Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El trago que se bebe contra el miedo


 

El trago que se bebe contra el miedo

 

En las tradiciones de cualquier cultura existen bebidas que se toman para brindar y otras para olvidar. Pero en esta parte del mundo, tenemos un ritual que se bebe para seguir adelante.

La caña con ruda no nació en un laboratorio ni en una destilería de prestigio. Nació donde nacen las cosas importantes: en el borde de la necesidad. En los pueblos guaraníes, donde agosto no era un mes cualquiera. Era el tiempo del frío persistente, de las enfermedades, de la tierra que todavía no devolvía lo sembrado. Agosto era una prueba.

Quizá por eso nuestros abuelos nunca dijeron "feliz primero de agosto". Decían otra cosa, más sencilla y más profunda: "¿Ya tomaste la caña con ruda?".

La pregunta no era gastronómica. Era una forma de cuidar al otro.

La botella suele pasar el resto del año en un rincón oscuro de la alacena. Parece un objeto cualquiera: vidrio, caña, unas ramas de ruda flotando como si el tiempo hubiera quedado suspendido dentro. Pero cuando llega el primer día de agosto, esa botella deja de ser una bebida y se convierte en una ceremonia.

Siete sorbos, dicen algunos. Tres tragos, responden otros. Hay quienes prefieren un vaso entero. Como toda tradición verdadera, nunca necesitó ponerse de acuerdo en los detalles. Lo esencial siempre fue el gesto.

Porque nadie cree, en el fondo, que unas hojas maceradas puedan cambiar el destino. Lo que cambia el destino es otra cosa: la necesidad profundamente humana de encontrar un pequeño refugio frente a la incertidumbre.

Vivimos rodeados de tecnología, algoritmos y estadísticas. Sabemos explicar casi todo. Sin embargo, cada primero de agosto seguimos levantando un vaso de caña con ruda. No por ignorancia, sino porque hay preguntas que la ciencia responde y otras que pertenecen al territorio de los símbolos.

Todos necesitamos creer, aunque sea por un instante, que existe un ritual capaz de espantar los malos tiempos.

Tal vez por eso esta costumbre sobrevivió a las generaciones. Pasó de los pueblos originarios a las familias criollas, de los patios de tierra a los departamentos de las ciudades. Sobrevivió porque nunca habló solamente de una bebida. Habló del deseo obstinado de seguir vivos.

Cada sorbo es una conversación silenciosa con quienes estuvieron antes. Con los abuelos que preparaban la botella meses antes, con las madres que recordaban la fecha, con los vecinos que golpeaban la puerta para preguntar si ya era hora de brindar contra agosto.

En tiempos donde casi todo parece descartable, la caña con ruda nos recuerda que algunas tradiciones no se sostienen por obligación, sino por afecto.

Y quizás ahí resida su verdadero poder. No en ahuyentar la mala suerte.

Sino en recordarnos, una vez al año, que nadie atraviesa los inviernos completamente solo cuando todavía existen rituales compartidos.

 

 

En agosto

una vieja trajo caña

y ardió la noche

en la garganta.

Uno a uno

se fueron los demonios

para que agosto

no secreteara

con la muerte,

una vieja trajo caña

y ruda

dijo, por ocultos designios

de la mente,

para que el corazón

no descienda esta quebrada.

El primero de agosto

una mujer

conjuro en la piel

magia

y deseo.

 

Andrés Utello

De su libro Enebro año 2005 Ediciones La Luna Que

Schopenhauer desayuna conmigo

 

Schopenhauer desayuna conmigo

 

Me levanto y el mundo ya está ahí, reclamando algo. Que produzca. Que desee. Que mejore. Que sea feliz. Como si la felicidad fuera un trámite pendiente en la AFIP del alma.

Yo, en cambio, desayuno despacio. Abro un libro por cualquier página. Vuelvo a una película que casi nadie recuerda. Escucho discos que hace años dejaron de sonar en la radio y fotografío lluvias, sombras o ventanas como si todavía escondieran algún secreto. Hay quienes coleccionan experiencias; yo he coleccionado obsesiones. Nunca aprendí a distinguir del todo cuándo estaba viviendo y cuándo simplemente estaba reuniendo material para escribir sobre ello.

