El lado B del amor
Salgo a la calle con este texto ardiéndome en el pecho
como si fuera una proclama mal doblada en el bolsillo interno de la campera.
Llueve una llovizna berreta, de esas que no limpian nada pero terminan
empapándote igual. Camino sin rumbo y pienso que el amor, tal como nos
enseñaron a vivirlo, se parece bastante a esa lluvia: cae despacio, parece
inofensiva y, cuando querés acordarte, ya te atravesó hasta los huesos.
Las vidrieras están llenas de promesas. Perfumes que
prometen seducir, alianzas que prometen eternidad, departamentos para
"empezar una nueva vida", colchones donde supuestamente duerme la
felicidad. Todo parece decir lo mismo: el amor se compra, se financia, se
demuestra con cosas. Como si el afecto fuera una inversión y la pareja, un
patrimonio.
Pienso cuánta gente estará hoy más preocupada por pagar
la cuota de una vida que ya no desea que por preguntarse si todavía ama.
El capitalismo no solo vende objetos. También vende
formas de vincularnos. Nos enseñó que amar es proveer, aguantar, rendir examen
todos los días. Que toda relación necesita balances: cuánto di, cuánto recibí,
cuánto me debe el otro. Una masculinidad contable que convierte los
sentimientos en una planilla de Excel y la ternura en una inversión de riesgo.
Sigo caminando con esa bronca seca que no necesita gritar
para hacerse sentir. Esa que endurece la mandíbula y acelera el paso.
Porque junto con ese amor convertido en mercancía vino
otro aprendizaje, todavía más viejo: el patriarcado.
A los hombres nos enseñaron a amar como se enseña a
pelear. Resistí. Bancá. No aflojés. Si duele, es porque vale. Si controla, es
porque cuida. Si cela, es porque ama.
Mentira.
El control nunca fue cuidado. Solo fue miedo buscando
otro nombre.
Recuerdo a alguien —siempre hay alguien— que empezaba
diciendo "avisame cuando llegues". Después vino el "¿por qué
tardaste?". Más tarde, "esa amistad no me gusta", "esa ropa
no va con vos", "yo solo quiero lo mejor para vos".
Así funciona el poder.
Nunca entra pateando la puerta. Se sienta despacio, te
sirve un café y te habla bajito. Cuando querés darte cuenta, ya reorganizó tu
vida.
Eso tampoco era amor.
Era administración de un cuerpo ajeno.
Entonces también me acuerdo de mí. Más joven. Más duro.
Convencido de que ser hombre era no dudar nunca, no mostrar miedo, no pedir
ayuda. Creía que amar era aguantar en silencio o decidir por los dos. Nadie me
enseñó que escuchar también es una forma de valentía. Que aflojar no siempre es
rendirse. A veces es dejar de romper lo que uno dice querer.
Entro a un bar cualquiera. Huele a café recalentado y a
medialunas que ya conocieron tiempos mejores. En una mesa, una pareja comparte
el silencio mirando cada uno su celular. Están juntos, pero pareciera que cada
pantalla sostiene una conversación más importante que la que podrían tener
entre ellos.
Pienso que el mercado necesita exhibiciones permanentes
del amor. Fotos, estados, regalos, aniversarios convertidos en contenido. Todo
debe poder mostrarse, medirse, compartirse.
El amor verdadero, en cambio, casi nunca hace ruido. No
necesita espectadores. Necesita responsabilidad.
Porque amar no consiste en convertirse en el jefe
emocional de nadie. No es salvar. No es corregir. No es dirigir una vida ajena
como si uno supiera mejor.
Amar es aceptar que la otra persona tiene un mundo propio
al que nunca vamos a acceder del todo.
Y respetarlo. Eso es mucho más difícil que controlar.
El amor que vale no necesita una roca. Necesita un
compañero. Alguien capaz de celebrar que el otro cambie, incluso cuando ese
cambio obligue a revisar la relación. Alguien que no confunda presencia con
posesión ni cuidado con vigilancia.
Es un trabajo incómodo. Escuchar antes de responder. Preguntar
antes de asumir.
Acompañar sin invadir. Cuidar sin encadenar.
Hacerse cargo de la propi mierda antes de descargarla
sobre el cuerpo de quien tenemos al lado.
Ese es el lado B del amor. El que no aparece en las
publicidades. El que no puede venderse porque no produce consumidores más
obedientes.
Es un amor profundamente político porque rompe con la
lógica de la propiedad. No necesita que el otro sea pequeño para sentirse
grande. No exige obediencia para sentirse seguro. No administra cuerpos ni
emociones como si fueran bienes privados.
El amor revolucionario no promete tranquilidad eterna.
Promete libertad.
La libertad de que la otra persona pueda crecer sin pedir
permiso. Cambiar de opinión. Discutir. Tener proyectos propios. Irse, incluso,
si quedarse significa dejar de ser quien es. Porque elegir todos los días vale
infinitamente más que permanecer por miedo.
Pago el café y vuelvo a salir. La lluvia sigue cayendo. Pero
ya no me pesa igual.
Tal vez porque entendí algo mientras caminaba.
Yo no quiero un amor que me compre ni que me vigile. No
quiero un amor que necesite convertirme en dueño para hacerme sentir
importante. Quiero uno que camine al lado. Que discuta cuando haga falta. Que
sostenga sin encadenar. Que celebre la libertad del otro aunque esa libertad
incomode.
Porque el amor no vino a convertirnos en propietarios. Vino
a recordarnos que nadie pertenece a nadie. Y en un mundo obsesionado con
poseerlo todo, amar de esa manera ya es una forma de revolución.
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