El rebelde oculto
Acabo de terminar de ver “El rebelde oculto”, la película
sobre J. D. Salinger.
Mientras desfilaban los créditos pensé que, en realidad,
la película no habla solamente de Salinger. Habla de todos los lectores que
alguna vez encontramos un refugio en sus libros. Y durante casi dos horas no
dejé de viajar a mediados de los años ochenta, cuando descubrir un autor era
una aventura.
En esa época Rodrigo Fresán escribía en la revista “Pelo”
una columna llamada “El cazador oculto”. Yo esperaba cada entrega con la
ansiedad de mi adolescencia. Fresán escribía sobre el rock argentino y sus
suburbios con una prosa que parecía caminar de madrugada por Buenos Aires.
Quería saber qué era ese Cazador oculto.
No existía internet. No había Google. Había que
preguntar, recorrer librerías, confiar en la memoria de los amigos.
Mi primo Paul —el Polaco, al que llamábamos "el
Hombre Santo" porque siempre estaba leyendo algo extraordinario; por
entonces era “La conjura de los necios”— me dio la respuesta.
—Es un libro de un tal Salinger.
Cuando mi madre viajó a Rosario le encargué que me lo
trajera.
Desde una librería me llamó por teléfono fijo. Me dijo
que había conseguido “Nueve cuentos”, pero no “El cazador oculto”. Me enojé.
Muchísimo.
No sabía que el libro que buscaba era el mismo que en
otras ediciones se llamaba “El guardián entre el centeno”.
Además estaba la famosa leyenda negra. En la librería le
habían hablado de Mark David Chapman, del atentado contra Reagan, de esa
superstición absurda según la cual la novela podía volver peligrosos a sus
lectores.
Mi madre dudó. Al final pudo más mi insistencia.
Leí la novela y algo cambió para siempre.
Durante mucho tiempo caminé sintiéndome Holden Caulfield.
Nunca encontré otro libro que retratara la adolescencia con tanta verdad: el
desconcierto, la rabia, la melancolía, la sensación de que el mundo adulto
estaba construido por farsantes.
Después llegaron “Nueve cuentos”, “Franny y Zooey” y “Levantad,
carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción”. Descubrí que
Salinger era mucho más que Holden. Era un escritor capaz de convertir una
conversación, un silencio o una mirada en literatura.
Cuando murió, en 2010, escribí un texto lleno de
tristeza. Todavía creía posible que algún día apareciera una continuación de
Holden Caulfield. Hoy, dieciséis años después de aquella muerte, sé que esa
espera también formaba parte de la experiencia de ser lector. Porque los
grandes escritores nunca terminan de irse. Siguen apareciendo donde menos uno
lo espera: en una película, en una vidriera, en una librería de viejo o cuando
uno abre un ejemplar gastado y vuelve a escuchar esa primera frase inolvidable:
"Si realmente quieres que te lo cuente..."
La película no es perfecta. Simplifica algunas zonas de
la vida de Salinger y convierte ciertos conflictos en escenas demasiado
convencionales. Pero tiene un mérito enorme: recuerda que detrás del mito había
un hombre obsesionado con escribir una obra verdadera, aunque el precio fuera
desaparecer del mundo.
Mientras veía “El rebelde oculto” entendí que el verdadero protagonista nunca fue Salinger. Éramos nosotros. Los adolescentes que alguna vez buscamos un libro sin saber exactamente qué íbamos a encontrar y terminamos encontrándonos a nosotros mismos.


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