Evita: entre la historia y el mito
26 de julio.
Eva Perón murió a los 33 años, el 26 de julio de 1952,
pero desde entonces dejó de ser únicamente una mujer para convertirse en una de
las grandes construcciones simbólicas de la Argentina.
No importa desde qué lugar se la mire. Para unos fue la
abanderada de los humildes; para otros, una figura polémica e inseparable de
las tensiones del peronismo. Lo cierto es que pocas personas han despertado
pasiones tan intensas, amores tan absolutos y rechazos tan persistentes. Tal
vez porque Evita nunca fue solamente una dirigente política: fue una emoción
colectiva.
Vuelvo hoy a dos libros de mi biblioteca. Dos maneras
distintas de acercarse a una misma figura.
Felipe Pigna, en Evita. Jirones de su vida, intenta
desmontar el mito para recuperar a la persona. Recorre su infancia en Los
Toldos y Junín, su llegada a Buenos Aires, el encuentro con Juan Domingo Perón,
la conquista del voto femenino, la Fundación Eva Perón y el vínculo, muchas
veces visceral, que estableció con los trabajadores y los sectores más
humildes.
Tomás Eloy Martínez, en cambio, hace el camino inverso.
En Santa Evita parte de la historia para internarse en la literatura.
Comprendió que, después de su muerte, Eva dejó de pertenecer solamente a los
historiadores. El destino casi fantástico de su cuerpo embalsamado, ocultado
durante años, trasladado clandestinamente y convertido en objeto de obsesión
política parece una invención de un novelista. Sin embargo, ocurrió.
Y ahí reside una de las paradojas más fascinantes de
nuestro país: la realidad argentina suele escribir argumentos que ningún editor
aceptaría por considerarlos exagerados.
Los dos libros dialogan entre sí.
Pigna intenta responder quién fue Eva Duarte de Perón.
Tomás Eloy Martínez intenta comprender por qué Evita
nunca dejó de existir.
Mientras uno reconstruye una vida, el otro explica el
nacimiento de un mito.
Confieso que siempre me ha conmovido un aspecto de Evita
por encima de cualquier discusión partidaria. Mi admiración por ella nace de
una convicción profunda: la justicia social. Creo en una sociedad donde el
trabajo dignifique, donde la educación y la salud sean derechos y no
privilegios, donde el Estado no mire hacia otro lado cuando hay quienes quedan
al margen. Esa idea de una comunidad más justa sigue teniendo vigencia y continúa
interpelándonos.
Eso no significa convertir a los personajes históricos en
santos. Ninguna figura pública está exenta de contradicciones. La historia
exige matices, contexto y espíritu crítico. Pero también sería un error negar
el impacto que Eva tuvo sobre millones de argentinos que, por primera vez,
sintieron que alguien hablaba en su nombre y reconocía su dignidad.
Quizá por eso Evita sigue regresando. En los libros, en
las películas, en las series, en los documentales, en las canciones, en los
murales, en las discusiones familiares y en el debate político. Cada generación
vuelve a preguntarse quién fue realmente, y cada época encuentra una respuesta
distinta.
No todos los personajes históricos se convierten en mito.
Y no todos los mitos sobreviven al paso del tiempo.
Eva Perón lo hizo.
Tal vez porque dejó de pertenecer únicamente a la
biografía para ingresar en ese territorio donde habitan los grandes símbolos de
una nación. Allí donde la historia aporta los hechos y la literatura intenta
explicar aquello que los hechos, por sí solos, no alcanzan a decir.
Hoy, al mirar estos dos libros en mi biblioteca, no veo
solamente una biografía y una novela. Veo dos formas de acercarse a una mujer
que todavía nos obliga a pensar qué país queremos construir. Porque más allá de
las diferencias políticas, una pregunta sigue vigente: ¿qué lugar ocupa la
justicia social en la Argentina de hoy?
Y esa, quizá, sea la razón por la que Evita continúa viva
en nuestra memoria colectiva.

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