John Waters tenía razón
Entré a su departamento y lo primero que vi fue una pared
vacía.
Ni una biblioteca. Ni un estante torcido con novelas
subrayadas. Ni un Borges abandonado sobre la mesa ratona. Ni siquiera esos
libros falsos que la gente compra en Mercado Libre para fingir profundidad
intelectual junto a una planta seca y una vela aromática con olor a “bosque
nórdico”.
Nada.
Había una televisión gigantesca ocupando el lugar donde
antes solía existir alguna forma de memoria. Porque los libros —aunque hoy
parezcan objetos arqueológicos— siguen siendo eso: memoria portátil. Un sistema
nervioso de papel.
Entonces recordé esa frase brutal de John Waters: “Si vas
a la casa de alguien y no tiene libros, no te acuestes con esa persona.”
Hay algo profundamente gracioso —y también un poco
triste— en cómo una frase dicha medio en broma terminó convertida en doctrina
cultural.
Internet la transformó en un evangelio para lectores
solitarios, habitués de librerías independientes y perfiles de Instagram con
fotos de café frío apoyado sobre una edición subrayada de El monte análogo.
La frase mutó. Primero fue provocación; después meme; más
tarde póster de biblioteca, taza, remera, pizarrón de librería cool. En español
incluso perdió parte de la violencia irónica original. Algunos la suavizaron
con un “ahí no es”. Otros la volvieron casi motivacional, como si Waters
hubiese bajado del monte Sinaí con tablas literarias bajo el brazo.
Pero lo interesante nunca fue la frase. Lo interesante es
por qué tanta gente quiso creer en ella. En el fondo, todavía queremos pensar
que los libros revelan algo esencial sobre una persona. Como antes lo hacían
los discos, las cicatrices o la manera de fumar un cigarrillo. Queremos creer
que entrar a una casa y encontrar bibliotecas significa sensibilidad,
profundidad, mundo interior. Que entre esos estantes vive alguien que todavía
conversa con fantasmas de papel mientras el resto desliza el dedo sobre
pantallas brillantes como peces muertos. Y sí, algo de eso hay.
Los libros hablan. Delatan obsesiones. Un ejemplar de
2666 todo doblado no significa lo mismo que una biblioteca armada como
decoración beige para videollamadas corporativas. Hay libros comprados para
leer y libros comprados para ser vistos. Bibliotecas honestas y bibliotecas
LinkedIn.
Pero también hay una trampa en esa romantización.
Internet convirtió la lectura en una identidad estética antes que en una
experiencia real. Mucha gente ya no lee libros: consume la idea de ser alguien
que lee libros. La foto del lomo importa más que el párrafo. La cita compartida
en redes sociales, más que la herida que debería dejar el texto. El anaquel,
más que la conversación.
Waters entendía perfectamente esa ridiculez. Por eso la
frase funciona. Porque no viene desde la solemnidad académica sino desde el
humor punk. Él no estaba escribiendo un tratado filosófico sobre el erotismo
bibliográfico. Estaba burlándose del mundo y participando de él al mismo
tiempo. Como hacen las personas inteligentes cuando saben que toda pose
cultural tiene algo de teatro.
La frase persiste porque toca un nervio verdadero: la
desesperación de encontrar personas interesantes en una época donde todo parece
diseñado para volvernos intercambiables. Los libros aparecen entonces como una
señal mínima de resistencia. Un gesto contra el algoritmo de la personalidad
prefabricada.
Vivimos rodeados de una fauna de sobacos intelectuales:
gente que consume frases pero no ideas. Personas que comparten citas apócrifas
atribuidas a Friedrich Nietzsche, Charles Bukowski o Jorge Luis Borges como si
la profundidad pudiera descargarse en formato PNG. Gente que tiene bibliotecas
enteras usadas como maquillaje moral.
La frase parece un chiste sucio salido de una madrugada
alcohólica entre intelectuales queer y punks envejecidos. Pero debajo del
sarcasmo hay algo profundamente trágico.
