Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Cuando la loba despierta







Cuando la loba despierta

 

Este es un libro que parece leernos a nosotros. “Mujeres que corren con los lobos” pertenece a esa extraña categoría de obras que, más que ofrecer respuestas, nos recuerdan preguntas olvidadas.

Recuerdo perfectamente cuándo llegó a mis manos. Fue a principios de los años noventa, cuando el libro acababa de aparecer. Yo probablemente no lo habría elegido por mi cuenta. Fue mi madre, que era psicóloga, quien insistió en que lo leyera. Con el tiempo entendí que no me estaba recomendando solamente un libro: me estaba señalando una puerta.

Todavía recuerdo una frase que me dijo entonces. Una de esas frases que las madres lanzan al pasar y que terminan acompañándonos durante décadas:

—Una muchacha que no haya leído este libro jamás será una persona a tu altura y formación intelectual.

Hoy sonrío al recordarla. No porque estuviera necesariamente en lo cierto, sino porque aquella sentencia decía mucho más sobre ella que sobre el libro. Mi madre creía profundamente en la lectura. Creía que ciertos libros ampliaban la sensibilidad, la mirada y la comprensión del mundo. Para ella, leer no era acumular conocimientos sino desarrollar una forma de estar en la vida.

Existe una idea bastante extendida de que la lectura sirve para adquirir cultura. Como si leer fuera una actividad elegante, una especie de adorno intelectual reservado para quienes disfrutan de los libros. Yo creo que ocurre exactamente lo contrario. La lectura no es un lujo. Es una herramienta de supervivencia.

Aprender a leer no consiste únicamente en reconocer letras y palabras. Eso es apenas el primer escalón. Leer es interpretar. Es descubrir relaciones. Es entender por qué los personajes hacen lo que hacen, qué fuerzas los empujan, cuáles son los conflictos que atraviesan una historia y qué cosas permanecen ocultas detrás de lo evidente.

Por eso aquellas preguntas escolares que tanto aburrían a algunos alumnos terminan siendo mucho más importantes de lo que parecían: ¿quién es el protagonista?, ¿cuál es el conflicto?, ¿qué quiere cada personaje?, ¿qué está realmente en juego? No eran preguntas sobre literatura. Eran preguntas sobre la vida.

Porque quien aprende a reconocer conflictos en una novela después puede reconocerlos en un discurso político. Quien aprende a distinguir las motivaciones de un personaje también puede identificar intereses en una noticia, en una publicidad o en una promesa electoral. Quien aprende a leer entre líneas un cuento desarrolla la capacidad de leer entre líneas la realidad. La ficción es una práctica para la realidad.

Si alguien no puede seguir el conflicto de una película, si no logra comprender las tensiones de una historia sencilla, resulta difícil imaginar cómo podrá interpretar fenómenos infinitamente más complejos como la economía, la justicia social, las relaciones de poder o los mecanismos de manipulación.

Es como querer correr una maratón sin poder completar una cuadra.

Entender una novela, una película o un cuento es una cuadra. La realidad es la maratón.

Por eso la lectura durante la infancia y la adolescencia tiene una importancia enorme. No porque forme eruditos. No porque garantice inteligencia. No porque convierta a nadie en escritor. Su verdadera función es entrenar el criterio.

Y el criterio es una forma de libertad.

La persona que ha ejercitado su capacidad de interpretar es menos vulnerable a los discursos simplificadores. Le cuesta más aceptar consignas prefabricadas. Tiene más herramientas para sospechar de las respuestas demasiado fáciles. No necesita una multitud que piense por ella para sentirse segura.

Cuando el criterio es débil, aparece la necesidad de pertenecer a una patota, a una tribu, a un grupo que proporcione respuestas listas para usar. Entonces uno termina repitiendo ideas ajenas como quien repite una contraseña. La sensación de pertenencia reemplaza al pensamiento.

Pero eso no es libertad. La libertad empieza cuando una persona puede sostenerse a sí misma frente al mundo. Cuando es capaz de preguntar, de dudar, de interpretar y de construir sus propias conclusiones.

Quizás por eso mi madre quería que leyera aquel libro.

Porque “Mujeres que corren con los lobos” no era solamente una reflexión sobre la experiencia femenina. Era una invitación a escuchar una voz interior que suele quedar sepultada bajo las exigencias de la familia, la sociedad, la moda o la época.

Por aquellos años yo era un lector voraz, convencido de que la literatura y la filosofía podían explicarlo todo. Sin embargo, en las páginas de Clarissa Pinkola Estés encontré algo diferente. No había teorías cerradas ni fórmulas. Había símbolos, relatos antiguos, intuiciones y una manera de entender la experiencia humana que escapaba a la lógica habitual.

La autora habla de la Mujer Salvaje. El término puede engañar. No se refiere a una criatura feroz ni a una rebelde permanente. Habla de algo más profundo: esa parte intuitiva, creativa y libre que la vida cotidiana suele cubrir con capas de obligaciones, mandatos y silencios.

Los lobos aparecen entonces como una metáfora poderosa. Son animales que conocen los caminos invisibles, que escuchan aquello que los demás no oyen, que conservan intacto un saber antiguo. Para Estés, las mujeres comparten con ellos esa capacidad instintiva de reconocer el peligro, encontrar el rumbo y sobrevivir a las heridas sin perder el alma.

Con los años comprendí que aquel libro también había dejado una huella en mí. Aunque fue escrito pensando en las mujeres, sus páginas hablan de algo universal: la necesidad de escuchar la propia voz cuando el mundo pretende imponernos la suya. La búsqueda de una identidad que no dependa de la aprobación ajena. La importancia de conservar un territorio interior que permanezca libre.

A veces pienso que mi madre sabía todo esto cuando me alcanzó aquel ejemplar recién publicado. Ella, que pasaba la vida escuchando historias ajenas desde su consultorio, intuía que los grandes libros no nos vuelven más inteligentes: nos vuelven más humanos.

Por eso leer importa.

No para aprobar exámenes. No para acumular citas cultas. No para entender mejor los libros. Leer importa porque la realidad está escrita en un idioma complejo.

Y quien nunca entrenó la mirada para descifrar historias termina dependiendo de que otros le expliquen el mundo. La lectura no nos vuelve superiores. Nos vuelve menos manipulables.

Nos da algo mucho más valioso que el conocimiento: nos da criterio. Y el criterio, quizás, sea una de las formas más concretas de la libertad.

Cada vez que vuelvo a pensar en “Mujeres que corren con los lobos”, vuelvo también a escuchar la voz de mi madre. No la de la psicóloga ni la de la lectora apasionada, sino la de una mujer que confiaba en el poder transformador de las palabras.

Quizás esa sea la verdadera herencia que me dejó: la convicción de que algunos libros, cuando llegan en el momento justo, terminan formando parte de nuestra biografía.

 


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