Cuando la loba despierta
Hay libros que parecen leernos a nosotros. “Mujeres que
corren con los lobos” pertenece a esa extraña categoría de obras que, más que
ofrecer respuestas, nos recuerdan preguntas olvidadas.
Recuerdo perfectamente cuándo llegó a mis manos. Fue a
principios de los años noventa, cuando el libro acababa de aparecer. Yo
probablemente no lo habría elegido por mi cuenta. Fue mi madre, que era
psicóloga, quien insistió en que lo leyera. Con el tiempo entendí que no me
estaba recomendando solamente un libro: me estaba señalando una puerta.
Todavía recuerdo una frase que me dijo entonces. Una de
esas frases que las madres lanzan al pasar y que terminan acompañándonos
durante décadas:
—Una muchacha que no haya leído este libro jamás será una
persona a tu altura y formación intelectual.
Hoy sonrío al recordarla. No porque estuviera
necesariamente en lo cierto, sino porque aquella sentencia decía mucho más
sobre ella que sobre el libro. Mi madre creía profundamente en la lectura.
Creía que ciertos libros ampliaban la sensibilidad, la mirada y la comprensión
del mundo. Para ella, leer no era acumular conocimientos sino desarrollar una
forma de estar en la vida.
Existe una idea bastante extendida de que la lectura
sirve para adquirir cultura. Como si leer fuera una actividad elegante, una
especie de adorno intelectual reservado para quienes disfrutan de los libros.
Yo creo que ocurre exactamente lo contrario. La lectura no es un lujo. Es una
herramienta de supervivencia.
Aprender a leer no consiste únicamente en reconocer
letras y palabras. Eso es apenas el primer escalón. Leer es interpretar. Es
descubrir relaciones. Es entender por qué los personajes hacen lo que hacen,
qué fuerzas los empujan, cuáles son los conflictos que atraviesan una historia
y qué cosas permanecen ocultas detrás de lo evidente.
Por eso aquellas preguntas escolares que tanto aburrían a
algunos alumnos terminan siendo mucho más importantes de lo que parecían:
¿quién es el protagonista?, ¿cuál es el conflicto?, ¿qué quiere cada
personaje?, ¿qué está realmente en juego? No eran preguntas sobre literatura.
Eran preguntas sobre la vida.
Porque quien aprende a reconocer conflictos en una novela
después puede reconocerlos en un discurso político. Quien aprende a distinguir
las motivaciones de un personaje también puede identificar intereses en una
noticia, en una publicidad o en una promesa electoral. Quien aprende a leer
entre líneas un cuento desarrolla la capacidad de leer entre líneas la
realidad. La ficción es una práctica para la realidad.
Si alguien no puede seguir el conflicto de una película,
si no logra comprender las tensiones de una historia sencilla, resulta difícil
imaginar cómo podrá interpretar fenómenos infinitamente más complejos como la
economía, la justicia social, las relaciones de poder o los mecanismos de
manipulación.
Es como querer correr una maratón sin poder completar una
cuadra.
Entender una novela, una película o un cuento es una
cuadra. La realidad es la maratón.
Por eso la lectura durante la infancia y la adolescencia
tiene una importancia enorme. No porque forme eruditos. No porque garantice
inteligencia. No porque convierta a nadie en escritor. Su verdadera función es
entrenar el criterio.
Y el criterio es una forma de libertad.
La persona que ha ejercitado su capacidad de interpretar
es menos vulnerable a los discursos simplificadores. Le cuesta más aceptar
consignas prefabricadas. Tiene más herramientas para sospechar de las
respuestas demasiado fáciles. No necesita una multitud que piense por ella para
sentirse segura.
Cuando el criterio es débil, aparece la necesidad de
pertenecer a una patota, a una tribu, a un grupo que proporcione respuestas
listas para usar. Entonces uno termina repitiendo ideas ajenas como quien
repite una contraseña. La sensación de pertenencia reemplaza al pensamiento.
Pero eso no es libertad. La libertad empieza cuando una
persona puede sostenerse a sí misma frente al mundo. Cuando es capaz de
preguntar, de dudar, de interpretar y de construir sus propias conclusiones.
Quizás por eso mi madre quería que leyera aquel libro.
Porque “Mujeres que corren con los lobos” no era
solamente una reflexión sobre la experiencia femenina. Era una invitación a
escuchar una voz interior que suele quedar sepultada bajo las exigencias de la
familia, la sociedad, la moda o la época.
Por aquellos años yo era un lector voraz, convencido de
que la literatura y la filosofía podían explicarlo todo. Sin embargo, en las
páginas de Clarissa Pinkola Estés encontré algo diferente. No había teorías
cerradas ni fórmulas. Había símbolos, relatos antiguos, intuiciones y una
manera de entender la experiencia humana que escapaba a la lógica habitual.
La autora habla de la Mujer Salvaje. El término puede
engañar. No se refiere a una criatura feroz ni a una rebelde permanente. Habla
de algo más profundo: esa parte intuitiva, creativa y libre que la vida
cotidiana suele cubrir con capas de obligaciones, mandatos y silencios.
Los lobos aparecen entonces como una metáfora poderosa.
Son animales que conocen los caminos invisibles, que escuchan aquello que los
demás no oyen, que conservan intacto un saber antiguo. Para Estés, las mujeres
comparten con ellos esa capacidad instintiva de reconocer el peligro, encontrar
el rumbo y sobrevivir a las heridas sin perder el alma.
Con los años comprendí que aquel libro también había
dejado una huella en mí. Aunque fue escrito pensando en las mujeres, sus
páginas hablan de algo universal: la necesidad de escuchar la propia voz cuando
el mundo pretende imponernos la suya. La búsqueda de una identidad que no
dependa de la aprobación ajena. La importancia de conservar un territorio
interior que permanezca libre.
A veces pienso que mi madre sabía todo esto cuando me
alcanzó aquel ejemplar recién publicado. Ella, que pasaba la vida escuchando
historias ajenas desde su consultorio, intuía que los grandes libros no nos
vuelven más inteligentes: nos vuelven más humanos.
Por eso leer importa.
No para aprobar exámenes. No para acumular citas cultas.
No para entender mejor los libros. Leer importa porque la realidad está escrita
en un idioma complejo.
Y quien nunca entrenó la mirada para descifrar historias
termina dependiendo de que otros le expliquen el mundo. La lectura no nos
vuelve superiores. Nos vuelve menos manipulables.
Nos da algo mucho más valioso que el conocimiento: nos da
criterio. Y el criterio, quizás, sea una de las formas más concretas de la
libertad.
Cada vez que vuelvo a pensar en “Mujeres que corren con
los lobos”, vuelvo también a escuchar la voz de mi madre. No la de la psicóloga
ni la de la lectora apasionada, sino la de una mujer que confiaba en el poder
transformador de las palabras.
Quizás esa sea la verdadera herencia que me dejó: la
convicción de que algunos libros, cuando llegan en el momento justo, terminan
formando parte de nuestra biografía.


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