Durante años estuve convencido de que jamás podría realizarme —ni mucho menos ser feliz— hasta encontrar a la mujer adecuada. Esa certeza no nació de la experiencia, sino de una educación sentimental bastante defectuosa: canciones de post-punk y dark escuchadas como si fueran tratados de filosofía; novelas y películas interpretadas con más melancolía que inteligencia; una sensibilidad casi SAD (Seasonal Affective Disorder), capaz de convertir cualquier tarde nublada en la prueba irrefutable de que el universo estaba mal construido. Todo parecía repetir la misma idea: que el amor era la condición indispensable para justificar la existencia.

Como era de esperar, las mujeres reales rara vez se parecían a las que yo había imaginado entre discos, libros y películas. El problema nunca fueron ellas. El problema era el guion que yo llevaba escrito de antemano.

Schopenhauer lo habría entendido enseguida. Después de todo, parecía convencido de que el día empezaba mal simplemente porque empezaba.

Con los años comprendí que el error no era enamorarme. El error era creer que la felicidad era un lugar al que se llega. Una meta. Un premio. Una fotografía sonriente subida a Instagram con un filtro Valencia y una frase robada de un estoicismo mal digerido. Pero no.

Para Schopenhauer, vivir significa estar sometidos a la Voluntad: una fuerza ciega e insaciable que jamás deja de empujarnos hacia un nuevo deseo. Deseás. Conseguís.

Te acostumbrás. Te aburrís. Y volvés a desear.

No hay descanso. Apenas una tregua entre dolores.

La felicidad, sostenía desde su escritorio oscuro del siglo XIX, no es un estado positivo. Es, en el mejor de los casos, la interrupción momentánea del sufrimiento. El placer no es felicidad; es apenas el instante en que el dolor sale a tomar un café antes de regresar. Por eso la vida no es heroica ni trágica. Es repetitiva.

El mundo no está mal diseñado. Está diseñado exactamente así. Si fuera un lugar pensado para hacernos felices, probablemente no necesitaríamos alcohol, música, sexo, pantallas, libros de autoayuda ni frases motivacionales impresas en una taza. Gran parte de lo que llamamos disfrute no deja de ser una forma elegante de anestesia.

Schopenhauer no te dice: "Sé feliz". Te dice algo bastante más incómodo: "No seas ingenuo." No esperes demasiado. No conviertas cada expectativa en una deuda que el mundo jamás prometió pagar. No hagas depender tu paz de aquello que nunca estuvo bajo tu control.

La sabiduría no consiste en conquistar la felicidad, sino en reducir el sufrimiento evitable. Lo demás llega solo, casi siempre sin invitación.

Aun así, existen pausas. El arte, por ejemplo. Escuchás una canción. Leés un poema. Mirás una película que no necesita un final feliz para justificar su existencia.

Durante unos minutos dejás de querer cosas. Dejás de perseguir objetivos. Dejás de ser alguien empujado por la Voluntad para convertirte simplemente en alguien que contempla. Y, apenas por un instante, el mundo deja de doler. Después vuelve.

La ética tampoco salva. Ser una buena persona no garantiza la felicidad. Pero, al menos, evita aumentar el infierno de los demás. La compasión no corrige el mundo; apenas baja un poco el volumen del grito colectivo. Y si uno decide ir todavía más lejos —si ya está cansado de perder siempre la misma batalla— aparece el ascetismo: querer menos, necesitar menos, esperar menos. No como una virtud moral ni como un sacrificio heroico, sino como una estrategia de supervivencia.

Schopenhauer no promete luz al final del túnel. Promete algo bastante más honesto:

Menos golpes contra las paredes.

En un mundo obsesionado con "estar bien", imagino a Schopenhauer sentado en la barra de un bar, con un café ya frío entre las manos. No levantaría demasiado la voz. Simplemente diría: —No vinimos a ser felices. Vinimos a aprender a soportar la existencia con un poco de dignidad. Y, curiosamente, cuando uno deja de perseguir la felicidad como si fuera una obligación moral, aparece algo inesperado. No alegría. No euforia. Lucidez. Una forma silenciosa de paz que ya no necesita engañarse para existir.

Quizá Schopenhauer nunca aprendió a ser feliz. Pero sí aprendió algo mucho más difícil: dejar de exigirle al mundo aquello que el mundo jamás prometió.

Desde entonces, cada mañana desayuna conmigo. No para amargarme el café.

Sino para recordarme que, a veces, vivir con menos ilusiones también puede ser una forma de libertad.


"Los lectores de Crónicas"

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