Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

La frase en una lápida

La frase en una lápida

 

Hay momentos que parecen insignificantes mientras ocurren. Décadas después descubrimos que en realidad fueron el principio de casi todo.

Para mí, uno de esos momentos ocurrió en 1985.

Con Walter Ochoa acabábamos de comprar “Live After Death”, el disco en vivo de Iron Maiden. En realidad, el cassette doble. Lo abríamos y cerrábamos una y otra vez, maravillados con la ilustración de Derek Riggs. Eddie emergía de su tumba entre rayos, cadenas y cementerios. Cada centímetro del dibujo escondía algo.

De pronto vimos una lápida. Estaba escrita en inglés.

Nos sentamos con una lupa y un diccionario. No existía Internet. Si querías saber algo había que perseguir las palabras una por una.

Después de un buen rato conseguimos traducir la inscripción.

 

“No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el paso de extraños eones, incluso la misma muerte puede morir.“

Abajo había una firma.

“H. P. Lovecraft.”

 

No sabía quién era. Pero esa frase quedó clavada en mi cabeza. Unos días después le pregunté a mi amigo Hipólito. En realidad se llamaba Jorge. Pero para todos era Hipólito. Era cuatro años mayor que yo y, a esa edad, cuatro años eran una eternidad. Él ya había leído autores de los que yo apenas había oído hablar. Escuchaba discos que todavía no llegaban a mis manos. Tenía esa mezcla de curiosidad y generosidad que poseen las personas incapaces de guardarse un libro que aman.

—¿Vos conocés a Lovecraft?

Me miró, sonrió y unos días más tarde apareció con un ejemplar de “Mitos y relatos de Cthulhu”.

—Llevátelo.

Nunca imaginó lo que acababa de hacer. Abrí ese libro y entré en un universo del que jamás salí.

Después llegaron “La llamada de Cthulhu”, “El color que cayó del cielo”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth” pero el primero siempre fue aquel libro prestado por Hipólito.

Con él también descubrí a Edgar Allan Poe. Un día me alcanzó “La narración de Arthur Gordon Pym”. Todavía recuerdo la sensación que me dejó ese final. No entendía cómo una novela podía terminar así. Era como si la historia continuara mucho después de cerrar el libro. Durante semanas no pude dejar de pensar en esas últimas páginas. Creo que fue la primera vez que comprendí que la literatura no siempre responde preguntas. A veces hace exactamente lo contrario.

Hipólito no solamente me prestaba libros. Leíamos poesía. Pasábamos tardes enteras hablando de versos, de música y de escritores.

Recuerdo especialmente un verano. Sus padres y sus hermanas se habían ido de vacaciones a Mar del Plata y él se había quedado solo en la casa.

Era enero. El calor era insoportable. Terminamos los dos metidos en una pelopincho a las dos de la madrugada, tomando vino mientras sonaba “Ummagumma”, de Pink Floyd en vinilo.

Éramos dos pibes convencidos de que la poesía podía cambiar el mundo.

Hoy me emociona recordar esa escena. No hablábamos de trabajo. No hablábamos de dinero. No hablábamos del futuro. Hablábamos de Rimbaud, de Poe, de Lovecraft, de Pink Floyd. Y nos alcanzaba.

Han pasado más de cuarenta años.

Todavía conservo aquel cassette de “Live After Death”. También la edición en CD y, hace poco, sumé el vinilo. Cada vez que miro la tapa vuelvo a buscar aquella lápida. Ya no necesito la lupa ni el diccionario. La frase vive en mi memoria desde hace décadas.

También sigo comprando a Lovecraft.

Tengo varias ediciones, distintas traducciones y colecciones completas. No porque crea que un libro vale más por repetido, sino porque cada traducción ilumina un rincón diferente del mismo universo.

Mi gato se llama Lovecraft. No fue una ocurrencia. Fue un homenaje.

Hipólito murió hace unos años. Y, sin embargo, sigue apareciendo cada vez que abro uno de esos libros.

A veces pienso que la verdadera herencia no son las cosas que nos dejan cuando alguien muere. Son las pasiones que sembraron mientras estaban vivos.

Hipólito no me dejó dinero. No me dejó propiedades. Me dejó algo infinitamente más valioso. Me enseñó que un libro puede cambiar una vida.

Que una frase encontrada en la tapa de un disco puede abrir la puerta de un universo entero.

Y que la amistad también consiste en eso: en reconocer una pasión en otro y decirle, simplemente:

—Llevátelo.

Tenés que leer esto.

 

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