
Santa Santuarium: crónica de una casa que me piensa
cuando yo dejo de hacerlo
Mi casa no es una casa.
Es una trinchera con olor a papel viejo, madera gastada y
plástico recién salido de fábrica. Un refugio mental cuyas paredes están
tapizadas de obsesiones, como si cada objeto fuera una prueba de que estuve
vivo en distintos momentos y no en uno solo.
Villa Dolores, afuera, es tranquila. Casi sospechosamente
tranquila.
Pero adentro...
Adentro es otra cosa.
Hay vinilos que crujen como si hablaran en código Morse
desde otra época. Discos que no giran: invocan. Agujas —o púas, como les
llamábamos antes— que no bajan sobre los surcos: perforan la memoria.
Y los cassettes... esos pequeños ataúdes de sonido
magnético donde todavía respiran voces que ya no existen. Rebobinar uno es como
retroceder en el tiempo con una birome Bic: torpe, manual, absolutamente
necesario.
Los discos compactos están ahí, alineados como si todavía
importara el orden.
Brillan. Reflejan. Aunque reflejar es tarea de los
espejos. Estos no reflejan nada.
Devuelven estados de ánimo encapsulados en plástico.
Cada CD es una versión mía que no encontró otra manera de
explicarse.
Ira comprimida en las pistas tres y siete.
Melancolía escondida en un bonus track que nadie escucha.
Euforia barata en un hit que hoy me da un poco de
vergüenza.
No son recuerdos. Son diagnósticos. Y sin embargo, el
mundo insiste en otra lógica.
Afuera todo es comprobante, factura, validación.
—No podés entregarme una boleta si "trabajo en una
evaluación final".
Me dicen. Y tienen razón.
Porque lo que hago acá no cotiza. No tiene código de
barras. No entra en ningún sistema.
Nadie paga por sostener versiones de sí mismo
distribuidas entre vinilos, cassettes, discos, libros y objetos que para otros
son simples adornos.
Pero es el único trabajo que no puedo abandonar. El único
que no se subarrienda.
El único que, cuando todo termina, sigue sonando.
Después están los libros.
Apilados. Ordenados. Desordenados. Conspirando entre sí.
La mayoría leídos. Otros apenas rozados. Otros esperando,
pacientes, como perros fieles que algún día vuelva a mirarlos a los ojos.
No son decoración. Son testigos. Son coartadas.
Son versiones alternativas de mí mismo que nunca terminé
de ser.
Y en medio de todo eso, como pequeños dioses de plástico
con ojos vacíos, los Funkos.
Me observan. Siempre me observan. Son la prueba de que
incluso lo absurdo necesita un altar. Porque eso es lo que es este lugar. Un
altar. Mi Santa Santuarium. Sí, así. Con esa mezcla medio incorrecta, medio
sagrada, medio caprichosa.
Porque no es latín perfecto. Pero tampoco lo soy yo. Y
aun así significa exactamente lo que debe significar: el lugar más íntimo, más
inviolable, más mío.
Un santuario donde no hay que explicar nada. Donde puedo
desaparecer del mundo sin pedir permiso. Donde el ruido se filtra, pero nunca
entra del todo. Donde el tiempo no corre. Se acumula.
Y, sin embargo, hay algo todavía más extraño.
A veces me voy.
Cierro la puerta y dejo atrás los libros, los discos, los
cuadros, las fotografías, los pequeños altares que fui construyendo sin darme
cuenta.
La casa queda ahí. Quieta. O eso me gusta creer. Porque
una parte de mí sospecha que las casas también tienen memoria. Que registran
ausencias. Que aprenden los pasos de quienes las habitan. Durante ese tiempo
todo permanece en su lugar: las bibliotecas, los vinilos, las lámparas, las
sillas gastadas por conversaciones que ya terminaron. Pero algo cambia. No
sabría decir qué. Es apenas una sensación. Como si el corazón de la casa
latiera más despacio. Como si entrara en
una especie de sueño.
Y por eso el regreso siempre tiene algo de ritual.
Abro la puerta. Me detengo un instante. Escucho. Huelo.
Miro. Hay un segundo extraño en el que no sé si estoy entrando o siendo
admitido. Como si la casa me observara desde sus estantes repletos, desde los
lomos de los libros, desde las fotografías colgadas en las paredes.
Como si preguntara:
—¿Sos vos?
Entonces camino. Acomodo un vinilo. Enderezo un libro.
Paso la mano por la madera de un mueble que conozco mejor que algunas personas.
Enciendo una lámpara. Y poco a poco algo vuelve a encajar. El aire recupera una
temperatura familiar. Los objetos dejan de parecer objetos. La casa despierta.
O quizás soy yo el que despierta dentro de ella. Es una reconquista silenciosa.
Sin épica. Sin banderas. Sin discursos. Pero con algo mucho más poderoso:
pertenencia.
Porque no me gusta mi casa. La necesito. Es el único
lugar donde no tengo que actuar.
Ni producir. Ni justificar. Donde el caos tiene sentido
porque es mi caos. Donde cada objeto, por ridículo que parezca, cumple una
función sagrada: sostenerme.
Mi Santa Santuarium no es perfecta. No es ordenada. No es
minimalista. No es vendible en una revista de decoración. Pero es el único
lugar donde existo sin traducción. Y eso, en un mundo que exige explicaciones
constantes, que te pide que te vendas, que te adaptes, que te conviertas en una
versión más simple de vos mismo...
Eso es lo más cercano a lo sagrado que encontré.
Porque después de tantos años descubrí algo que ningún
libro me enseñó: yo no habito esta casa. Es ella la que me habita a mí. Y
cuando olvido quién soy, suele recordármelo.
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