INSTRUCCIONES PARA NAVEGAR POR CRONICAS DEL DESVELO

Bienvenido. Este blog llamado Crónicas del desvelo (https://elgatodelespejo.blogspot.com/) contiene muchos más materiales de los que aparecen en la pantalla inicial. Al ingresar, verá las siete publicaciones más recientes. Cuando llegue al final de la página, encontrará la opción “ENTRADAS ANTIGUAS”. Al hacer clic allí accederá a cinco publicaciones anteriores. Puede repetir este procedimiento sucesivamente hasta llegar a los primeros textos publicados en el blog. En la barra lateral izquierda encontrará el menú “Habitaciones conectadas” (Etiquetas), donde están organizadas las distintas categorías. Si desea leer poemas o textos de una categoría o etiqueta determinada, simplemente haga clic sobre ella. Se abrirán todas las publicaciones relacionadas con esa etiqueta. Si no aparecen todas en una sola página, al final encontrará nuevamente las opciones “ENTRADAS MÁS RECIENTES”, “PÁGINA PRINCIPAL” y “ENTRADAS ANTIGUAS”. Haciendo clic en “ENTRADAS ANTIGUAS” podrá seguir explorando más contenidos vinculados a ese tema. También dispone de un “BUSCADOR”. Allí puede escribir el nombre de un tema, un texto, un verso o una crónica. El blog le mostrará todas las publicaciones relacionadas con su búsqueda. Debajo del buscador encontrará el menú “Mapa de crónicas” . Allí se muestran los títulos de las publicaciones del mes en curso y un listado de meses anteriores. Al hacer clic sobre un mes podrá ver las entradas publicadas durante ese período y acceder a ellas. De esta manera podrá recorrer el blog año por año y mes por mes. Si lo desea, puede dejar sus comentarios al final de cada publicación haciendo clic en “COMENTARIOS”. Este blog se actualiza periódicamente, por lo que siempre podrá encontrar nuevos poemas, crónicas, ensayos, fotografías, videos e imágenes. Gracias por visitar Crónicas del desvelo. Que encuentre aquí alguna palabra que merezca acompañarlo un poco más allá de la pantalla.

John Waters tenía razón

John Waters tenía razón

 

Entré a su departamento y lo primero que vi fue una pared vacía.

Ni una biblioteca. Ni un estante torcido con novelas subrayadas. Ni un Borges abandonado sobre la mesa ratona. Ni siquiera esos libros falsos que la gente compra en Mercado Libre para fingir profundidad intelectual junto a una planta seca y una vela aromática con olor a “bosque nórdico”.

Nada.

Había una televisión gigantesca ocupando el lugar donde antes solía existir alguna forma de memoria. Porque los libros —aunque hoy parezcan objetos arqueológicos— siguen siendo eso: memoria portátil. Un sistema nervioso de papel.

Entonces recordé esa frase brutal de John Waters: “Si vas a la casa de alguien y no tiene libros, no te acuestes con esa persona.”

Hay algo profundamente gracioso —y también un poco triste— en cómo una frase dicha medio en broma terminó convertida en doctrina cultural.

Internet la transformó en un evangelio para lectores solitarios, habitués de librerías independientes y perfiles de Instagram con fotos de café frío apoyado sobre una edición subrayada de El monte análogo.

La frase mutó. Primero fue provocación; después meme; más tarde póster de biblioteca, taza, remera, pizarrón de librería cool. En español incluso perdió parte de la violencia irónica original. Algunos la suavizaron con un “ahí no es”. Otros la volvieron casi motivacional, como si Waters hubiese bajado del monte Sinaí con tablas literarias bajo el brazo.

Pero lo interesante nunca fue la frase. Lo interesante es por qué tanta gente quiso creer en ella. En el fondo, todavía queremos pensar que los libros revelan algo esencial sobre una persona. Como antes lo hacían los discos, las cicatrices o la manera de fumar un cigarrillo. Queremos creer que entrar a una casa y encontrar bibliotecas significa sensibilidad, profundidad, mundo interior. Que entre esos estantes vive alguien que todavía conversa con fantasmas de papel mientras el resto desliza el dedo sobre pantallas brillantes como peces muertos. Y sí, algo de eso hay.

Los libros hablan. Delatan obsesiones. Un ejemplar de 2666 todo doblado no significa lo mismo que una biblioteca armada como decoración beige para videollamadas corporativas. Hay libros comprados para leer y libros comprados para ser vistos. Bibliotecas honestas y bibliotecas LinkedIn.

Pero también hay una trampa en esa romantización. Internet convirtió la lectura en una identidad estética antes que en una experiencia real. Mucha gente ya no lee libros: consume la idea de ser alguien que lee libros. La foto del lomo importa más que el párrafo. La cita compartida en redes sociales, más que la herida que debería dejar el texto. El anaquel, más que la conversación.

