He leído dieciséis libros de Haruki Murakami. La culpable
de esta obsesión tiene nombre: mi hija Vicky, fanática de Murakami desde mucho
antes que yo. Gracias a ella descubrí un universo del que ya no pude salir.
Comparto aquí mis cinco favoritos, aunque antes quiero
hacer una mención especial a un sexto libro.
Si te gusta Murakami —o simplemente disfrutas correr—,
tenés que leer “De qué hablo cuando hablo de correr”. Es una obra hermosa que
permite entender mejor al escritor: su disciplina, sus obsesiones, su manera de
mirar el mundo y, en definitiva, buena parte de la cocina de sus novelas.
“Puesto 5: “Tokio Blues (Norwegian Wood)”
Fue la puerta de entrada a Murakami. Todavía recuerdo
cuánto extrañé a Watanabe cuando terminé la novela y todo lo que me hizo reír
Tropa de Asalto, uno de esos personajes que permanecen mucho tiempo con el
lector.
“Puesto 4: “Al sur de la frontera, al oeste del sol”
Es el libro que más recomiendo a quienes me preguntan por
dónde empezar a leer a Murakami. Es breve, claro, melancólico y reúne muchas de
las virtudes que hacen único al autor.
“Puesto 3 (empate): “Los años de peregrinación del chico
sin color” y “Baila, baila, baila”
No pude elegir uno solo. “Los años de peregrinación del
chico sin color” es una novela profundamente emotiva sobre la identidad, la
pérdida y la amistad. “Baila, baila, baila”, en cambio, cierra de manera
extraordinaria la saga del Ratón y contiene algunas de las páginas más
hipnóticas que escribió Murakami.
“Puesto 2: “Kafka en la orilla”
Si alguien me pidiera una novela que condensara el
universo de Murakami, probablemente elegiría esta. Bibliotecas que parecen
tener vida propia, gatos que hablan, sueños, música y una realidad que se
desliza hacia lo fantástico con absoluta naturalidad. Es una novela
imprescindible.
“Puesto 1: “El fin del mundo y un despiadado país de las
maravillas”
Mi favorita entre las dieciséis que he leído.
No podría explicar con argumentos por qué ocupa el primer
lugar. A veces los mejores libros escapan a cualquier justificación. Solo puedo
recordar la sensación que tuve al cerrar la última página: esa mezcla de
asombro, melancolía y gratitud que muy pocas novelas consiguen despertar.
Hay libros que uno admira. Y hay otros que, sin saber
exactamente cómo, terminan viviendo para siempre con uno. Este, para mí,
pertenece a esa segunda categoría.

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