobre la frente para que un chico del interior de Córdoba creyera que el amor podía imprimirse sobre papel barato.

Nunca me molestó que fuera la novia de Dennis Martin. Al contrario. Mientras él resolvía asesinatos, perseguía contrabandistas o escapaba de algún país africano, yo caminaba unos pasos detrás, imaginando que en cualquier momento ella iba a darse vuelta y descubrir que el verdadero héroe era aquel muchacho flaco que la seguía desde una casa perdida en Traslasierra.

Las historietas hacían ese milagro. Uno abría una revista y el mundo dejaba de terminar en el horizonte.

Conocí Kabul antes de saber ubicar Afganistán en un mapa. Recorrí Estambul sin haber salido nunca del país.

Atravesé desiertos, selvas, puertos, palacios, ruinas y ciudades imposibles. Todo por unas pocas monedas y un puñado de páginas engrampadas.

Mucho después llegaron Borges. Kafka. Mujica Láinez. Lovecraft. Los filósofos. Los poetas.

Los estantes comenzaron a llenarse de libros de tapas duras y ediciones que había buscado durante años.

Algunos creen que ahí empezó mi biblioteca. Se equivocan.

Mi biblioteca empezó cuando un guionista llamado Robin Wood decidió que un detective debía tener una moto imposible y una novia inolvidable.

Hace unos días encontré una vieja adaptación de “Bomarzo” publicada por Editorial Columba.

La abrí con el mismo cuidado con que se toca una fotografía de la infancia. El papel estaba amarillento. Las puntas dobladas. La tinta ya no tenía el negro profundo de otros tiempos. Sin embargo, bastó pasar unas pocas páginas para comprender que el tiempo sólo había envejecido el papel. No al lector.

Reflexioné en esto. Nunca dejé de comprar libros. Sigo buscando exactamente lo mismo que buscaba cuando esperaba con ansiedad el nuevo número de “D'Artagnan”.

No una historia. Un pasaje. Una puerta. La posibilidad de que, al dar vuelta una página, vuelva a aparecer aquel chico que todavía cree que el ruido de una moto puede escucharse desde muy lejos y que una mujer llamada Grace Henrichsen continúa esperándolo, intacta, en algún rincón donde las historietas nunca envejecen.

Porque los primeros amores casi nunca fueron de carne y hueso.

A veces estaban dibujados con tinta negra sobre un papel que hoy huele a biblioteca.

Y, curiosamente, siguen siendo eternos.

 


Desnudar una mente


Desnudar una mente

 

Hay una frase que circula por redes sociales, repetida hasta el cansancio, que dice algo así como: "Follar un cuerpo lo hace cualquier mediocre; follar una mente, sólo un genio." Y aunque la sentencia tiene algo de exageración, también esconde una verdad incómoda.

Porque cuerpos hay millones. Están ahí, visibles, inmediatos, expuestos al deseo y al tiempo. Un cuerpo puede despertar atracción en segundos. Basta una mirada, una curva, una sonrisa, un perfume. La biología hace el resto.

La mente, en cambio, es otro territorio.

No se conquista con músculos ni con dinero. No responde a fórmulas rápidas ni a manuales de seducción. Una mente exige paciencia. Exige conversación. Exige curiosidad genuina por el otro. Hay que escuchar, recordar detalles, comprender silencios. Hay que saber cuándo hablar y cuándo callar.

Por eso la verdadera seducción rara vez ocurre en una cama. Empieza mucho antes.

Empieza cuando alguien menciona un libro y el otro entiende la referencia. Cuando una canción abre una puerta a una historia. Cuando una charla que debía durar diez minutos termina ocupando toda la madrugada. Cuando descubrís que esperás un mensaje no por necesidad, sino porque esa persona tiene la extraña capacidad de modificar tu forma de pensar. Ahí sucede algo extraordinario.

Porque un cuerpo puede generar deseo. Una mente puede despertar admiración.

Un cuerpo puede provocar atracción. Una mente puede cambiarte para siempre.

Un cuerpo puede llamar tu atención. Una mente puede quedarse a vivir en tus pensamientos.

Un cuerpo puede encender una noche. Una mente puede iluminar una vida entera.

Un cuerpo puede acelerarte el pulso. Una mente puede desarmar todas tus certezas.

Un cuerpo puede ser un recuerdo. Una mente puede convertirse en una presencia permanente.

