El trago que se bebe contra el miedo
En las tradiciones de cualquier cultura existen bebidas
que se toman para brindar y otras para olvidar. Pero en esta parte del mundo,
tenemos un ritual que se bebe para seguir adelante.
La caña con ruda no nació en un laboratorio ni en una
destilería de prestigio. Nació donde nacen las cosas importantes: en el borde
de la necesidad. En los pueblos guaraníes, donde agosto no era un mes
cualquiera. Era el tiempo del frío persistente, de las enfermedades, de la
tierra que todavía no devolvía lo sembrado. Agosto era una prueba.
Quizá por eso nuestros abuelos nunca dijeron "feliz
primero de agosto". Decían otra cosa, más sencilla y más profunda:
"¿Ya tomaste la caña con ruda?".
La pregunta no era gastronómica. Era una forma de cuidar
al otro.
La botella suele pasar el resto del año en un rincón
oscuro de la alacena. Parece un objeto cualquiera: vidrio, caña, unas ramas de
ruda flotando como si el tiempo hubiera quedado suspendido dentro. Pero cuando
llega el primer día de agosto, esa botella deja de ser una bebida y se
convierte en una ceremonia.
Siete sorbos, dicen algunos. Tres tragos, responden
otros. Hay quienes prefieren un vaso entero. Como toda tradición verdadera,
nunca necesitó ponerse de acuerdo en los detalles. Lo esencial siempre fue el
gesto.
Porque nadie cree, en el fondo, que unas hojas maceradas
puedan cambiar el destino. Lo que cambia el destino es otra cosa: la necesidad
profundamente humana de encontrar un pequeño refugio frente a la incertidumbre.
Vivimos rodeados de tecnología, algoritmos y
estadísticas. Sabemos explicar casi todo. Sin embargo, cada primero de agosto
seguimos levantando un vaso de caña con ruda. No por ignorancia, sino porque
hay preguntas que la ciencia responde y otras que pertenecen al territorio de
los símbolos.
Todos necesitamos creer, aunque sea por un instante, que
existe un ritual capaz de espantar los malos tiempos.
Tal vez por eso esta costumbre sobrevivió a las
generaciones. Pasó de los pueblos originarios a las familias criollas, de los
patios de tierra a los departamentos de las ciudades. Sobrevivió porque nunca
habló solamente de una bebida. Habló del deseo obstinado de seguir vivos.
Cada sorbo es una conversación silenciosa con quienes
estuvieron antes. Con los abuelos que preparaban la botella meses antes, con
las madres que recordaban la fecha, con los vecinos que golpeaban la puerta
para preguntar si ya era hora de brindar contra agosto.
En tiempos donde casi todo parece descartable, la caña
con ruda nos recuerda que algunas tradiciones no se sostienen por obligación,
sino por afecto.
Y quizás ahí resida su verdadero poder. No en ahuyentar
la mala suerte.
Sino en recordarnos, una vez al año, que nadie atraviesa
los inviernos completamente solo cuando todavía existen rituales compartidos.
En agosto
una vieja trajo caña
y ardió la noche
en la garganta.
Uno a uno
se fueron los demonios
para que agosto
no secreteara
con la muerte,
una vieja trajo caña
y ruda
dijo, por ocultos designios
de la mente,
para que el corazón
no descienda esta quebrada.
El primero de agosto
una mujer
conjuro en la piel
magia
y deseo.
Andrés Utello
De su libro Enebro año 2005 Ediciones La Luna Que

No hay comentarios:
Publicar un comentario