Caminábamos con Daniel —chileno, errante, viajero
incansable, exiliado por herencia aunque no por decreto— y hablábamos de
literatura como se habla de los países perdidos: con amor, rabia y una culpa
que nunca termina de encontrar dueño.
Cada paso era una frontera. Cada baldosa, una dictadura
mal cerrada.
Daniel conserva esa ironía fina que sólo sobrevive en
quienes aprendieron a desconfiar demasiado temprano. Caminábamos sin rumbo, que
es la única manera honesta de hablar de libros. La ciudad olía a humedad, a
café recalentado y a librerías donde los ejemplares envejecen esperando a un
lector que todavía no sabe que los necesita.
—La literatura —dijo Daniel— es un error hermoso.
—O una trampa —contesté—. Como la rayuela: promete cielo
y siempre termina devolviéndote barro.
Saltábamos de un autor a otro como quien juega al tejo
sobre un mapa roto de América Latina.
—Uno no se exilia solamente del país —dijo Daniel—.
También se exilia del idioma.
—Y cuando vuelve, descubre que las palabras cambiaron de
dueño.
Fue entonces cuando lo vimos.
Alto. Desgarbado. Un saco demasiado grande para cualquier
época. Fumaba con la misma naturalidad con que otros respiran.
Julio Cortázar estaba apoyado contra un poste, mirando
ninguna parte. Que es, probablemente, la mejor manera de mirar todas.
No pareció sorprendido de encontrarnos. Tal vez nos
estaba esperando desde hacía décadas.
—Ustedes caminan raro —dijo.
—¿Cómo?
—Como si pensaran.
Daniel me clavó un codazo.
Yo pensé: “la concha de la lora... estamos dentro de un
cuento.”
Cortázar sonrió apenas.
—El exilio empieza cuando tu país deja de hablarte y vos
ya no sabés en qué idioma responderle.
Nos pusimos a caminar con él como si hubiera sido la cosa
más natural del mundo. La literatura enseña una regla sencilla: cuando aparece
lo imposible, no se lo interroga; se lo acompaña.
—Hoy la literatura latinoamericana se vende como
artesanía de lujo —le dije.
—Sí —respondió Julio—. La rebeldía también aprendió a
tener departamento de marketing.
Daniel dejó escapar una risa breve. Una risa de
postdictadura.
Pensé en Hunter Thompson, en Polosecki, en Tom Wolfe. En
ese periodismo que deja de mirar la escena desde afuera y decide embarrarse con
ella.
Esto no era una entrevista. Era una infección.
—¿Todavía sirve escribir? —preguntó Daniel.
Cortázar dejó caer la ceniza.
—Mientras haya alguien intentando domesticar las
palabras, va a hacer falta alguien dispuesto a desobedecerlas.
No dijo más. No hacía falta.
Las calles comenzaron a repetirse. Pasamos dos veces
frente a la misma librería cerrada. En la vidriera había un cartel escrito con
marcador negro.
“NOVEDADES: REEDICIONES DEL PASADO.”
Daniel lo leyó en silencio. Ninguno de los dos comentó
nada.
Al doblar la esquina apareció Borges.
No caminaba.
Esperaba. Como esperan los bibliotecarios cuando saben
que todos terminaremos entrando alguna vez.
—No exageren —dijo sin levantar demasiado la vista—. La
política también es una forma de ficción.
—Pero algunas ficciones torturan.
Borges guardó silencio unos segundos.
—Yo imaginé laberintos. Otros decidieron habitarlos.
Nadie insistió. La conversación siguió respirando.
En otra librería un cartel volvió a detenernos.
"He salido un momento a pedir la mano de Rosaura, la
hija del sastre. Llevo demasiado tiempo solo. Si acepta, huiremos juntos de la
ciudad, nos casaremos en la primera iglesia que encontremos en el camino y
tendremos dos hijos. Al mayor lo llamaremos Anselmo, por mi abuelo. De lo
contrario, volveré en cinco minutos."
Seguimos unos metros.
