Martinis y Tafiroles
Hay fotografías que son autorretratos aunque no aparezca
nadie.
En esta hay una botella de Martini Rosso, dos planchas de
Tafirol y una mesa cualquiera. Nada que merezca una exposición de arte. Nada
que un algoritmo elegiría para representar la felicidad.
Pienso en esa canción del Indio cuando canta que los
martinis y los tafiroles ayudan a olvidar. No porque el olvido funcione, sino
porque a veces uno insiste igual. Como quien intenta apagar un incendio con un
vaso de agua.
La vida adulta suele parecerse más a esta imagen que a
cualquier publicidad de cerveza. Un dolor de cabeza que no termina de irse. Un
insomnio que se instala como un inquilino viejo. Una botella abierta desde hace
semanas. La televisión diciendo estupideces. El mundo girando demasiado rápido
para nuestras piernas.
"Necesito dormir mucho y bien", canta Solari.
Y uno entiende.
Porque llega una edad en que las grandes tragedias dejan
de impresionarnos tanto como una mala noche de sueño. Los corazones rotos se
curan. Las derrotas deportivas se olvidan. Pero hay madrugadas que se quedan
viviendo adentro de uno durante años.
Miro la botella. Miro los remedios. No parecen enemigos.
Parecen socios.
Uno promete entusiasmo. El otro promete alivio. Los dos
mienten un poco. Los dos cumplen un poco.
Entonces vuelve a sonar el Indio: "A veces exagero
mi humor, los martinis y los tafiroles..." Y qué confesión más perfecta.
Porque no habla solamente de vermut ni de analgésicos. Habla de esos pequeños
pactos que hacemos con nosotros mismos cuando la realidad pesa demasiado. El
Martini para aflojar los pensamientos. El Tafirol para negociar con los
dolores. Y en el medio, uno exagerando un poco las penas, agrandando algunos
fantasmas y acariciando viejas derrotas como quien vuelve a tocar una cicatriz
para comprobar que sigue ahí.
Hay algo de ternura en esa admisión. El Indio no culpa al
mundo. No culpa a nadie. Se señala a sí mismo. Reconoce que a veces también es
cómplice de sus propios naufragios. Y por eso el verso siguiente resulta tan
devastador: "Hay que estar un poquito sonado para olvidarte".
Porque hay recuerdos que no se van con la voluntad. Hay
ausencias que no entienden de razones. Y hay noches en las que una botella, una
pastilla y una canción parecen formar una extraña fraternidad destinada a
ayudarnos a cruzar la madrugada.
Quizás por eso la foto me gusta.
Porque no habla de excesos ni de festejos. Habla de
supervivencia. De esos días en los que uno se las arregla como puede para
seguir adelante. Con un vermut, con una pastilla, con una canción del Indio
sonando bajito mientras la noche se acomoda sobre los muebles.
Y entonces recuerdo otro verso: "Me sueño durmiendo,
a veces durmiendo y soñando."
Tal vez la verdadera felicidad no sea otra cosa que eso. Dormir
sin fantasmas. Aunque sea por una noche.
Y si mañana vuelven los recuerdos, los dolores o las
preguntas que nadie sabe responder, al menos quedará esta fotografía. Una
botella, unas pastillas y una canción. El modesto inventario de alguien que,
como puede, sigue negociando con la madrugada.
Jose Luis Colombini

No hay comentarios:
Publicar un comentario