Cuando un país grita al mismo tiempo
Hay un instante en que Argentina deja de ser un
territorio para convertirse en un ruido.
No importa si uno está en Buenos Aires, en Villa Dolores,
en Ushuaia o en un departamento perdido del conurbano. Tampoco importa si la
pantalla es un televisor de sesenta pulgadas o un celular con la batería
agonizando. Cuando la pelota entra, el país entero pronuncia la misma palabra
al mismo tiempo.
Gol.
Y durante unos segundos desaparecen las diferencias. La
gente se abraza, se grita, se llora.
Esta tarde, frente a Egipto, parecía que el Mundial se
nos escapaba entre los dedos. El reloj avanzaba con la crueldad de quien
disfruta del sufrimiento ajeno. Dos goles abajo. Un penal errado. La sensación
insoportable de que ni Messi podía torcer el destino.
En esos minutos el silencio argentino era extraño. No era
resignación. Era esa fe testaruda que solo entiende quien nació mirando fútbol.
Esa superstición absurda que obliga a cambiarse de asiento, apagar la
televisión diez segundos, dejar de mirar o abrazar una estampita como si
todavía viviéramos en la Edad Media, o colocar una cabeza de ajo sobre el
televisor.
Porque en Argentina nunca dejamos de creer.
Será porque este es un pueblo acostumbrado a vivir cuesta
arriba. Un país que conoce las crisis, las derrotas y las promesas incumplidas.
Un país que aprendió, a fuerza de golpes, que rendirse nunca fue una opción.
Quizá por eso el fútbol nos representa tanto: porque cuando parece que todo
está perdido, seguimos corriendo. Seguimos metiendo. Seguimos creyendo. Lo
llamamos garra. Lo llamamos corazón. Lo llamamos huevos. Pero, en el fondo, es
la obstinación de un pueblo que hizo de la remontada una forma de existir.
Y entonces ocurrió.
Un gol. Después otro. Y finalmente el tercero.
La remontada fue mucho más que una victoria deportiva.
Fue un regreso a esa identidad que este país parece perder durante buena parte
del año y recuperar únicamente cuando aparece una camiseta celeste y blanca.
En Villa Dolores, las motos comenzaron a sonar antes del
pitazo final. Los primeros bocinazos se mezclaron con el ladrido de los perros,
con los vecinos saliendo a las veredas y con las banderas que reaparecen de
cajones donde permanecen guardadas durante meses.
Los chicos corrían envueltos en la bandera como si fueran
pequeños superhéroes nacionales. Los padres se abrazaban con desconocidos. Los
abuelos lloraban sin explicar demasiado. Y nadie preguntaba a quién había
votado el otro. Durante una hora y media eso dejó de importar.
Siempre me llamó la atención que los argentinos podamos
discutir ferozmente sobre economía, política, literatura, religión o historia,
pero que frente a un Mundial recuperemos una especie de idioma común.
No es nacionalismo. Es otra cosa. Es memoria. Cada gol
lleva adentro otros goles.
El de Kempes. El de Burruchaga. El de Caniggia. El de
Maxi Rodríguez. El de Di María.
El de Messi.
Y ahora esta remontada imposible frente a Egipto, cuando
parecía que el campeón estaba condenado a despedirse del torneo y terminó
encontrando la épica en los minutos finales.
Porque hay partidos que se ganan con táctica, con talento
o con suerte. Y hay otros que se ganan con ese combustible invisible que ningún
entrenador puede enseñar. Esa mezcla de orgullo, rebeldía y coraje que en
Argentina resumimos en una frase sencilla: no bajar nunca los brazos.
Los festejos siempre se parecen. Bocinazos. Bombos. Gente
colgada de las ventanillas.
Abrazos entre personas que jamás volverán a verse. Un
muchacho trepado a un semáforo. Un viejo agitando una bandera que seguramente
compró para el Mundial del 78. Un niño convencido de que ese caos alegre es el
estado natural del mundo.
Después todo volverá a la normalidad.
Regresarán las facturas impagas, las discusiones
televisivas, la inflación, los desencuentros, las redes sociales llenas de
insultos y las noticias que nos recuerdan que ningún país vive únicamente de
sus alegrías.
Pero durante esta tarde ocurrió un milagro pequeño.
Cuarenta y tantos millones de personas respiraron con el
mismo pulmón.
Porque el fútbol argentino tiene esa rara capacidad de
fabricar comunidad allí donde la realidad insiste en fragmentarnos.
Quizás por eso seguimos emocionándonos. No porque creamos
que un partido resuelve los problemas del país. Sino porque, durante noventa
minutos, nos recuerda que todavía somos capaces de sentir juntos.
Y porque, cada tanto, la Selección nos devuelve una
certeza que hace mucho dejó de pertenecer únicamente al fútbol: mientras haya
tiempo en el reloj, mientras quede una pelota rodando y alguien dispuesto a
correr detrás de ella, ningún argentino cree del todo en la derrota.
En tiempos donde casi todo nos separa, esa pasión
compartida vale mucho más que una clasificación.
Vale la certeza, aunque sea fugaz, de que todavía existe
un nosotros.

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