Desde que mi madre murió entendí que algunas personas no
desaparecen: cambian de lugar. Se vuelven voces que aparecen en momentos
absurdos, frases suspendidas en el aire, gestos que regresan cuando uno menos
lo espera. A veces me pasa entrando a un supermercado. Escucho el ruido de un
changuito y automáticamente vuelvo a verla.
Los fines de semana ella tenía un ritual. No decía “vamos
a hacer las compras”. Decía: “el sábado vamos al súper”. Así, con ese tono de
ceremonia doméstica que transformaba algo ordinario en un acontecimiento. Y
además imponía un tema. Siempre había un tema.
—Mañana hablamos de Borges.
—El sábado discutimos a Freud.
—En el súper vamos a hablar de la muerte.
—Esta vez toca Campbell.
Mi madre sostenía que los lugares comunes eran perfectos
para pensar cosas profundas. Que la filosofía debía probarse en la vida real y
no solamente en bibliotecas o universidades. Entonces hablábamos de mitología
entre sachets de leche, de política frente a las góndolas de arroz y de
literatura mientras esperábamos turno en la carnicería.
El supermercado como templo profano. Pasillo siete.
Góndola de fideos. Mi vieja empujando el chango con la determinación de una
heroína griega que ya atravesó esa misión demasiadas veces y conocía cada
trampa del recorrido: ofertas falsas, productos vencidos, cajeras con cara de
“no me hables”. Pero aquella tarde el tema central era “El héroe de las mil
caras”, de Joseph Campbell.
Yo caminaba al lado, medio distraído, pensando que El
héroe de las mil caras debería venderse en edición bolsillo, justo al lado de
los tomates.
El mundo desfilaba alrededor nuestro. Inflación escondida
en tipografías diminutas. Música funcional. Carritos chocando entre sí como
planetas cansados. Mi madre insistía en que Campbell tendría que estar al lado
del azúcar porque —como escribió él mismo— “el mito es el sueño público y el
sueño es el mito privado”. Y este sueño, en Argentina, olía a detergente barato
y pan recién horneado.
Mi vieja había leído a Campbell. Lo admiraba, aunque
seguramente también desconfiaba de él. Mientras empujaba el chango del súper
del barrio —rueda torcida, plástico fatigado, memoria de guerras domésticas—
traducía “El héroe de las mil caras” a idioma argentino: inflación interanual,
salarios pulverizados y ofertas por tiempo limitado.
—Esto ya no alcanza —decía mirando el aceite Natura como
si fuera una reliquia arqueológica—. Antes con uno tirabas todo el mes.
Ahí aparecía la ruptura del mundo ordinario. Campbell la
llamaría “la llamada a la aventura”. El INDEC, “readecuación de precios”. El
mito siempre entra por el bolsillo.
Mi madre no se detenía. Hablaba como quien improvisa una
teoría del mundo mientras elige arroz. El supermercado dejaba de ser
supermercado y se convertía en un dispositivo de verdad. Foucault habría tomado
notas al lado de las conservas.
—El poder produce realidad —decía ella.
Y esa realidad costaba cuarenta por ciento más que la
semana anterior.
—Esto no es elección —agregaba frente a los fideos
Lucchetti—. Es cálculo.
Bourdieu habría sonreído desde alguna tumba francesa.
Habitus puro. Elegir nunca es completamente libre cuando el capital económico
acomoda la mano antes de agarrar el producto.
A veces yo también quería participar del juego
intelectual.
—Madre —le decía citando a Lévi-Strauss como un idiota
que necesita demostrar que leyó—, la función primaria de la comunicación
escrita es facilitar el sometimiento.
Ella me miraba de reojo. Esa mirada extraña que mezclaba
paciencia materna, orgullo y la sospecha de haber criado a un boludo con
lecturas raras.
Levantaba un paquete de arroz como si fuera un talismán.
—Este está más barato.
—Claro —respondía—. La llamada a la aventura. Campbell lo
explica perfecto: algo te arranca de tu mundo ordinario. En este caso, el
precio.
—¿Otra vez con el libro?
—No es “un libro”, Luisi. Es el viaje del héroe. Todos
pasamos por lo mismo. Vos, yo, el pibe que repone góndolas, la señora que se
pelea por la última yerba en oferta. Como diría Borges: “la historia universal
es la historia de unas pocas metáforas”. Bueno, esta es una. Solo que viene con
código de barras.
Avanzábamos hacia el pasillo de lácteos. Frío polar. La
heladera como vientre de la ballena. Mi vieja agarraba un yogur griego y
revisaba la fecha de vencimiento como si buscara señales del oráculo.
—Vence mañana —le decía.
—Exacto. Prueba suprema. O lo llevás y confiás en el
destino o lo dejás y seguís el camino.
El changuito chirriaba como un narrador omnisciente
agotado.
En la carnicería aparecía el dragón. El guardián del
umbral con delantal blanco y cara de “mejor no preguntes cuánto está el kilo”.
—Antes pedías un kilo. Ahora pedís “lo que te alcance”.
Un tipo con jogging miraba el celular. Una señora con
ruleros hacía cuentas en una calculadora diminuta. Todos esperando turno para
el sacrificio.
Y mientras tanto mi madre seguía hablando. De Camus. De
Benjamin. De política. De la vida cotidiana como escenario filosófico. El
supermercado era apenas la excusa.
Hoy pienso mucho en eso.
Pienso que quizá ella ya sabía algo que yo tardé años en
entender: que conversar también era una forma de amor. Que esos “sabadones” no
trataban realmente sobre hacer compras ni sobre temas de mitología, de
filosofía, de literatura, de cine o de opera. Trataban sobre compartir el mundo
antes de que el mundo se terminara.
Ahora entro solo al supermercado y a veces me descubro
pensando automáticamente cuál sería “el tema del día”. Veo una góndola vacía y
escucho su voz. Paso por la carnicería y la imagino haciendo sociología del
precio de la milanesa. Frente a los lácteos todavía espero, por un segundo
absurdo, verla revisando fechas de vencimiento como si leyera señales místicas.
Mi vieja camina adelante en todos esos recuerdos,
invencible. Yo atrás, tratando de alcanzarla.
Y entonces entiendo algo que Campbell olvidó escribir:
que el verdadero héroe no es el que derrota monstruos ni conquista reinos. Es
una madre que hace las compras un sábado a la tarde, administra la pérdida con
dignidad y todavía encuentra tiempo para discutir filosofía con su hijo entre
góndolas de supermercado.

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