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El lugar donde el tiempo me reconoció. Crónica de una estatua, tres regresos y veintitrés años de memoria.


 

El lugar donde el tiempo me reconoció.

Crónica de una estatua, tres regresos y veintitrés años de memoria.

 

Hay algo profundamente extraño en la manera en que algunos lugares nos esperan.

En septiembre de 2003 caminaba por la calle Leopoldo Lugones, frente al Parque Sarmiento, en la ciudad de Córdoba. No buscaba nada en particular hasta que me encontré con esa estatua: un guerrero inmóvil, con casco puntiagudo, lanza y escudo, como si hubiera sido arrancado de otra época y depositado, sin explicación, entre locales comerciales y edificios modernos.

Me pareció una imagen casi bizarra. Saqué la cámara y le hice una fotografía. Después seguí mi camino. Pensé que ahí terminaba la historia. Pero las historias nunca terminan donde uno cree.

Ocho años más tarde volví a pasar por ese mismo lugar. No había ido a buscar la estatua. Ni siquiera recordaba que estuviera allí. Fue un encuentro completamente fortuito. La vi de nuevo y, durante un segundo, el tiempo se dobló sobre sí mismo. Recordé aquella fotografía de 2003, como si hubiera permanecido esperándome todos esos años. Sentí que no estaba simplemente frente a una escultura. Estaba frente a una versión anterior de mí mismo.

Las ciudades tienen esa capacidad. Mientras nosotros cambiamos, ellas conservan ciertos objetos como anclas de la memoria. Uno cree que vuelve a un sitio, pero en realidad vuelve a una persona que ya no existe. La estatua era la misma. El que había cambiado era yo.

Me di cuenta que, sin haberlo planeado, estaba cerrando un círculo. Como si la vida, silenciosamente, hubiera unido dos caminatas separadas por ocho años para recordarme que el tiempo no siempre avanza en línea recta. A veces espera pacientemente en una esquina cualquiera, disfrazado de monumento, hasta que uno regresa.

Desde entonces miro las ciudades de otra manera. Ya no son solamente calles y edificios. Son archivos de nuestra propia existencia. Hay lugares que, sin saberlo, conservan una parte de nosotros hasta que volvemos a encontrarlos.

En 2026 regresé a propósito. Esta vez no llevaba la cámara. Fui solamente a buscar aquella estatua de la calle Leopoldo Lugones, frente al Parque Sarmiento, con la incertidumbre de quien sabe que las ciudades cambian, que los edificios desaparecen y que los monumentos, a veces, son trasladados o terminan olvidados en algún depósito municipal. Pero seguía allí. La misma lanza apuntando al cielo. El mismo escudo. La misma quietud desafiando el paso de los años y el ruido de la ciudad. Veintitrés años después de aquella primera fotografía y quince después del encuentro fortuito, la estatua continuaba custodiando la vereda como si el tiempo hubiera decidido hacer una excepción.

No le tomé una fotografía. No hizo falta.

Había comprendido que ya no necesitaba una tercera imagen para cerrar la historia. La primera había capturado el asombro. La segunda, la casualidad. La tercera existía únicamente en mi memoria, porque hay momentos que dejan de pertenecer a la cámara para pertenecer definitivamente a quien los vivió.

Creo que algunos lugares no solo guardan nuestra memoria: también nos ofrecen la posibilidad de volver a ella. No regresé para fotografiar una estatua. Regresé para comprobar que ciertos recuerdos todavía tienen un lugar en el mundo.

Y mientras me alejaba, pensé que quizá nunca fue la estatua la que me había esperado durante todos esos años. Tal vez fui yo quien necesitó veintitrés años para volver a encontrarla.

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