Después de ver Un poeta: crónica de la intemperie en
Traslasierra
Salí de mi casa con la sensación de que me habían
escupido en la cara una verdad que yo ya conocía, pero que me negaba a nombrar.
Había visto en HBO Max “Un poeta”, de Simón Mesa Soto, y en la pantalla no
estaba solamente ese Medellín gris, ese poeta fracasado, esa obstinación casi
patética por escribir versos que nadie lee. En la pantalla estaban Villa
Dolores, Traslasierra y, sobre todo, estaba yo.
Hubiese preferido salir de un cine. Pero una película
como esta no sería rentable; dirían que tiene demasiados diálogos y muy poca
acción.
El poeta de la película —ese hombre que insiste en leerse
en bares vacíos, que corrige adjetivos como si estuviera desactivando una
bomba, que confunde vocación con condena— podría estar ahora mismo sentado en
la plaza Mitre o en la Sarmiento, con un vino barato en la mochila, esperando
que alguien le pregunte qué escribe.
Nadie le va a preguntar.
En Villa Dolores también hay poetas. Hay profesores
suplentes que hablan de Rimbaud en aulas con ventiladores rotos. Hay escritores
que publican en editoriales autogestionadas, imprimen cincuenta ejemplares y
terminan vendiéndolos entre amigos. Hay chicas que escriben en Instagram como
si cada historia fuera una declaración de guerra contra el aburrimiento
serrano. Hay poetas que mueren olvidados en antologías. Pero la realidad
siempre resulta más feroz que cualquier metáfora.
La película no romantiza el fracaso: lo desnuda. Su
protagonista no es un héroe maldito; es un hombre que envejece sin prestigio,
que arrastra una autoestima herida y necesita convencerse de que su
marginalidad fue una elección, y no una expulsión.
Ahí, en ese gesto torpe de autojustificación, reconocí
algo demasiado cercano.
En Traslasierra la palabra "artista" todavía
despierta sospechas. Acá se valora al que trabaja, al que tiene un negocio, al
que construye cabañas para el turismo de verano. El que escribe es, en el mejor
de los casos, un excéntrico. En el peor, un vago ilustrado.
Mientras veía la película pensé en las lecturas de la
Sala de Arte Municipal o de la Biblioteca Sarmiento: quince personas, diez que
ya se conocen, tres familiares que fueron por compromiso y dos curiosos que
entraron porque empezó a llover. Algunos más atentos al celular que al viejo
ritual de la palabra.
Pensé también en esa necesidad absurda —y hermosa— de
leer en voz alta, como si la poesía todavía pudiera alterar algo más que el
algoritmo.
El poeta colombiano fracasa con una dignidad bastante
dudosa. Se aferra a una joven promesa literaria como si pudiera redimirse a
través de ella. Hay algo incómodo en esa relación: el deseo de trascender
mediante el talento ajeno.
Esa incomodidad también existe acá.
En cada taller donde un coordinador proyecta sus propias
frustraciones sobre los alumnos. En cada escritor adulto que necesita que
alguien más confirme que la literatura todavía importa.
Y lo cierto es que en Villa Dolores importa poco. A pesar
de haber sido alguna vez la "Capital de la Poesía" —cuando todavía
los carteles en los ingresos a la ciudad lo recordaban—, hoy importan otras
cosas.
Importa el dólar. El precio de la bolsa de papa. El
turismo. La lluvia. Si el río viene crecido. Si el dique está lleno. Si la
temporada será buena. Si hubo mucha cosecha de algarrobo, porque eso significa
que llovió poco.
Un poema no cambia nada de eso.
Y, sin embargo. Hay algo profundamente subversivo en
insistir.
Escribir aunque nadie pague. Publicar aunque nadie
compre. Leer aunque nadie escuche.
El poeta de “Un poeta” no es un mártir. Es un síntoma. Un
hombre incapaz de aceptar que el mundo no necesita su voz.
Después de la película caminé por la costanera del río
Los Sauces, que cada verano se parece un poco menos a un río y un poco más a
una acequia caudalosa. Mientras avanzaba pensé que quizá la pregunta nunca fue
si el mundo necesita poetas.
La verdadera pregunta es por qué algunos no podemos dejar
de intentar serlo.
En Medellín o en Villa Dolores el problema no es la falta
de talento.
Es la intemperie. Es escribir sin red. Es saber que la
cultura sigue siendo un lujo periférico en territorios donde lo urgente siempre
termina imponiéndose.
La película me dejó una resaca amarga: la intuición de
que la poesía no salva a nadie, pero tampoco deja morir del todo. Es una
enfermedad crónica. Un tic nervioso del alma.
Y en este rincón de Córdoba, donde el atardecer tiñe las
sierras de un naranja perfecto que ningún verso conseguirá mejorar, uno termina
entendiendo la ironía.
La realidad ya es demasiado estética.
Lo difícil no es describirla. Lo difícil es justificar
por qué seguimos haciéndolo.
Quizá el verdadero gesto gonzo no consista en exagerar la
experiencia, sino en admitirla sin maquillaje: escribir desde la derrota,
sabiendo que nadie está esperando el texto. Como el poeta de la película. Como
tantos de acá. Como yo, ahora mismo, terminando esta crónica mientras en la
calle pasa una moto y alguien grita que mañana vuelve a subir la carne.

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