Un cuerpo puede ser el comienzo del deseo, pero una mente es el lugar donde el deseo encuentra significado.

Los años me enseñaron que la belleza es un incendio breve. Fascina, deslumbra y, tarde o temprano, se vuelve paisaje. La inteligencia, en cambio, tiene la capacidad de renovarse cada día. Una mente interesante nunca termina de revelarse por completo. Siempre queda una habitación sin explorar, una idea inesperada, una pregunta capaz de desarmar nuestras certezas.

Quizás por eso algunas personas permanecen en nosotros mucho después de haberse ido.

No recordamos exactamente el color de sus ojos ni la forma de sus manos. Recordamos cómo nos hicieron pensar. Qué palabras nos dejaron. Qué preguntas siguen resonando años después.

Y ocurre algo aún más curioso.

A veces descubrís que alguien ya habla con tus frases, repite tus dichos y hasta piensa con las palabras que un día fueron tuyas. No hace falta que cite tu nombre ni que recuerde de dónde las tomó. Las ideas, cuando realmente encuentran un hogar, dejan de pertenecer exclusivamente a quien las pronunció por primera vez. Se vuelven parte de la mirada del otro. Hay influencias que no necesitan firma.

Entonces entendemos que la intimidad más profunda no es física. Es intelectual.

Es encontrar a alguien capaz de habitar nuestros pensamientos como si fueran su propia casa. Y también aceptar que, después de ese encuentro, una parte de nosotros seguirá viviendo en la manera en que esa persona mira el mundo.

Porque acostarse con un cuerpo puede ser cuestión de oportunidad. Pero desnudar una mente, recorrer sus bibliotecas secretas, sus fantasmas, sus contradicciones, sus laberintos y sus sueños, requiere algo mucho más raro que el deseo.

Requiere conexión. Y de todas las formas posibles de seducción, sigue siendo la más difícil, la más peligrosa y también la más inolvidable. Porque el verdadero amor —o la verdadera admiración— no termina cuando dos personas dejan de verse. Termina, si es que alguna vez termina, cuando una deja de pensar con las palabras que la otra le regaló. Y no hay nada más placentero que ese orgasmo espiritual que te reinicia la vida.



Santa Santuarium: Una autobiografía escrita con libros


 Santa Santuarium

Una autobiografía escrita con libros

 

Las casas terminan pareciéndose a quienes las habitan. No por los muebles ni por el color de las paredes. Se parecen porque, con los años, aprenden nuestras costumbres. Incorporan nuestros silencios, nuestras obsesiones, las cosas que decidimos conservar y aquellas que nunca supimos tirar.

La mía se llama “Santa Santuarium”.

El nombre nació casi como una broma privada, pero terminó convirtiéndose en una definición bastante exacta. No es un santuario porque sea un lugar sagrado en el sentido religioso. Lo es porque aquí se preserva aquello que el tiempo suele borrar: la memoria.

Hay quienes coleccionan antigüedades. Otros cuadros. Otros autos. Yo fui coleccionando conversaciones.

Cada libro es una conversación que todavía continúa. Cada disco guarda una época de mi vida. Cada fotografía rescata un instante que se negó a desaparecer. Cada objeto pequeño permanece donde está porque alguna vez significó algo y nunca dejó de hacerlo. Por eso, cuando alguien entra por primera vez, suele decir lo mismo:

—¡Cuántos libros!

Y yo siempre pienso que está mirando lo menos importante. Porque Santa Santuarium no está hecha de libros. Está hecha de las vidas que ocurrieron alrededor de ellos.

Durante años creí que estaba armando bibliotecas. Hoy entiendo que fui construyendo una casa alrededor de ellas.

Los estantes fueron creciendo igual que un árbol. Primero apareció uno. Después otro. Más tarde una biblioteca heredada, otra fabricada, una repisa improvisada sobre un equipo de música, un rincón para la poesía, otro para Borges, otro para Lovecraft, otro para los discos, otro para las revistas que nunca pude abandonar.

Ninguno fue pensado como decoración. Cada uno apareció porque los libros siempre llegaban antes que el espacio para guardarlos. Y así, casi sin advertirlo, la biblioteca dejó de ser un mueble. Se convirtió en el sistema circulatorio de la casa.

Algunos visitantes se sorprenden de ver a Borges compartiendo estante con Kuromi.

A Edgar Allan Poe junto a Hello Kitty. A Lovecraft vigilado por Jack Skellington.