Waters entendía perfectamente esa ridiculez. Por eso la frase funciona. Porque no viene desde la solemnidad académica sino desde el humor punk. Él no estaba escribiendo un tratado filosófico sobre el erotismo bibliográfico. Estaba burlándose del mundo y participando de él al mismo tiempo. Como hacen las personas inteligentes cuando saben que toda pose cultural tiene algo de teatro.

La frase persiste porque toca un nervio verdadero: la desesperación de encontrar personas interesantes en una época donde todo parece diseñado para volvernos intercambiables. Los libros aparecen entonces como una señal mínima de resistencia. Un gesto contra el algoritmo de la personalidad prefabricada.

Vivimos rodeados de una fauna de sobacos intelectuales: gente que consume frases pero no ideas. Personas que comparten citas apócrifas atribuidas a Friedrich Nietzsche, Charles Bukowski o Jorge Luis Borges como si la profundidad pudiera descargarse en formato PNG. Gente que tiene bibliotecas enteras usadas como maquillaje moral.

La frase parece un chiste sucio salido de una madrugada alcohólica entre intelectuales queer y punks envejecidos. Pero debajo del sarcasmo hay algo profundamente trágico.

Porque el problema nunca fueron los libros. El problema es qué pasa cuando dejamos de necesitar mundos interiores.

Mientras Hollywood intentaba fabricar belleza higiénica, Waters filmaba freaks, travestis, criminales suburbanos, gordas divinas, gente marginal bailando sobre los restos del sueño americano. Su cine parecía hecho por alguien que hubiese mezclado a Andy Warhol con un basurero en llamas y un sacerdote satánico leyendo a Oscar Wilde. Por algo lo llamaron “El Papa del Trash”. Y aunque muchos no lo notaban, detrás de todo ese mal gusto deliberado había una inteligencia feroz.

Porque el camp —como decía Susan Sontag— no es frivolidad: es una sensibilidad. Una forma de resistencia estética contra la tiranía de lo correcto, lo limpio y lo aceptable.

Waters entendía algo esencial: la cultura dominante siempre intenta domesticar el deseo. Por eso sus películas incomodaban. No por obscenas, sino porque mostraban personas viviendo sin pedir permiso.

Hoy el escándalo ya no es Pink Flamingos. Hoy el escándalo es leer. Leer, en un mundo diseñado para destruir la atención, es casi un acto de sabotaje político.

Convivimos a diario con gente que consume frases pero no ideas. Personas que comparten citas de Nietzsche hechas en Canva sin haber sobrevivido jamás a una página completa de Nietzsche. Tipos que hablan de filosofía después de escuchar tres podcasts. Influencers que “recomiendan libros” como quien recomienda una licuadora.

Mientras tanto, las bibliotecas desaparecen de las casas.

Antes uno entraba a un hogar y podía entender a alguien mirando sus libros. Ahí estaban sus obsesiones, sus fantasmas, sus derrotas privadas. La biblioteca era una autobiografía desordenada.

Ahora entrás y encontrás un aro de luz, una Alexa y una suscripción premium a alguna plataforma donde la gente mira series mientras scrollea TikTok porque incluso la ficción les resulta demasiado lenta.

Walter Benjamin escribió que toda obra cultural contiene también un documento de barbarie. Creo que hoy la barbarie es esta incapacidad para permanecer a solas con una página. Porque leer implica algo insoportable para esta época: silencio.

Y el silencio hoy da pánico.

Tal vez por eso la frase de Waters sigue funcionando tan bien. Porque exagera para señalar una verdad incómoda: no estamos perdiendo solamente lectores. Estamos perdiendo profundidad emocional.

Hay algo sospechoso en la gente que jamás necesitó subrayar una frase para no volverse loca.

Yo desconfío un poco de quienes nunca tuvieron un libro húmedo dentro de la mochila. De quienes jamás se enamoraron de alguien por cómo citaba a Alejandra Pizarnik. De quienes nunca sintieron ese estremecimiento absurdo al encontrar una dedicatoria vieja dentro de una novela usada. Personas perfectamente adaptadas a sobrevivir sin mundo interior. A vivir de acuerdo al algoritmo de moda.

Porque los libros no sirven para volverse inteligentes. Sirven para sobrevivir.

En algún momento de la madrugada pensé que Waters tenía razón.

No se trata de elitismo cultural ni de snobismo literario. Se trata de entender que una persona que nunca leyó quizá tampoco aprendió a habitar otras vidas. Y eso, tarde o temprano, también se nota en la manera en que mira el mundo.

Quizá la frase correcta hoy sería otra.

No: “no te acuestes con alguien que no tiene libros”. Más bien: desconfiá un poco de cualquiera que jamás necesitó profundidad. Porque el problema nunca fueron los libros. El problema es el vacío. La incapacidad de asombro. Y salvo que seas igual a ellos, probablemente no tengan nada para compartir. Ahí, de verdad, quizá no sea.

 Jose Luis Colombini

No hay comentarios:

Publicar un comentario


"Los lectores de Crónicas"

Flag Counter