Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Canciones alegres


 

Canciones alegres

 

En los años ochenta yo tocaba el bajo. O al menos eso decía. En realidad, como casi todos los adolescentes de pueblo que soñábamos con el rock, lo que hacíamos era intentar sobrevivir a la realidad enchufándonos a un amplificador barato y creyendo que la distorsión podía salvarnos de algo.

Toqué en algunas bandas de garage tratando de rockear la adolescencia que me envolvía como una campera húmeda. Tenía cierto renombre en Villa Dolores, no porque fuera un gran bajista, sino porque era de los pocos tipos que poseían bajo y amplificador. En los pueblos chicos el prestigio muchas veces depende más del equipamiento que del talento. Una Fender te convertía automáticamente en una especie de semidiós proletario. Y yo tenía un bajo que intentaba emular a los Fender. Era un Fernandes Revival Black con pickguard negro, mango de maple claro y herrajes cromados made in Japan del año 1981.

Una mañana de sábado apareció el Negro en casa.

El Negro tocaba el bajo en una banda de cuarteto y era una celebridad local. Dueño de un Fender verdadero —eso importaba muchísimo entonces— caminaba con el aura de quien ya había atravesado el escenario y había vuelto ileso.

—Che José Luis… están los chicos Orly en la ciudad. Esta noche tocan en San José. Se enfermó el bajista. ¿No podés reemplazarlo?

Lo dijo como quien pide un favor mínimo. Pero para mí era como si Keith Richards me hubiera invitado a tocar en el Madison Square Garden.

Dudé apenas unos segundos. Lo suficiente para simular profesionalismo. Después apareció algo peor: el orgullo. Acepté.

Fuimos hasta el hotel donde estaban hospedados. Dante y Orlando me recibieron con una simpatía inesperada. Yo esperaba estrellas inaccesibles y encontré tipos divertidos, cansados y prácticos.

—Roberto el bajista tiene paperas —me dijeron—. Necesitamos alguien sí o sí.

Entonces me dieron un cassette TDK grabado con los temas. Un cassette. Así se estudiaba música antes: rebobinando con birome.

Volví a casa y pasé toda la tarde sacando temas de oído mientras imaginaba un futuro absurdo donde yo terminaba convertido en una mezcla de Sting, John Paul Jones y algún músico decadente de los bares de Mendoza.

A las ocho nos juntamos para ensayar.

Me tiraron algunos yeites, un par de cortes, entradas simples, y listo.

Después partimos rumbo a San José en un colectivo que llevaba escrito ORLY en letras enormes, como si fuera una gira internacional y no un baile de cuarteto atravesando caminos vecinales fríos de Traslasierra.

Ahí empezó el verdadero delirio. Me dieron la ropa del show. Camisa amarilla de raso. Saco rojo ladrillo. Pantalón blanco. Y el Fender Jazz Bass que usaba Roberto Moyano.

Los demás iban vestidos con tonos magenta, azul eléctrico, fucsia, bordó. Parecíamos una banda de mafiosos tropicales o una versión cordobesa y proletaria de los Rolling Stones de “Dirty Work”, que acababa de salir.

Cuando subimos al escenario y vi el conjunto completo sentí una felicidad ridícula.

Pensé: Ahora sí. Llegó mi momento de estrella de rock.

Terminó la primera selección.

—Salió bien, salió bien pibazo —me dijeron.

Mientras tomábamos una cerveza en el descanso les comenté:

—Parecemos los Stones.

Y el locutor, sin dudar un segundo, respondió:

—Somos los ORLY Stones.

Todavía hoy me río de eso.

En la segunda tanda ya me había relajado tanto que hasta hice coros en ”La gran caravana”, un éxito enorme de esos años.

Desde arriba del escenario, entendí algo. El cuarteto era otro universo. No había pogo.

No había slam. No había tipos subiéndose a hombros. Ni banderas. Ni mística autodestructiva. Ni alcohol derramándose como en las películas de rock que yo idolatraba.

Había otra cosa.

Un gigantesco círculo humano moviéndose con una coreografía ancestral y popular. Personas tomadas de la mano girando como si el baile fuera una ceremonia colectiva. Parejas abrazadas. Tipos conversando mientras seguían el ritmo apenas con los hombros. Familias enteras sentadas al fondo.

Desde el escenario veía las mesas llenas de botellas de vino Toro, Pritty limón y porrones de Córdoba Dorada, Bieckert y Río Segundo.

Y veía también algo profundamente argentino.

Las chicas con polleras mínimas enfrentando el frío con una valentía estética imposible de explicar. Los pibes flacos con jeans nevados y camisas leñadoras resistiendo la helada como si fueran extras de una película obrera de los ochenta. Algunos vestidos para seducir. Otros vestidos para casarse. Otros simplemente vestidos con lo único que tenían. Todo eso mientras yo hacía octavaciones automáticas intentando parecer un músico serio.

Ahí me di cuenta de algo que me llevó años admitir. El rock nos había enseñado a mirar el escenario. El cuarteto nos obligaba a mirar a la gente. Porque el verdadero espectáculo estaba abajo. En esos cuerpos cansados bailando igual. En esa alegría humilde. En esas parejas girando aunque el país ya empezara a desarmarse económicamente. En esa necesidad profundamente humana de olvidarse unas horas de todo.

El baile terminó de madrugada. Me pagaron. Y sentí una felicidad brutal. Había ganado dinero tocando música.

No hubo groupies.

No hubo drogas.

No hubo hoteles destruidos.

No hubo excesos míticos.

Solo un colectivo volviendo por un camino de tierra en medio de la oscuridad del interior Córdobes.

Ellos regresaron a su hotel.

Yo volví a mi casa.

Y así fue como, durante una sola noche perdida de los años ochenta, fui músico profesional.



José Luis Colombini 

Escribe desde Traslasierra como quien arroja botellas al mar en mitad del insomnio.

Entre la crónica gonzo, la memoria y el ensayo íntimo, sus textos atraviesan la cultura argentina, el cine, la filosofía, la poesía y las ruinas emocionales del presente.

Este no es un sitio pensado para consumir contenido rápido.

Es un archivo personal escrito contra el olvido.

Un territorio de noches largas, bibliotecas desordenadas, canciones escuchadas demasiado tarde y recuerdos que todavía siguen respirando.

 “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”


1 comentario:


"Los lectores de Crónicas"

Flag Counter