A Marx descansando encima de un viejo equipo de música. Como si hubiera contradicciones. Yo nunca las vi. Jamás entendí esa frontera entre alta cultura y cultura popular. La misma persona que puede pasar una tarde leyendo a Simone de Beauvoir puede emocionarse viendo una película de Tim Burton.

El mismo lector que subraya a Pessoa puede escuchar a Megadeth.

El mismo que vuelve una y otra vez sobre Schopenhauer puede sonreír al encontrarse con un muñeco de Star Wars.

No son mundos distintos. Son habitaciones de la misma casa.

Muchos creen que las calaveras hablan de la muerte. Se equivocan. Hablan del tiempo.

La muerte siempre ocurre una sola vez. El tiempo ocurre todos los días.

¿Por qué me gustan tanto las calaveras?

Porque una calavera no tiene raza, género ni estrato social. Nos recuerda, con una honestidad brutal, que debajo de la piel todos somos iguales.

Porque nos obliga a ser humildes. Entre la vida y la muerte apenas hay unos centímetros, un instante, un último aliento. Vivimos como si el tiempo fuera infinito, pero la calavera nos recuerda que nunca lo fue.

Porque, lejos de representar la oscuridad, para mí simboliza el deseo de hacer el bien mientras todavía estamos aquí. No me invita a pensar en la muerte; me obliga a pensar en la vida.

Porque cuando desaparecen el rostro, la belleza, el maquillaje, los títulos, el dinero y las máscaras, sólo queda lo esencial. Todo lo demás es pasajero: la apariencia, el prestigio, las vanidades. La calavera desnuda aquello que realmente somos.

Porque también me enfrenta a mi propia sombra. Me recuerda que la oscuridad no está en ese hueso blanco que muchos temen, sino en aquello que somos capaces de hacer mientras seguimos vivos. Contemplar una calavera no me acerca a la muerte; me ayuda a alejarme de la oscuridad que, a veces, también habita en mi espíritu.

Y porque, paradójicamente, para mí una calavera nunca significó el final. Siempre significó transformación.

La certeza de que cada día es una oportunidad para cambiar, para ser mejor, para vivir con más conciencia, con más compasión y con más intensidad.

Por eso las colecciono. No porque me fascine la muerte. Sino porque me recuerdan, todos los días, que “la vida es demasiado breve para vivirla sin humildad, sin belleza y sin bondad”.

Por eso conviven con relojes de arena, con fotografías antiguas, con vinilos gastados y con libros de hace cincuenta años.

No son símbolos lúgubres. Son recordatorios. Nos recuerdan que todo lo que amamos existe porque es finito.

Hay un rincón que suele llamar la atención.

Una vela encendida frente a San Benito.

Al lado, una fotografía en blanco y negro donde aparezco con apenas cinco años.

Cerca de ellos, una escultura de madera de una mujer comechingona, premio recibido hace años. Durante mucho tiempo pensé que eran objetos distintos. Ahora entiendo que forman una misma frase. El niño. La protección. El reconocimiento.

Tres maneras diferentes de recordar quién fui, quién soy y quiénes caminaron conmigo.

Sobre otra pared cuelgan diplomas y reconocimientos.

Nunca los vi como trofeos. No prueban que haya escrito bien.

Prueban que alguna vez hubo personas que encontraron algo valioso en mis palabras.

Eso alcanza. Los premios no certifican la calidad de una obra. Certifican un encuentro.

Por eso están mezclados con fotografías familiares. Porque pertenecen a la misma historia.

Hay una fotografía sobre la chimenea que resume mejor que cualquier discurso lo que significa esta casa.

Aparecemos mis dos hijas, cuando todavía eran chicas, durante una maratón de lectura organizada junto a otros escritores y poetas.

No era una escena doméstica. Era una fiesta de los libros. Cada vez que la miro recuerdo algo que nunca necesité explicarles. No intenté convertirlas en lectoras.

Simplemente crecieron viendo que los libros eran parte de la vida cotidiana.

Había escritores entrando y saliendo de casa. Había lecturas. Había discusiones sobre poesía. Había música sonando mientras alguien hablaba de Borges o de Chomsky.

Había bibliotecas mucho antes de que ellas supieran leer. Los libros no fueron una obligación. Fueron el paisaje. Y eso cambia todo.

