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9 de julio: la independencia pendiente


 

9 de julio: la independencia pendiente

 

Cada 9 de julio volvemos a escuchar la misma palabra: independencia.

La pronuncian los políticos, los maestros, los locutores de televisión. Aparecen banderas en las plazas, escarapelas olvidadas en algún cajón y discursos que repiten una historia conocida de memoria. Tucumán. 1816. Los congresales. La Casa Histórica. La ruptura con la Corona española.

Pero siempre me pregunto si la independencia terminó ese día o si apenas empezó.

Porque declarar la libertad es un acto político. Vivirla es otra cosa.

Camino por las calles de Villa Dolores mientras el frío de julio parece congelar también las conversaciones. Los comercios abren igual que cualquier miércoles. Hay gente preocupada por llegar a fin de mes, jubilados contando monedas en la farmacia, jóvenes que sueñan con irse porque sienten que el futuro habla otro idioma. Entonces la palabra independencia adquiere un espesor distinto.

¿Qué significa ser independiente cuando el miedo organiza nuestras decisiones?

¿Cuando el mercado decide cuánto vale nuestro tiempo, las redes sociales moldean nuestros deseos y los algoritmos terminan conociéndonos mejor que nosotros mismos?

Los hombres de 1816 discutían sobre imperios. Nosotros discutimos con pantallas.

Ellos buscaban emanciparse de un rey lejano. Nosotros, muchas veces, ni siquiera advertimos las nuevas formas de dependencia. Dependemos de la aprobación ajena, del consumo permanente, de la velocidad, de la productividad obligatoria, de la necesidad de convertir cada instante en contenido.

Tal vez la colonia ya no tenga virreyes.

Tal vez ahora se parezca más a una notificación.

Pienso también en mis padres. En esa generación que creyó que la independencia era inseparable de la justicia social, de la igualdad y de la dignidad. Pienso en los que dieron la vida por un país mejor y en los que todavía siguen creyendo que una patria no puede medirse solamente por sus indicadores económicos.

La historia argentina está hecha de avances, retrocesos y heridas. Somos un pueblo acostumbrado a levantarse después de cada caída. Quizás por eso desconfiamos tanto de las promesas y, al mismo tiempo, seguimos apostando a ellas. Hay algo profundamente argentino en seguir imaginando un futuro incluso cuando la realidad parece empeñada en negarlo.

La independencia tampoco ocurre una sola vez.

Sucede cada vez que alguien decide pensar por sí mismo. Cuando un escritor publica un texto incómodo. Cuando un docente enseña a preguntar antes que a obedecer. Cuando un lector abre un libro que contradice todas sus certezas. Cuando un trabajador conserva su dignidad aunque el mundo le diga que es apenas un número.

Cuando un artista crea sin pedir permiso.

La verdadera emancipación empieza ahí: en la conciencia.

No hay patria libre si sus ciudadanos renuncian a pensar. No hay bandera capaz de cubrir una sociedad que acepta el conformismo como destino.

Quizás por eso Borges desconfiaba de los nacionalismos estridentes y prefería hablar de la tradición como una conversación infinita. Quizás por eso tantos escritores argentinos encontraron en la literatura una forma de independencia interior. Porque existen cadenas visibles y otras mucho más eficaces: las que terminamos aceptando sin discutir.

Este 9 de julio no siento la necesidad de repetir consignas. Prefiero hacerme preguntas.

¿Qué tan libre soy de verdad?

¿Cuántas decisiones son realmente mías?

¿Cuánto de lo que deseo fue elegido por mí y cuánto fue cuidadosamente sembrado por otros?

Tal vez la independencia no sea una fecha. Sea una práctica. Un ejercicio cotidiano de lucidez. Una obstinación por defender el pensamiento crítico en tiempos de simplificaciones, por sostener la sensibilidad en una época que premia el cinismo y por seguir creyendo que la cultura, la educación y la memoria siguen siendo formas silenciosas de soberanía.

Hace doscientos diez años un grupo de hombres firmó un acta.

Nosotros todavía estamos escribiendo la nuestra.

Y quizás esa sea la verdadera tarea de cada generación: conquistar una libertad que nunca termina de conquistarse.

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