El escritor más citado y menos leído
Bukowski para los que nunca leyeron a Bukowski
En 1988, Fito Páez sacó su quinto disco: “Ey!”. El quinto
tema, que cerraba el lado A de aquel vinilo de tapa doble, se llamaba
"Polaroid de locura ordinaria".
En el sobre interno, junto a las letras, podía leerse:
"Basado en el cuento La chica más guapa de la ciudad, de Charles
Bukowski."
Y entonces surgía la pregunta: ¿quién era ese tal
Bukowski?
Así muchos llegamos a él. No por un algoritmo, ni por una
frase con letras blancas sobre un fondo negro. Llegamos por un disco, por la
curiosidad y por esa hermosa costumbre de seguir el rastro de una referencia
hasta encontrar un libro.
Compré “Factótum”. Después vino “Mujeres”, “Cartero”, “La
senda del perdedor”, “Hollywood”, “Pulp”, los poemas... uno detrás de otro.
Descubrí que Bukowski no era el personaje alcohólico que la gente imaginaba,
sino un escritor inmenso que utilizaba el alcohol, el sexo, las carreras de
caballos, los trabajos miserables y la derrota para hablar de algo mucho más
profundo: la condición humana.
Murió en 1994. Y, paradójicamente, con la llegada de las
redes sociales se convirtió en uno de los escritores menos leídos y más citados
de internet.
Hay un extraño deporte contemporáneo: citar a Charles
Bukowski sin haber leído jamás un libro suyo.
Comparten frases sobre whisky, mujeres, cigarrillos y
soledad como si fueran estampitas religiosas. Le ponen una foto en blanco y
negro, una tipografía elegante y listo: ya creen haber entendido a Bukowski.
El problema es que una enorme cantidad de esas frases
jamás las escribió.
Internet convirtió a Bukowski en una fábrica de frases
para consumo rápido. Pero el verdadero Bukowski era incómodo, contradictorio,
brutal, muchas veces desagradable y, otras, profundamente tierno. No escribía
para quedar bien ni para conseguir miles de "me gusta". Escribía
sobre la humillación, la pobreza, el trabajo alienante, la vejez, el fracaso,
el deseo de seguir escribiendo aunque nadie creyera en él.
Cuanto más se comparte su imagen, menos se lo lee. Y esa
paradoja dice mucho de nuestra época.
Vivimos rodeados de personas que creen conocer a un autor
porque compartieron diez frases atribuidas a él. La mayoría nunca abrió un
libro suyo. Nunca acompañó a Henry Chinaski por las oficinas de correos, los
hipódromos, las pensiones miserables o las habitaciones donde escribir era la
única forma de no volverse completamente loco.
Esta es mi colección personal de Carlitos. Todos estos
libros están leídos y releídos varias veces. Algunos todavía conservan
anotaciones al margen, páginas dobladas y ese desgaste que solo tienen los
libros que realmente acompañan una vida.
No los muestro para presumir una biblioteca. Los muestro
porque detrás de cada ejemplar hay horas de lectura, de subrayados, de
discusiones silenciosas con un autor que nunca intentó caerle bien a nadie.
Lean libros.
No se conformen con memes ni con frases sueltas, muchas
veces falsas. Un escritor no cabe en una imagen que se comparte en cinco
segundos. Se descubre página tras página, con sus contradicciones, sus excesos,
sus miserias y también con su inmensa humanidad.
Porque un meme dura un instante. “Un libro puede
acompañarte toda la vida.”

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