Cada tanto me gusta detenerme frente a mi biblioteca y
mirar algunos estantes como quien revisa viejas conversaciones. No todos los
libros que conservo tienen el mismo peso. Algunos están ahí porque fueron
importantes en un momento determinado; otros porque vuelvo a ellos una y otra
vez. Aldous Huxley pertenece a ese segundo grupo.
En mi biblioteca conviven “Contrapunto”, “Los demonios de
Loudun”, “Las puertas de la percepción” y, por supuesto, “Un mundo feliz”.
Cuatro libros que muestran apenas una parte de una obra inmensa, escrita por un
autor que fue mucho más que el creador de una célebre distopía.
Nacido el 26 de julio de 1894 en Godalming, Inglaterra,
Huxley pertenecía a una familia extraordinaria de científicos e intelectuales.
Su abuelo, Thomas Henry Huxley, fue uno de los grandes defensores de la teoría
de la evolución de Darwin; su hermano Julian sería un prestigioso biólogo. Tal
vez por eso toda su obra parece escrita desde un punto de encuentro entre la
ciencia, la filosofía y la literatura.
La mayoría lo conoce por “Un mundo feliz”, publicada en
1932. Allí imaginó una sociedad donde los seres humanos son gestados
artificialmente, clasificados antes de nacer y condicionados mediante la
hipnopedia —la enseñanza durante el sueño— para aceptar sin cuestionamientos el
lugar que ocuparán durante toda su existencia. La felicidad ya no depende de la
libertad, sino del consumo, el entretenimiento permanente y una droga llamada “soma”,
capaz de eliminar cualquier malestar.
El título de la novela proviene de “La tempestad” de
William Shakespeare. Es Miranda quien exclama, maravillada: "¡Oh,
maravilloso mundo nuevo, que tiene tales criaturas!" Huxley tomó esa
expresión cargada de esperanza para bautizar una de las críticas más
demoledoras a la modernidad. Lo fascinante es que no escribió simplemente una
novela de ciencia ficción. Escribió una advertencia.
Mientras George Orwell imaginaba un futuro donde el poder
dominaría a través del miedo, la vigilancia y la violencia, Huxley sospechó que
el verdadero peligro sería mucho más seductor: una sociedad que aceptara
voluntariamente su propia servidumbre a cambio de comodidad, placer y
entretenimiento.
Y, a veces, da la sensación de que estuvo más cerca de
acertar. Sin embargo, quedarse únicamente con “Un mundo feliz” es perderse al
verdadero Huxley.
“Contrapunto” es una extraordinaria novela coral donde
las vidas de varios personajes se entrecruzan como si fueran las voces de una
composición musical. “Los demonios de Loudun” reconstruye uno de los episodios
más inquietantes de fanatismo religioso e histeria colectiva de la Francia del
siglo XVII, mostrando cómo el miedo y el poder pueden fabricar enemigos
imaginarios. Y en “Las puertas de la percepción” Huxley relata sus experiencias
con la mezcalina para explorar los límites de la conciencia humana.
El título de ese ensayo proviene de una frase del poeta
William Blake: "Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo
aparecería al hombre tal como es: infinito."
Décadas después, Jim Morrison tomaría esa cita para
bautizar a una de las bandas más importantes de la historia del rock: “The
Doors”.
Pero también aquí suele aparecer una simplificación. Hoy
es frecuente encontrar a Huxley convertido en una especie de gurú de frases
sueltas que circulan por TikTok, Instagram o YouTube Shorts. Hay quienes lo
reducen al escritor que experimentó con drogas psicodélicas, como si toda su
obra pudiera resumirse en esa anécdota. Y entonces aparece el personaje
inevitable de cualquier reunión.
—"Huxley era un genio porque tomaba mezcalina."
Fin del debate.
No importa hablar del condicionamiento social, de la
manipulación cultural, de la pérdida de la individualidad, del Vedanta o de la
Filosofía Perenne. Todo queda reducido a una etiqueta fácil. Ese es uno de los
problemas de nuestra época: confundimos información con conocimiento.
Los algoritmos nos acostumbraron a creer que veinte o
treinta segundos alcanzan para comprender una obra escrita durante décadas. Un
reel parece suficiente para opinar sobre un filósofo; un recorte reemplaza a un
libro entero; una frase aislada termina explicando un pensamiento complejo.
Después, en un asado o en una reunión de amigos, aparecen
las opiniones categóricas.
Uno intenta explicar una idea y la respuesta suele ser
siempre la misma:
—"A mí no me parece."
Y está bien que no le parezca. Los gustos son personales.
Hay novelas extraordinarias que pueden aburrirnos y películas consideradas
obras maestras que quizá no nos emocionen. El problema no es discrepar. El
problema es opinar sin haber recorrido la obra, sin haber leído el contexto, sin
haber intentado comprender aquello que se critica.
Para decir que un libro es malo, primero hay que leerlo.
Para afirmar que un autor está equivocado, primero hay
que conocer qué escribió realmente.
En los últimos treinta años de su vida, Huxley modificó
profundamente su pensamiento. Aquel intelectual escéptico de los años veinte
comenzó a interesarse por el Vedanta, una de las grandes corrientes filosóficas
del hinduismo, y por la llamada Filosofía Perenne, según la cual existe una
verdad espiritual común presente en las grandes tradiciones religiosas de la
humanidad.
No abandonó el pensamiento crítico. Simplemente amplió
sus preguntas. Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que nos dejó. La
inteligencia no consiste en aferrarse para siempre a las mismas ideas, sino en
permitir que una vida de lecturas, experiencias y reflexión las transforme.
Huxley murió el 22 de noviembre de 1963, el mismo día en
que fue asesinado John F. Kennedy. La magnitud de aquel acontecimiento hizo que
su muerte pasara casi inadvertida para el mundo. Sin embargo, sus libros
siguieron haciendo su trabajo.
Más de noventa años después de la publicación de “Un
mundo feliz”, seguimos discutiendo la manipulación de la información, el poder
de las grandes corporaciones tecnológicas, la pérdida de privacidad, la cultura
del entretenimiento permanente y la sustitución del pensamiento crítico por el
consumo incesante de imágenes.
Por eso vuelvo cada tanto a ese estante de mi biblioteca.
No para buscar profecías, sino preguntas. Porque los grandes escritores no nos
dicen cómo será el futuro. Nos enseñan a mirar el presente con otros ojos.
Y Huxley, quizá más que muchos de sus contemporáneos,
sigue haciéndolo.

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