La chimenea ocupa el centro de la casa. Pero el fuego no está solamente abajo.

También arde arriba. Borges. John Lennon. Los afiches de encuentros literarios.

Las fotografías. Los recuerdos. No están allí para ser admirados. Están allí porque todavía converso con ellos.

Hay personas que hablan con los muertos. Yo hablo con los autores que me cambiaron la vida.

La música ocupa el mismo lugar que la literatura.

Los vinilos. Los cientos de CD. Los viejos cassettes. Los equipos de audio que me niego a reemplazar. Muchos preguntan por qué los conservo. Porque escuchar música también tiene memoria. No es igual poner un disco en una bandeja que apretar un botón en una aplicación.

Hay objetos que siguen enseñándonos paciencia.

A veces pienso que Santa Santuarium es menos una casa que una autobiografía tridimensional.

Las autobiografías tradicionales se escriben con palabras. Ésta está escrita con estantes. Cada biblioteca es un capítulo. Cada fotografía, un pie de página. Cada objeto pequeño funciona como una nota al margen.

La escultura comechingona. Los terrarios. Las plantas. Las calaveras. Los muñecos.

Las velas. Los discos. Las revistas. Los dibujos.

Todo participa de un mismo relato. Nada fue colocado para impresionar. Todo quedó porque alguna vez significó algo.

Con los años comprendí que la memoria no siempre se guarda en álbumes. A veces se guarda en la manera de ordenar una biblioteca. En un libro lleno de anotaciones. En un disco rayado que seguimos escuchando. En una fotografía que nunca cambiamos de lugar. En una taza. En una piedra. En un reloj de arena. En un pequeño muñeco comprado durante un viaje. Los objetos terminan escribiendo la historia que nosotros olvidamos.

Alguien podría pensar que esta casa habla de libros. No. Habla de persistencia.

Habla de haber pasado décadas leyendo mientras el mundo cambiaba de velocidad.

Habla de haber seguido comprando poesía cuando todos decían que ya nadie leía poesía.

Habla de haber conservado vinilos cuando parecía absurdo.

Habla de haber escrito sin esperar reconocimiento.

Habla de haber construido una vida donde la cultura nunca fue un adorno, sino una forma de respirar.

Quizá por eso Santa Santuarium nunca me pareció una casa. Es un mapa. Si mañana desapareciera y alguien recorriera sus habitaciones, probablemente podría reconstruir gran parte de mi vida sin leer una sola línea escrita por mí. Sabría qué autores me acompañaron. Qué música escuché. Qué símbolos me protegieron. Qué fotografías decidí conservar. Qué recuerdos permanecieron junto al fuego. Qué infancia sigo llevando conmigo. Y también entendería algo más importante. Que nunca quise separar la literatura de la vida. Porque los libros no sirven para escapar del mundo.

Sirven para habitarlo de otra manera. Por eso Santa Santuarium no es el lugar donde guardo mis cosas. Es el lugar donde siguen viviendo todas las personas que fui.

Y, mientras quede una luz encendida, una vela frente a San Benito, un disco esperando volver a sonar y un libro abierto sobre la mesa, seguirá siendo exactamente eso: “una casa que decidió convertirse en memoria.”


El día que conocí a Noam Chomsky

El día que conocí a Noam Chomsky

 

MIT, Cambridge, Massachusetts. Otoño de 1993.

 

Nunca creí demasiado en los encuentros inevitables. Pero hay conversaciones que empiezan muchos años antes de que dos personas se sienten frente a frente.

La mía con Noam Chomsky había comenzado mucho antes de llegar al MIT.

Había empezado en mi casa.

Desde que tengo memoria, en vez de celebrar la Navidad, nosotros celebrábamos el “7 de diciembre”, el cumpleaños de Noam Chomsky. Mientras otras familias armaban el arbolito y esperaban a Papá Noel, en la nuestra aparecían libros, discusiones sobre política, sobremesas interminables y preguntas sobre el mundo.

Nunca me pareció extraño.

Uno cree que todas las casas funcionan igual hasta que descubre que no.

Mis padres no me enseñaron a admirar a Chomsky como si fuera un santo laico. Me enseñaron algo más importante: que las ideas también podían heredarse. Que un pensador podía ocupar un lugar en la mesa familiar. Que discutir era una forma de quererse. Así crecí.

