Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Cuando un país grita al mismo tiempo

Cuando un país grita al mismo tiempo

 

Hay un instante en que Argentina deja de ser un territorio para convertirse en un ruido.

No importa si uno está en Buenos Aires, en Villa Dolores, en Ushuaia o en un departamento perdido del conurbano. Tampoco importa si la pantalla es un televisor de sesenta pulgadas o un celular con la batería agonizando. Cuando la pelota entra, el país entero pronuncia la misma palabra al mismo tiempo.

Gol.

Y durante unos segundos desaparecen las diferencias. La gente se abraza, se grita, se llora.

Esta tarde, frente a Egipto, parecía que el Mundial se nos escapaba entre los dedos. El reloj avanzaba con la crueldad de quien disfruta del sufrimiento ajeno. Dos goles abajo. Un penal errado. La sensación insoportable de que ni Messi podía torcer el destino.

En esos minutos el silencio argentino era extraño. No era resignación. Era esa fe testaruda que solo entiende quien nació mirando fútbol. Esa superstición absurda que obliga a cambiarse de asiento, apagar la televisión diez segundos, dejar de mirar o abrazar una estampita como si todavía viviéramos en la Edad Media, o colocar una cabeza de ajo sobre el televisor.

Porque en Argentina nunca dejamos de creer.

Será porque este es un pueblo acostumbrado a vivir cuesta arriba. Un país que conoce las crisis, las derrotas y las promesas incumplidas. Un país que aprendió, a fuerza de golpes, que rendirse nunca fue una opción. Quizá por eso el fútbol nos representa tanto: porque cuando parece que todo está perdido, seguimos corriendo. Seguimos metiendo. Seguimos creyendo. Lo llamamos garra. Lo llamamos corazón. Lo llamamos huevos. Pero, en el fondo, es la obstinación de un pueblo que hizo de la remontada una forma de existir.

Y entonces ocurrió.

Un gol. Después otro. Y finalmente el tercero.

La remontada fue mucho más que una victoria deportiva. Fue un regreso a esa identidad que este país parece perder durante buena parte del año y recuperar únicamente cuando aparece una camiseta celeste y blanca.

En Villa Dolores, las motos comenzaron a sonar antes del pitazo final. Los primeros bocinazos se mezclaron con el ladrido de los perros, con los vecinos saliendo a las veredas y con las banderas que reaparecen de cajones donde permanecen guardadas durante meses.

Los chicos corrían envueltos en la bandera como si fueran pequeños superhéroes nacionales. Los padres se abrazaban con desconocidos. Los abuelos lloraban sin explicar demasiado. Y nadie preguntaba a quién había votado el otro. Durante una hora y media eso dejó de importar.

Siempre me llamó la atención que los argentinos podamos discutir ferozmente sobre economía, política, literatura, religión o historia, pero que frente a un Mundial recuperemos una especie de idioma común.

No es nacionalismo. Es otra cosa. Es memoria. Cada gol lleva adentro otros goles.

El de Kempes. El de Burruchaga. El de Caniggia. El de Maxi Rodríguez. El de Di María.

El de Messi.

Y ahora esta remontada imposible frente a Egipto, cuando parecía que el campeón estaba condenado a despedirse del torneo y terminó encontrando la épica en los minutos finales.

Porque hay partidos que se ganan con táctica, con talento o con suerte. Y hay otros que se ganan con ese combustible invisible que ningún entrenador puede enseñar. Esa mezcla de orgullo, rebeldía y coraje que en Argentina resumimos en una frase sencilla: no bajar nunca los brazos.

Los festejos siempre se parecen. Bocinazos. Bombos. Gente colgada de las ventanillas.

Abrazos entre personas que jamás volverán a verse. Un muchacho trepado a un semáforo. Un viejo agitando una bandera que seguramente compró para el Mundial del 78. Un niño convencido de que ese caos alegre es el estado natural del mundo.

Después todo volverá a la normalidad.

Regresarán las facturas impagas, las discusiones televisivas, la inflación, los desencuentros, las redes sociales llenas de insultos y las noticias que nos recuerdan que ningún país vive únicamente de sus alegrías.

Pero durante esta tarde ocurrió un milagro pequeño.

Cuarenta y tantos millones de personas respiraron con el mismo pulmón.

Porque el fútbol argentino tiene esa rara capacidad de fabricar comunidad allí donde la realidad insiste en fragmentarnos.

Quizás por eso seguimos emocionándonos. No porque creamos que un partido resuelve los problemas del país. Sino porque, durante noventa minutos, nos recuerda que todavía somos capaces de sentir juntos.

Y porque, cada tanto, la Selección nos devuelve una certeza que hace mucho dejó de pertenecer únicamente al fútbol: mientras haya tiempo en el reloj, mientras quede una pelota rodando y alguien dispuesto a correr detrás de ella, ningún argentino cree del todo en la derrota.

En tiempos donde casi todo nos separa, esa pasión compartida vale mucho más que una clasificación.

Vale la certeza, aunque sea fugaz, de que todavía existe un nosotros.

 

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