Porque el problema nunca fueron los libros. El problema
es qué pasa cuando dejamos de necesitar mundos interiores.
Mientras Hollywood intentaba fabricar belleza higiénica,
Waters filmaba freaks, travestis, criminales suburbanos, gordas divinas, gente
marginal bailando sobre los restos del sueño americano. Su cine parecía hecho
por alguien que hubiese mezclado a Andy Warhol con un basurero en llamas y un
sacerdote satánico leyendo a Oscar Wilde. Por algo lo llamaron “El Papa del
Trash”. Y aunque muchos no lo notaban, detrás de todo ese mal gusto deliberado
había una inteligencia feroz.
Porque el camp —como decía Susan Sontag— no es
frivolidad: es una sensibilidad. Una forma de resistencia estética contra la
tiranía de lo correcto, lo limpio y lo aceptable.
Waters entendía algo esencial: la cultura dominante
siempre intenta domesticar el deseo. Por eso sus películas incomodaban. No por
obscenas, sino porque mostraban personas viviendo sin pedir permiso.
Hoy el escándalo ya no es Pink Flamingos. Hoy el
escándalo es leer. Leer, en un mundo diseñado para destruir la atención, es
casi un acto de sabotaje político.
Convivimos a diario con gente que consume frases pero no
ideas. Personas que comparten citas de Nietzsche hechas en Canva sin haber
sobrevivido jamás a una página completa de Nietzsche. Tipos que hablan de
filosofía después de escuchar tres podcasts. Influencers que “recomiendan
libros” como quien recomienda una licuadora.
Mientras tanto, las bibliotecas desaparecen de las casas.
Antes uno entraba a un hogar y podía entender a alguien
mirando sus libros. Ahí estaban sus obsesiones, sus fantasmas, sus derrotas
privadas. La biblioteca era una autobiografía desordenada.
Ahora entrás y encontrás un aro de luz, una Alexa y una
suscripción premium a alguna plataforma donde la gente mira series mientras
scrollea TikTok porque incluso la ficción les resulta demasiado lenta.
Walter Benjamin escribió que toda obra cultural contiene
también un documento de barbarie. Creo que hoy la barbarie es esta incapacidad
para permanecer a solas con una página. Porque leer implica algo insoportable
para esta época: silencio.
Y el silencio hoy da pánico.
Tal vez por eso la frase de Waters sigue funcionando tan
bien. Porque exagera para señalar una verdad incómoda: no estamos perdiendo
solamente lectores. Estamos perdiendo profundidad emocional.
Hay algo sospechoso en la gente que jamás necesitó
subrayar una frase para no volverse loca.
Yo desconfío un poco de quienes nunca tuvieron un libro
húmedo dentro de la mochila. De quienes jamás se enamoraron de alguien por cómo
citaba a Alejandra Pizarnik. De quienes nunca sintieron ese estremecimiento
absurdo al encontrar una dedicatoria vieja dentro de una novela usada. Personas
perfectamente adaptadas a sobrevivir sin mundo interior. A vivir de acuerdo al
algoritmo de moda.
Porque los libros no sirven para volverse inteligentes.
Sirven para sobrevivir.
En algún momento de la madrugada pensé que Waters tenía
razón.
No se trata de elitismo cultural ni de snobismo
literario. Se trata de entender que una persona que nunca leyó quizá tampoco
aprendió a habitar otras vidas. Y eso, tarde o temprano, también se nota en la
manera en que mira el mundo.
Quizá la frase correcta hoy sería otra.
No: “no te acuestes con alguien que no tiene libros”. Más
bien: desconfiá un poco de cualquiera que jamás necesitó profundidad. Porque el
problema nunca fueron los libros. El problema es el vacío. La incapacidad de
asombro. Y salvo que seas igual a ellos, probablemente no tengan nada para
compartir. Ahí, de verdad, quizá no sea.
Jose Luis Colombini

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