Cuando otros chicos recibían juguetes, yo encontraba libros. En los estantes de casa convivían Borges, Marx, Orwell, Cortázar y Chomsky con absoluta naturalidad. La política nunca fue una conversación prohibida; era parte del almuerzo.

Con el tiempo llegaron “El lenguaje y el entendimiento”, “Ilusiones necesarias”, “Actos de agresión”, “La sociedad global”, “La conquista continúa”. Los leía como quien arma un mapa. No buscaba respuestas definitivas; buscaba herramientas para comprender un mundo que cada día parecía más difícil de explicar.

Muchos años después, mi hija Azul Brisa estaba mirando “Capitán Fantástico”. De pronto me llamó desde el sillón.

—¡Pá! ¡Celebran a Noam Chomsky como nosotros... y los abuelos!

Me reí.

Ella acababa de descubrir que aquella tradición familiar no era una extravagancia inventada por nosotros. En la película, esa familia también celebraba el nacimiento de Chomsky en lugar de la Navidad. Por primera vez veía reflejada en una pantalla una costumbre que, sin proponérnoslo, había atravesado tres generaciones.

Pensé entonces que hay familias que heredan relojes. Otras, campos. La mía me dejó la costumbre de hacer preguntas.

Quizá por eso, cuando en el otoño de 1993 crucé el corredor del Departamento de Lingüística del MIT, sentí algo extraño. No iba a conocer a un intelectual famoso.

Iba a visitar a alguien que, de algún modo, llevaba sentado a nuestra mesa desde mi infancia.

Llevaba una libreta en el bolsillo, aunque sospechaba que no iba a necesitarla.

La puerta estaba entreabierta. Golpeé apenas.

—Come in.

Su oficina era exactamente como uno imagina la oficina de alguien que ha dedicado toda una vida a pensar. Bibliotecas hasta el techo. Libros desbordando los estantes. Libros sobre el escritorio. Libros en el piso. Papeles corregidos a mano. Una taza de café olvidada entre manuscritos. Nada parecía colocado para impresionar a nadie.

Era un lugar donde se trabajaba. Le dije que venía de Argentina.

Sonrió.

—Han pasado tiempos difíciles por allí.

Asentí. No hacía falta explicar demasiado.

Durante unos segundos olvidé todas las preguntas que había preparado. Me di cuenta de que llevaba casi diez años conversando con ese hombre sin que él lo supiera.

—He leído muchos de sus libros.

Sonrió otra vez.

—Espero que algunos hayan servido.

Tenía ese humor seco que sólo poseen quienes ya no necesitan demostrar nada.

Mientras hablábamos, mi mirada se perdía entre los libros de la biblioteca. Pensé que aquella oficina era un laboratorio donde se desmontaban las palabras para descubrir cómo funcionaban. Pero también donde se desmontaban los discursos del poder con la misma precisión.

Le pregunté si alguna vez se había cansado de explicar siempre las mismas cosas.

Apoyó los anteojos sobre el escritorio.

—No son las mismas cosas. Son los mismos mecanismos.

Esa frase quedó suspendida entre nosotros. Pensé en América Latina. En las dictaduras. En las privatizaciones. En los diarios. En la televisión. En esas palabras que convierten una guerra en una intervención, un ajuste en una reforma y una mentira repetida mil veces en sentido común. Chomsky no hablaba únicamente de lingüística. Estudiaba la gramática del poder.

La conversación derivó hacia Orwell, la universidad, los medios de comunicación y el papel de los intelectuales. Nunca levantó la voz. No hacía falta. Su autoridad provenía de los argumentos, no del tono. Después de más de una hora nos despedimos.

Me estrechó la mano con la misma sencillez con la que me había recibido.

Salí nuevamente al corredor del MIT.

Los estudiantes iban y venían con la prisa habitual de un campus universitario. Afuera, el otoño empezaba a cubrir de hojas amarillas los caminos de Cambridge.

Mientras caminaba reflexione que el viaje no había consistido en conocer a Noam Chomsky.

Ese encuentro había empezado muchos años antes, en una casa de Traslasierra donde un niño crecía creyendo que era perfectamente normal celebrar el cumpleaños de un lingüista en lugar de la Navidad.

Los libros nunca terminan cuando uno los cierra. A veces permanecen en silencio durante años, esperando convertirse en una conversación. Y algunas conversaciones, incluso cuando ocurren una sola vez, terminan explicándonos una vida entera.


 


"Los lectores de Crónicas"

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