Más adelante, apoyado contra un bar que probablemente
nunca existió, estaba Roberto Bolaño.
Tenía ojeras de insomnio continental y un cigarrillo
consumiéndose entre los dedos.
Nos observó como se observa a quienes sobrevivieron a una
guerra distinta.
—El problema nunca fue la dictadura —dijo—. El problema
siempre fue el negocio del olvido.
Pensé en los suplementos culturales, en los festivales
literarios, en los algoritmos recomendando novelas inofensivas.
—¿Y el amor? —preguntó Daniel.
Bolaño sonrió.
—El amor dura menos que un poema.
Hizo una pausa.
—Pero un buen poema sigue buscando a quien lo escribió
mucho después de que el amor se fue.
Daniel citó una frase de “Los detectives salvajes”: —"Se
puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con
un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético."
Los tres sonreímos con esa sonrisa incómoda de los
adolescentes que nunca terminamos de dejar de ser.
En un banco, como si hubiera estado allí desde el
principio, Ricardo Piglia escuchaba la conversación. Una vieja grabadora
descansaba sobre sus piernas. No parecía interesado en intervenir. Sólo
registraba. Como hacen los verdaderos narradores.
Cuando finalmente habló, fue apenas un murmullo.
—La literatura no cambia el mundo.
Hizo una pausa.
—Le cambia el relato al poder. Por eso molesta.
Borges aplaudió despacio.
Bolaño apagó el cigarrillo.
Cortázar levantó la vista hacia un cielo donde las nubes
parecían párrafos tachados.
Por un instante tuve la impresión de que ninguno de los
cuatro había muerto.
Simplemente habían dejado de aparecer.
Las fechas empezaron a mezclarse.
1976.
1977.
1978.
Mañana.
Las dictaduras ya no llevaban uniforme. Ahora hablaban el
idioma del mercado. Un editor pasó corriendo con un manuscrito bajo el brazo.
—Esto no vende —gritó—. Demasiado político. Demasiado
triste. Demasiado latinoamericano.
Bolaño lo vio perderse en la esquina.
—Ya volverá.
—¿Quién?
—El mercado siempre regresa cuando se queda sin
imaginación.
Nadie respondió.
De pronto advertimos que otra vez éramos dos. Los
fantasmas habían desaparecido. O quizá habían vuelto a esconderse dentro de los
libros.
La ciudad recuperó su forma. Daniel encendió un
cigarrillo.
—¿Los viste... o los leíste?
Lo pensé un momento.
—No importa.
“Lo importante es que nos caminaron.”
A mitad de cuadra sentí un papel dentro del bolsillo del
saco. No recordaba haberlo guardado.
Era una hoja arrancada de un libro. No tenía número de
página. Sólo una frase escrita a lápiz.
"La literatura siempre llega antes que la historia y
mucho después de los historiadores."
No había firma.
Daniel la leyó.
—¿Quién escribió esto?
Doblé la hoja con cuidado.
—No importa.
Las mejores frases terminan pareciendo anónimas.
Pasamos frente a la librería “Postales Japonesa”. En la
puerta, mi amigo Andrés, que regentea el lugar, había dejado un cartel.
“ESTOY ENFRENTE, EN EL CAFÉ. BUSCAME O PREGUNTÁ POR MÍ.”
Detrás de nosotros alguien tosió. No nos dimos vuelta.
Los fantasmas son como los perros: si sienten que los
llamás, te siguen.
La ciudad volvió a hacer ese ruido extraño que hacen las
bibliotecas cuando nadie las escucha.
Entramos al café. Andrés dejó tres tazas sobre la mesa
sin preguntar cuántos éramos.
Afuera empezaba a llover una lluvia vieja, de esas que
parecen caer desde otra década.
Hablamos de libros, de derrotas, de países que todavía
buscan su idioma.
Cuando salimos, las calles estaban vacías. O eso creímos.
Porque durante un instante alguien encendió un cigarrillo detrás de nosotros.
No nos dimos vuelta.
Hay fantasmas que sólo siguen caminando mientras alguien
siga leyendo.



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