La frase en una lápida
Hay momentos que parecen insignificantes mientras
ocurren. Décadas después descubrimos que en realidad fueron el principio de
casi todo.
Para mí, uno de esos momentos ocurrió en 1985.
Con Walter Ochoa acabábamos de comprar “Live After
Death”, el disco en vivo de Iron Maiden. En realidad, el cassette doble. Lo
abríamos y cerrábamos una y otra vez, maravillados con la ilustración de Derek
Riggs. Eddie emergía de su tumba entre rayos, cadenas y cementerios. Cada
centímetro del dibujo escondía algo.
De pronto vimos una lápida. Estaba escrita en inglés.
Nos sentamos con una lupa y un diccionario. No existía
Internet. Si querías saber algo había que perseguir las palabras una por una.
Después de un buen rato conseguimos traducir la
inscripción.
“No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el
paso de extraños eones, incluso la misma muerte puede morir.“
Abajo había una firma.
“H. P. Lovecraft.”
No sabía quién era. Pero esa frase quedó clavada en mi
cabeza. Unos días después le pregunté a mi amigo Hipólito. En realidad se
llamaba Jorge. Pero para todos era Hipólito. Era cuatro años mayor que yo y, a
esa edad, cuatro años eran una eternidad. Él ya había leído autores de los que
yo apenas había oído hablar. Escuchaba discos que todavía no llegaban a mis
manos. Tenía esa mezcla de curiosidad y generosidad que poseen las personas
incapaces de guardarse un libro que aman.
—¿Vos conocés a Lovecraft?
Me miró, sonrió y unos días más tarde apareció con un
ejemplar de “Mitos y relatos de Cthulhu”.
—Llevátelo.
Nunca imaginó lo que acababa de hacer. Abrí ese libro y
entré en un universo del que jamás salí.
Después llegaron “La llamada de Cthulhu”, “El color que
cayó del cielo”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth”
pero el primero siempre fue aquel libro prestado por Hipólito.
Con él también descubrí a Edgar Allan Poe. Un día me
alcanzó “La narración de Arthur Gordon Pym”. Todavía recuerdo la sensación que
me dejó ese final. No entendía cómo una novela podía terminar así. Era como si
la historia continuara mucho después de cerrar el libro. Durante semanas no
pude dejar de pensar en esas últimas páginas. Creo que fue la primera vez que
comprendí que la literatura no siempre responde preguntas. A veces hace
exactamente lo contrario.
Hipólito no solamente me prestaba libros. Leíamos poesía.
Pasábamos tardes enteras hablando de versos, de música y de escritores.
Recuerdo especialmente un verano. Sus padres y sus
hermanas se habían ido de vacaciones a Mar del Plata y él se había quedado solo
en la casa.
Era enero. El calor era insoportable. Terminamos los dos
metidos en una pelopincho a las dos de la madrugada, tomando vino mientras
sonaba “Ummagumma”, de Pink Floyd en vinilo.
Éramos dos pibes convencidos de que la poesía podía
cambiar el mundo.
Hoy me emociona recordar esa escena. No hablábamos de
trabajo. No hablábamos de dinero. No hablábamos del futuro. Hablábamos de
Rimbaud, de Poe, de Lovecraft, de Pink Floyd. Y nos alcanzaba.
Han pasado más de cuarenta años.
Todavía conservo aquel cassette de “Live After Death”.
También la edición en CD y, hace poco, sumé el vinilo. Cada vez que miro la
tapa vuelvo a buscar aquella lápida. Ya no necesito la lupa ni el diccionario.
La frase vive en mi memoria desde hace décadas.
También sigo comprando a Lovecraft.
Tengo varias ediciones, distintas traducciones y
colecciones completas. No porque crea que un libro vale más por repetido, sino
porque cada traducción ilumina un rincón diferente del mismo universo.
Mi gato se llama Lovecraft. No fue una ocurrencia. Fue un
homenaje.
Hipólito murió hace unos años. Y, sin embargo, sigue
apareciendo cada vez que abro uno de esos libros.
A veces pienso que la verdadera herencia no son las cosas
que nos dejan cuando alguien muere. Son las pasiones que sembraron mientras
estaban vivos.
Hipólito no me dejó dinero. No me dejó propiedades. Me
dejó algo infinitamente más valioso. Me enseñó que un libro puede cambiar una
vida.
Que una frase encontrada en la tapa de un disco puede
abrir la puerta de un universo entero.
Y que la amistad también consiste en eso: en reconocer
una pasión en otro y decirle, simplemente:
—Llevátelo.
Tenés que leer esto.

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