Los aprendices del espejo
Con los años descubrí algo curioso: hay personas que se
acercan convencidas de que somos iguales. Que vibramos en la misma sintonía.
Pero en realidad no llegan a tu vida para conocerte. Llegan para estudiarte.
Al principio parece admiración. Escuchan con atención,
preguntan, se interesan por tus lecturas, tus obsesiones, tus teorías extrañas
sobre el mundo. Uno cree que está teniendo una conversación. Con el tiempo
descubre que, para algunos, era una clase.
Con entusiasmo escuchan, absorben conocimiento, agudizan
los oídos, aprenden de los libros que citas, de las películas extrañas que
recomendas, de los análisis que haces, de la misma fascinación por lo oscuro,
por lo raro, por todo aquello que vive en los márgenes. Se presentan como si
hubieran llegado desde la misma galaxia.
Al principio les creo. Va un ratito.
Encuentran, según ellos, supuestos puntos en común. Simulan. Juegan que estamos hermanados de
alguna manera.
0bservo y empiezo a notar pequeños detalles. Si. La vida
son pequeños detalles, sutilezas.
Las referencias aparecen después de escucharlas en una
charla. Aparecen cuando los ves y oís conversando con otros.
Los autores favoritos cambian según los nombres que
menciono. Las ideas que defienden hoy son las que discutimos ayer. Una
recomendación casual se convierte en una pasión de toda la vida. Una
conversación de café reaparece semanas después presentada como una conclusión
alcanzada tras años de estudio.
Y algo resulta extrañamente familiar. No es sólo una
idea. Es una expresión. Un giro de lenguaje. Una palabra que usaba yo. Una
forma de construir una frase. Un modismo que jamás habían utilizado antes de
conocerme.
Y ahí aparece esa sensación inquietante: la de escuchar
tu propia voz saliendo de otra boca.
No lo digo como una crítica. Todos aprendemos de alguien.
Nadie inventa su personalidad desde cero. Todos somos una biblioteca de
influencias.
Lo curioso es observar cómo algunas personas construyen
una versión de sí mismas con piezas tomadas de otros. Un poco de frikismo
prestado. Algo de estética oscura. Algunas lecturas filosóficas. Autores
olvidados. Música extraña. Conceptos dispersos. Palabras inusuales. Cine,
teatro, música. Estética noir. Una colección de rarezas cuidadosamente elegidas
para parecer originales. Es una especie de alquimia identitaria.
Llegan buscando compañía y terminan llevándose
herramientas. Se nutren de conversaciones largas, de obsesiones ajenas, de
preguntas que antes no se hacían. Poco a poco incorporan esos elementos hasta
que un día comienzan a presentarlos como propios.
Y eso tampoco estaría mal.
Lo que resulta extraño es cuando olvidan el origen.
Cuando el conocimiento prestado se transforma en credencial. Cuando la
influencia se disfraza de descubrimiento personal. Cuando la admiración se
convierte en imitación.
Porque hay una diferencia enorme entre inspirarse en
alguien y convertirse en un eco.
La inspiración reconoce sus fuentes. El eco repite sin
memoria.
Lo más curioso no es que adopten conocimientos. Todos
aprendemos de otros. Lo llamativo es la velocidad con la que algunos convierten
saberes prestados en méritos propios. Ser raro no consiste en copiar rarezas.
Ser intelectual no consiste en acumular citas. Acumular libros que no leen. Ser
oscuro no consiste en vestir de negro. Ser extravagante no consiste en parecer
diferente.
Lo verdaderamente raro es encontrar una voz propia.
Muchos llegan intentando parecerse a alguien. Pocos se
quedan el tiempo suficiente para descubrir quiénes son realmente.
Y quizás esa sea la diferencia entre el discípulo y el
imitador: uno aprende para convertirse en sí mismo; el otro aprende para
convertirse en una copia.
A veces tengo la impresión de caminar rodeado de ecos.
Ecos que aprendieron mis palabras, mis referencias y algunos de mis gestos.
Pero que nunca terminaron de comprender aquello que les daba sentido.
Jose Luis Colombini
Narrador del insomnio en Traslasierra como quien fuma
bajo una lluvia que todavía no empezó.

No hay comentarios:
Publicar un comentario