Schopenhauer desayuna conmigo
Me
levanto y el mundo ya está ahí, reclamando algo. Que produzca. Que desee. Que
mejore. Que sea feliz. Como si la felicidad fuera un trámite pendiente en la
AFIP del alma.
Yo, en
cambio, desayuno despacio. Abro un libro por cualquier página. Vuelvo a una
película que casi nadie recuerda. Escucho discos que hace años dejaron de sonar
en la radio y fotografío lluvias, sombras o ventanas como si todavía
escondieran algún secreto. Hay quienes coleccionan experiencias; yo he
coleccionado obsesiones. Nunca aprendí a distinguir del todo cuándo estaba
viviendo y cuándo simplemente estaba reuniendo material para escribir sobre
ello.
Durante
años estuve convencido de que jamás podría realizarme —ni mucho menos ser
feliz— hasta encontrar a la mujer adecuada. Esa certeza no nació de la
experiencia, sino de una educación sentimental bastante defectuosa: canciones
de post-punk y dark escuchadas como si fueran tratados de filosofía; novelas y
películas interpretadas con más melancolía que inteligencia; una sensibilidad
casi SAD (Seasonal Affective Disorder), capaz de convertir cualquier tarde
nublada en la prueba irrefutable de que el universo estaba mal construido. Todo
parecía repetir la misma idea: que el amor era la condición indispensable para
justificar la existencia.
Como era
de esperar, las mujeres reales rara vez se parecían a las que yo había
imaginado entre discos, libros y películas. El problema nunca fueron ellas. El
problema era el guion que yo llevaba escrito de antemano.
Schopenhauer
lo habría entendido enseguida. Después de todo, parecía convencido de que el
día empezaba mal simplemente porque empezaba.
Con los
años comprendí que el error no era enamorarme. El error era creer que la
felicidad era un lugar al que se llega. Una meta. Un premio. Una fotografía
sonriente subida a Instagram con un filtro Valencia y una frase robada de un
estoicismo mal digerido. Pero no.
Para
Schopenhauer, vivir significa estar sometidos a la Voluntad: una fuerza ciega e
insaciable que jamás deja de empujarnos hacia un nuevo deseo. Deseás. Conseguís.
Te
acostumbrás. Te aburrís. Y volvés a desear.
No hay
descanso. Apenas una tregua entre dolores.
La
felicidad, sostenía desde su escritorio oscuro del siglo XIX, no es un estado
positivo. Es, en el mejor de los casos, la interrupción momentánea del
sufrimiento. El placer no es felicidad; es apenas el instante en que el dolor
sale a tomar un café antes de regresar. Por eso la vida no es heroica ni
trágica. Es repetitiva.
El mundo
no está mal diseñado. Está diseñado exactamente así. Si fuera un lugar pensado
para hacernos felices, probablemente no necesitaríamos alcohol, música, sexo,
pantallas, libros de autoayuda ni frases motivacionales impresas en una taza.
Gran parte de lo que llamamos disfrute no deja de ser una forma elegante de
anestesia.
Schopenhauer
no te dice: "Sé feliz". Te dice algo bastante más incómodo: "No
seas ingenuo." No esperes demasiado. No conviertas cada expectativa en una
deuda que el mundo jamás prometió pagar. No hagas depender tu paz de aquello
que nunca estuvo bajo tu control.
La
sabiduría no consiste en conquistar la felicidad, sino en reducir el
sufrimiento evitable. Lo demás llega solo, casi siempre sin invitación.
Aun así,
existen pausas. El arte, por ejemplo. Escuchás una canción. Leés un poema. Mirás
una película que no necesita un final feliz para justificar su existencia.
Durante
unos minutos dejás de querer cosas. Dejás de perseguir objetivos. Dejás de ser
alguien empujado por la Voluntad para convertirte simplemente en alguien que
contempla. Y, apenas por un instante, el mundo deja de doler. Después vuelve.
La ética
tampoco salva. Ser una buena persona no garantiza la felicidad. Pero, al menos,
evita aumentar el infierno de los demás. La compasión no corrige el mundo;
apenas baja un poco el volumen del grito colectivo. Y si uno decide ir todavía
más lejos —si ya está cansado de perder siempre la misma batalla— aparece el
ascetismo: querer menos, necesitar menos, esperar menos. No como una virtud
moral ni como un sacrificio heroico, sino como una estrategia de supervivencia.
Schopenhauer
no promete luz al final del túnel. Promete algo bastante más honesto:
Menos
golpes contra las paredes.
En un
mundo obsesionado con "estar bien", imagino a Schopenhauer sentado en
la barra de un bar, con un café ya frío entre las manos. No levantaría
demasiado la voz. Simplemente diría: —No vinimos a ser felices. Vinimos a
aprender a soportar la existencia con un poco de dignidad. Y, curiosamente,
cuando uno deja de perseguir la felicidad como si fuera una obligación moral,
aparece algo inesperado. No alegría. No euforia. Lucidez. Una forma silenciosa
de paz que ya no necesita engañarse para existir.
Quizá
Schopenhauer nunca aprendió a ser feliz. Pero sí aprendió algo mucho más
difícil: dejar de exigirle al mundo aquello que el mundo jamás prometió.
Desde
entonces, cada mañana desayuna conmigo. No para amargarme el café.
Sino
para recordarme que, a veces, vivir con menos ilusiones también puede ser una
forma de libertad.

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